Gregory Dean / Istock

La Operación Pedro/Peter Pan constituye uno de los mayores éxodos infantiles registrados en la historia moderna, con el cual más de 14.000 niños cubanos emigraron a los Estados Unidos entre el 26 de diciembre de 1960 y el 22 de octubre de 1962 (si bien algunos autores sugieren que siguió funcionando aún mucho después), con la previa colaboración de las iglesias cubana y norteamericana (fundamentalmente la católica, aunque también la judía y protestante), el Departamento de Estado y la CIA, además de redes contrarrevolucionarias activas en la Isla.

Poco más de la mitad de esos niños fueron acogidos durante semanas, meses e incluso años en campamentos juveniles, casas de adopción, orfanatos y hasta centro delictivos o de salud mental para menores esparcidos por más de una treintena de estados norteamericanos. La mayoría logró reencontrarse con sus familiares tarde o temprano, aunque ciertamente no todos lo consiguieron. Así mismo, algunos sufrieron experiencias traumáticas, que van desde la separación de los padres hasta la convivencia solitaria en un medio y cultura desconocidos, incluyendo, también en casos más específicos, historias de abusos físicos, psicológicos y sexuales.


A fines de noviembre de 2002, Roberto Rodríguez Díaz, de 52 años, atraviesa tranquilamente los salones del aeropuerto Muñoz Marín, en San Juan, Puerto Rico. Viste camisa clara de mangas largas, pantalón de pitusa y zapatillas deportivas, el cabello corto y castaño peinado con gel hacia atrás. Al pasar frente a una de las pizarras de chequeo, busca con la mirada el horario de partida del vuelo con destino Filadelfia, Estados Unidos. Cuando se percata de que falta casi una hora para abordar, echa mano de la maleta y camina por la terminal.

Transcurridos unos minutos advierte entre la muchedumbre un banco desocupado y se dirige con paso rápido hacia él. Una vez recostado sobre el asiento, escucha distraído el eco molesto de los altoparlantes informando el parte de salidas y llegadas. A su alrededor, la rutina propia de los aeropuertos. Después de un tiempo incontable, mira de nuevo el reloj. Poco menos de media hora para abordar. Ansioso y sin nada que hacer, toma un periódico que alguien ha dejado a su lado y comienza a hojearlo. Lee de reojo los titulares, chequea un par de tablas en las páginas deportivas, hace un último intento con las culturales. Instantes después, decidido casi a dejar el diario y buscar algo más en qué entretenerse, repara por casualidad en una nota sobre Venezuela.

Según la publicación, la oposición venezolana, enfrascada a muerte en su lucha contra Hugo Chávez, prepara un programa para sacar niños del país y librarlos del socialismo.

Roberto Rodríguez Díaz / Foto: Cortesía del autor

Roberto Rodríguez Díaz / Foto: Cortesía del autor

Rodríguez se incorpora lentamente sobre el asiento, sujeta tenso el periódico y piensa que no puede ser. Lee la noticia una, dos, tres veces más, y piensa que no puede ser. También piensa: esto ya sucedió. También piensa: ¡esto me sucedió a mí! No ha terminado aún la última lectura cuando un sinnúmero de recuerdos terribles, enterrados minuciosamente hace mucho tiempo atrás, comienzan a desfilar, sumiéndolo de repente y durante las más de cuatro horas que dura el trayecto a los Estados Unidos, en un profundo estado de shock.

Años después dirá que aquella noticia hizo como un clic en su interior y que, por más que lo intentó, apenas pudo contenerse en el avión. Que la señora sentada a su lado preguntó asustada: “¿Qué pasa? ¿Se siente mal?”, y que a duras penas, ahogado entre sollozos, alcanzó a responder: “No se preocupe, no me pasa nada”. Que llegado a Filadelfia se desahogó con un amigo por primera vez en casi cuarenta años. Que luego se dirigieron ambos a Texas, donde celebrarían Acción de Gracias, y que en medio de la fiesta tuvo otro desplome nervioso. Que el resto de sus amigos quiso saber qué ocurría y entonces debió contarlo todo. Que alguien a sus espaldas dijo enseguida de ir y presentar una denuncia, pero que en ese momento no tuvo fuerzas y en cambio sí mucho miedo. Que dos o tres días después, más calmado y durante una escala en Miami, escribió en una libreta hasta el más mínimo recuerdo de sus primeros años en los Estados Unidos. Y que poco antes de regresar a San Juan, en un arranque de valentía como nunca antes, respiró hondo y se tragó el miedo antes de marcar el número del abogado Ron Weil.

Si Roberto Rodríguez Díaz no hubiese tomado en sus manos aquel periódico en el aeropuerto Muñoz Marín un día cualquiera a finales de noviembre de 2002, probablemente esta historia no sería. Sin embargo, ahora, luego de no pocas batallas consigo mismo y más de un revisita al pasado, Rodríguez se convierte en la primera persona en acusar públicamente a la Diócesis de Miami por abusos sexuales y psicológicos cometidos contra su persona entre 1962 y 1966, como uno de los más de 14.000 niños que emigraron de Cuba mediante la Operación Pedro/Peter Pan.

***

Son las nueve de la mañana del 15 de marzo de 2015 y Rodríguez conversa tranquilamente mientras acaba una taza de café. Estamos en la cocina-comedor del que muy pronto será su apartamento, ubicado en un antiguo edificio en la intersección de San Ignacio y Tejadillo, a un costado de la Catedral, en La Habana Vieja. Terminado el último sorbo, coloca gentilmente la taza sobre el plato, echa ambos a un lado y se acomoda e el asiento.

-¿Cómo supieron de la Operación en su familia?

-A través de los hermanos maristas del Colegio de La Víbora, donde estudiaba yo. Uno de ellos fue un día a casa a contar que el Gobierno recién había firmado una ley para quitar la patria potestad y que a partir de entonces los niños estudiarían en países soviéticos, donde serían adoctrinados. Eso hizo que mis padres entraran en pánico. Ninguno de los dos quería vivir bajo un gobierno comunista, aunque creo que por esa época no mucha gente lo deseaba. Mi papá, de hecho, participó en actividades contrarrevolucionarias por toda la Isla.

-¿Qué más les dijo el marista?

-Que lo mejor era mandarme para los Estados Unidos, donde la Iglesia se ocuparía de cuidar a los niños hasta que pudiesen regresar a Cuba o, de lo contrario, hasta que los padres pudiesen ir para allá. Años después me enteré de que parte del plan era sacarnos para que los mayores lucharan contra el régimen, aunque en aquel momento no fue eso lo que se habló.

-Y sus padres decidieron mandarlo.

-Ellos estaban de acuerdo con el hermano en que lo mejor era enviarme allá, donde estaría a salvo, pero dejaron que fuese yo quien decidiera. Ese mismo día, más tarde, me lo explicaron todo sentados en el sofá y al final dijeron: “Te vas para los Estados Unidos o para la Unión Soviética, tú eliges”. Y escogí lo primero, para no decepcionarlos.

-¿Qué edad tenía entonces?

-Once. Era el 61.

-¿No le dio miedo irse solo?

-En ese momento no, porque me habían dicho que viviría y estudiaría en una escuela católica, bajo la tutela de la Iglesia, y como yo estudiaba en un colegio religioso pensé que sería igual. Además, en el caso de que la Revolución no cayese, sería fácil reclamarlos desde allá.

Una semana más tarde, Rodríguez y su padre fueron enviados por el hermano marista a visitar la óptica El Prisma, ubicada en la calle Neptuno. Al llegar, tomaron asiento y esperaron tranquilamente hasta ser los únicos clientes en el salón. Solo entonces el dependiente los atendió.

Mi padre le preguntó si tenía espejuelos calobar claros, que era la seña para buscar los papeles de la Operación, porque era todo muy clandestino.

El dependiente, habiendo entendido el motivo de la visita, los condujo en silencio hacia el segundo piso del edificio, donde les fueron entregados los documentos necesarios para su viaje a los Estados Unidos, incluido el pasaje, dispuesto para el 30 de diciembre.

-Esa misma tarde acompañé a mami y a papi a comprar los regalos de Reyes Magos para mi hermana. Ellos querían que los ayudara a escoger las muñecas pero qué va, yo no podía porque estaba en shock. No dejaba de pensar que en apenas un mes me iría solo y que ni siquiera estaría para Reyes.

-¿Qué recuerda de esas últimas semanas?

-En realidad durante ese tiempo traté de no pensar mucho en lo que se venía, quizá para no echarme atrás.

-¿Y del día antes?

-Muy poco, solo que celebramos la fiesta de cumpleaños de Lupita y que cuando todo terminó, pedí irme con mis tíos. No quise estar más tiempo en la casa, supongo que para evitar una despedida dolorosa. -¿Recuerda algo de esa noche?

-De la noche sí. Fue mortal, como si en ese momento chocase contra una pared. No pude dormir. Me puse a pensar si era correcto lo que iba a hacer, que al día siguiente iría para un lugar completamente desconocido, no sabía de veras si para una escuela católica, y que a lo mejor hasta era todo inventado. Estaba tan metido en aquello que ni siquiera recuerdo haber escuchado el tren que pasaba todas las noches por detrás de la casa.

-¿Y del día siguiente?

-Ese día fue bien fuerte. En casa de mis tíos no se dijo nada. Absolutamente nada. Temprano en la mañana desayuné café con leche y tostadas con mantequilla y luego terminé de hacer la maleta en el cuarto. Fuimos para el aeropuerto por la tarde, como a las dos, en el carro de mi tío, un Chevrolet rojo del 48. Nadie hablaba, ni siquiera yo, que solía leer siempre en voz alta los letreros de la carretera. Esa vez el silencio fue total. Yo tenía la mente en blanco.

-¿Y después, cuando llegaron al aeropuerto?

-La despedida afuera fue muy rápida, pero también triste. Papi no llegó a tiempo porque tuvo un malentendido con los milicianos. Al momento vino un hombre y me entró para la “Pecera”1. Al poco rato llegó mi padre, pero ya solo pude saludarlo desde el otro lado del cristal. No alcanzamos siquiera a escuchar lo que nos dijimos.

-Se habrá sentido terrible.

-Imagínate. Yo trataba de mostrarme lo más fuerte posible pero era bien difícil, porque estaba metido en aquel cuarto, viendo a mis familiares a través de un vidrio, sin poder oírles, sin poder hablarles, rodeado de niños que no paraban de llorar.

-¿Lloró usted?

-Al principio no. Yo trataba de aguantar, porque sabía que si me dejaba llevar por las emociones me sacarían de allí.

-¿Y no era eso lo que quería, que lo sacaran de allí?

-Pero no lo que querían mis padres.

-¿Cuándo fue que lloró?

-Estando ya dentro del avión. Entonces sí me rompí.

***

Más tarde, en un momento indeterminado, Rodríguez dirá que siempre ha sido un hombre solitario y al parecer no le falta razón. De momento sabemos que vive solo, que no tiene hijos y que tampoco se le conoce pareja. Por lo demás, suele hablar despacio, en voz baja, acompañando las palabras con gestos tranquilos, si bien algo toscos. La expresión de su rostro es noble pero sobre todo frágil, atravesada a ratos por un rictus muy leve, casi inexistente, como de desamparo. Aunque parece siempre afable e incluso a veces jovial, resulta imposible no percatarse de cierta tristeza vieja acumulada en la mirada, una tristeza que, si se quiere, es como una neblina muy fina siempre a punto de desvanecer. Por eso, si uno se toma un instante y le mira con atención, puede llegar a creer que Rodríguez no es en realidad un adulto, sino más bien, digámoslo así, la continuación de un niño roto.

***

Sobre las ocho de la noche del 30 de diciembre de 1961, la aeronave holandesa KLM en la que viajaba Rodríguez aterrizó en el Aeropuerto Internacional de Miami. En la terminal, dos hombres vestidos de cuello y corbata esperaban por los menores provenientes de Cuba, quienes, luego de responder las preguntas de rutina y obtener el status de refugiados, fueron subidos en fila a bordo de un autobús.

-¿Adónde los llevaron?

-A los campamentos. Primero fuimos al de Matecumbe. Le decían “el infierno verde”, porque era en medio del monte, como si nos hubiesen soltado en el Escambray. Ni siquiera se veían las luces de la carretera. Los niños vivían en chozas de madera, imagino que dormirían cerca de ochenta en cada una de ellas.

-¿Quiénes se quedaron allí?

-Los mayores, los que tenían entre quince y dieciocho años, que era el tope de edad para la Operación. La mínima, he llegado a escuchar, fue hasta de dos. Yo me asusté mucho porque nunca fui de campo, sino de ciudad, y aquello era una boca de lobo. Había muchachos por doquier, pero incluso así inspiraba una soledad tremenda. Yo llegué a sentir, no sé, como que no debía estar allí.

-¿Adónde los llevaron después?

-Al campamento Florida City, donde me quedé durante los primeros cuatro meses. Años atrás había sido una base aérea. Básicamente consistía en barracas militares convertidas en apartamentos que quedaban al cuidado de matrimonios cubanos. Había lo mismo hembras que varones, pero estos últimos menores de doce. Yo caí allí al borde, como quien dice.

-¿Tenían alguna rutina?

-Durante las mañanas íbamos a clases y por las tardes podíamos hacer cualquier cosa: leer, dibujar, jugar a la pelota, lo que quisiéramos.

-¿Qué hacía usted?

-Me trancaba en el cuarto y encendía la televisión.

-¿Era eso lo que le entretenía?

-No. En realidad ni siquiera le prestaba atención.

-¿Qué hacía entonces?

-Nada. No hacía nada. Me trancaba sencillamente para evitar cualquier tipo de contacto.

-¿Y eso por qué?

-Supongo que porque a los pocos días de haber llegado, un niño que al parecer llevaba ya algún tiempo allí me dijo que mejor no hiciera amistad con nadie, porque al final todos se iban y uno se quedaba solo. Eso me asustó y sencillamente decidí encerrarme.

-¿Adónde lo enviaron después?

-A casa de una familia norteamericana.

***

No sabemos exactamente por qué Rodríguez escogió este apartamento en la intersección de San Ignacio y Tejadillo para vivir en Cuba cuando regrese, pero sí que le tiene enamorado. Ahora mismo, mientras conversamos, se encuentra casi desamueblado, a excepción de la mesa, un pequeño refrigerador, un par de sillas sin parentesco y una cama colonial. Quizá por ello la sensación de vacío adentro es tremenda. El estado del lugar no es terrible, pero tampoco para festejar. Las paredes están mal pintadas, el suelo desnivelado, algunas losas del baño rajadas, las cañerías del lavabo filtradas, el hierro de los balcones oxidado. En algunas de las habitaciones no hay lámparas siquiera, sino bombillas que cuelgan del techo. Por horrible que pueda sonar, no entiendo el enamoramiento de este hombre.

***

Tras su salida del campamento Florida City, Rodríguez pasaría los próximos dos años y cuatro meses en compañía de los Pangerl, un matrimonio norteamericano asentado en el condado de Pompano Beach, en la Florida, y también de sus cinco hijos: Glenn, Greg, Lynn, John y Lea, los últimos cuatro adoptados.

-¿Cómo fue a dar con ellos?

-En las iglesias, durante la misa de los domingos, los sacerdotes decían que tenían bajo su cuidado tal cantidad de niños cubanos y que necesitaban casas donde poder ubicarlos. Entonces las familias los pedían y ellos simplemente se los daban.

-¿Cualquier familia podía hacer la petición?

-Cualquiera. La Iglesia solo buscaba que tuviesen condiciones suficientes como para mantenerlos. La mayoría de esas familias, tengo entendido, eran católicas, gente que regularmente donaba dinero.

-¿Qué tal la estancia con ellos?

-Al principio se podría decir que me gustó. Durante las primeras semanas tuvimos que comunicamos mediante diccionarios bilingües porque ninguno de ellos hablaba español, pero por suerte aprendí el inglés rápido y a los seis meses ya lo dominaba bien. Por lo demás, iba a la escuela, asistíamos los domingos a misa, en ocasiones desayunábamos en el Cupcake House, por las noches nos turnábamos para fregar los platos, e incluso aprendí algo de piano y trompeta. No estuvo mal, al menos durante los primeros seis meses.

-¿Qué sucedió entonces?

-Un día uno de los niños rompió algo, no recuerdo qué exactamente, pero sí que Pangerl se levantó de inmediato del asiento, lo agarró por la cabeza y lo tiró contra el piso. Enseguida miré asustado a Glenn y al resto sin entender lo que sucedía, pero nadie dijo nada. Más tarde, en la habitación, me explicaron que esa era una escena bastante habitual en casa, al menos hasta mi llegada; algo que ellos creían no volvería a ocurrir mientras estuviese yo allí.

Rodríguez comprendería todo tiempo después. Si los golpes habían desaparecido tras su llegada era por los ingresos que mensualmente la Iglesia depositaba en la cuenta de los Pangerl como tutores de un niño cubano. Al pensar que su estancia con ellos sería corta, el matrimonio prefirió guardar las apariencias, de forma que no fuera él a quejarse con los representantes de Caridades Católicas y ellos, en cambio, pudiesen seguir beneficiándose del dinero.

-Luego de esos seis primeros meses, cuando pensaron que mis padres ya no irían para los Estados Unidos, fue que decidieron mostrar su verdadera personalidad.

En cualquier caso, lo cierto es que desde esa primera vez, asegura, las golpizas se tornaron regulares, si bien a él nunca le pusieron un dedo encima.

-Era una violencia de golpes, fundamentalmente a la cabeza.

-¿Y no les quedaban marcas? ¿Nadie se daba cuenta de ello?

-A veces quedaban marcas, claro, pero no sucedía nada, porque en aquel entonces era permisible por la ley disciplinar a los niños. Ni siquiera tenía sentido poner una denuncia.

La experiencia más aterradora, no obstante, la sufrió la pequeña Lea. Rodríguez no recuerda el motivo del castigo, solo que un día, cerca de las diez de la noche, el señor Pangerl montó a todos en su carro y, sin decir nada a nadie, enfiló hacia Liberty City, un barrio marginal de Miami. Al llegar a una calle solitaria, apenas iluminada, parqueó, se bajó, sacó a la niña a la fuerza, montó de nuevo en el coche y apretó el acelerador, dejando a la criatura absolutamente a su suerte, inmóvil en medio de la oscuridad.

-Yo no podía creer que alguien fuera tan salvaje. Ese día no se veía a nadie por todo aquello y él la dejó allí, sola en medio de la calle. Antes le había dicho: “Aquí te recogimos y aquí te dejamos”, y ella no había hecho nada, una tontería, algo que seguramente no merecía ni una nalgada.

-¿Qué sucedió a luego?

-Cuando arrancó le gritábamos que volviera, que la recogiera, y llorábamos, y aquel hombre frío totalmente, como quien no siente nada, hasta que al fin dio media vuelta y la recogió. Cuando llegamos la niña estaba justo en el mismo lugar donde él la había dejado, llorando y dando gritos.

-¿Cree que se arrepintió de lo que había hecho?

-Yo siempre he creído que su objetivo no era dejarla allí abandonada, sino asustarnos, darnos un escarmiento, porque ellos eran así, castigaban por cualquier cosa, como si fuésemos militares. Decían que de esa forma los habían criado a ellos y que por tanto así criaban ellos a sus hijos.

-¿La señora Pangerl también?

-Ella no. Ella simplemente no hacía nada. Iba para el cuarto, se encerraba y que pasara lo que pasara.

-¿Se comunicó con su familia durante ese tiempo?

-Muy poco. A veces llamaba, cuando se podía, porque no era fácil establecer conexión con Cuba. Además, únicamente podía hablar con mi tía, que sabía inglés, porque llegado un momento olvidé por completo el español. Cuando intentaba decir algo solo me salían estupideces que ni mami ni papi podían entender.

-¿Nunca les contó de los abusos que veía en casa de los Pangerl?

-No, no quería que supieran lo que estaba pasando.

Ello, sin embargo, no impidió que tomase sus propias precauciones. Desde aquel primer incidente ocurrido seis meses después de su llegada, Rodríguez memorizó el número de Caridades Católicas y buscó siempre asiento cerca del teléfono. Según dice, no estaba dispuesto a aguantar un golpe allí.

Por eso, cuando en la mañana del 4 de agosto de 1964, al escapársele de las manos el vaso de leche del desayuno, vio que el señor Pangerl se levantaba de su asiento al parecer dispuesto a reprenderle, no lo pensó siquiera dos veces antes de descolgar el auricular.

Marqué enseguida a Caridades Católicas y les pedí que me fuesen a buscar lo antes posible. Cuando él vio que levanté el teléfono se quedó tieso, sin saber qué hacer”.

Acto seguido, dejando a todos congelados en el comedor, Rodríguez se dirigió a su cuarto, guardó las pocas pertenencias que tenía en una valija y tomó el camino de la entrada de la casa, donde aguardó impaciente que lo recogieran mientras los otros cinco niños, apretujados tras una ventana, le gritaban en vano: “Don’t go!”.

***

Rodríguez es tan sencillo como esas cosas que le gustan. Las recetas de la paladar Doña Eutimia, por ejemplo, o la alegría de la música en las plazas. Pero también el ruido estremecedor de La Habana, la brisa fresca del malecón, la feria naif de Prado o ver a los niños correr.

Rodríguez es tan sencillo como esas cosas que le gustan.

***

A pesar de los Pangerl, el campamento Opa Locka, ubicado al norte de Hialeah y usualmente reservado para muchachos de entre 16 y 18 años que se acogiesen al Programa para Niños Refugiados Cubanos sin Acompañantes llegados a los Estados Unidos mediante la Operación Pedro/Peter Pan, no sería sino el verdadero comienzo de la pesadilla.

-¿Cómo era la vida allá?

-No muy buena –responde, el rostro totalmente inexpresivo–. Apenas podíamos salir durante toda la semana, excepto al mismo centro de Opa Locka, donde había una pizzería, y los sábados, cuando íbamos al Downtown. Allí nos dejaban por nuestra cuenta con un par de dólares desde por la mañana hasta entrada la tarde, cuando venían a recogernos. Muchos pedófilos esperaban la guagua en los alrededores porque sabían que venía llena de muchachos que estarían sueltos en la calle, sin ninguna supervisión.

-¿Qué hacía en el Downtown?

-Me iba al cine y pasaba horas viendo películas, a veces hasta repetidas. Era el único lugar donde me sentía a salvo de la violencia del campamento.

-¿En qué sentido era violento?

-En el sentido de que cuando tienes a tantos adolescentes juntos no es fácil.

-¿Abusaron de usted allí?

-Se burlaban de mí porque no hablaba nada de español. Tres meses después ya podía, pero al principio era imposible, sucedía como cuando intentaba conversar por teléfono con mis padres, que solo decía cosas sin sentido. Por eso el resto de los muchachos me veía como un extraterrestre: el niño cubano que solo hablaba inglés.

-¿Qué le decían específicamente?

-“El gringo”, “el americano”.

-¿Le molestaba que lo llamaran así?

-Como si me mentaran la madre. Con el odio que le había cogido yo a los americanos en la casa aquella.

En un resumen escrito el 11 de enero de 1965, un trabajador social del campamento Opa Locka, de nombre E. Mayol, describe a Rodríguez como un muchacho de aproximadamente 1.67 metros y 118 libras, limpio, aseado, responsable y de buenos modales, quizá un poco afeminado. Según él, su promedio de notas en el Monseigneur Pace Diocesan High School fue de 81.3 durante los meses que asistió, siendo Álgebra su mejor asignatura e Historia Mundial su peor. Confirma, asimismo, que el resto de los internos no le aceptó y gustaban en cambio ridiculizarle, por lo que era común encontrarle llorando o pidiendo ser reubicado. También: que solía buscar refugio en la enfermería, llegando a molestarse histéricamente si era sacado de allí.

En Opa Locka, además, Rodríguez conoció al entonces padre Bryan O. Walsh, sacerdote de procedencia irlandesa que, con la colaboración del Departamento de Estado, miembros de la CIA y redes contrarrevolucionarias en Cuba, se convirtió en el máximo organizador y responsable de la Operación Pedro/Peter Pan.

-Era un hombre bien cínico –dice, su cara puro desprecio.

-¿Por qué lo cree?

-Porque no solo se negó a escuchar mis quejas sobre los Pangerl, asegurando que se trataba de un matrimonio muy católico, sino que además me obligó varias veces a practicarle sexo oral.

Apenas lo dice, un silencio incómodo se adueña de la habitación. Rodríguez, expuesto, rehúye la mirada para conducirla hacia un punto impreciso del balcón, donde la dejará clavada durante unos instantes. Mueve constantemente las manos. No se permite llorar. Al cabo de unos segundos, aún sin hacer contacto visual e incapaz de mantener quietas las manos, traga en seco y añade:

-A mí no se me olvida nunca el olor de aquellas sotanas. Es como si lo llevara en la nariz, y supongo que lo llevaré siempre, hasta el día en que muera.

-¿No tenía manera de denunciarlo?

-No, porque él me amenazaba con regresarme a Cuba si contaba más de la cuenta. Decía que acá sería la vergüenza de la familia. Eso decía Monseñor Walsh, que entonces solo era padre.

***

Ocho meses después de su llegada a Opa Locka, en abril de 1965, Rodríguez fue trasladado al Deveraux School, en la ciudad de Victoria, estado de Texas.

-Me enviaron allá cuando me cansé y amenacé con denunciar lo que sucedía en el campamento. Dijeron que iba para una evaluación, no para quedarme por mucho tiempo. En aquel momento pensé que estaría bien, cualquier cosa por tal de salir de allá. Sin embargo, cuando llegué descubrí que no era una escuela normal, sino un reformatorio para niños con trastornos mentales.

-¿Cuánto tiempo estuvo allí?

-Un año y pocos meses.

-¿Era el único de la Operación, o había más?

-Había otros cinco, el resto eran todos jóvenes norteamericanos con problemas.

-¿Cómo fue la estancia?

-Horrible. Desde que llegábamos comenzaban a suministrarnos pastillas cuatro veces al día, durante el desayuno, el almuerzo, la comida y antes de acostarnos, para así mantenernos sedados.

Producto de las drogas, Rodríguez pronto se dio cuenta de que sus capacidades disminuían. Era, por ejemplo, incapaz de aprender cosas nuevas y proclive, además, a olvidar hechos recientes, lo cual, de cierta manera, le supuso un alivio, teniendo en cuenta que durante ese tiempo asegura haber sido violado por un trabajador social del reformatorio, de procedencia mexicana.

-Su nombre era Raúl Rodríguez. Abusó no solo de mí sino también de otros. Solía pedir permiso durante los fines de semana para sacar a pasear a los niños, para que despejaran, eso decía, y los del centro ni siquiera preguntaban. Supuestamente nos llevaba a casa de un familiar suyo, en Houston, como a una hora de viaje de Victoria, pero en realidad era para su apartamento. Allá nos metía en un cuarto.

En una ocasión, cansado de las violaciones, las pastillas y el desinterés de los trabajadores sociales, se las ingenió para escapar.

-Fue de noche, pero cometí el error de buscar ayuda en una iglesia de barrio, de donde llamaron inmediatamente a Deveraux para verificar si alguno de los muchachos se había fugado.

-¿Qué sucedió cuando fue llevado de vuelta?

-Me confinaron durante varios días en estado de isolation (aislamiento) en una especie de calabozo pequeño, donde solo había un inodoro y una cama de hierro, sin colchón. La comida la pasaban por debajo de la puerta.

Durante su estancia en el reformatorio Rodríguez apenas pudo comunicarse con el mundo exterior. Escribió a Walsh2, a trabajadores sociales de Caridades Católicas y aun al obispo Coleman Carroll, de la Florida, quejándose de las condiciones de vida en el centro y solicitando permiso para pasar unos días con sus padrinos en su casa de Nueva Orleans. Nunca recibió respuesta, más allá de vagos “lo pensaremos”.

 14 de mayo de 1965. A un trabajador social:

You know Mr. Hudson, every once in a while I feel that all of this that’s happened to me is a dream, but then I realize it is not a dream (…). I miss Miami, the crowds, its highways, Downtown, a place where I could go out and forget all my problems, forget all my cases, as the song says (…). Mr. Hudson, could you tell me how long I’m supposed to stay in Deveraux, please tell me the truth and please give me a date (…).3 

13 de junio de 1965. A Carmen R., trabajadora del Catholic Welfare Bureau:

Mrs. R. my godparents are in New Orleans, if they give me permission, may I go this August there. I can see that the Catholic Welfare never have been in a reformatory school, so they don’t know how we feel to be in a place where you can not go out (…). Please, Mrs. R. when you read this letter do not just go and say rules and regulation, just think of the Cuban boys who are here and how they feel (…), think as if a son of yours was writing this letter, not just a stranger (…).4

30 de junio de 1965. A Monseñor Coleman Carroll, Obispo de la Florida:

I’m writing you in the name of all Cuban boys who were placed here by the Catholic Welfare and the Child Welfare Bureaus, to please think what is said in this, when you answer me after you have put yourself in our place, then you can realize how we feel to see other people leaving for their vacations and we staying (…). I know Christ suffered a lot and he did not have any good time, but please just put yourself in our place (…).5

Tampoco, por más que lo intentó, logró comunicarse con su familia.

-Traté en varias ocasiones de contactar a mis padrinos, pero siempre en vano. Años después, cuando revisé mi expediente de la Operación, descubrí que las cartas que les escribí durante aquellos meses nunca salieron de Deveraux, como tampoco me fueron entregadas las que mandaban ellos. También supe que solicitaron mi custodia en más de una ocasión y que siempre les fue denegada bajo la excusa de que me encontraba atravesando un proceso psiquiátrico que no me permitía abandonar el reformatorio”.

***

Han pasado un par de horas desde que comenzamos a hablar y sigo sin entender la fascinación de Rodríguez por el apartamento. Pienso entonces por un segundo que obviamente no vemos lo mismo. Pienso entonces por otro segundo que tal vez sí vemos lo mismo, solo que no miramos igual. El caso es que en este instante el hombre atraviesa orondo la casa mientras explica sus planes para decorar. No tiene bosquejos ni planos de nada, pero ciertamente tampoco parecen hacerle mucha falta. Solo basta echarle una ojeada para entender que desde hace mucho tiempo, quizá incluso desde antes de encontrar este lugar, Rodríguez ya llevaba concebidos los rincones de su casa.

Por lo demás, después de un rato dándole vueltas a la idea, queda flotando en el aire la casi certeza de que hombre y apartamento debían cruzar en algún punto sus caminos. Si lo piensa uno bien, se necesitan ambos para sanar.

***

Finalmente, en junio de 1966, tras cuatro años y medios de separación, Rodríguez se reencontró con su madre y hermana en los Estados Unidos.

-Mami había llegado casi cuatro meses atrás, en marzo, y desde entonces comenzó a exigir la custodia. Con ella allá y papi casi que en camino, no tuvieron otra que dejarme ir, pero incluso así no me dijeron nada hasta última hora.

-¿Qué recuerda del encuentro?

-Ese día fui en autobús desde Victoria hasta Nueva Orleans, donde me recogió mi padrino. Al llegar a su casa ambas estaban esperándome de pie en el portal. Cuando las vi –hace una pausa y sonríe–, besos, abrazos, lágrimas. Felicidad total.

-¿Adónde fueron a vivir?

-Nos quedamos con mis padrinos ese primer mes. Luego contacté a una señora norteamericana, amiga de mi abuelo, quien nos pagó el viaje a Nueva York. Allá nos alojamos con unas amistades por un par de semanas hasta que rentamos un apartamento. Al año siguiente, en el 67, llegó papi. Ya para entonces yo trabajaba en un Burger King, porque había decidido no seguir estudiando.

-¿Cómo fue la vida con ellos después de tantos años de separación?

-Al principio bien, porque era la alegría de estar todos juntos de nuevo, pero llegado un momento comenzamos a tener problemas.

-¿Qué tipo de problemas?

-Cosas de adaptación. A ellos, por ejemplo, no les gustaba que saliera de noche.

-Y a usted sí.

-Por supuesto. Yo estaba en Nueva York, en la capital del mundo, donde podía hacer aquella vida nocturna con la que siempre había soñado.

-¿Lograron ponerse de acuerdo?

-No. Al final me tuve que ir. Les dije que solo regresaría cuando se dieran cuenta de que ya no era un niño, sino un hombre en formación.

-¿Adónde se fue?

-A Miami, que es donde estaba la concentración más grande de cubanos.

-¿Quería estar rodeado de cubanos?

-Claro –responde de inmediato-. Yo nunca dejé de sentirme cubano.

El arranque, sin embargo, apenas le duró. Tan solo dos meses después, Rodríguez reconsideró su posición y regresó a Long Island, Nueva York, donde vivió los próximos trece años vendiendo hamburguesas, cámaras fotográficas y joyas en Bloomingdale’s. Durante ese lapso de tiempo, además, estuvo casado por cuestión de un año, una semana y un día, cuando procedió a firmar los papeles del divorcio.

-Nos conocimos en una fiesta de quince. No sabría explicar qué me pasó con ella, solo que fue como cuando están levantadas todas las fichas de un dominó y de repente alguien empuja la primera y el resto cae detrás. Esa es la mejor explicación que tengo. Quizá por eso fue un desastre total. Hice lo posible por solucionarlo, sobre todo porque yo quería tener hijos, algo que siempre he deseado profundamente, pero en vano. No resultó.

A comienzos de los años ochenta, Rodríguez retornó a Miami, esta vez en compañía de casi toda la familia. Allí continuó ejerciendo como vendedor en tiendas por departamentos y negocios privados y tuvo, también, tres relaciones de las que prefiere no hablar. En 2002, cansado de los Estados Unidos, se mudó a San Juan, Puerto Rico, buscando similitudes con la vieja Cuba, y a finales de noviembre de ese mismo año, en medio de la rutina propia de los aeropuertos, tomó en sus manos un periódico que terminaría dando un vuelco a su vida.

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Es febrero de 2016 y vamos por Miami siguiendo el curso de una expressway. En la reproductora del carro, a medio volumen, el tema Dame guerra, de Buena Fe, grupo preferido de Rodríguez. Mientras conduce, hablamos sobre la campaña presidencial. Le pregunto por quién tiene pensado votar y responde que, si tuviese que escoger, probablemente se iría con la Clinton, de todos los males el menor. Le digo que no entiendo por qué eso de si tuviera que escoger y sabremos entonces dos cosas. La primera: que contrario al resto de su familia –republicana por definición–, prefiere siempre a los demócratas. La segunda: que Rodríguez no vota en los Estados Unidos porque no es ciudadano norteamericano. En más de cincuenta años nunca ha tenido interés en serlo y por tanto ya nunca lo será. Nació cubano y con eso le va.

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Según Rodríguez, en cuanto la acusación fue cursada a nivel de tribunales aquel fin de año de 2002, representantes de la Iglesia Católica de Miami le ofrecieron dinero para que no continuara el caso.

-Llegaron a hacerme tres propuestas. La primera fue de cien mil dólares, las otras dos prefiero callarlas. Las fueron aumentando de a poco, hasta que se dieron cuenta de que no aceptaría ninguna.

Concluida la conferencia, Rodríguez concedió a la cadena Mega Televisión una entrevista de una hora, que sería transmitida en diferido esa misma noche a través del programa María Elvira Confronta.

-En ese momento yo estaba en casa de mi hermana, sentado en el sofá con ella, papi y mis sobrinos alrededor. Mami había muerto un mes atrás, el 5 de julio. No llegó a enterarse de nada.

-Entonces fue durante el programa que su familia lo supo todo.

-Se habían enterado en la mañana, a través de la rueda de prensa, que causó mucho impacto. Con la entrevista de la noche supieron más detalles.

-¿Ellos nunca le hicieron preguntas sobre esos años?

-No muchas, tal vez porque siempre les di a entender que después de dejar a los Pangerl había pasado el resto del tiempo en becas y colegios.

-Debe haber sido un momento difícil.

-Difícil y duro, porque no es fácil compartir con tu familia algo que le has ocultado durante tantos años, casi cuarenta. Pero enseguida me dieron todo su apoyo y eso me dio más fuerzas para continuar.

En 2008, sin embargo, tras años agotadores de citaciones e investigaciones judiciales, cuatro de los cinco jueces del Tribunal de Apelaciones del Tercer Distrito Judicial de Miami encargados del caso se abstuvieron. Como resultado, el proceso no solo fue cerrado, sino además imposibilitado en lo adelante de pasar a la Corte Suprema de los Estados Unidos.

-Fue frustrante al comienzo, por supuesto, pero aun así decidí continuar luchando, solo que de otra manera. Me uní a los miembros de una organización llamada Protect our children, quienes intentaban echar abajo una ley que había en el estado de la Florida, respaldada principalmente por la Iglesia y los republicanos, con la cual no se podía denunciar ningún delito de violencia contra niños pasados tres años de cometido.

-¿Tuvieron éxito?

-Oh, sí. Luego de meses y meses de campaña logramos que la derogaran. Ahora, sin importar cuánto tiempo pase de un abuso infantil, es condenable. No gané mi batalla personal, pero sí esta, mucho más importante.

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Rectifiquemos: Rodríguez podrá muy poco parecer un adulto y sí en cambio alguien quebrado, pero lo cierto es que después de escuchar su historia, resulta imposible mantenerse ajeno al temple abismal de este hombre, que es también, si se quiere, el más sublime de los sparrings, un hombre al que la vida ha propinado todo tipo de golpes, golpes que quizá habrían acabado con otra persona, pero que a él parecen haberlo hecho empecinarse rabiosamente en no bajar nunca la guardia ni ser expulsado del cuadrilátero.

Eso, que Rodríguez es el más sublime de los sparrings.

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En 2011, pasados 50 años desde que saliera rumbo a los Estados Unidos, Rodríguez decidió regresar por primera vez a Cuba, aun en contra de los deseos de su familia.

-Nunca había pensado en venir, pero mis amigos de Puerto Rico me animaron a escribir un libro sobre mis experiencias y creí que la única forma de hacerlo era retornando acá, donde todo comenzó. Desde entonces no he parado de venir. Al regreso encontré todo, absolutamente todo cuanto había dejado atrás. Cuando visité la que había sido mi casa quedé incluso sorprendido. Estaba decorada igualito que cuando la vi por última vez. También recorrí lo que antes era el Colegio Marista, caminé las calles del barrio, saludé a viejos vecinos, fui a la Iglesia del Cobre.

-¿Y quiere establecerse acá?

-Sí, quiero regresar. Después de varias visitas he descubierto que aquí es donde realmente soy feliz. Por eso quiero comprar este apartamento y arreglarlo, porque aunque nadie se dé cuenta es un centro de vida, un centro de esa vida cubana que nunca tuve y ahora quiero tener.

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Justo cuando las cosas parecían comenzar a salir bien Rodríguez falleció. Fue el 14 de abril de 2016, a las 3:23 de la tarde, en el departamento de su padre, en Hialeah. No sabemos mucho más salvo que llevaba varios días con vómito, que no quiso ir a consulta, que se debilitó demasiado rápido y que para cuando su hermana marcó al 911 era ya demasiado tarde.

Par de semanas después habría regresado a La Habana.


1Salón interior del aeropuerto. Se le llamaba así por sus grandes paredes de cristal, parecidas a las de una pecera.

2Los fragmentos de cartas presentados a continuación fueron transcritos respetando la ortografía original.

3Sabe Sr. Hudson, de vez en cuando siento que todo esto que me ha pasado es un sueño, pero entonces me doy cuenta de que no lo es (…). Extraño Miami, las multitudes, sus carreteras, el Downtown, un lugar donde poder salir y olvidar todos mis problemas, dejar todo atrás, como dice la canción (…). Sr. Hudson, ¿puede decirme cuánto tiempo se supone que esté en Deveraux?, por favor dígame la verdad, y por favor deme una fecha.

4Sra. R. mis padrinos viven en Nueva Orleans, si me dan permiso, ¿puedo ir en agosto allá? Puedo ver que los del Catholic Welfare nunca han estado en un reformatorio, así que no saben cómo nos sentimos al estar en un lugar del que no podemos salir. Por favor Sra. R, cuando lea esta carta no me hable de reglas y regulaciones, solo piense en los niños cubanos que están aquí y en cómo se sienten (…), piense que es un hijo suyo quien escribe la carta, y no solo un extraño.

5Le escribo en nombre de todos los niños cubanos que fuimos ubicados aquí por el Catholic Welfare y el Child Welfare Bureau, para que por favor piense lo que le decimos. Cuando me responda, luego de haberse puesto en nuestro lugar, entenderá cómo nos sentimos al ver que otros salen para sus vacaciones mientras nosotros nos quedamos (…). Sé que Cristo sufrió mucho, y que no la pasó nada bien, pero por favor solo póngase en nuestro lugar (…).