José M. Fernández Pequeño es un escritor y editor cubano, residente en Estados Unidos, cuya copiosa obra incluye dieciséis libros sobre crítica literaria, narrativa, ensayo y literatura infantil. Ha recibido entre otros el Premio Nacional de Cuento 2013 y el Premio Nacional de Literatura Infanto-Juvenil 2016, ambos en la República Dominicana; así como la Medalla de Oro en los Florida Book Awards al mejor libro en español publicado por un residente en ese estado durante 2014. Edita el blog de escritor Palabras del que no está, que le permite compartir sus ideas con las generaciones habituadas a merodear el ciberespacio. En fecha reciente, justo en uno de los rincones del ágora digital, sostuve con José un pequeño diálogo en torno a la veterana existencia de una tradicion reformista dentro del campo intelectual identificado, desde una perspectiva ideológica leal, con la Revolución. Compartimos aquí, de forma ampliada, su mirada sobre este fenómeno, que conoció a través de la vivencia personal y hoy evalúa desde las sanas distancias del tiempo y la geografía.

En una reciente publicación en Internet fustigaste la actitud de la intelectualidad reformista cubana. ¿A quiénes o qué identificas con ese rótulo?

Me refiero a un grupo numeroso y variopinto de intelectuales cubanos que a partir de los años setenta se entregaron a la tarea de reformar las relaciones entre el sistema político que resultó de la revolución triunfante en 1959 y el sector de la cultura en el país. Las circunstancias han cambiado y también la posición de ese reformismo dentro del aparato cultural cubano, pero su base sigue siendo la misma: se sienten partes del proyecto socialista y consideran, por tanto, que es su obligación depurarlo de errores y tendencias dañinas que (en su opinión) resultan periféricas a la nobleza esencial del sistema.

Aclaro que ese reformismo intelectual nunca ha constituido un movimiento o una asociación con lineamientos y programa escritos. Sus miembros tienen en común objetivos de sobrevivencia y participación social, la necesidad de fijar (y hacer producir en beneficio de la obra personal) un campo de acción a la sombra del proceso político-social cubano. En ese sentido, constituye más bien una orientación espontánea de ayuda mutua y defensa de grupo ante el peligro más grave que puede sufrir un intelectual en Cuba: la exclusión.

A lo largo de los últimos cuarenta años, muchos de quienes un día se movieron dentro de ese espectro terminaron desengañados y pasaron a la oposición, con lo que debieron marchar al exilio o hundirse en el inxilio. Otros optaron por acercarse tanto al poder que el compromiso les negó la distancia crítica que resulta imprescindible en la ejecutoria reformista. Se convirtieron, pues, en soldados de fila del oficialismo intelectual cubano. Otros se han mantenido hasta el día de hoy dentro del espectro de actuación reformista, que (por supuesto) ha conocido el ingreso continuo de intelectuales emergentes a lo largo de las últimas cuatro décadas.

Quien conoce las estrecheces con que vive la población en la Isla, puede asegurar que los intelectuales reformistas son hoy un grupo socialmente privilegiado, al que el Estado financia publicaciones, premios, promoción, derechos de autor, actividades a lo largo y ancho del país, viajes al extranjero, puestos de trabajo casi nominales que les dejan mucho tiempo para investigar o escribir, conexión expedita a Internet, etcétera. Es decir, la bse material que cualquier intelectual en el mundo desearía tener a su disposición. Los más destacados (o más hábiles) pasan parte del año contratados fuera del país y ganando en moneda dura sin perder sus derechos en la Isla.

Una última aclaración, el post al que hace referencia tu pregunta no fustigaba a los intelectuales reformistas cubanos en general. Dentro de esa tendencia hay la gama habitual en cualquier espectro humano: desde personas que actúan con apego a sus convicciones, hasta malandrines y oportunistas inmisericordes. Mi post estaba dirigido a estos últimos, y entre ellos, a quienes aparecen sistemáticamente en las redes sociales para atacar a los exiliados cubanos usando una prepotencia inadmisible, si tomamos en cuenta que hasta su conexión a Internet depende del silencio o el aplauso a tiempo frente al poder.

¿Cuál es la génesis de los intelectuales reformistas cubanos?

Son un producto de la radicalización política que comienza en Cuba después de 1966 y se mantiene durante los años setenta, con todo lo que esto abarca: la sovietización definitiva del modelo político cubano, las purgas y castigos por las razones más variadas y la condena sin remedio a cualquier creación intelectual que no se alineara con la función sociopolítica de apoyo directo al poder. Casi todos los intelectuales reformistas fueron castigados en esos años, o al menos, vigilados con suspicacia. A ellos se uniría una buena parte de la intelectualidad que emergió entre los rigores de los años setenta.

Puedes imaginar el conflicto de esos intelectuales. Se sentían “revolucionarios”, muchos no solo se habían entregado en cuerpo y alma al proceso socialista cubano, sino que estaban deseosos de seguir haciéndolo, pero sufrían vigilancia, eran apartados de sus trabajos, veían cómo prohibían la circulación de sus obras por considerarlas inadecuadas… Piensa en Jesús Díaz, por ejemplo, que abandonaría el barco en los años noventa; o en Eduardo Heras León, hoy Premio Nacional de Literatura. Son solo dos casos entre muchos.

En esas circunstancias nacen las premisas fundamentales del reformismo intelectual en las condiciones cubanas: 1) El proceso político-social era justo en esencia, pero necesitaba ser depurado de falencias y dogmatismos. 2) Tales errores se debían a excesos cometidos por personas e instituciones puntuales, nunca a la incapacidad o la mala intención de los dirigentes fundacionales del proceso. Por tanto, el reformismo se sentía llamado a trabajar para que las relaciones entre el poder socialista y los intelectuales fueran replanteadas, al tiempo que la naturaleza del arte y la cultura se entendiera de forma menos rígida. De ese modo, se suponía que los actores culturales podrían ocupar el preponderante lugar que les correspondía en la construcción de la nueva sociedad.

El reformismo intelectual cubano luchaba, pues, en dos frentes al mismo tiempo: contra quienes se oponían al gobierno cubano y contra quienes ellos entendían que lastraban desde dentro el proceso por incapacidad, intolerancia, afán de poder, o cualquier otra razón.

Eso explica la explosiva reacción de estos intelectuales cuando en la primera década del siglo XXI uno de los más connotados comisarios políticos de la cultura en los años sesenta-setenta apareció en un programa de la televisión cubana. Con la sucesión de poder entre Fidel Castro y su hermano en pleno proceso, ¿significaba aquello que la política cultural del Gobierno daría un paso atrás y serían negadas las conquistas tan arduamente obtenidas por el reformismo intelectual? Pero me estoy adelantando…

¿Cómo llegaron a tener los intelectuales reformistas la actual relación con el poder cubano?

Los años ochenta constituyen el campo de batalla del reformismo intelectual cubano, una batalla a veces equívoca, siempre dura, en cualquier caso de vida o muerte… intelectual. A esa década llega el Gobierno cubano buscando caminos menos tortuosos, pero igual de controlados para la comunicación con el sector cultural. Hacia ahí apuntó la creación del Ministerio de Cultura en 1976 y la designación como ministro de Armando Hart, que convocó a muchos de los intelectuales reformistas antes orillados, sostuvo un tenso pulso con los ideólogos más conservadores del Partido Comunista de Cuba y trató de oxigenar las relaciones con los artistas. Los intelectuales reformistas lo entendieron de inmediato como un aliado, como alguien que les tendía un espacio útil para lograr sus objetivos.

No fueron pocas las instituciones y eventos que encauzaron las aspiraciones reformistas a lo largo del país en esos años ochenta, cuya complejidad extrema también aportó lo suyo. De los sucesos en la embajada de Perú y el éxodo del Mariel, que dejaron atónitos a tirios y troyanos, pasando por los aires perestroikos, hasta aterrizar en la disolución del campo socialista, las circunstancias fueron creando condiciones para que el reformismo intelectual se convirtiera en un aliado cada vez más importante del Gobierno. Esencial en esa década fue la ruidosa emergencia de intelectuales y artistas nacidos después de 1959, para los cuales el argumento de la superación del pasado prerrevolucionario apenas significaba nada y que, por tanto, se sentían con el derecho de cuestionar abiertamente la realidad del país. Buena parte del arte y la literatura cubana en esos años se entregó a una función de crítica social que pocas veces acrecentó su calidad estética pero sí inquietó intensamente a las autoridades.

El poder político cubano decidió aplicar una política de contrafuertes. Mano izquierda: endureció la vigilancia, cada provincia vio cómo el Ministerio del Interior se convertía en una estructura superpuesta al Poder Popular, encargada de controlar todas las esferas de la vida social, incluyendo la cultura. Mano derecha: aumentó los recursos dirigidos a proyectos e instituciones culturales de claro corte reformista y comenzó a otorgar lentamente ciertas concesiones antes impensables, como permitir que artistas e intelectuales cubanos salieran a trabajar en el extranjero sin perder su residencia en Cuba. El resultado fue el previsible cuando la dirección de la cultura se pone en manos castrenses. El equilibrio buscado quebró debido a sucesos como la golpiza que en 1988 propinaron agentes de MININT a un grupo de jóvenes escritores reunidos en Matanzas y estalló definitivamente con el affaire del Departamento MC y la causa número 1 de 1989.

A estas alturas y con el país ante un futuro incierto, el reformismo intelectual cobraba cada vez más pertinencia frente al poder político cubano. Subido en la cresta reformista, Abel Prieto ofreció al Gobierno, primero desde la UNEAC y luego en el Ministerio de Cultura, un programa diferente para las relaciones con el sector cultural y en particular con el reformismo intelectual, que poco a poco fue disfrutando de mayor apoyo, importantes incentivos, y una actitud más permisiva de las autoridades frente a la crítica, siempre y cuando esta no pusiera en duda la viabilidad del proyecto socialista cubano.

El colapso soviético y la llegada del período especial cierran definitivamente el lazo. Intelectuales notables del reformismo, como Leonardo Padura o Arturo Arango, han señalado que fue en ese momento de aguda crisis cuando los artistas y escritores encontraron espacios más desahogados para trabajar. Y es obvio el porqué. Con el poder político cubano trabajando desesperadamente por su sobrevivencia, en medio de una feroz crisis interna y una circunstancia internacional muy desfavorable, ¿qué caso tenía, por ejemplo, ponerse a castigar a un escritor por enviar un original a una editorial extranjera sin pedir permiso? Se decretó una suerte de sálvese quien pueda vigilado y, dentro del férreo control que ejerce el Estado cubano, se alentó a las instituciones culturales para que buscaran financiamiento en moneda dura donde este apareciera.

Los años noventa convirtieron al reformismo intelectual en un aliado indispensable para el poder político cubano. A pesar de los graves problemas económicos de la Isla, donde la mayoría de la población vive del invento o de las remesas que envían sus familiares desde el exterior, la inversión en el campo de la cultura ha sido creciente a partir de esos años y en lo que va de siglo XXI para mantener los puestos de trabajo en el sector; ampliar y diversificar la capacidad editorial de cada provincia; costear un extendido sistema de promoción cultural; y mejorar el poder adquisitivo de esa intelectualidad.

A la vista de que en Cuba el control político y la apatía son persistentes, ¿no crees que hacer parte de esa intelectualidad reformista es un camino para, al menos, difundir ideas diferentes dentro de la población y dar consejos al poder?

No me cabe duda. El reformismo intelectual en Cuba ha producido no solo obras artísticas importantes, sino también proyectos e instituciones de gran trascendencia para la investigación y la promoción de la cultura cubana. Además, la diferencia esencial entre el intelectual de fila, entregado sin cortapisas al dogma político, y el reformista es que para este último el derecho a la crítica resulta sine qua non, desde el momento en que su objetivo es mejorar el proyecto, señalar desviaciones y proponer soluciones allí donde cree verlas. Y en ese camino el reformismo ha logrado no pocas veces triunfos puntuales sobre la intolerancia y la ceguera ejercidas desde un poder absoluto como el cubano.

Es curioso que el Gobierno cubano demorara tanto en comprender la conveniencia de la actividad crítica reformista, en tanto le entrega un argumento listo para ser usado frente a la acusación de que en el país se constriñe la libertad de opinión y no se permite poner reparos a su proyecto social. Y sí, es usual escuchar a personas dentro (incluso fuera) de Cuba admirarse del valor con que algunos intelectuales reformistas “se atreven” a tocar problemas tan espinosos en la actual sociedad cubana como, por ejemplo, la prostitución galopante, la baja educación y solidaridad del cubano en su accionar diario, las carencias de todo tipo que genera una economía raquítica, las crecientes diferencias adquisitivas dentro de la población, etc., etc., etc. Y eso está muy bien, solo que en un caso como el cubano la crítica reformista tiene límites insuperabes. Funciona con la lógica del sí pero no.

El crítico reformista ha de cuidar el equilibrio a la hora de exponer la dimensión de los problemas y, sobre todo, sus causas. La culpa de esos problemas puede recaer sobre alguna institución, determinada práctica social o ciertas personas específicas, pero jamás sobre el sistema político y sus dirigentes, cuya pertinencia presente o futura está fuera de cuestionamiento. Si por casualidad pierde el sentido del límite y se atreve siquiera a sugerir alguna duda respecto al modelo político, de inmediato el intelectual deja de ser reformista para convertirse en opositor, y ahí mismo terminan las prebendas. Es por eso que, incluso cuando está lúcidamente expuesta, la crítica reformista resulta incapaz de sobrepasar las verdades a medias.

En resumen, el capital conquistado por el reformismo intelectual cubano no le pertenece. Es un préstamo sobre el cual el poder tendrá siempre la primera y la última palabra.

¿Consideras a los intelectuales reformistas cubanos acompañantes críticos del sistema? ¿Cómo ubicas tu trayectoria y postura en los años vividos en la Isla respecto a este segmento del gremio?

No me parece. Los intelectuales reformistas no acompañan al proyecto político cubano. Son, se sienten y actúan como partes de ese proyecto.

Así me sentí en algún momento yo, que creo haber pertenecido a la rama más crítica del reformismo intelectual cubano. Emergí en los setenta, es decir, llegué al mundo intelectual después del Congreso de Educación y Cultura (1971) e intenté mis primeras armas en medio de una irrespirable atmósfera de vigilancia, suspicacia y exclusión. Bastaba entonces un texto, una opinión o una actitud que parecieran “raros”, según el estricto rasero ideológico del sistema cubano, para que tu situación se hiciera muy comprometida. Acabo de entregar un cuento para una antología que prepara el escritor y humorista Enrique del Risco, en el cual un estudiante universitario en el Santiago de los setenta es emplazado por la Seguridad del Estado debido a unos versos un tanto pesimistas que encuentran en su agenda. Lo que dispara las alarmas de la policía política y desata el cuestionamiento en ese caso es una circunstancia digna de Kafka: los versos (que comienzan declarando: “Hoy se me ha muerto la mano izquierda”) están escritos en el reverso de la misma hoja donde el joven ha copiado una cita del Che Guevara. El texto es ficción; la anécdota, perfectamente real.

Soy de los que creyeron que esas manifestaciones de intolerancia eran desviaciones del proceso político cubano y durante los años ochenta se empeñaron en una contienda para evitar que volvieran a ocurrir. Son años que recuerdo con cariño, una década de oro en la gestión cultural de Santiago. Junto a Joel James, sin duda uno de los intelectuales cubanos más brillantes del período, fundé el Festival del Caribe, la Casa del Caribe y la revista Del Caribe; con escritores como Jorge Luis Hernández y Aida Bahr, creamos los Encuentro de Narrativa Cubana, desde donde un importantísimo grupo de críticos y narradores (José Soler Puig, Ambrosio Fornet, Jesús Díaz, Guillermo Vidal, Amir Valle, entre otros muchos) buscaron abrir espacios a una comprensión menos funcionalista y mostrenca del arte y la literatura por parte del poder.

Como a tantos otros intelectuales reformistas, los años noventa me trajeron la confirmación de que la intolerancia, el control de las libertades individuales y el totalitarismo no eran manifestaciones circunstanciales ni menos periféricas al sistema político cubano. Prefiero citarme a repetirme. Hace unos años, le expresé al escritor Félix Luis Viera en una entrevista para Cubaencuentro: “Se necesitaba una desmesurada capacidad de doblez y fingimiento para continuar creyendo en la utopía fidelista como si nada estuviera pasando, como si no fuera obvia la amarga verdad de que nos habían timado y el proyecto revolucionario terminaba por ser un espantajo de promesas, alianzas estratégicas y consignas para que el poder (cuanto más absoluto, mejor) se mantuviera en las mismas manos”. Me fui a la República Dominicana.

¿Encuentras diferencias entre la actual postura de los intelectuales reformistas que comenzaron en los años setenta, incluso los que se sumaron en los ochenta, y los más jóvenes?

En este terreno no es posible hacer distinciones generales a rajatabla sin cometer injusticias, pues estamos hablando de individuos. Pero creo que se puede trazar tendencias con bastante aproximación. Mientras la mayor parte de quienes arrancaron en los setenta-ochenta y se mantienen dentro del espectro de actuación reformista sienten que tienen un compromiso y la obligación de participar en el debate político, muchos de los llegados con el nuevo siglo adoptan una postura de “lo mío es el arte, no la política”. Es decir, les importa influir sobre la sociedad cubana a través de sus proyectos y de su obra; frente a lo demás, cumplen con las marcas mínimas necesarias para no hacerse sospechosos o cuestionables. A fin de cuentas, han encontrado un medio socio-político menos recalcitrante frente a las formas específicas de nombrar del lenguaje artístico y, sin una propuesta política distinta que los enamore, parece imponerse para ellos lo de “vale más malo conocido que bueno por conocer”.

A la vista de esos límites, ¿qué opciones viables de reflexionar, educar e intentar influir en la población propondrías?

Mira, no estoy seguro de hasta dónde el debate intelectual influye realmente sobre la población. Ni en Cuba ni en ningún otro lugar. Pero es obvio que en el espectro del debate intelectual dentro de la Isla falta una tercera pata, esa que complementaría los puntos de vista de los intelectuales oficialistas y de los reformistas: la perspectiva de quienes creen que el proyecto político cubano está agotado desde hace mucho y ha conducido al país no solo a la ruina económica sino también a una depauperación sin salida aparente en el plano social. Algunos de los más importantes intelectuales reformistas cubanos estarían de acuerdo con que se abriera un espacio a esa tercera pata indispensable. Lo han manifestado más de una vez e incluso unos pocos de ellos han maniobrado en el estrecho marco que permiten las instituciones culturales cubanas para acercar la obra de intelectuales en el exilio al lector cubano.

Pero no basta con publicar algún texto en La Gaceta de Cuba o abrir un espacio en los catálogos editoriales, las salas de teatro o las galerías a un artista del exilio, y los intelectuales reformistas lo saben. Como saben que las instituciones desde las cuales operan no son independientes, pues las decisiones importantes vienen de arriba. Así pues, no veo más opción por ahora que continuar soñando con un gobierno que lo sea para todos los cubanos y no solo para los seguidores (reales o fingidos) de su ideología.