Obra de Jean-Michel Basquiat

Obra de Jean-Michel Basquiat

A Manuel Moreno Fraginals en su centenario

Uno. El término «posmodernismo» —como descripción de una sociedad y no de un movimiento poético o artístico concreto— ya lo usaba Charles Wright Mills en los años cincuenta del siglo XX. Recuerdo habérselo leído hace más de tres décadas en La Habana, con el ruido de fondo de unas polémicas ochenteras que entonces sacudían la cultura de la isla. Allí el debate sobre la posmodernidad no llegaba solo. Venía convoyado con el apogeo de la perestroika y de la primera generación de artistas nacidos después de la Revolución. Con el viraje oficial hacia Occidente, ahora que el peligro surgía del Este, o con la búsqueda del lugar específico de un país socialista caribeño en medio de la debacle simultánea del mundo moderno y del campo comunista. No faltaba el aliño de la alta tensión entre una Nueva Izquierda que envejecía en Cuba y una Nueva Derecha que florecía en Estados Unidos. Ni el incipiente impacto de una norteamericanización que, por vía de los Estudios Culturales, acabaría licuando el anticolonialismo, la irrupción de los nuevos sujetos sociales o la revolución misma.

En esa atmósfera cubana, y bajo los efectos de su correspondiente sarampión, escribí algunos ensayitos, dos de los cuales he retomado recientemente. Así «Más acá del Bien y del Mal», cuyo subtítulo era, precisamente, «El espejo cubano de la posmodernidad» (recogido ahora en Cubantropía). Así «La arquitectura posible», que sirvió para acompañar la exposición «Arquitectura Joven Cubana» (recuperado en La utopía paralela).

Recuerdo también la primera vez que tropecé con el término «postposmodernismo» (si no quieres caldo «post», toma dos tazas). Fue en la Barcelona de principios de los noventa y lo leí en una entrevista a David Bowie, que lo empleaba para explicar por qué Mick Jagger utilizaba a Lenny Kravitz en su disco Wandering Spirits. Un truco a lo Warhol mediante el cual el influyente se aprovechaba del influenciado y le daba la vuelta a la tortilla. 

Adelantado, como casi siempre, Bowie se anticipó casi 20 años al Victoria & Albert Museum de Londres o al Reina Sofía de Madrid. Y a dos exposiciones —Postmodernism. Style and subversion. 1970-1990 y De la revuelta a la posmodernidad. 1962-1982— con las que, empezada la segunda década del siglo XXI, estos centros declararon el posmodernismo como un capítulo superado.

Encuadrados en la retícula del primer mundo, tales proyectos no concedían protagonismo al posmodernismo jíbaro de las periferias. Ese que ni tenía lugar en sociedades postindustriales ni se manifestaba exclusivamente como la lógica cultural del capitalismo tardío (aunque estos asuntos no le fueran del todo ajenos). En esos paisajes, «lo posmoderno» funcionó como legitimación del sincretismo de siempre y como cultura de resistencia (así lo vio Osvaldo Sánchez en el caso cubano). O dispensando algo de oxígeno en la porfía contra distintas opresiones —externas e internas, de la derecha y de la izquierda—, una agonía hecha cuerpo por Pedro Lemebel en Chile.

Lejos del neoconservadurismo norteamericano, el post-estructuralismo francés, el pensamiento débil italiano o la teoría crítica alemana, el posmodernismo alentó —más allá del núcleo duro noroccidental— un experimento de democracia cultural donde apenas llegaban noticias de la democracia política. Y esto sirvió lo mismo para los países del tardocomunismo este-europeo que para los sudamericanos atenazados por las dictaduras neoliberales. Para la eclosión de las poéticas migrantes en los centros del mundo y para airear el incipiente pop chino. Fue imprescindible en los «afropolitas» de ida y vuelta y en el impulso de las culturas populares. Renovó las metáforas de la insularidad en el Caribe y trajo una fiebre por el reciclaje y la cita que alcanzó la música, las artes plásticas o la arquitectura. Más que una novedad, resultó una validación del mestizaje que ya estaba presente en la antropofagia de Oswald Andrade o en la transculturación de Fernando Ortiz, por poner dos ejemplos pioneros.

Nada de esto implica que el posmodernismo fuera una panacea en esos confines. O que no tuviera su punto de pose o de complicidad con un mercado necesitado de refuerzos pintorescos. O que no se manifestara muchas veces como copia de la copia y concomitancia imperialista (caso de la política cultural ejecutada por la operación Cóndor en el Cono Sur de América Latina). Pero fue un movimiento tan variado como lo fueron sus críticos, que iban desde marxistas hasta adalides de la Nueva Derecha, pasando por tiranías promotoras de las identidades recias, cancerberos del oficialismo cubano o remanentes de la Escuela de Frankfurt. Cómo olvidar aquel paseo de Habermas por la primera Bienal de Arquitectura de Venecia que provocó su agónica defensa de la modernidad, hace ahora 40 años. Cómo no recordar Cuando ya no importe, esa novela de Onetti en la que se describe, con carga extra de vitriolo, la inauguración de un Museo Ronald Reagan de Artistas Argentinos Posmodernos. Cómo no tener en cuenta que Carlos Fuentes se refiriera al subcomandante Marcos como un «guerrillero posmoderno», de la misma manera que Vázquez Montalbán calificó a Hugo Chávez como un «caudillo posmoderno».

No es un detalle menor que, mientras «La Cultura» (en su mayúscula solemnidad) creyó perder mucho con el posmodernismo, «las culturas» (en su arbitraria diversidad) creyeron haber ganado algo con este. En esa cuerda, Nelly Richard proclamó que había llegado la hora de «la crisis del original y la revancha de la copia» y Wole Soyinka la de la «tigritud» africana. Aníbal Quijano le encontró otra posibilidad a la utopía (por el mero hecho de «dejar de ser lo que nunca habíamos sido») y Geeta Kapur disparó la alarma sobre un carnaval de apropiaciones que podía llegar a disolver las identidades en sociedades marcadas por el colonialismo.

Desde México, Roger Bartra perfiló la «desmodernidad», no sin antes precisar que no debíamos remitir este término, sacado de «dismothernism» y no de «dismodernism», a la deconstrucción de Derrida sino al «desmadre», algo que a los latinoamericanos nos resultaba más familiar.

Dos. Después de crecer en ese desmadre, de mi descubrimiento cubano de Wright Mills, del dictamen madrugador de Bowie, de constatar cómo unas venerables instituciones certificaban la defunción de lo posmoderno, y de decirle adiós al siglo XX, tuve la ilusión de que ya podía dormir tranquilo y pasar a otros asuntos. Sobre todo porque había ido a parar a un país como España, con escaso protagonismo en esos debates y en el que un posmoderno no era otra cosa que un espécimen degradado de la modernidad: un «modernillo».

Pero mi sueño se quedó en un pestañazo. Y en nada me vi despertando con el posmodernismo otra vez ahí. Tirándome de los pies junto a otros fantasmas como la Guerra Cultural y el neoconservadurismo galopante, acusaciones de fascismo o comunismo, reivindicaciones de género o «sincomplejismo», el canon y el anti-canon, disquisiciones exasperantes entre la autenticidad y la apropiación…

En materia de actualizaciones, si la anterior controversia latinoamericana entre «posmos» y «antiposmos» había tenido lugar fuera del espacio nuclear de esta polémica, el debate español de estos días parece ocurrir fuera del tiempo. El primero era excéntrico; el segundo, extemporáneo.

¿La España profunda, la invertebrada, la vacía, la vaciada? Vayamos haciéndole un hueco, también, a la España anacrónica.

Si aplicáramos, aquí y ahora, la manoseada treta dramática del estado de coma —al estilo de la película Good Bye Lenin en Alemania o de la novela Pekín en coma en China— y alguien se despertara en este país después de un letargo más o menos dilatado, creería que Reagan o Thatcher siguen vivos, que Jean-François-Lyotard acaba de publicar La condición postmoderna; Lucy R. Lippard, Overlay; Camille Paglia, Sexual Personae; Robert Hughes, La cultura de la queja

Incluso podría pensar que la Guerra Fría sigue candente.

Esto, como casi todo, obedece a una lógica. Después de acontecimientos como el ingreso en la OTAN (1982), y de los grandes eventos de 1992 —los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla—, ¿hay algún intento español por engancharse al mundo que no resulte posmoderno? ¿Cómo calificar, en política, el frente Atlántico de Aznar, catapultado con el performance de la toma de Perejil y la foto de las Azores? ¿Cómo definir la Alianza de Civilizaciones de Zapatero (ese rizoma deleuziano sin origen ni destino)? ¿Qué decir, en términos culturales, de Martirio, del disco Omega de Morente con Lagartija Nick, de la arquitectura de Ricardo Bofill, de la Generación Nocilla?

No es casual que un intento de revisar la modernidad española se titulara Después de la lluvia (Eduardo Subirats); que un ensayo cruzado por estas paradojas se llamara Afterpop (Eloy Fernández Porta), o que uno de los blogs más leídos sobre la política actual tenga por nombre Postpolítica (Esteban Hernández). Todos estos, y algunos otros, transmiten la conciencia de ese malestar propio de una cultura que ha aparecido en el banquete a la hora del postre y con el pastel repartido.

Tres. Algo tendrá que ver, en este desencuentro, el hecho de que España llegara tan temprano a la modernidad. (Ya avanzó Marx que sin la conquista y colonización de América no se hubiera acelerado la primera versión del capitalismo global). Y algo tendrá que ver el hecho de que llegara tarde a una posmodernidad en la que no ha encontrado demasiado acomodo. Como si no acabara de agarrarse en firme al centro del mundo y, al mismo tiempo, mirara con pavor hacia una periferia en la que se precipita sin un discurso fructífero a mano para acompañar la caída.

Tal vez por eso, lo que trasluce esta bronca renovada contra lo que se engloba como «posmoderno» es, sobre todo, la prepotencia del miedo —a la ambigüedad, a lo fraccionario, a las identidades por elección, al avance de una cultura híbrida difícil de encuadrar en los esquemas de una España inmutable. Con el tono burlesco correspondiente, aquí lo «post» no refiere una entidad «posterior» sino una magnitud «disminuida». De hecho, no suele emplearse para calificar sino para descalificar. Da lo mismo si se trata de lo trans o del independentismo catalán, las nuevas identidades LGTBQI o la izquierda poscomunista, el limbo hípster y el mestizaje con las culturas «bárbaras» que amenazan en la orilla.

Visto así, no es difícil que el mundo «antiposmo» tire a menudo de los estandartes de lo rural y lo obrero, la nación y el pueblo, la guerra y los toros. Ahora bien: ¿hasta qué punto estas reparaciones no son también citas posmodernas de un mundo desdibujado? ¿No conforman, acaso, el remake de una esencia que se ha «desvanecido en el aire»? ¿No resuena, en cada aclamación de lo popular, el eco tan posmoderno de Robert Venturi y Denise Scott Brown llamando a aprender «de todas las cosas», por horteras y carentes de estirpe que parezcan?

¿Y no será, en fin, que posmodernos y periféricos somos todos, aunque unos lo disimulemos más que otros?

Consideremos la invocación de la clase obrera en un país que ha destrozado a marchas forzadas su tejido fabril y cuyas industrias —verbigracia de la condición hípster más «emprendedora»— han llegado a mutar en fábricas de creación artística tan izquierdistas en el discurso como legitimadoras del ultracapitalismo en la práctica.

Quizá convenga echarle a un vistazo al libro original que este artículo parafrasea en su título: Quiénes son los amigos del pueblo y cómo luchan contra los socialdemócratas. Se trata de un ensayo de 1894, está firmado por Lenin, y espero que el Abimael Guzmán de turno —sexta o séptima espada del marxismo— no lo califique a él también como posmoderno. El caso es que en esta pieza el líder bolchevique se suelta con una crítica demoledora del populismo de su tiempo, de su falaz representación de unas clases populares que apenas entendía y del remiendo que suponía para un zarismo que, en el fondo, estaba más empeñado en remendar que en demoler.

(Pero bueno, esto pasó hace más de un siglo y describe una situación política tan arcaica que hoy solo podríamos imaginar como cita-remake-parodia).

Ya un poco más en serio, decía Gore Vidal que los pueblos que pierden su imperio recuperan su alma. Lo que no explicó es lo reacias que pueden ser sus élites a la hora de practicar esa recuperación post-imperial y lo predispuestas que pueden estar a lamentar eternamente su pérdida («Más se perdió en Cuba»). Sobre todo, en esta España de hoy en la que la revolución sucede en los museos y los performances en los parlamentos. Donde la transición ha dejado de ser un puente hacia un destino para convertirse en una condición, un work in progress perpetuo. Y donde, más a menudo de lo deseable, en lugar de la revancha de la copia, preferimos su reverencia; más que al traductor premiamos al ventrílocuo, y bautizamos como «guerra cultural» cualquier escaramuza que sirva para despedazarnos por el mero placer de la disección.

Si el posmodernismo llegó a definirse por el «Everything Goes», las reyertas actuales parecen regirse, directamente, por el «Que nada funcione». Sin dejar de columpiarnos entre el adanismo y el mimetismo, la izquierda le habla a la sociedad con el lenguaje académico de las universidades norteamericanas, y la derecha, con el discurso antiacadémico del populismo norteamericano. Toda una telenovela colonial en la que los patriotas conservadores y los antimperialistas progresistas coinciden en imitar a los Estados Unidos y en la que lo mismo copiamos una carta de luminarias ofendidas por lo que llaman «cultura de la cancelación» que el «Yes We Can» de Obama. Y el empoderamiento y lo decolonial, sin olvidar ese momento de éxtasis bilingüe que fue aquel «relaxing cup of café con leche» con el que una alcaldesa de Madrid defendió la sede de unas Olimpiadas que nunca llegamos a albergar.

Es una pena que, en su seguidismo, esa anglofilia copie los temas, pero no la estructura; el ademán y no el fondo. Con lo bien que nos vendría que las universidades asumieran la enseñanza en serio de la cultura latinoamericana, la árabe o la historia anticolonial. (Aunque solo fuera por el lugar de todo eso en la construcción de la tradición, la modernidad y la posmodernidad españolas). 

Y aquí lo dejo. Con este apunte pro-anglo hago un «Stop», esperanzado en que se haya notado el espíritu conciliador que ha guiado mis palabras. Nada me gustaría más que se percibiera esta buena fe. Y si no, como diría ese gran antropólogo de la cultura del siglo XX que fue Pacho Alonso, estoy dispuesto a «que me digan feo».

O «ugly», que suena más cool.