Cándida y Mayara / Foto: Cortesía de la entrevistada

Cándida y Mayara / Foto: Cortesía de la entrevistada

Las cenizas del cadáver están guardadas en una caja rectangular de madera barnizada, sobre una especie de repisa o nicho azulejado muy cerca del techo, justo en el umbral que separa la cocina iluminada por el sol de la tarde del pasillo breve que desemboca en el baño y el dormitorio.

La caja tiene incrustada la chapa metálica de una paloma blanca con las alas dramáticamente abiertas como un águila herida. En la repisa también hay una gruesa vela apagada de cera blanca, un vaso de agua, la luz de una flor artificial mojada en incienso y aceite, y una foto cualquiera de Mayara Albite dentro de un portarretrato gris, el portarretrato de la muerte anticipada.

Foto: Cortesía del autor

Lugar donde descansan los restos de Mayara / Foto: Cortesía del autor

Cándida me pregunta si quiero que baje las cenizas y le digo que no, porque ya ella me ha dicho antes que nunca mueve los restos de lugar, y que a lo sumo se sube en una silla para pasar un trapo ligeramente húmedo por la madera y lustrar de vez en cuando esa suerte de ataúd pequeño en el que descansa su hija desde fines de abril de 2017.

Acaba de llover en el municipio Regla, al otro lado de la bahía de La Habana, y el vaho de la tarde irrumpe en el apartamento de Cándida y su esposo Nelson, una segunda planta en la esquina mal asfaltada de Ciruela con la calle 4. Antes de llegar ahí, Mayara Albite se pasó dos años congelada en las neveras del Departamento de Medicina Legal de Pichincha, Quito. En mayo de 2015, con 24 años, se había suicidado en su renta de La Floresta. Durante todo ese tiempo su madre emprendió una carrera a fondo para traer el cuerpo de su hija consigo.

Cándida y yo nos conocimos en medio de aquella vorágine, hacia agosto o septiembre de 2015. Pasamos seis meses en contacto, buena parte de ese tiempo juntos, y en marzo de 2016 publiqué su historia, ya viviendo fuera de Cuba. Yo creía haber aprendido un año antes, después de escribir el relato de un enfermero cubano que había fallecido en África por paludismo, que no se debía estirar más allá de lo publicado, salvo casos muy excepcionales, la relación íntima con las personas de las que uno escribía, ni establecer ningún tipo de afecto que confundiera y que luego lo hiciera quedar a uno como un farsante, o que directamente perjudicara a uno o le quitara el sueño o cosas así.

Mucha gente desamparada tiende a creer que el periodista es algo que el periodista no es, y un periodista debe evitar desde muy temprano cualquier tipo de acercamiento emocional que luego no va a poder demostrar o sostener en los hechos, esencialmente porque todo lo que un periodista debe demostrar está en las palabras, y la devoción, el respeto e incluso el amor hacia un personaje suele cifrarse en la palabra de un modo tan particular que el personaje perfectamente puede luego llegar a creer lo contrario, es decir, que ha sido despreciado o calumniado o destruido.

Así como hay un momento en que el periodista tiene que hablar, hay también un momento en que debe hacer silencio, porque hablar en zona de silencio es balbucear. Pero en el verano de 2016 regresé a Cuba y, negando todo esto, Cándida y yo volvimos a vernos. Me contó que el Ministerio de Relaciones Exteriores le había respondido y que iban a traer el cadáver de su hija a La Habana.

A mí me parecía bien porque me servía para demostrar que a veces el periodismo arregla cosas. Ya había empezado a pensar de ese modo, ya me había separado un tanto de la historia, pero tampoco me sentí demasiado mal porque sé que si no puedes ganarle a tu egoísmo, solo debes enchufar tu cable al amplificador del prójimo y convertir todo eso en una misma cosa edificante en la que tú y el otro sean una fuerza idéntica que empuja hacia el mismo lugar, que era el estado, modestamente, que yo había creído alcanzar al menos con una parte importante de la vida de Cándida.

Después ella me dijo, por esos mismos días, que las dos últimas veces no le habían respondido de la Cancillería y en un arranque paranoico pensé que quizá, llegado a ese punto, las conversaciones conmigo la estaban perjudicando. Dejé de comunicarme y nunca más volvimos a hablar ni supo de mí, aunque a veces yo andaba por ahí, en Madrid o en Dallas o en Medellín, abundando en la historia de Mayara en eventos públicos, y me preguntaba muy íntimamente en qué había terminado todo eso.

Cándida tenía la respuesta, y el fin de año último me la dijo, cuando quiso marcar al celular de un primo suyo que se llama como yo, para felicitarlo por Navidad, y terminó marcando mi número, que yo pensé que ya no tenía. Si hubiera marcado unos días antes, nadie le habría respondido, porque yo casi acababa de aterrizar en Cuba.

Hoy, mitad de enero del 19, Cándida me ha esperado con una olla de espaguetis recién cocinados. «Y sin cebolla», dice, «que a ti no te gusta nada, por eso estás desbaratado así como estás». Me asombra que Cándida recuerde que no me gusta la comida. Incluso recuerda cuál era el almuerzo que por una vez sí acepté: pollo ripiado, arroz blanco, plátano maduro frito. «Pero escarbaste todo eso y lo dejaste a la mitad».

Yo ni siquiera recordaba ya cómo llegar a su casa. Su esposo Nelson, un plomero gentil con los ojos verde opacos, ha tenido que recogerme en la puerta de entrada al cementerio de Regla, un punto de referencia que se ajusta perfectamente con el motivo de nuestro reencuentro. De algún modo, si no suena demasiado grosero, lo que yo había hecho con Cándida durante aquellos seis meses de reporteo era habernos citado siempre a las puertas de un cementerio al que muchos cancerberos no nos permitían entrar, pero sobre todo el kafkiano cancerbero de la burocracia moderna.

Cándida me había dicho que ahora se encontraba peor. Le digo rápidamente que no es cierto. Tiene el cuello empolvado en talco, aretes puestos, el pelo corto y entrecano y elegante, la mirada más despejada, una mirada de cansancio y dolor seco, y no aquella mirada ciega enchumbada en lágrimas y rabia que tenía hace tres años, típica de los ojos que miran para adentro.

Foto: Cortesía del autor

Cándida / Foto: Cortesía del autor

El color tumefacto del odio ha abandonado su cara, sobre la que se posaba antes una sombra obesa, y ahora la luz natural de la tarde de Regla puede abrirse paso a tientas en el bosque tupido de su malestar y caer finalmente sobre los rasgos de barro de Cándida, definir los contornos de su boca morada, o las aletas de su nariz de tierra entreseca y repartida, o esos surcos graves a cada lado del óvalo facial, dos tajos abiertos por el peso de la piel y el volumen de las mejillas.

Había antes una película que ya no hay, que el regreso del cadáver de su hija le ha borrado de la faz, y probablemente esa misma razón haga más evidente o permita ver mejor, en esta nueva imagen de Cándida, la contundencia de una verdad. Que a lo más que podía aspirar era a traer el cadáver, pero no a su hija. Se quita la máscara de una coyuntura y se queda en carne viva. Es por eso que me dice que ahora todo es peor.

De un total de diez mil dólares, Cándida tuvo que pagar de entrada cinco mil al gobierno para la repatriación de los restos, y luego le fijaron una cuota de setenta y cinco dólares mensuales, aunque hace ya tres meses que no entrega un centavo porque no tiene de dónde sacar.

Nelson vendió su casa para cubrir el monto inicial, y ambos se mudaron a este apartamento, que han remodelado de modo paciente y curioso. Es el apartamento del que Cándida se apoderó en la segunda mitad de los noventa, cuando una familia se largó al extranjero y ella se coló por la puerta del fondo y rompió el sello de seguridad. Ambos están especialmente orgullosos de la cocina, y también del piso antiresbalante del baño. En 2017, Cándida se quebró un brazo de un desmayo súbito en un ómnibus, y no puede volver a caerse.

El día que el cadáver de Mayara llegaba a Cuba, falló la electricidad en los equipos sensores de la aduana. El ataúd quedó del otro lado de la estera y los funcionarios no lo querían dejar pasar. Cándida empezó a darse cabezazos contra la pared.

Luego me cuenta muchas otras cosas. Algunas ya me las había contado. Me hace reír constantemente. Es ingeniosa y tiene un carácter recio y un tono chusma muy auténtico y pulido, como una gema finamente trabajada por la miseria de los años y que desenfunda cuando le viene en ganas. No le deja pasar nada a nadie, ni al bodeguero, ni a la vecina, ni al carnicero, ni a la santera que quiso despedir el cuerpo de Mayara sin que nadie se lo hubiera pedido, ni a la testigo de Jehová que viene a predicar por el día y después en la noche se pone una falda corta y sale provocativa para la calle. Se dice para sí que ya está cumplida.

Yo sé que ella va a complacerme en casi cualquier cosa que le pida, y como tiene una inteligencia relampagueante, que puede leer los gestos y los cuerpos, le dice a Nelson que baje la caja con las cenizas, que yo quiero ver.

Nelson se sube a una silla y agarra el cofre. Lo pone luego en la meseta de la cocina, entre el fregadero de agua caliente, el escurridor de los platos y las ollas arroceras y de presión. Todo está limpio, impecable. En la tapa han tallado un Cristo redentor encerrado en un óvalo. Los brazos abiertos, la cabeza gacha. Lo cubre una manta copiosa, de muchos pliegues.

Foto: Cortesía del autor

Caja y bolsa con las cenizas del cuerpo de Mayara / Foto: Cortesía del autor

Cándida abre la caja. En la cara interior de la tapa hay una pegatina blanca de la Sociedad Funeraria Nacional con el nombre del fallecido y la fecha de cremación: Albite López Mayara/26-04-2017. La caligrafía de los datos es quebrada y ninguna letra termina de trazarse del todo, pues la siguiente letra enseguida se le echa encima, como signos deformes que se escribieron antes de tiempo.

Dentro de la caja hay una bolsa azul. Podría pasar por una de esas bolsas de cuero, repletas de rupias o de dinares, que los bandoleros de cuentos muy remotos solían disputarse en los bosques a las afueras de su ciudad o en el interior de grutas y cuevas a las que solo se accedía a través de un código secreto.

No zafo el cordón. Miro por el boquete del nudo y dentro de un nailon veo las cenizas, que parecen la arena de un mar mustio de invierno, una playa en la que no se baña nadie a pesar de la calma. El color predominante es el gris terroso, con algunas piedrecillas blancas o de un amarillo muy pálido aquí y allá.

La bolsa es pequeña. Una sola mano basta para sostenerla. Cándida me pide que la tome. Este es el cuerpo, me digo. Intento sopesar y calcular. Es medible, cierto. Pero cuánto, exactamente. ¿Cinco kilogramos? ¿Siete? ¿Tres?

Saber con precisión lo que pesa una bolsa así, adquirir ese conocimiento, puede tomar una vida. Es una cifra más o menos estándar, mineral, que en el recuerdo adelgaza rápidamente, pero que engorda en el hueco de la mano. Ya no hay grasa ahí, no hay músculo ni sangre ni fisonomía.

«¿Viste cómo pesa?», dice Cándida. «Es el peso de los huesos». El humo del luto se había llevado lo demás.