Foto: Héctor Alejandro

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–¿Tú eres de los Derechos Humanos?

-No –respondo con los ojos.

–¡Yo no estoy en contra de na de esto!

Él está sentado sobre una piedra. Descalzo. Me mira y comprende algo en mi lenguaje visual. Comprende, quizá, que tengo pánico, que no soy de los Derechos Humanos, que los Derechos Humanos pertenecen al plano de lo quimérico, de lo mítico. Nadie ha visto a los Derechos Humanos, no en un pueblo chico como el nuestro. La culpa, ahora, tiene su propia pulsación. Una culpa ridícula: el temor a ser esa amenaza de la que yo misma no tengo consciencia.

–No puedo perder el trabajo, muchacha.

Junior Alonso Soto es sepulturero.

***

Mi madre siente una extraña fascinación por la muerte. La tumba familiar es de tierra. Ella siempre ha querido sellarla y vestirla de mosaicos. Ahí están mis abuelos. Cuando llueve mucho se mezclan las tierras y a mi madre se le pierden sus muertos. El agua los confunde, y el húmero larguísimo de mi abuela va a parar a una tumba bonita donde está enterrada la maestra gloriosa del pueblo. Mi abuela, que escribió por primera vez su nombre cuando ya no hacía falta, navega entre restos distintos aunque iguales. Mi abuela habita el mismo espacio que la maestra gloriosa, por primera vez, cuando ya no significa nada.

En casa han muerto pocos. Mi madre ha tardado mi edad en reunir el dinero suficiente para reparar la sepultura. Le ha tomado una vida acomodarse la muerte.

Exhumamos a la abuela hace dos meses. El enterrador nos ha dicho que hay bastante espacio: caben dos personas grandes abajo y una más pequeña encima.

Al enterrador le toma varias muertes reunir el dinero para acomodarse la vida.

Junior es sepulturero desde los 24. Acaba de cumplir 35 años.

-La primera vez que saqué un muerto terminé en Salud Mental. No dormí en una semana. Era una pelirroja de Placetas. Me quedé inmóvil dentro del hueco. Estaba enterita.

Foto: Héctor Alejandro

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No siente asco ni miedo a estas alturas. Tampoco le da gusto porque a eso no se le coge el gusto sino el golpe, me dice.

Las obras de albañilería, en nuestra tumba, han echado a andar. Junior dispone los ladrillos en los bordes como en el brocal de un pozo ciego y seco. Voy con regularidad a chequear su trabajo. Él me habla de costos y materiales en falta. Cuando en Cuba hay escasez buscamos el equivalente del producto. Un equivalente, por lo general, feo. Y cuando no existe el equivalente feo, nos abandonamos a la suerte. De nada sirve toda la plata ante un país vacío. Yo me entrego a la corriente subterránea por donde fluye la verdadera Cuba, esa franja movediza al margen del teatro estatal. Yo necesito materiales.

Junior menciona “gravilla”, “carbonato”, “hormigón”. Jerga. El universo de los oficios es jerga. Yo escucho. Él señorea. Yo pago pero él manda. Estamos felices porque la obra camina bien. Por unos instantes pienso en lo torcido de aquella sensación: me encuentro frente al peor destino, el sitio horrible a donde nunca querré llegar. No solo procuro su buena hechura sino que me hace feliz contemplarlo, escoger las baldosas y los detalles (dorados) en la cruz y la inscripción. ¿Qué ser tan triste siente esa paz (parecida a la felicidad) en un lugar así? Un contrasentido que Junior no sufre.

Me ve verlo, se sacude las manos y se come las uñas.

***

Clava el punzón en la suela de un pequeño zapato. Lo atraviesa. Ensarta el hilo al arpón de la punta. Hala.

Camajuaní 5:32 PM, del 21 de julio de 2016.

El enterrador me recibe en el patio de su casa, sentado sobre una piedra. Quiere saber de mí. Husmea. Dice que no me conoce a pesar de ser Camajuaní un pueblo chico. Dice que él, de pan noble, me contó su vida porque me presenté como periodista. Pero su cuñado, del DTI, le habló de unos jóvenes de los Derechos Humanos. Él no quiere rollo. Está con “esto”.

Termina de remendar el zapato de su hijo menor. Prende un cigarro. Solo fuma Criollos o Titanes. Una vez le regalaron una cajetilla de cigarros con corchos y terminó quitándoselos. Bebe en las mañanas solamente.

–¡Soy un alcohólico mañanero! –Junior sonríe y permanece unos segundos con la cara congelada, como si cavilara en el acto, como si al tiempo en que lo cuenta y se ríe desencriptara alguna clave.

–A las cuatro de la tarde ya estoy clarito clarito. El drinki es pa poder trabajar.

No solo exhuma en el cementerio. Las casas están llenas de restos. Restos del arroz cuando se adhiere al fondo de la olla, la bolsa con basura del día anterior que ahora se desborda. Huesos cristalizados en el refrigerador para la sopa probable.

Junior enchufa una manguera a la boqueta de la turbina eléctrica. Me deja acceder. Me deja hacer fotos. Su patio es un puzzle que nunca podría componer, donde cada elemento en su individualidad pareciera inútil, pero con la juntura está el sentido. Y así, un motor de lavadora rusa + una piedra esmeril afilan, en segundos, la hoja del cuchillo.

Se faja con la comida. Es la batalla de un hombre solo. Contra sí. Contra el vacío de la olla.

–Mi mujer trabaja en un bar estatal en el turno de la noche. Yo le alcanzo el pozuelo de comida siempre.

Me dice que no, que de ningún modo se casaría por papeles, que cada cual con su vida. Ella se lo ha pedido, pero él no puede complacerla. Hace once años que Junior vive con Yanetzy. En la misma casa. Con sus cuatro hijos. Él “no puede comprometerse”, se engaña.

Acuesta a los niños al anochecer y prende un televisor Atec-Panda. Se duerme temprano. Prefiere no salir. No desde que es sepulturero; desde que está con Yanetzy; desde que empezó la sobrevida lejos del aislamiento: esa antesala del suicidio que es la cárcel.

***

A los catorce sale el acné y el vello púbico, se oscurece la voz. La edad del asombro. A los catorce, tres zafras consecutivas habrán ampollado las manos de Junior Alonso. Las manos que, ya a los once, parecían dos brotes en los semilleros de Cubatabaco.

En la Secundaria Básica del pueblo se impartirán nociones de Botánica, y Junior comprenderá, desde el tacto, que una hoja de tabaco tiene simetría bilateral. Conocerá de la inercia, del movimiento de los cuerpos, la velocidad o la masa, de la ley gravitacional, pero como un conocimiento sin nombre. Junior dibujará parábolas cada vez que levante el machete. De un modo experimental, tendrá su aproximación a la geometría. Y no sabrá que sabe.

–Solo pude alcanzar el sexto grado. El que atendía Menores, en Camajuaní, firmó una autorización para que comenzara a trabajar. Se llamaba Yera, recuerdo. La situación en mi casa era crítica.

A los catorce, Junior aprenderá que el aleteo de una mariposa negra se llama eritema malar, que mata, que se parece peligrosamente a la soledad.

–A mi mamá le diagnosticaron lupus mariposa. Estábamos solos. Siempre estuvimos solos, desde el 81, cuando “la escoria”, el año en que él se fue a los Estados Unidos, o eso dicen. No conocí a mi padre. La embarazó y se fue echando. Nací salao. Mi abuela materna nos botó a mi madre y a mí de la casa donde vivíamos, en La Habana. No quiero contarte todo lo que pasamos en ese tiempo. Nos recogió una familia a la que le decían “los negritos de la esquina”. En los alrededores quedaba la Unidad Militar 14. Ahí mi mamá conoció a Osmany Bermúdez, mi padrastro, que nos trajo para Camajuaní. Comenzamos a vivir en un cuarto de desahogo, con piso de tierra, hasta que él se enamoró de otra. Por suerte nos dejó el rancho.

***

Foto: Héctor Alejandro

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Le tomó algunos años llegar al enterrador.

El 27 de mayo de 1999 hacía una excelente noche para sepultar cadáveres.

Junior vio y calló. Enterró la escena. Pero el silencio solo lo condujo a otro pudridero de cuerpos: la cárcel.

-¡Mira pal punto ese como viene!

-¿Qué cosa es un  punto, mijo?

-El tipo ese, que viene matao. Vamo a caerle atrás pa tumbarle la gorra y la billetera, si eso es un curda.

-Na, yo no voy ahí, pero quiero ver cómo le quitan la gorra y eso.

“Éramos cinco consortes”, explica Junior. “Tres de nosotros solo mirábamos. El problema no fue el asalto sino que se embullaron y le sonaron un trancazo al tipo que terminó con fractura de cráneo, inconsciente. Se quedó botao en la carretera de Arroyo Frío y nosotros salimos echando. Teníamos 18 o 19 años casi todos. Yo estaba asustado, nunca había estado en un calabozo, nunca me habían metido una multa. Después me enteré que el tipo perdió el paladar, la fractura fue severa y tuvieron que ponerle una lámina de platino en la cabeza. En “la pendiente” me hicieron el juicio. Me echaron 14 años por encubrir un robo con violencia, intimidación a la persona y lesiones graves. Estaba a 30 metros del incidente. A los asaltantes les echaron 24”.

En prisión le enseñaron algunos oficios. Hizo el noveno grado. Pero nadie reconoció al sepulturero, ni siquiera él. Nadie le alertó de la peste o la lividez. Nadie le advirtió que un sepulturero no puede escapar de su ropa hedionda, que un sepulturero opera con los mismos instrumentos de quien siembra el grano o las flores, pero no habrá cosecha para él.

Junior fue sepulturero antes de serlo, antes del primer cadáver descompuesto, antes de verse como tal.

–Querían que trabajara como informante. Que siguiera de bandolero pero cooperando con ellos. Julio El cojo, un policía del pueblo, no me dejaba respirar. Me quejé en la delegación. Yo no podría trabajar de chivato, yo estuve trancao y eso no se me olvida. Me dieron la libertad condicional a los seis años. Antes, pasé por todas las prisiones de Villa Clara, desde Alambrada (una de máximo rigor), hasta esa que le llaman Palma Sola. Tenía 24 años cuando me soltaron. Nada es como el tanque, eso lo tengo claro, pero yo nací salao, y no pude levantar cabeza. Lo intenté en organopónicos, fincas, parques, contingentes, pero no hay muchos lugares donde quepa un sancionado.

Nadie hace preguntas en los cementerios. No hay grandes riesgos en un lugar así. Al Estado no le importan las pérdidas en el sitio a donde va a parar todo lo perdido. Servicios Comunales lo empleó. Junior ha creado su confort ahí dentro. En las mañanas se traga una caneca de ron metódicamente. A las doce almuerza. Luego se echa, para la siesta, sobre una tumba compacta y amplia que pertenecía al Sindicato de los Azucareros, construida antes del 59.

Intentó escapar, dejar el cementerio, buscarse la vida de una forma más limpia o feliz, donde pagaran mejor, donde doliera menos. Los tres meses más perros que ha sentido su familia. El hambre, de un modo u otro, le mostraría el camino de regreso.

Foto: Héctor Alejandro

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Quise saber si existía vocación para un trabajo así. Quise tener un conocimiento ridículo, por obvio, y me odié. A cincelazos la vida te esculpe, sobre la carne, un enterrador, hasta que la pieza está lo suficientemente desfigurada, o lista.

Pensé en el cementerio como una dimensión subterránea de la pirámide laboral, pero toda pirámide lleva en su interior un ataúd. Una pirámide es, por definición, una tumba. Y dentro hay un enterrador. Dentro, alguien cuida de ese rito extraño y antiguo de sembrar cuerpos.

Junior no está en la base de la pirámide sino en su núcleo. Un punto impreciso que trasciende el salario, o los índices de productividad, o la competencia. Existe, este oficio, no porque mueva los números del misterioso PIB nacional, sino porque somos humanos, esas raras criaturas que sepultan a sus muertos. Necesitamos a los enterradores, porque nos constituyen, como casi nada.

Con la estimulación, un enterrador en Camajuaní, puede cobrar hasta 315 pesos cubanos. Servicios Necrológicos –que pertenece a La Unidad Presupuestada de Servicios Comunales en cada región– establece una tasa particular para los sueldos de los sepultureros. La estimulación salarial depende de la cifra de enterramientos o exhumaciones por zonas. Entre el cementerio de Camajuaní y el de La Quinta (un Consejo Popular) deben sumar, al menos, 28 enterramientos y 22 exhumaciones mensuales para que merezcan estimulación los sepultureros. Sin muertos, no comen. Aunque eso es un decir, porque el sueldo de ninguna forma alcanza. Ni siquiera es un sueldo real sino una simulación. Pero Cuba es una simulación, por tanto a nadie le alarma. Junior, como todos los nacionales, no se muere de hambre.

Hubo un tiempo en que fue a trabajar en chancletas. Alguien le obsequió las botas que actualmente usa, dos tallas por encima de la suya.

–Hace años que no me entregan zapatos –dice.

Están asignados, para esta clase de oficios, productos de higiene personal y de protección (mascarillas, capas, botas plásticas, guantes). Cada comercial de Comunales (por provincias) debe garantizar los artículos para el personal que labora en los cementerios.

Ninguno de los tres sepultureros de Camajuaní cuenta con desinfectantes químicos o accesorios de protección para el trabajo.

Solicitamos un permiso a la Empresa Provincial para reparar la tumba familiar, porque ese es el procedimiento. Comunales no brinda servicios de albañilería para remodelación o decorado de las tumbas particulares, pero permite a los sepultureros realizar las labores. No existe un costo preciso para cada trabajo. Es una negociación interna entre el sepulturero/albañil y el cliente.

-Así escapo. Los trabajos grandes de albañilería no abundan. Ojalá me cayera más pincha así. Algunos me dan 10 o 20 pesos por pintar una sepultura, o por guataquearla, trabajos simples. Yo no soy un vago, domino muchos oficios, los aprendí en prisión. Quisiera algún día poder librarme de esto, encontrar algo mejor.

Le pregunto qué es ese algo mejor. Junior se encoje de hombros.

–No sé. Que me dé pa vivir, pa no rabiar.

***

Recorre cada coordenada del camposanto, pero no tiene un solo muerto propio donde detenerse. A nadie le llora o le lleva nardos. Durante once años ha exhumado y enterrado muertos ajenos.

De no ser exactamente lo que es, si le dejaran mudarse de sí mismo…

-Ebanista, muchacha, se me daba la madera.

La respuesta perfecta y amarga. No digo nada.

Hago ese gesto burdo de mirar, sin mirar, el reloj. Él me pide que le traiga luego la revista para leerse. Sale en Internet, le explico.

–¿Me la copias a mi memoria flash?

–Sí –respondo con los ojos.

Atravieso un montecito de romerillos, de esos que anteceden todos los sitios y ninguna parte. Que son del cementerio, o la entrada de la casa, o un parque, o la orilla de la Autopista Nacional.

Me detengo de golpe y le pregunto casi a gritos.

–¿Cómo quisieras tu tumba?

–¡De tierra! –se oye desde la distancia.

Foto: Héctor Alejandro

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