Cartel, titulado Cuba PostCastro, muestra una multitud de Fidel Castros repetidos, con uniforme verde olivo y fusil. Autor: Arístides Hernández (Ares).

Cuba PostCastro (Cartel; 70 x 50 cm; 2008)/ Autor: Arístides Hernández (Ares).

Las artes visuales han dejado de ser el movimiento vanguardia de la cultura cubana. Quién lo sospecharía en los años ochenta, cuando un Tomás Esson se autoproclamó «el peor pintor de la historia». Aquellas sátiras erótico-políticas desacralizaban la épica heroica, plagada de mártires exonerados de los vicios. Lo curioso es que el artista y pedagogo Flavio Garciandía le otorgaba a las blasfemias de Esson más valor pictórico que contestatario.

Qué diríamos de las intervenciones públicas de Artecalle o Art-De. Cómo olvidar El objeto esculturado (1990), mega-exposición colectiva que terminó con la reclusión de Ángel Delgado tras defecar sobre un periódico Granma, con el castigo a los especialistas del Centro de Desarrollo de las Artes Visuales y con los artistas de provincias recogiendo las piezas sin gozar de sus quince minutos de gloria habanera.

Los vertiginosos ochenta fueron auténticos porque el dinero nunca fue un invitado de honor al festín de la insubordinación. Cuando irrumpe el cabrón money suele acabar el libertinaje. Ahora los artistas piensan en la economía del arte antes que en una síntesis de recursos para hacer más con menos. La carrera determina la obra en el punto de esbozar un work in progress

El hecho de que casi todos los cabecillas de la movida ochentera abandonaran el país, significó un alivio para rediseñar una política cultural al margen del libretazo suicida o el desinterés financiero. Se imponía desterrar la herejía frontal en beneficio de una creación visual con mayor demanda en cuanto a producción, consumo. Eso permitía avivar en los jóvenes el afán por viajes, becas, ganancias. Otra dinámica de prosperidad donde mediara la gestión estatal. Cuando el Estado resguarda a los artistas e intelectuales de las «malas influencias», los silencia.                                 

2.

Eventos, congresos, advertencias, decretos, cartas, diálogos interruptos, exclusiones, idas, vueltas, gritos, susurros, evasiones. Para qué desmontar los vínculos o divorcios entre un artista y la Institución Arte, si todo se cocina en una olla podrida donde lo único perdurable es la sobrevida; algo que exige a cada entidad una separación entre precio y valor, ética y estética, actitud y aptitud.

Entre la carencia y los burócratas flota la eternidad del arte hecho en Cuba. La ideología muta en el aro gigante por donde debemos entrar para ganar el beneplácito de higienistas disfrazados de hermeneutas; esos mirones que dictan la última palabra y copan galerías o centros culturales legitimados.

Un cuadro político mal pintado es un funcionario de la nomenclatura visual con la misión de avanzar a tientas sobre el lodo. Los marcos alternativos serían cualquier periodista, crítico, curador independiente; toxinas que, según la cúpula gubernamental, huelen a disidencia barata de rebeldes sin causa. Si la ideología constituye la peor enemiga de la ideología, el circuito local se devora a sí mismo.

3.

En Jaimanitas, humilde localidad habanera, reside el artista José Fuster, un ceramista y emprendedor que convierte un fondo de botella en un rubí. La Casa-Estudio de quien trueca lo minimal en lo mínimo se ha transformado en una tienda donde pueden adquirirse piezas a diversos precios. El desfile turístico es constante. Los vecinos envidian al Fuster alquimista. Él saluda a todos, atiende a los visitantes y sigue la fiesta.

La apoteosis del kitsch invadió Jaimanitas, un lugar donde hay gente que nunca ha ido al Vedado. Conocí a lobos de mar que no soportaban vestirse ni alejarse de la costa. No iban a la escuela ni se habían enfermado nunca. ¿Qué es la Revolución cubana? ¿Una asignatura?, quizá se hayan preguntado distraídos. Una noche de verano se lanzaron al mar, rumbo a la Florida en tablas de surf, sin haber ido a husmear a la capital.

José Rodríguez Fuster confesó ante las cámaras de Cubavisión Internacional que su mayor inspiración era el arquitecto catalán Antoni Gaudí y su parque Güell. «Si Gaudí lo oye, resucita», diría alguien medianamente instruido. También considera a Pablo Picasso como su padre espiritual. El colmo de los globos sobrevino cuando le llamaron el «Picasso cubano».

En «Fusterlandia», la moneda nacional está simbólicamente penalizada. Sus animadores confían en que el último turista que los visite pasará por allí y algún recuerdo se llevará del arte puesto al servicio de la comunidad.

El voluntarioso y admirable Fuster representa un icono naïf en un país de ancianos tercos. La sociedad perfecta en que los jóvenes rechazan el «mundo feliz» de sus padres y prefieren anclar a cuenta y riesgo en Groenlandia, Australia, Serbia. El poeta y ensayista cubano Emilio García Montiel, sintetiza en un verso aquel impulso que lo condujo a emigrar: «Yo deseaba un viaje, un largo y limpio viaje para no pudrirme».

4.

Salvando las distancias de valor y precio visual, el dibujante Roberto Fabelo hace otro tanto a puertas cerradas o para curiosos de marca. En la calle aledaña a su residencia parquean lujosos automóviles. Algo o mucho se cocina a diario tras esos muros.

Fabelo no es un mito popular, ni aparece en la televisión actualizando a la multitud sobre su quehacer o su buena estrella. No confía en el populismo, donde la demagogia suplanta al talento. No le gusta guarachar con la Sinfónica Nacional. No se le dan los pasos de baile ante desconocidos, en medio de la cosa pública.

5.

La magia conceptual se pierde cuando el prestidigitador no puede sacar un fajo de billetes de su sombrero para mostrarle a los espectadores un truco contundente. Lo triste no es cuando el artista no tiene nada que perder, sino nada que ganar. Las limitaciones comerciales del conceptualismo lingüístico, opuesto a la imagen seductora, obligan a una reinvención estratégica en términos de lograr un consumo orgánico de la obra. Otro tanto sucede con el arte político devenido tabú.

Reynier Leyva Novo es un artista que respeta la incidencia de la imagen, sin renunciar al contenido que favorece el pliegue abstracto. Por suerte, este se resistió al influjo de Wilfredo Prieto con su aclamada instalación Apolítico (2001), banderas en blanco y negro batiendo en el aire que sugerían una llegada al grado cero del compromiso. Reynier Leyva Novo descartó esta opción, que otros artistas de su generación cuestionan pero, a la vez, reproducen.

De más está decir que la Institución Arte prefiere a los seguidores, en apariencia, de Wilfredo Prieto antes que a cómplices, en esencia, de Reynier Leyva Novo. De más está decir que los rectores de la política cultural montaron en cólera al enterarse de que este había donado a la #00Bienal, coordinada por Luis Manuel Otero Alcántara, el monto de una pieza adquirida por el Consejo Nacional de las Artes Plásticas.

El control insular es tan  acaparador como frágil. Se roba a mansalva en las empresas y centros de servicios estatales. Pero los opositores generan más inquietud que los delincuentes, y los artistas resultan más peligrosos que los saqueadores.

La disidencia abandona los predios abstractos para convertirse en precepto intolerable. El desacato de Reynier Leyva Novo provocó una rabieta infantil en jerarcas que ignoran o fingen desconocer la malicia cerebral del arte contemporáneo. Como si la intuición o razón cínica le perteneciera al Estado.

Santiago Sierra rechazó el Premio Nacional de Artes Plásticas 2010, concedido por el Ministerio de Cultura español. Tras el escándalo que suscitó su ademán, el artista declaró: «No quiero servir a un Estado criminal». Dotado con una suma de 30 mil euros, Sierra aprovechó el disturbio mediático para realizar un «NO» en metal tridimensional que instaló en Berlín, Nueva York, Bruselas, Toronto, Detroit.

Global Tour situó la negativa más allá del contorno artístico. NO al neo-capitalismo, NO a la guerra, NO al nacionalismo. La escultura re-direccionada como road movie tenía un peso de 250 kilos y, montada sobre un camión, visitó sitios polémicos de la suciedad del espectáculo: Wall Street, la OTAN, el Parlamento Europeo, Naciones Unidas. Santiago Sierra captó el zeitgeist latente.

Si un artista cubano elegido para recibir el Premio Nacional de Artes Plásticas intentara algo semejante, llámese Pedro Pablo Oliva o José Ángel Toirac, un fantasma recorrería la isla fuera de tiempo y espacio mental. En las sociedades de control, un loco es quien percibe o ejecuta lo que el poder oculta. Los demagogos sietemesinos olvidan que la diferencia es tan global como la censura. 

6.

Sería llover sobre mojado recapitular que el turismo mayoritario en Cuba es de bajo perfil. Como que la ausencia de los cruceros afecta más a vendedores ambulantes que a los artistas serios, ávidos de comercializar su trabajo sin regalárselo al primer interesado. Echarle la culpa a las medidas dictadas por Trump implicaría soslayar la falta de un mercado interno del arte hecho en la isla.

Los productores visuales de prestigio no dependen de los paquetes de visitantes, en los que el voyeur reemplaza al comprador, el esnobismo suplanta el interés por una firma y su obra. Al Estado cubano le viene como anillo al dedo que la responsabilidad recaiga (otra vez) en el bloqueo norteamericano; ese verdugo de víctimas a ras de suelo que articulan un regateo sin precio ni valor.

El mercado artístico del centro o la periferia tiene nombres y apellidos. El mercadeo es una cuestión de azar concurrente: algo que emparenta al perseguidor de baratijas con el buscavida que trabaja por cuanto le ofrezcan. Generalizar este dilema convierte el giro populista en una errónea ley de la selva.

Después de tanto estigmatizar el mercado, mientras duró el utopismo socialista de la manutención, el tiempo muerto político le ha terminado dando la razón a los sujetos vivos. Lo que más le preocupa a un artista en Cuba es vender; lo demás es paisaje, objeto, video, instalación o el soporte que se le ocurra manipular.

Tampoco obviemos que los productores locales, grandes y pequeños, quieren vivir del arte y, por supuesto, la materia primera visual supera en grosor a marchants, dealers, coleccionistas. ¿Acaso todos los artistas cubanos que procuran un lugar en el mundo viven de su obra? ¿La crisis reciente del turismo justificaría la quimera morosa y tímida de implementar un mercado interno del arte cubano?

7.

Entre los críticos y curadores jóvenes o experimentados que han salido de Cuba o se han distanciado de la nomenclatura rectora, el panorama analítico resulta desolador. Los espacios digitales de publicaciones o exposiciones brindan un resquicio salvador para quienes declinan plegarse a las normas de legitimación oficial. Les basta oír al ídolo del trap latino Bad Bunny, hacer lo que se les antoje. No les preocupa ceder a otros el Premio Guy Pérez Cisneros.   

Los desencuentros entre artistas y la Institución Arte previos a la 13 Bienal de La Habana dejaron un surco estéril. Siguen desfilando por las galerías exhibiciones intrascendentes de creadores bien vistos por los especialistas del Fondo Cubano de Bienes Culturales.

Los pejes satisfechos nadan en el limbo del confort. Caen fácilmente en las redes del apoliticismo. Sepultan pesadillas. Disfrutan, consumen, esperan. Si ni siquiera luchan contra sí mismos, a quién van a desafiar con bravuconadas de aldea. La unanimidad les cautiva. No están a favor ni en contra del Decreto 349. El que calla, otorga.

Pinceladas, cromatismo, fantasías piadosas sirven de antídoto en contextos postraumáticos. Siguen retornando artistas pacifistas asentados en la diáspora para mostrar su vigencia, como el antiguo gurú zen Leandro Soto. Veremos cuándo lograrán exponer acá Luis Cruz Azaceta o Julio Larraz. La plástica cubana perpetúa su marcha, sin transiciones abruptas, por el camino de las estrategias convenientes. La futuridad del naufragio está garantizada.