Foto: Legna Rodríguez

Foto: Legna Rodríguez

Para los que creen, como yo, que la sexualidad es la esencia del ser humano, y por consiguiente, de cualquier forma de arte, literatura, Miami es, entonces, el mejor lugar para vivir. En Miami lo sexual siempre está a flor de piel. En Miami vive Baco y toda su generación completa. Lo digo porque buscar trabajo, esa actividad primigenia del ser cívico que somos, es en Miami, también, la primera actividad sexual.

Buscar trabajo en Miami no es un trámite sino un gesto, una confrontación, una fisiología. Se busca trabajo de cuerpo en cuerpo y de boca en boca. Se consigue trabajo hablando y gesticulando y tocando y manipulando. Se gestiona trabajo seduciendo. Yo diría que si eres asexual no se te perdió nada en Miami. Eso no habla muy bien de mí. Eso dice cosas falsas de mi pequeña persona.

Pero yo no importo en este párrafo. En este párrafo solo importa el sexo y el trabajo. Ya sea doméstico o pesado, de oficina o artístico, deportivo o informático, a tiempo parcial o completo, el trabajo es lo fundamental.

Lo primero que se aconseja, al poner un pie en Miami, es buscar trabajo. Se aconseja buscar pareja, pero primero, trabajo. Cualquiera de las dos búsquedas, llegado el momento, se vuelve un mito. Es por eso que Miami, si me lo preguntan, es para mí una mitología. Ciudad mitológica y caribeña, por donde pasa todo. Medioevo. Comerciantes. Puertos y piratas. Miami es el Paraíso y el árbol de Navidad. Si no hay árbol lo traemos. Yo soy traedor de árboles.

Los oficios en Miami son sexuales. Está el que pone los ingredientes sobre la masa y está el que pone la masa en el horno. Está el que llama por teléfono para conversar contigo y está el que contesta el teléfono para hablarte de otra cosa. Están las enfermeras que no son enfermeras y los enfermeros que en otro tiempo fueron médicos-veterinarios.

¿Quién le pone la inyección al gato? Están los policías que nacieron en una cuna humilde en Homestead y los abogados que nacieron en el seno de una familia acomodada en Hialeah. Están las cajeras de pie las ocho horas enteras con várices de dos metros y mucho labial, mucho rímel, mucha base rosada en los cachetes, mucha sombra en los párpados, mucha sonrisa de oreja a oreja.

Está la frase por si desea donar un dólar para los niños con cáncer dicha por una mujer maquillada hasta la nuca. Están los que lo lograron y ascendieron a gerentes. Esos son los principales y con esos hay que hablar si vas a buscar trabajo.

En Cuba se le dice malahoja al que hace mal el sexo. Siempre me ha parecido un epíteto poético. La yerbamala y el malahoja no son lo mismo aunque se parezcan. Pienso que una persona es el colmo de los colmos si además de yerbamala es malahoja. En Miami lo importante es hacer bien el trabajo. La yerbamala no existe y tampoco el malahoja. Con un cheque en el bolsillo cualquier sexo es positivo. Y no solo positivo sino incluso delicioso.

Una vez, hace poco, fui a buscar trabajo a una gasolinera. El ingrediente sexual, en una gasolinera, es más obvio que en una librería, más que en una discoteca. No me gusta tanto trabajar en librerías y muchísimo menos en discotecas, qué decir de las gasolineras, pero para gusto se han hecho los colores, y desde chiquita, cuando alguien me preguntaba por mi color preferido, yo siempre dudaba entre un color y otro, y terminaba prefiriendo el que no era.

Pero los colores no interesan en Miami, al menos en el Miami del que yo estoy hablando, que es un Miami lleno de gente, abarrotado de personas que salen todos los días a buscar un trabajito, a ver si encuentran algo que hacer.

Una misma persona, en Miami, de profesión docente, por ejemplo, puede llegar a trabajar en un motel, una pizzería, una cafetería y una gasolinera, por ejemplo, durante un mismo período de tiempo, digamos cuatro años. La excitación física a la que se ve expuesta supera a la excitación espiritual, y esta supera a la excitación moral. Miami es un kamasutra, es decir, un catresutra.

El motel de Biscayne Boulevar

Se llama housekeeper la persona que empieza a trabajar en un motel limpiando pasillos y habitaciones. No hay apellido para ningún housekeeper, ni materno, ni paterno. No hay género tampoco. El nuevo housekeeper se enfrenta a su gerente el primer día de trabajo por la mañana y su gerente lo mira por encima de los hombros, le hace un guiño, le aparta el mechón de pelo que cuelga sobre su frente, le da un pellizquito en el brazo o una palmadita por la espalda. Muy suave y amable pero entiéndase que se trata de un motel en una zona libérrima de Miami. Una zona de negros, especifican algunos que no son negros y tampoco, tal vez, housekeeper.

No se sabe qué es mejor o peor, si tender la enorme cama que pesa cien toneladas o recoger los condones y los frascos de vaselina y los paquetes de chips y las cremas para cualquier tipo de piel o limpiar la ducha con restos de vómito seco y quién sabe cuántas cosas secas más. No se sabe qué es mejor o peor, si pedir permiso para entrar o tocar la puerta muy suave con los nudillos de la derecha. A esa hora todo es penoso, la líbido en el suelo, el alma en los zapatos. Una acción que se repite para todo el que ha buscado trabajo en un motel y lo ha encontrado, por suerte. La frase ¡tengo trabajo! es la frase de la mayor alegría errática y al mismo tiempo de la mayor salvación. Hay un alivio en el interior y un enorme peso en la conciencia. El peso morboso del arrepentimiento.

La pizzería del suroeste

Se llama pizzamaker la persona que amasa la harina y hace la pizza, redondísima, gruesa, grasosa, y la pone a hornear. No hay apellido para ningún pizzamaker, ni materno, ni paterno. No hay género tampoco. El nuevo pizzamaker se enfrenta a su gerente el primer día de trabajo por la mañana y su gerente lo mira por encima de los hombros, le hace un guiño, le aparta el mechón de pelo que cuelga sobre su frente, le da un pellizquito en el brazo o una palmadita por la espalda. Muy suave y amable pero entiéndase que se trata de una pizzería en una zona libérrima de Miami. Una zona de latinos, especifican algunos que no son latinos y tampoco, tal vez, pizzamaker.

No se sabe qué es mejor o peor, si amasar harina intransigentemente toda la madrugada o poner ingredientes sobre la masa toda la madrugada a una velocidad de diez ingredientes por segundo. Entiéndase que poner ingredientes no es solo ponerlos encima, sino cocinarlos en la plancha que está siendo usada por alguna otra cocinera latina, cansada, exhausta, que si te acercas puede morderte. Ir y venir de la plancha al horno y del horno a la plancha como esos caminos repetitivos y filosóficos que hacen los que tienen todo el tiempo del mundo y toda la holgazanería de la vida.

La zona del horno en una pizzería es altamente sexual, yo diría sadomaso. Por eso hay que agradecer el trabajo en esta zona, esforzarse por no perderlo, hacer horas extras, bromear con los latinos, llegar temprano, irse tarde, comer juntos a las 3:00 de la mañana cuando no hay ningún cliente. Comer juntos de pie unas ricas alitas de pollo fritas, o unos ricos búffalos tender, o unos ricos garlics rolls. Los clientes empiezan a llegar después de las 4:30, casi a punto de amanecer, cuando más se le cierran los ojos al pizzamaker.

La cafetería de Miami Beach

En Miami Beach la historia es diferente. A Miami Beach se viene a pasarla bien, a relajarse y comprar y hacer el amor, aunque estés envolviendo wraps de espinacas y picando cebolla roja durante una hora seguida. Aunque te pongan a fregar porque eres el que llegó de último. Aunque se te llenen los dedos de hongo por la humedad y el detergente líquido, y el gerente se quede mirándote con cara de ¿por qué no te pusiste guantes? A Miami Beach se viene a fregar con swing, a fregar suavecito y rápido, tampoco hay que creerse cosas.

Cada vez que escribo la palabra diferente me viene a la memoria una cantante cubana que le puso a un disco musical así: diferente, y la palabra se le quedó como apodo. Pues eso es Miami Beach, un estado sexual musical, pero un poquito acelerado. En Miami Beach sí se puede convivir armoniosamente: los negros y los latinos, los travestis y los arios, los nudistas y los chavistas, los judíos y los chinos.

Comprar comprar comprar es el eje y el orden de Miami Beach, y alrededor de esa ley todos somos bienvenidos. Como lo de uno es conseguir trabajo y trabajar, a veces se da el lujo de comprar, por qué no, los fines de semana, y de meter los pies en la playa.

La gasolinera de Little Havana

La gasolinera a la que me acerqué en busca del diamante llamado trabajo tiene sus coordenadas en Little Havana, un barrio famoso de Miami más regular que bueno y más malo que regular. No habrá exigencias, pensé. Pero hasta en un barrio malo de una ciudad mitológica hay exigencias, muchísimas. Así que terminaron negándome el trabajo, mandándome a salir con eso que no tengo entre las patas.

Parado en el mostrador de la gasolinera había un tipo borracho hablando con la cajera. El tipo le preguntaba a su dama, una cajera peinada con un lazo a media frente, cuál era la diferencia entre una novia y una esposa. La cajera se lo estaba tomando personal pero el acertijo no era personal, era un acertijo sencillo y feo en boca de un tipo curda. Al mirarlos se notaba que tanto uno como la otra podía ser yerbamala. Cuando alguien es yerbamala se nota.

La cajera no respondió cuál era la diferencia entre una novia y una esposa, y yo salí por la puerta sin mirar atrás, mirando la pantalla de mi teléfono para pedir un taxi que me llevara de vuelta. El taxi era un Toyota, como siempre. La pregunta del borracho siguió rondando en mi mente: ¿en qué se diferencian, en qué se diferencian?

Todo en la gasolinera había sido sexual y sucio. Sexo cochino entre borrachos, meseras y papelitos de lotería. Papelitos no, raspaditos. La lotería en Miami se llama raspaditos, y la diferencia entre una novia y una esposa, dicho a voz en cuello por un cliente borracho, es, sin lugar a dudas, 40 libras.