Robert A. Caro / Foto: nybooks

Robert A. Caro / Foto: nybooks

Solo el temor a una muerte cercana ha logrado vencer la inquebrantable vocación de Robert A. Caro. Únicamente así, pensamos, el «último gran biógrafo del siglo XX» sería capaz de posponer el final del trabajo al cual ha dedicado la mayor parte de su vida, para redactar y organizar los textos autobiográficos que, a manera de discreta memoria profesional, publicó a principios de abril el sello Knopf, bajo el ascético título de Working.

Durante la última década de su vida —con especial énfasis en los años recientes— Caro ha dejado atrás la profunda intimidad que le ha caracterizado como investigador, en una actitud sinceramente inesperada por buena parte de sus lectores, que no son pocos. Al parecer, en respuesta a la preocupación reflejada por estos en un reciente artículo de The Wall Street Journal: que su obra, como mismo la Canción de Hielo y Fuego de George R.R. Martin, quede inconclusa.

Durante más de medio siglo, el simpático “Bob” Caro se ha sentado la mayoría de sus días —de 9 a 5— en una torre del centro de Nueva York, a escribir dos de las grandes obras maestras del género biográfico. Cuando no, ha visitado bibliotecas y archivos para documentarse o ha entrevistado a cientos y cientos de personas, más o menos allegadas a los sujetos de sus textos. Así, durante los largos años de su carrera periodística.

Pasó toda una década investigando y redactando The Power Broker, un musculoso volumen que relata la vida del urbanista Robert Moses, a quien Nueva York debe, en buena medida, su forma actual. Y, como si esto fuese poco, desde mediados de los setenta ha estado publicando, en entregas separadas por diez años cada una, The Years of Lyndon Johnson, recuento no menos voluminoso de la vida del 36º Presidente de los Estados Unidos.

Sin embargo, a los ochenta y tantos el impasible reportero parece otro. En sucesivas entrevistas y perfiles (en New York Times Magazine, en Esquire, en National Public Radio) Caro ha confesado que el miedo de no poder terminar su obra maestra le visita, cada vez con más frecuencia, en los últimos años.

Por eso ha revelado, a quien desee escucharlos y publicarlos, sus más íntimas posesiones: sus métodos de investigación y escritura, las historias paralelas a sus libros, los momentos en que su obra puso en peligro el matrimonio y algunas de las confesiones más personales que logró arrancarles a la familia y los amigos de los dos hombres sobre los cuales ha escrito mastodónticas biografías.

Working es, podría decirse, el producto más acabado de ese temor, tan natural, tan humano. Dos meses antes de su lanzamiento, aprovechando su buena relación con el veterano reportero, David Remnick publicó en The New Yorker un extracto del libro que, una vez leído, hace que salte a la vista una peculiaridad: las editoriales suelen dedicarles este tipo de compilaciones a periodistas cuando el núcleo de su obra ya está completo, no cuando aún falta la pieza más importante.

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La crítica ha sido generosa con este libro, menos por su calidad (diríase que es una semi-memoria) que por la majestuosa obra que lo respalda. Caro considera que sus libros, más que a ser precisos recuentos de la vida de importantes personalidades, aspiran a reflejar los medios por los cuales estos alcanzaron el poder, cómo lo usaron y hasta qué punto sus decisiones caracterizaron la época en que vivieron. Además de su profundo compromiso con la verdad, su inusual acercamiento a estos temas —estudió Lengua y Literatura inglesas en Princeton— estuvo marcado por un suceso específico al principio de su carrera como periodista.

De manera fortuita, contaría muchos años más tarde, un joven Robert Caro logró integrar el equipo de periodismo investigativo que Alan Hathway dirigía en el periódico Newsday a mediados del siglo pasado. Poco a poco, su instinto natural para desenterrar historias ocultas y su inusual atracción por la revisión de cualquier papelería se combinaron para su primer éxito: una serie de reportajes acerca de estafas en el negocio de bienes raíces.

Caro descubrió una inmensa red de embaucadores que se dedicaban a vender propiedades en zonas desérticas de Arizona o la Florida a pensionados. La historia no solamente trajo gran prestigio para el periódico, sino que condujo a una participación directa del Senado en el escándalo de los llamados Missery Acres. Su próxima asignación sería la sospechosa construcción de un puente que uniría a Long Island con Rye, en su natal Nueva York.

El proyecto comprendía, entre otras contradicciones, la construcción de unos muelles que, de concretarse, dañarían el curso de las mareas y causarían un aumento significativo de la contaminación en las aguas. «Fui hasta Albany, vi al Gobernador Rockefeller, tuve un largo despacho con su Consejo», relató Caro a The Paris Review en 2013. «Vi al portavoz de la asamblea (…), y me entrevisté con el presidente del Senado en el estado, Joseph Zaretzki. Todos entendieron que el puente era una terrible idea».

Sin embargo, dos meses más tarde un informante en Albany lo llamó diciéndole que Robert Moses, reconocido funcionario público y urbanista, había estado en la ciudad un día antes y le parecía que el periodista debía ir hasta allá lo más pronto posible. Llegó apenas a tiempo para ver cómo la moción a favor de la construcción del puente era aprobada por una inmensa mayoría.

Hasta ese entonces, el joven Bob creía conocer lo que era el poder político. Sin embargo, ahí estaba la gigantesca figura de Moses, tomando decisiones de impacto masivo sin poseer cargos en el gobierno, para demostrarle cuán equivocado estaba. Para entender mejor las esencias del poder político, Caro consiguió que le concedieran una Beca Nieman en Harvard, para estudiar planificación urbana.

Allí tuvo la primera epifanía que definiría su vida en lo adelante. Mientras recibía una asignatura conducida por los dos autores del libro de texto utilizado para urbanismo y planificación física, Caro cuenta que escuchó con paciencia cómo las autopistas y los puentes eran construidos «hasta que de pronto un día me dije, Todo esto está mal. Ellos no saben por qué las autopistas se construyen donde se construyen, y yo sí. Se construyen donde se construyen porque Robert Moses las quiere construidas allí».

La segunda epifanía llegó cuando por fin decidió comenzar a darle forma a una profunda investigación sobre el magnate, más bien, sobre cómo había llegado a poseer tan alto grado de poder y cómo el poder había cambiado no solo su vida, sino la de millones de personas. Comprendió de inmediato que el espacio de un periódico jamás podría satisfacer esa necesidad.

Su esposa Ina, su única compañera en la vida y en sus trabajos durante todos estos años, le siguió incondicionalmente en un proyecto que era poco menos que un sueño: un insignificante reportero de origen judío se enfrentaría al hombre más poderoso de la ciudad más grande del mundo. Pocas personas influirían tanto en la vida de Caro como su esposa.

Quizás su padre, quien se encargó de que matriculase en el colegio Horace Mann, última voluntad de la madre muerta en su niñez. En aquel lugar escribió sus primeros cuentos, visitó las primeras bibliotecas y adquirió los hábitos de solitario que habrían de acompañarle hasta hace poco. Quizás el crítico Richard P. Blackmur, su profesor en Princeton, quien notó en el joven Caro un gran potencial oculto detrás de un profundo desinterés por la dedicación al trabajo. O Alan Hathway, el hombre a quien dedica el primer segmento de Writings, quien le regaló el mejor consejo: «Voltea cada página».

Solo Robert Gottlieb —mítico editor norteamericano, confidente de un puñado de Premios Nobel— ocupa un lugar en su carrera equiparable al de su esposa. Mientras Ina enseñaba en una escuela nocturna, después de haber vendido su casa en Long Island para apoyar el proyecto de su esposo, Robert Caro buscaba desesperadamente una editorial dispuesta a financiarle el resto de su libro y publicárselo.

Otro desenlace fortuito le llevó hasta Knopf, de la mano de su recién conseguida agente, Lynn Nesbit. El sello pagaría por el proyecto, solo si Caro se comprometía a trabajar en un segundo libro, una biografía de Fiorello LaGuardia. Se comprometió sin pensarlo.

Allí nació la relación con su único editor, Gottlieb, quien se encargaría de bregar con la reticencia de Caro por realizar cambios en el estilo de sus textos u, ¡horror!, cortar material de sus manuscritos. A pesar de que el editor eliminó «unas 350 000» palabras del original y de que el propio Moses lo atacó en cuanto vio la luz, The Power Broker fue un gran éxito, que le mereció a su autor el Premio Pulitzer a Mejor Biografía en el año 1975.

Con este, Caro se situó en la cabeza de una corriente del género biográfico que busca ofrecerle al lector una visión de la época lo más completa posible, a través de los recursos de la estructura y la narración. Robert Moses pasó de ser un joven idealista que construyó parques y playas, a un ególatra cegado por la ambición de poder, a expensas del cual cambió para siempre el mapa de la ciudad más importante de Estados Unidos.

Las evidencias recopiladas por Caro y otros investigadores dan segura cuenta de ello. Sin embargo, secciones enteras de las 1162 páginas que conforman The Power Broker están dedicadas a personas cuya influencia en Moses permiten encontrar vestigios de la persona en que se convertiría, o a alguna de las barriadas que la maquinaria de poder bajo su mando destruyó para construir carreteras o puentes. Es por esto que el libro es material de estudio en colegios, tanto de periodismo como de urbanismo, en los Estados Unidos.

«Siento un gran orgullo cuando me subo al tren número 1 y veo a muchachos de Columbia leyendo mi libro», dijo hace poco a The New York Times Magazine el autor.

Aun así, Caro no estaba satisfecho. La acumulación de riquezas en zonas adyacentes a los centros políticos de la ciudad convirtió a Moses en un caso atípico en el ejercicio del poder. Fue, diríamos, un innovador. Para cuando Robert Gottlieb lo citó en su oficina de Knopf para discutir aquel proyecto previamente acordado, ya el reportero —ahora biógrafo— sabía el nombre de su próximo objetivo y no era precisamente LaGuardia.

En otro increíble giro de los acontecimientos, ambos aseguran desconocer qué los llevó a tomar la decisión que definiría la carrera de Robert Caro.

«Es un error», dijo Gottlieb acerca del proyecto de LaGuardia, «(…) No viene de ninguna parte, ni nada sigue después de él».

Atónito, incapaz de pronunciar una palabra, Robert Caro asegura que no podía creer las palabras que saldrían de la boca de su editor sin siquiera él mencionar su idea:

«Creo que deberías escribir sobre Lyndon Johnson».

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La publicación de Writings y todo lo que lo rodea, está marcada por algunos vicios impropios de un autor del talante y la seriedad demostrada por Robert Caro durante más de medio siglo. Pintorescos artículos describen por estos días, aquí y allá, la figura de un gentil octogenario que muestra felizmente sus hábitos de copista, su traje y su corbata, las libretas donde escribe a mano, la máquina de escribir Smith Corona —una de tantas que conserva— donde da forma a sus libros, los lápices con que corrige los borradores. Queda poco de aquel tímido alumno de Princeton.

Después de luchar durante mucho tiempo contra los impulsos de egoísmo propios de quien ejecuta el solitario ejercicio de la escritura, el miedo a que su obra se trague a su persona le ha hecho demorar la importante tarea que aún no termina. Como si tuviese tiempo que perder.

Aun así, no hay que engañarse: en ese pequeño “capricho” de unas 200 páginas que es Writings, así como en su ensayo en The New Yorker, hay elementos de gran valor. El primero de todos es que logra ofrecer al lector ajeno al nombre que firma esas páginas una idea de la poderosa masa que sostiene ese pequeño artículo, como mismo la punta helada del iceberg es apenas una nariz sobre la superficie del mar.

Robert Caro comenzó a trabajar en lo que hoy conocemos como The Years of Lyndon Johnson en la segunda mitad de la década de los 70 del siglo pasado. El resultado de su trabajo ha cambiado para siempre la naturaleza de la biografía política. El proyecto, que él se planteó terminar «en unos seis años», tuvo su primer fruto en 1982, con la publicación de The Path to Power. Ocho años más tarde, publica Means of Ascent y otros doce años después Master of the Senate. La más reciente entrega, The Passage of Power, llegó en 2012, otros diez años más tarde y hace ya siete.

Por el camino, Caro ha acumulado todos los premios a los cuales un escritor norteamericano puede aspirar: otro Pulitzer, dos National Books Critics Circle Award, varios National Books Awards y hasta la National Humanities Medal, entregada en 2010 por Barack Obama, primer presidente negro de los Estados Unidos. Durante la entrega, Obama dijo recordar claramente cuando leyó The Power Broker siendo un joven y aseguró que esa lectura le ayudó a definir su carrera política.

Sin embargo, durante todo ese tiempo este autor no ha escrito textos de opinión para grandes medios, ni ha dictado una gira de conferencias acerca del poder político en teatros de prestigiosas universidades, apenas si ha publicado adelantos de cada uno de sus volúmenes sobre el presidente Johnson. Con ejemplar dedicación, Robert Caro ha entregado su propia vida a cambio de relatar con precisión la de un hombre cardinal en la historia de su país.

El senador que conquistó al Sur segregacionista para luego proveer a los negros de derechos civiles por primera vez en la historia. El hombre que juró el cargo de Presidente a bordo del Air Force One, luego de que John Fitzgerald Kennedy muriera trágicamente en Dallas. El Comandante en Jefe de las tropas que desembarcaron y murieron ominosamente en las selvas de Vietnam. Pero también —gracias a Caro lo sabemos— el joven marcado por la difícil relación con su padre, el ambicioso compañero de clases, el velado amante.

Los miles de lectores de sus libros, esos que aseguran no poder abandonar la lectura una vez comenzada a pesar del grosor de cada tomo, conocerán ahora, justo antes del acto final, a la persona detrás de esos prodigios.

Aquel que consiguió la historia del chofer personal del presidente, lacónico como nadie, a quien Caro debió dedicarle largas horas agujereadas por monosílabos y gemidos. El que logró confirmar, a través del hombre que repartía el periódico en el vecindario, la reacción de los padres de Robert Moses al enterarse de los problemas en que estaba metido su hijo. Cómo él y su esposa rastrearon hasta un campamento de tráilers en el norte de la Florida al hombre que confirmaría las tretas de Lyndon Johnson para ganar unas elecciones, o cómo la hermana de la más célebre amante del presidente lo buscó una mañana en el archivo personal del mandatario, la justa mañana en que él se había topado con una carta suya para él.

Los astutos editores de The New Yorker no quisieron pasar por alto en su selección de Writings un pasaje específico que revela, a la misma vez, el atractivo misterio que caracteriza al reporteo y los motivos que llevaron a Caro a escribir este volumen recopilatorio.

Durante años, Bob mantuvo entrevistas con Sam Houston Johnson, hermano del presidente, tejano de pura cepa, adorador de la figura de su hermano y, sospechaba él, un estridente impostor. Luego de casi un año sin verle —período en el cual aún no lograba caracterizar adecuadamente la relación padre-hijo del presidente y su progenitor— el periodista se topó con él en un local de Johnson City, poblado natal de los Johnson, a donde Caro se había mudado con Ina dos años atrás. Sam había atravesado por un difícil tratamiento contra el cáncer y ahora usaba bastón, apenas podía alzar la voz y no quedaba ni rastro del centelleante llanero de años atrás.

De alguna manera, cuenta Caro, logró llevar a Sam hasta la casa donde pasó su niñez junto a su hermano y sentarlo en la misma silla donde se sentaba a la hora de la cena, en la hora exacta en que solían servir la mesa en la casa de Ealy Johnson, padre de Lyndon, Sam y Rebekah. Una vez allí, le pidió que le contara acerca de las discusiones que el futuro presidente y su padre mantenían, la intensidad que alcanzaban, el papel conciliatorio de la madre, su propia impavidez.

No solo logró un vívido detalle de parte de Sam Houston Johnson, sino que, en un momento cumbre de su investigación, Bob Caro, sentado en una silla a sus espaldas con una libreta abierta, le pidió que le volviera a contar todas aquellas fabulosas historias de su hermano que él mismo había relatado, con lujo de detalles, en otras ocasiones:

«“No puedo”, dijo Sam Houston.

“¿Por qué no?”, pregunté.

“Porque nunca sucedieron”».

De ahí en adelante, el hermano del joven que llegara a ser presidente volvió sobre sus pasos en cada una de las historias acerca de la juventud de su hermano, lo cual sirvió de base para confirmar que los primeros años de vida de Lyndon Johnson, en realidad, fueron bien distintos a lo que todos, incluido él mismo, creían. La cercanía de la muerte hizo cambiar a Sam.

Cuando todavía falta un quinto y definitivo volumen para cerrar The Years of Lyndon Johnson, la constante exhortación de todo aquel que escribe sobre él a «sacar cuentas» acerca de su edad y el estado de su proyecto ha conseguido irritar a Bob Caro. Por eso ha escrito Working, ralentizando su íntima carrera contra el tiempo.

Lo confiesa al cierre de su reciente texto. Se ha dado cuenta de que gran parte de los informantes a los que él volvía, una y otra vez, han muerto. Ha notado que la historia que se conoce de LBJ, ese detallado relato de sus gustos, de sus iras, sus escamoteos y sus logros, esconde otra igual de fascinante que aún está por contarse: la suya propia.

Sin embargo, no se amilana. Tiene planes: el quinto volumen, por supuesto, para el cual asegura que llegará hasta Vietnam, en busca de los mismos elementos que encontró en Jonhson City y en la Casa Blanca. Y una memoria en toda regla donde podrá relatar, con el lujo de detalle que tanto disfruta este biógrafo fundamental, los pormenores de sus estudios sobre el uso del poder.

A los 83 años, Robert A. Caro se está quedando solo con su historia. Esa vida paralela que, como bien ha señalado alguien, le tomó casi menos tiempo a Lyndon Johnson vivirla que a él contarla.