Victoriano Concepción Meneses /Foto: Cortesía del autor

Victoriano Concepción Meneses /Foto: Cortesía del autor

El Solana.

Navegación fluvial, petrolero, embarcación mayor de trescientos pies de eslora total, que es decir casi cien metros. Trescientas personas encima. Grande. No colosal, solo grande.

Lujoso si atraca en un mismo muelle junto a los botes pesqueros de algún puerto pobre. Lujoso cuando, al zarpar de ese muelle, le recuerda al astillero que la modestia no sostiene ninguna gran obra de ingeniería naval, que la pobreza de su orilla es una noria mecánica y le devolverá la misma pobreza en cada vuelta, una y otra vez, una y otra vez.

El Solana: hermoso pero falible, como un héroe que se malogra. Ideal, si no fuese por el fondo. El fondo era plano.

El Solana se hundió.

Viñeta sobre un hombre que parte

Le dije que estaba bien, que muchas gracias. Muchas gracias, comandante. Él atendía las regulaciones legales y la seguridad de los barcos antes de salir del Mariel. Que no cogiera la cigarreta, que el tiempo estaba malo y nosotros llevábamos niños, que mejor El Solana, si me parecía, sugirió.

A mi papá no le gustaba el socialismo. Decía que era un sistema donde no podías tener ni la propiedad de una chiva. Crecí con ese disgusto. No podía quedarme. Subimos mi esposa y yo, con los tres muchachos. Año ochenta.

Un hombre me preguntó si yo estaba allí por escoria. Que no, dije. Que a mí me reclamaba mi familia, dije. Pero que me iba sí o sí, porque yo era ex preso político, seguí diciendo. Entonces se destapó a preguntar, como una metralleta, que de cuál parte de Cuba era, que yo debía conocer a un amigo suyo también de la zona central, que si yo había estado en la cárcel de Nieves Morejón tenía que conocer obligado a Miguel Ángel Orozco Crespo, condenado por agente de la CIA. Con él estuve, lo conozco, dije yo. ¿Cogiste salvavidas? Quiso saber. No, ¿para qué?

Pero no fue el golpeteo del vaivén contra el fondo plano lo que reventó al Solana. No hablo del latigazo de ola que abrió ¿dos huecos? ¿Tres, acaso? No hablo de la pantanera, ni de las turbinas chirriando para drenar aquello. El problema llegó con el lanchón de desembarco de la Marina Americana que se arrimó a rescatarnos. De tan ligera, la lancha, empezó a chocarnos con saña. El mal tiempo la empujaba para arriba de uno. Y ahí sí se armó la lloradera. La gente se tiraba al agua con el salvavidas abajo de los sobacos. Porque era un espolón de aluminio que hincaba los tablones con cada choque. Todo lo desbarató. Astilla.

¡Que era una embarcación de río! ¡Que El Solana paseaba personas en el Misisipi! ¡Que no servía para navegar en aguas profundas! Una información bastante estúpida si estás a cuarenta kilómetros de la costa cubana, entre casi trescientas personas que se han apretujado sobre el techo de un barco semihundido.

Los marines del lanchón no podían con aquello y pidieron ayuda a un Destructor de la Segunda Guerra Mundial, propiedad del ARMY. Y cuando llegó, y cuando por fin comenzó el trasbordo, ya la ansiedad se había colado en las fibras musculares de la gente, por eso las manos andaban por su cuenta, como con vida propia, fuera de sintonía, aruñando el cinturón blindado del barco, tanteando cualquier agarre. Los pies, por su parte, tanteaban el apoyo.

A las mujeres y los niños los metieron en el camarote. Les dieron comida. Los hombres tuvimos que quedarnos en cubierta. No alcanzaba el alimento ni el agua. Y hacía frío, pero estábamos vivos. Todos.

Con mi familia sana y salva, lo que pasara después me importaba un pito. Me tumbé en la baranda unos segundos y miré cómo el mar desguazaba un trozo de casco: la última pista del Solana. Había madera desparramada por todas partes. Eran olas con dientes, pensé. Como las sierras de una carpintería.

Victoriano Concepción Meneses /Foto: Cortesía del autor

Victoriano Concepción Meneses /Foto: Cortesía del autor

Esto es un prólogo

Ahora Victoriano Concepción Meneses, que nació el 15 de abril de 1949, tiene doce años y está bajo ocho o nueve varas de tierra. No metros, ni millas, ni esa bonita palabra: yardas. Los pozos se cavan con varas de hierro, por tanto, se miden según la cantidad de varas necesarias para tocar el manto freático.

Víctor, como le dicen en el barrio, se hunde de a poco en una sustancia negra. Se le pierde el cuerpo en aquella materia. Víctor es, ahora, una cabeza flotando sobre tinta oscura. Le gusta estar ahí dentro. Lo han bajado los socios. La escena es esta:

Desenreda el cubo de zinc y en su lugar amarra una estaca de palo. Asegura. La roldana compensa el peso. Víctor se deja caer del brocal, parado sobre la estaca. Del otro lado de la soga, los socios se reparten entre todos aquel amasijo de huesos para que no reviente como un bulto contra el agua. Dice, desde el fondo, que está bien. Lo grita y el sonido se alarga, se modula.

No le espanta el encierro que supone un pozo. Ni siquiera la idea de quedar atrapado en una muerte viscosa, inacabable, que te deja respirar solo para que asistas con lujo de detalles a tu propia asfixia. Los amigos se han ido, pero regresarán y él lo sabe.

Cree de sí mismo que es muy serio para la edad. No anda en jodederas ni relajos. También cree de sí mismo que es valiente, porque montar toros y subir palmas es cosa de valientes. Todo esto lo cree de sí mismo cuando ya no vive en Guayo, su pueblo natal; ni en Corralillo, donde bajaba al interior de los pozos. Lo cree de sí mismo, casi una vida después, sentado sobre un mueble de hierro en su casa de Pavón, municipio de Encrucijada.

Y usted, que lee hasta aquí, se ha de sentir estafado presumiendo que lo descrito no conduce a ninguna parte, que no hay proeza en que un niño procure el encierro húmedo de un pozo. Pensará, además, que decir Pavón no contiene mayor singularidad que decir los otros dos pueblos, o que decir cualquier pueblo de Cuba al azar, puesto que todos, de manera general, no son más que un puñado de semillas idénticas lanzadas al aire, polvo cósmico. Pero este hombre que me narra su vida está sentado sobre un mueble de hierro, en la casa de Pavón, porque antes estuvo en la cárcel; y antes de la cárcel, en Miami; y antes de Miami, en alta mar, encima de un barco hermoso aunque fallido nombrado El Solana; y antes de ahí, en varios calabozos de Las Villas.

Sin embargo, hay algo pulsando en ese niño dentro del pozo. La cárcel por sí sola –incluso si habláramos de diecisiete años en prisiones de máxima seguridad en los Estados Unidos de América– es grasa refrita. Este sujeto que ahora me mira como quien ha entrado y salido por un pliegue de la muerte no recuerda haber llorado jamás.

Entonces, si me dejan, bien pudiera, digo yo, contarles la historia de un hombre que no puede llorar, asegura él. Un hombre que tuvo una relación especial con el dolor, pero sin padecerlo.

De aquí en lo adelante la historia se pone buena, o eso creo

¿Qué quieres que te diga? ¿Que mi vida ha sido una retahíla de eventos terribles? No lo sé. No puedo saber. No siento miedo ni esa clase de dolores que te cierran el rostro como un puño. Quizá lloré alguna vez, pero sería de niño, cuando mi padre me sonaba. Él era dado a la leña. ¿Que cómo he podido cargar sobre los hombros una vida de perros? Para mí no ha sido una vida de perros. Tuve un amigo llamado Miguel Ángel Orozco Crespo, condenado por agente de la CIA, que me dijo, Víctor, la prisión no se debe sufrir nunca, no pienses que estás preso. ¿Te he dicho ya que soy creyente? En Dios, claro, creo en Dios. Aunque no quiero asistir a un programa de estudio de la Biblia ni nada por el estilo. A cada rato me visitan Testigos de Jehová. Pero si fuera religioso, sería evangélico. Creer me ha dado conformidad. Y la conformidad me ha removido cualquier ambición. Así sobreviví en la cárcel: con la cabeza en blanco, que es decir sin altanerías ni orgullos. Porque la vida, aunque parezca otra cosa, es una pelota de excremento dura y seca. Uno tiene que rodar esa pelota, quererla, guarecerse ahí y alimentar a la cría de uno con esa materia fecal.

Algunos presos, con condenas muy altas, se suicidaron. Los vi. Pero no sufrí crisis de ansiedad. Soy una persona realista. Creo que los suicidas también lo son, claro. Mi condena era soportable y eso me daba ventaja. Sabía que el día número dos ahí dentro, era ya un día menos. Las horas en prisión son como un cincel muy suave, imperceptible, que te va ranurando la razón. Y cuando acumulas muchas horas, la mente ya está hecha un colador. Los que se quitaron la vida le huían a eso, a terminar locos.

¿Tratamientos para los nervios? ¡Nada de eso! Tampoco he tomado bebidas alcohólicas ni he fumado. ¡Y ni una sola raya de coca por flaquita e inofensiva que fuera! No insistas, jamás la he probado. El traficante, te dicen allá, no puede ser adicto. Si una obsesión tuve alguna vez, parecida al vicio, igual de tóxica, fue la de irme echando. A cualquier precio. De Cuba.

¡Porque no me gustaba el sistema! Con la intervención del comercio pequeño nos quitaron un kiosko y una guarapera. No éramos lo que se dice ricos ni ocho cuartos. Aquello solo daba para mantener la casa con los cinco muchachos. Por eso, en el setenta, diseñé mi primera balsa. Faltaba el motor, pero lo robamos de una cantera. ¡Yugoslavo de gasolina! Le dimos una botella de azuquín al custodio para que se hiciera el sueco, aunque en verdad era medio haitiano, negro, alcohólico y de nombre Patuá. Nos íbamos, cinco personas, por un canalizo llamado La Estrella, a un costado de El Santo. Entonces el yugoslavo de gasolina no quiso arrancar, se había mojado. Todo se jodió. Y un año después fui preso. Me chivateó Luis Hernández Arredondo, alias El Pinto. Porque uno se entera de todo.

Me fugué. Me cogieron. Quise fugarme de nuevo. Me trasladaron. El 3 de octubre de 1978 salí.

Las prisiones federales americanas son otra cosa. A veces solo se entra. En Lewisburg, Pensilvania, dormía en una celda solitaria. Las paredes estaban levantadas con masilla. No puedo decir que una prisión construida hace un siglo sea una prisión vieja, no entiendo mucho de eso. Pero nunca la idea de escaparme me atravesó la cabeza. La sola imagen del sitio pesaba tanto como el trabajo de plantearme la fuga.

Digo que tal vez no fuera una prisión moderna porque el salón de visitas, por ejemplo, no tenía cámaras de seguridad. Eran tiempos bastante cómodos para la venta. Le tomé el golpe a la cosa ahí dentro. Quizá por eso ni siquiera fantaseaba con el exterior, lo que algunos llamaban la de verdad, la vida como una interestatal que fluye afuera. ¡Mentira! Me hubiese abierto la cabeza en dos tapas por tal de darle un sentido a aquello, si no me jodía. Por eso seguí con la cocaína. Por eso y porque al principio no habían cámaras de seguridad en el salón de visitas.

María Ruiz Rodríguez, esposa consagrada, madre de mis tres hijos, era mi proveedora.

Constancia del paso de Víctor por las prisiones federales norteamericanas, que aparece en la base de datos pública del Buró Federal de Prisiones.

Constancia del paso de Víctor por las prisiones federales norteamericanas, que aparece en la base de datos pública del Buró Federal de Prisiones.

Polvo, blanca, nieve, flake

Se vierte el polvo en un dedo de guante médico, en la punta. Dos gramos exactos. Luego se amarra con un hilo dental fuerte. Tres vueltas de látex, para asegurar. ¡Una bola de jugar los muchachos! Si te tragas cincuenta y seis, te tragas cuatro onzas. Después solo debes provocarte el vómito, que también tiene su fórmula: una vasija con aceite de comer, sal y agua tibia. Todo se devuelve.

María las traía preparadas en los senos. Yo largaba la mano por este lado, así, y me las iba pasando a la boca mientras tomaba Coca-Cola. Cada onza costaba mil dólares en la calle. Las cuatro que me embuchaba, se vendían allí en doce mil. Te hablo del año 83.

La mercancía entera la compraban dos clientes fijos. Consumidores. Era gente rica. Llamaban a sus familiares desde un teléfono y entonces se enviaba el pago. No, no a la cuenta bancaria. Llegaba por correo postal, sí, vía correo postal. Servicio Over Night, muy popular en aquella época. Uno era propietario de un hipódromo en Nueva York, nombrado Mike. El otro, Obin, de origen canadiense, decía tener acciones en una compañía constructora de barcos mercantes que operaba en Canadá.

Oh, a un gramo se le sacan varias líneas pa esnifar. Hay personas que hacen unas líneas grandes, otras las hacen chiquitas. Pero un gramo da para pasar bien bien un día entero. El efecto de una línea de coca puede durarte de treinta minutos a una hora, depende de la reacción que tenga el organismo. Entonces, si estás en la cama con una mujer, o en un bar, o en…en… se me olvida el nombre, ¡caramba!… ¡discoteca!… Se vende bastante en las discotecas. Empecé traficando en algo parecido a un club, sin embargo, en esta prisión federal de Pensilvania se vendía más cómodo.

Para mis últimos años en Lewisburg ya habían instalado cámaras. El salón de visitas era muy grande, nos reuníamos como doscientos presos. Yo estaba chivateao. Ellos sabían de mí, aunque no se enteraron de cómo entraba la cocaína.

Comencé a comprarle la droga a unos policías. Había un intermediario, otro preso. Nunca supe quiénes eran esos policías. No podía andar con preguntaderas. El portorriqueño que mediaba en el negocio me la daba en dos mil, yo la vendía en tres mil. La entrada se hizo más constante. Ya no hacían falta aquellos suministros en visitas quincenales, y mucho menos tragarme las bolas de látex. Era de una mano a otra.

En Leavenworth, Kansas, sí tuve que vender regado. Fue mi segunda prisión de máxima seguridad. Entre las dos cumplí diez años de la condena. Un tipo con treinta cadenas perpetuas, Jimmy Vilá, que alardeaba con haber entrenado boinas verdes durante las acciones en Las Tierras Altas Centrales de Vietnam, me alertó del negocio ahí dentro, cómo funcionaba, y que los problemas se resolvían hablando cero. Aquí hay que hacer, me dijo. Sin avisar. Y yo capté.

Algunos clientes no querían pagar. Y uno no puede arratonarse porque lo linchan. Menos si vendes droga. Tienes que tratar con viciosos, gente enferma, que pierde el control. Se te va el negocio a la mierda. No levantas cabeza. Un penco.

Les daba la puñalá y salía echando. No era de armar atmósfera. Cada trabajo mal hecho era un cadáver pesándote en la condena. Tiempo que te echabas arriba como un bulto fofo. Entonces sí te embarcas. Perdí la cuenta. Pero lo hacía con limpieza, mira:

De 7:00 a 8:00 de la mañana se abría la celda para el desayuno. Yo faltaba ese día al comedor y me colaba en sus dormitorios. Los esperaba. Ellos aparecían, desayunados, y yo los ensartaba. Y cuando los ensartaba, y cuando me aseguraba de haber enfundado el cuchillo en una barriga cualquiera, no los miraba a los ojos, ni pensaba en los buches de sangre, ni movía en redondo la mano para atornillarle a las tripas la masa triturada del desayuno. Porque no daba tiempo. Tenían que juntarse todos esos detalles en el lapso de un segundo. Por eso mi movimiento se resumía a un gesto, un ademán: saludas, haz como quien se va-clava-saca-dale. Y sí te estabas yendo, te vas, te fuiste. ¿Entiendes? Un solo corte.

Eran llevados a enfermería y entonces no me enteraba si lograban sobrevivir. Los que seguían con vida el gobierno, por seguridad, los trasladaba de institución. No me pesan, no. La prisión es otra cosa, otras reglas. Captarlas es el único modo de entrar en ambiente, en juego, igualito que en la vida afuera, en esta donde estamos tú y yo. Hay que acoplarse. Allí todo se trastoca, y ajustar cuentas a puñaladas es lo natural. Mantener una ética de esas yo-no-me-ensucio-las-manos, es una forma de ser altanero, arrogante, creerte superior, y podías caer feo, podía costarte. Si existía algún sistema de normas, pues yo me mantuve a raya. Duermo tranquilo, como dicen por ahí.

Aunque el primer cuerpo acuchillado que sostuve en mis brazos no fue en prisión, sino en esa especie de club nocturno donde empecé a traficar. Sí, Miami…en…North… ¡caramba!

Calle North 1010 y 198 Avenida del South West

Los cuchillos de cocina Victorinox tienen hojas estampadas y no forjadas. Parecería que la clientela norteamericana no anda quisquillosa respecto a la artesanía de hierros.

Imagino a la clientela norteamericana tomar en sus manos el cuchillo, ripiar en menudencias la imagen mental de un pavo, y pagar con alevosía en la caja registradora de un mall.

Todo esto lo presumo después de leer que Cook’s Illustrated, una revista culinaria estadounidense, los consideró en 2004 como buenos utensilios de cocina y muy populares desde hacía una treintena de años en el mercado de su país.

Victorinox, dueño también de las navajas suizas, produce para 1982 un gran lote de cuchillos Forschner. Cada unidad de ese lote se vende por cincuenta dólares en los mercados de la Florida.

En la calle North 1010 y 198 Avenida del South West de Miami, un hombre, al que llamaremos Manager, trocea una col. Lo hace con la hoja estampada de un Forschner. Es el año 82.

A la entrada de la cocina hay un buró. Detrás del buró, un tipo, empleado de Manager. Encima del buró, solo un revólver. Debajo del buró, algo, un generador de sentido para aquella escena.

El tipo tiene el rostro plano y blanco como una pastilla. La ve venir. Ella corre en blúmer, con las tetas al aire. Está tinta en sangre. El tipo no atina. Agarra el revólver cargado con su mano derecha pero no atina. A la chica la persigue un sujeto en calzoncillos que da zancadas largas. La quiere trincar con sus manos, por eso lanza brazadas al aire.

El sujeto le grita puta de mierda a la chica. Aunque en realidad lo viene gritando desde el párrafo anterior, porque los movimientos de ambos son más rápidos que el sonido y más rápidos que mi redacción. Hay un desfasaje entre lo que vemos, los sonidos suspendidos en la atmósfera y lo que en verdad ocurre. De hecho, el tipo con rostro plano, usted y yo, no entendemos a cabalidad por qué una bola de sangre con dos tetas saltándole se abalanza sobre la cocina, y luego, como si la chica fuera la roca que origina el alud, se le encima una capa de nieve peluda y violenta, y a esas dos capas iniciales se le incorpora el sonido para sellarlo todo.

La chica se cuela en una zona que pertenece a Manager. Se le pierde detrás. Manager le pregunta al sujeto que qué había hecho. ¿Qué hiciste? Manager tiene la serenidad de todo hombre capaz de trocear bien fino una col. El sujeto lo corrige, le dice que no se trata de lo que ha hecho sino de lo que hará ahora. Pero no emplea esa prudencia, lo grita así: ¡lo que voy a hacerte a ti, jueputa! La escena demora, a lo sumo, par de segundos.

El tipo con cara de pastilla se encarga del cuerpo. Manager enjuaga su Victorinox.

Suben el cadáver a la cama de una camioneta Ford Granada. Manager tiene que quedarse. El de cara plana maneja hasta Hunting. La madrugada es un gas negro que los desaparece.

Hay una baranda y hay un pantano. Lo primero es una especie de frontera entre dos dominios. El tipo nota que el cadáver es un cadáver en calzoncillos. Cuenta diecisiete puñaladas en el tórax. Visto así, el tipo siente pena del sujeto. Hay mucha indefensión en eso de estar acuchillado y medio en cueros. Como si no bastara la poca elegancia de estar muerto, muerto y sucio, muerto y frío como un sapo, muerto y feo como una tilapia, muerto y fláccido como una gelatina, y hubiese que sumarle la desnudez de un cuerpo no precisamente joven, el moco genital más difunto que su dueño, sepultado tras un calzoncillo muy digno él, que hace lo suyo para que no nos arranque, la escena, una lágrima.

El tipo cree que el sujeto es dominicano. Le pesa. Le cuesta levantarlo por encima de la baranda. No cree que es dominicano precisamente porque pese, ni digo que en una situación equis el tipo se resista a cargar a un dominicano. Digo que Cara de Pastilla mira al sujeto, mira los ojos sin párpados, redondos como los ojos de las tilapias, le mira los rasgos, acuna su cabeza y lo observa. Piensa que es el instante más íntimo que ha tenido con una cabeza de hombre. Por tanto, esa cercanía le permite asegurar que algún gen dominicano hubo en esa masa fofa. Mira también a todas partes, porque, no sé si les queda claro, pero el tipo quiere lanzar un cuerpo al pantano de Hunting.

Logra trepar el estómago muerto en el filo de la baranda. Se acuclilla y levanta los pies del cadáver para que el propio peso se encargue del resto. Impacta. Un gas negro se traga la escena. Hay un sonido como de coletazos.

Hasta el fémur ellos trituran con la potencia, se dice a sí mismo el tipo mientras arranca la camioneta. Los cocodrilos tienen mil cuatrocientas libras de presión en las mandíbulas, escuchó en un documental bien serio.

Manager le pide que vaya a descansar. El tipo conoce algunos puntos de sutura y decide llevarse a la chica. En su casa, le empata dos trozos de piel sobre el pómulo. Desinfecta. Remienda también parte del labio y la ceja. Desinfecta. No estrictamente en ese orden.

No acepta pago, no. ¿Que cuánto quieres por el trabajo? ¡Que nada porque eso no es pago con nada! Manager desaparece del cuadro unos segundos y regresa con una bolsa hermética.

La bolsa contiene el generador de sentido, la razón por la que existe un buró a la entrada de la cocina. Detrás del buró, un tipo. Encima del buró, solo un revólver.

¿Qué había exactamente en la calle North 1010 y 198 Avenida del South West?

Una casa de prostitución. Enorme. Tenía veintisiete cuartos. La mayoría de las chicas eran jóvenes extranjeras, estudiantes. Todas consumían. Alguna que otra fumaba marihuana pero mi venta era la cocaína. Me buscaba de dos mil quinientos a tres mil dólares semanales. Ahí trabajé durante siete meses. Por la noche. Viernes, sábado y domingo.

Los clientes llegaban al prostíbulo por recomendación. Ante cualquier dificultad con las muchachas, se les devolvía el dinero. Manager no era el dueño pero sí la autoridad. Les aclaraba, a los nuevos, que nada de medidas violentas. En las habitaciones había teléfonos conectados directamente a la cocina. Manager era el núcleo, regía desde allí.

Trescientos dólares la hora. Ciento cincuenta para la muchacha y ciento cincuenta para la casa. Ellas comían en el prostíbulo, se arreglaban el pelo, las uñas, totalmente gratis. Esos servicios los cubría la tarifa de cada una. Yo me sentaba en un buró y vendía por fracciones, por gramos, tanto a las chicas como a los clientes.

Era dominicano. Pregunté luego y me dijeron que sí. No lo hice por dinero. Si me agarraban en la calle con el cadáver debía asumirlo. ¡Vaya, que lo hice porque no quedaba de otra! Manager me cogió una especie de afecto, o de confianza, por eso de haberle botado el muerto. Me regaló polvo puro puro. Medio kilo. Con paciencia podía salir del paquete en veinticinco mil, pero lo di en veinte. Al poco tiempo me fui de allí. No por susto, sino porque se gana mejor a domicilio.

La América de Reagan

En los setenta, Nixon descubre que existe el tráfico de drogas porque existen consumidores y un mercado nacional extenso. Nixon invirtió recursos para combatir el consumo dentro de su país. Fusionó la Oficina de Narcóticos y Drogas Peligrosas (BNDD) –que ya era en sí misma una fusión– junto con otras agencias federales para crear la Administración para el Control de Drogas (DEA).

Nixon pensó en la oferta. Cerró un cruce fronterizo clave entre México y Estados Unidos para que no circulara ni hoja de marihuana, ni partícula de heroína en su territorio. Gerald Ford y Jimmy Carter continuaron los programas para erradicar el mal de raíz, es decir: arrancar los cultivos en tierras extranjeras mediante presiones diplomáticas y leyes de ultramar.

Se gastaron decenas de millones de dólares en La Guerra Contra las Drogas durante los setenta. Y, en efecto, disminuyó el consumo de heroína mexicana, se sintetizó menos opio turco, pero se disparó la blanca cocaína sudamericana entrando, inmaculada o sucia, por los puertos de Florida.

En 1982, Nancy Reagan apareció en cadena nacional, meticulosamente peinada, informando que la cocaína y el crack liquidarían a los hijos de América si ellos no les insuflaban, desde niños, el espanto suficiente. La Encuesta Nacional de Hogares había revelado, meses antes, que 23,3 millones de estadounidenses consumían drogas ilícitas. Las campañas promovidas por la primera dama y los discursos conservaduristas del presidente, orientados a la clase media, rindieron algunos frutos: una década después el consumo se había reducido casi a la mitad de este número.

Sin embargo, la administración de Reagan no solo combatió el consumo, sino que tomó una cifra escandalosa del gasto federal antinarcóticos y lo lanzó por un despeñadero en su obsesión por combatir también la oferta. Falco señala cómo, para la erradicación del cultivo, brincó el financiamiento de 416 millones de dólares en 1981 a 1,6 mil millones en 1987. Mientras que Bruce M. Bagley, profesor titular de la Universidad de Miami, en conferencia impartida en la Universidad Icesi de Colombia, explica que si algún éxito tuvo esa batalla no fue a través de la prohibición ni la intervención, sino a través de la prevención, educación, y diferentes tipos de tratamientos.

Reagan inició programas como La Operación Alto Horno, donde tropas estadounidenses ofrecieron apoyo logístico a la Policía Nacional Boliviana para destruir cultivos. Pero no solo sus soldados, un año después el país sudamericano empleó 48 millones de dólares cedidos también por Washington para desmantelar 26 mil hectáreas de coca. Resultado: los agricultores en Bolivia plantaron más de 35 mil nuevas hectáreas de la hoja. Pudiera decirse que los esfuerzos de Estados Unidos para erradicar las plantaciones en Bolivia fueron una especie de Programa de Apoyo a la Coca a costa de los contribuyentes. La misma política de reducción de la oferta se aplicó a Perú y a Colombia

A pesar de un Ronald Reagan dispuesto a pisotear con sus propios zapatos toda la plantación de coca, marihuana y adormidera de Sudamérica, y a pesar también de que su esposa, estirada como un camafeo, advirtiera a los padres americanos que la droga mataría a sus hijos, o los desviaría moralmente en caso de que alguno quedara con vida, y a pesar del enorme fajo de billetes que los contribuyentes estadounidenses gastaran en política exterior de cara al problema del narcotráfico, la producción de coca casi se duplicó de 1984 a 1994. Colombia redujo su producción pero aparecieron nuevos escenarios de cultivo, nuevos mercados, nuevos grupos de crimen organizado. Se bloqueaban corredores en los límites terrestres y la droga atracaba en los puertos del sur. Se desvalijaban contenedores en las costas de Florida y Louisiana, pero las fronteras estadounidenses son largas y porosas.

El dinero groso que genera el comercio de droga en Estados Unidos se exprime de la venta y la reventa en la calle, y no de los campos de adormidera en el extranjero. Según calcula la Corporación RAND (Research ANd Development), el costo total de cultivar e importar droga equivale a menos del 12 por ciento del precio al menudeo en las calles norteamericanas. Las patrullas de “forcejeo”, muy populares en los ochenta, así como las redadas, resultan para Mathea Falco, ex secretario auxiliar de Estado, las medidas más eficaces para la reducción del consumo en las ciudades norteamericanas así como del crimen asociado al narco.

Tomemos las redadas, y tomemos el crítico año 1982. Víctor Concepción Meneses cae frente a tres agentes encubiertos de la DEA el día 2 de diciembre.

La caída

Llevaban toda la pinta y caímos. Uno mira de reojo el Rolex y ve que es bueno, es de verdad, y ve la cadena dorada y ve también el carro deportivo. Uno cae.

Yo vendía por kilogramos el polvo. La venta grande. El trabajo a domicilio duró poco más de cuatro meses. El lote se cogía en los puertos de Bahamas, había que navegar hasta allá. La cocaína llegaba procesada. Nunca nos gustó la pasta base, nos interesaba el producto final y limpio. Alberto lo compraba a crédito. Alberto Malván era mi proveedor, el que la sacaba de abajo de la tierra, la pagaba, y controlaba ese primer movimiento. Era el punto de arranque. No un capo, aquello no estaba ni cerca de ser un cártel. Más bien éramos un team, unos pocos, algo modesto.

Casi toda la droga se almacenaba en fincas. Malván reunía hasta ocho toneladas de coca en distintas propiedades, sobre todo en las afueras. Era un hombre de poco hablar. Sesentón. Tenía un guardespaldas las veinticuatro horas. La cosa funcionaba así: alguien te recomendaba, él te vendía, entonces, aquí estaba la droga y aquí el dinero. Punto.

En conversaciones supe que le gustaban muchos los gallos finos. Tenía una gallería en la Avenida 40. Llevaba sus animales a Cayo Largo, donde se jugaba mucho dinero en una valla.

En el 82 nos apretaron las tuercas. La DEA coló mil agentes secretos nada más en Miami. Dentro del team nuestro había uno. Nos recomendó a unos supuestos compradores. Gente de la venta al menudeo, como el resto de nuestros clientes, que distribuyen en la calle o a domicilio.

Fuimos a un motel que administraba un expreso político amigo mío: Agústín Álvarez, de Sancti Spíritus. Trabajábamos siempre en equipo los tres. Ellos también eran tres.

Me senté con el primer kilo. Mis compañeros permanecieron parados detrás de mí, por seguridad. Dije que la droga estaba pura, que chequearan. Cada uno se echó una ración mínima en la lengua. Es un test simple, pero muy popular. En la medida que se entumece la lengua, mejor calidad tiene el producto.

Uno de ellos trajo, desde el auto deportivo, el dinero hecho un paquete, envuelto en periódicos. Contaron hasta diecisiete mil, el pago ajustado era de cuarenta y nueve. Entonces sacaron las armas y vimos que se trataba de un operativo. Le dispararon a Mario y a Agustín, ocho tiros y dos. A mí no me dieron. Pude romper una ventana y saltar. Estaba desarmado, era quien presentaba la droga y debía inspirar confianza, por eso decidí ir vestido con blue-jeans y pulóver, ligero, sin armas. Las fuerzas de apoyo me capturaron. No pude levantarme del piso siquiera. Todo estaba preparado.

Después de 90 días en prisión nos llevaron a juicio. Uno de mis compañeros mató a un agente con dos balazos en la cabeza. El otro, disparó al estómago de un policía y le jodió también la pierna, hubo que amputársela.

Mi abogado se portó malísimo. Cobró sesenta mil. Su nombre es Humberto Aguilar1. No reunió evidencias, la defensa fue un desastre. Acostumbraba a representar a narcotraficantes. El fiscal era de apellido Taylor, Nail Taylor. Presidió el jefe de los jueces federales de Florida, Jimmy Lawrence King2, un hombre de alta confianza para el gobierno.

Estábamos hasta el cuello. La cosa se exageró. Los agentes baleados se comieron aquello a mentira. ¡Qué se identificaron antes del tiroteo! ¡Puro cuento!

Llovieron los cargos: posesión de drogas, muerte de un agente federal e intento de asesinato a otro. Treinta años para ellos y veinticinco para mí, porque estaba desarmado. Los abogados de mis compañeros lucharon duro la pelea, pero estábamos hasta el cuello.

Reporte de prensa sobre la redada de 1982.

Reporte de prensa sobre la redada de 1982.

1James Lawrence King (Miami, 1927). Juez Federal Senior para el Distrito Sur de Florida y uno de los jueces con más experiencia en todo Estados Unidos. El Congreso de este país renombró en 1996 el Palacio de Justicia en Miami como el Edificio de Justicia Federal James Lawrence King. En 1999 dictaminó que los familiares de los pilotos de Hermanos al Rescate derribados por la Fuerza Aérea Cubana podían demandar a Cuba por homicidio culposo.