Legna Rodríguez Iglesias

En Miami, desde hace dos años más o menos, se venden libros, muchísimos libros, en español. Antes también se vendían, claro, pero estoy hablando de una librería en Coral Gables, frente a las narices de dos de las librerías más grandes en inglés: Barnes&Nobles y Books and Books.

Una vez trabajé vendiendo libros y los libros se vendían, pero poco. Se venden libros en español pero no se compran libros en español, sobre todo se presentan libros, se lanzan libros, muchísimos. Porque en Miami, como en cualquier ciudad del mundo ancho y enorme, lo más imporante es la venta, de lo que sea y en el idioma que sea.

Uno puede descifrar Miami a través de las ventas del día, aunque ya se sabe que Miami es una ciudad engañosa. La acera soleada de Miami, donde se vende aquello que no son libros, donde la fiebre del oro todavía no se acaba, por esa no he caminado. Soy propensa a las caminatas pero hay que tener un calzado específico para cada callejuela, y mis calzados son específicos pero impares. Así que yendo y viniendo me encuentro con estos libros, demasiados diría yo, vendiéndose en español y más baratos que en Amazon. Es al menos el slogan que utilizan como anzuelo: y más baratos que en Amazon. Con lo cual no ganan mucho pero sí algo. Y algo siempre es algo.

EL PRIMER DÍA

Yo soy más bipolar que tú, me dije a mí misma.

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EL SEGUNDO DÍA

Jueves: nueve horas.
Entrada: diez de la mañana.

Salida: siete de la tarde.
Llegada a la casa: ocho de la noche.

Las piernas: entumecidas.
Las várices (esas venitas azules y malvas que tienen las viejas en los muslos): locas por hacerse notar.

El cerebro: no sé.

Coge las sillas, saca las sillas, abre las sillas, sube las sillas, pega las sillas.

¿Quiénes van a sentarse en las sillas?
¿Por qué las sillas son blancas?
¿Nadie quiere comprar libros?
¿Puedo tomarme una copa?

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TODOS LOS DÍAS

Hay varios libros, de varios autores, que se llaman parecido: algo relacionado con París.

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MONOTEMÁTICA

A todos los papás y las mamás que entran pidiendo libros para niños, les recomiendo lo mismo: Las aventuras de Tom Sawyer.
Si son niños que no saben leer igual les recomiendo lo mismo: Las aventuras de Tom Sawyer.

Para cuando sepan leer.
Eso, si el dueño no está presente.

Cuando el dueño y la dueña están presentes se me hace un nudo en la garganta.

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LOS CUBANOS

Los cubanos llegan y empiezan a hablar sobre todas las cosas terribles que han pasado en Cuba y que seguirán pasando.
Dan vueltas entre los estantes y vuelven a especular (la mayoría vive en Miami desde hace más de 20 años) sobre todas las cosas terribles que están pasando en Cuba.

Se asoman a la parte superior de un estante, sacan un libro, y lo comparan con algún hecho ocurrido en Cuba tiempo atrás.
Piden permiso para ir al baño y regresan hablando pestes de Cuba.
Al final dicen hasta luego, y salen por esa puerta.

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LOS VENEZOLANOS

Son amigos de los dueños y entran con mucha confianza y preguntan si el dueño está, y si no está preguntan por la dueña.
Si ninguno de los dos está me miran como a una mona en su jaula.
Soy una mona sin su banana.

Me rasco la cabeza.
Me río.
Los dueños están detrás, hablando por teléfono.

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EL VEINTE POR CIENTO

Los mejores días son los días quince y treinta.
Cuando nos quitan el veinte por ciento y yo misma voy a los estantes, saco algún libro y lo compro.
El primero que me compré, por encargo, fue un libro de relatos y textos híbridos del norteamericano suicida David Foster Wallace.
Pienso regalárselo a un amigo, también suicida y casi norteamericano.
En mis manos ese libro no acabaría bien.

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WILLIAM SAROYAN

Encontré un libro de relatos en siete pesos y pico. Empecé a saltar sin darme cuenta de que el dueño estaba en el mostrador mirándome. Para mi sorpresa me miraba con sorpresa pero también con afabilidad.
Le dije que me lo despachara él mismo y eso hizo, frente a los ojos del otro empleado, un escritor igual que yo.

Tuve un descuento por ser empleada. El precio era un error.

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LOS PIES

A veces voy en zapatos altos y falda negra, y parezco una oficinista joven, de clase media baja, con ideas nuevas y aspiraciones.
Pero es imposible cargar las sillas calzando zapatos de semejantes características. Así que me los quito y ya no parezco nada. Vuelvo a ser la misma del día antes, de pelo lacio y ojos caídos, y estatura menor.

Voy y vengo cargando sillas que se abren como tijeras. Alegre y descalza y sobre todo ágil.
Cuando el dueño me ve, la interrogación aflora, con severidad. Me dan ganas de abrazarlo y decirle “hombre, andar sin zapatos es saludable”. En su lugar, meto los pies en las suelas.
Pido permiso para ir al baño.

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LA PREGUNTA

Una mujer con la cara sudada entró pidiendo un libro de autoayuda. En qué puedo ayudarla, pregunté.
Pensé que su respuesta era capciosa.

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TB

Estoy obsesionada con TB.
Ahora que he empezado a trabajar en la librería, me da miedo soñar con él y tener que enfrentarme a él en algún lugar. Saludarlo al menos. Hablar de cualquier cosa. Darle las gracias por algo o pedirle permiso para pasar. No me lo imagino.
Hoy vino un tipo desagradable a la librería. Me recordó lo desagradable que podía llegar a ser TB. Pero TB podía ser todo lo desagradable que quisiera. Este tipo no. Viene a mirarme y decirme que estoy bonita y que le gusto.
Es viejo y enano y tiene la voz ronca por un cáncer que le extirparon. Me recuerda la sensación de cáncer que sentí al leer Los comebarato.
El tipo no compra nunca. No se lleva ni una página. Dice que ya él se leyó la librería completa.
Está más solo que el diablo y tiene una mujer loca que cuidar.
Si sueño con TB me cuidaré de no hablarle.

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QUEEN

Voy en bicicleta a la librería, lo que en Miami puede resultar un sacrilegio.
Doy pedales hacia el oeste, desde la avenida 10 hasta la 40. Luego doblo y sigo, hacia el sur, desde la calle 6 hasta la calle 24.
Suman en total 30 avenidas + 18 calles.
Un resultado de casi 50 cuadras, o bloques, como dicen en los países latinoamericanos.
Se ve hermosa la bicicleta atada a un árbol frente a la librería.
Se nota que quien trabaja allí, además de ser una exiliada, es leve y ágil, como los personajes femeninos de Jerome David Salinger.

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HIERONYMUS BOSCH

Rompí un libro enorme que costaba un ojo de la cara. Con ilustraciones cromadas y más páginas que un diccionario. La clienta quería verlo y yo fui a abrirlo para mostrárselo, pero en vez de mostrárselo empecé a temblar y a pensar en mi salario.
No podía dejar de pensar en mi salario.

“Ese libro así ya no se puede vender.”

“Usted tiene que ser más delicada.”
“Usted necesita aprender a controlarse.”
“Usted cometió un crimen.”
Mi mente iba y venía y yo veía un cheque flotando en mis narices como una bandera norteamericana. Había viento y yo no podía ver cuánto decía el cheque.
El cheque se iba y venía.
Última vez que le quito el nylon protector a un libro, ni aunque me lo pidas tú.

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EL CARTEL

Los poetas locales traen sus libros para venderlos a diez pesos como mínimo.
Los escritores de ciencia ficción locales traen sus libros para venderlos a diez pesos como mínimo.
Las editoriales locales traen sus publicaciones también.
Los narradores locales traen sus libros en una caja de cartón y a mí me da un poco de lástima explicarles que la cantidad de ejemplares en exposición no pasa de tres, si acaso cuatro.
Hay un estante destinado a lo anterior con un cartel encima que dice “Recomendaciones”.
Sería mejor cambiar el cartel por uno que diga “Todo por diez”.

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ALFAGUARA/ NARRATIVA HISPÁNICA

Dice el dueño que mi libro acaba de llegar. Es un objeto atractivo, luminoso y verde. Lo tengo en mis manos pero no logro sentir pertenencia. Hasta el momento mis libros no pasan de ser objetos diminutos y delgados, hechos en alguna editorial de municipio o, peor aún, en las imprentas existenciales de Amazon. Dice el dueño que lo ponga en la mesa principal, la mesa donde están las novedades. Yo voy y lo pongo, sustituyéndolo por la novela de alguna escritora famosa. Quito la novela de la escritora famosa y me pongo a mí misma. No hay falta de ética en ello sino justicia literaria.

Dice el dueño que vaya a comer, que me veo pálida.

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500 MILILITROS

Atrás, en la primera gaveta, están los pomos de agua. Pomos no, botellas. Pomo es, en realidad, un picaporte.
Tres veces al día voy atrás y abro la primera gaveta y me zampo la botella entera.
Luego visito el baño, que tiene un cartel en la puerta que dice «Roto», para que los clientes no entren y lo ensucien.

La única forma de vender libros a personas que compran libros para no leerlos, es conservando el 99 por ciento de hidratación.

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EL ALCOHOL Y LA MUJER

Los eventos que se producen en un espacio/tiempo rodeado de libros suelen desarrollar una energía ideal para los clientes, que en ese preciso instante se sienten más lectores que nunca, y más apreciadores que nunca de la poesía y la literatura. Es un hecho y una certeza.
Los eventos que se limitan al autor y su libro pasan a formar parte de la lista de los eventos más aburridos. Los que incluyen bufet pasan a la lista de los menos aburridos.

Los que incluyen bufet y bebidas alcohólicas pasan a la lista de los eventos muy exitosos y sin duda necesarios en el ambiente literario de la ciudad.
Al final de los eventos, después de brindar por el autor y su libro, Virginia Woolf me mira con cara de viva la emancipación de la mujer.

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HILLSTONE

Se trata de un restaurante famoso en el barrio famoso de Coral Gables, situado en la esquina de Ponce de Leon y Coral Way, al frente de un Starbucks que tiene mesitas afuera para los que prefieren el aire natural.
En ese restaurante comen las personas que luego se distraen con nuestros libros.
La relación es lógica y sintáctica. Primero llenamos el estómago y luego llenamos el cerebro. La viceversa también funciona.

En términos de negocio, la viceversa es mejor.
A veces los clientes vuelven del Hillstone cansados, sin un peso en sus tarjetas, y entran a la librería porque es decente y exótico. Puedo reconocerlos, sus estómagos los delatan. Se detienen en cualquier letra del alfabeto, disimulando entre libros que no van a comprar.

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UN HOMBRE PESADO

El tipo que empezó a hablar conmigo y cuando vio que el dueño de la tienda se acercaba me dio la espalda y siguió hablando con él.
El tipo que empezó a preguntar por un autor sin ninguna calidad literaria, y cuando busqué sus libros dijo que no eran esos los títulos que él buscaba.

El mismo tipo que empezó a hablar de literatura de terror, poniendo de ejemplo a Horacio Quiroga, diciendo que quería más.
Le di más.
Le di más.

Pero nada de lo que le daba era lo que él quería. Atender a hombres así es siempre tan personal.

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YA NADIE COMPRA A HARRY POTTER

–¿Por qué no hablas?
–Estoy haciendo silencio por Harry Potter.
–Llevas dos días así.
–Es que los amigos de Harry también merecen silencio.

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¿TODO EN ESPAÑOL?

¡Más de 25000 títulos en español!, dicen las promociones de la librería en la prensa y los medios y las redes sociales.
Pero no es verdad, la mitad de los libros está en otro idioma.
En esa mitad están los libros de autoayuda, los libros empresariales, las recetas de cocina y los libros religiosos. Yo añadiría también algunos best sellers y algunos títulos de autores locales.

Por suerte hay un Principito en francés y español que leo en voz alta cuando estoy sola. Quiero saber cómo se dice en francés dibújame una oveja.

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ENGAÑADORA

Rabia.
Arrepentimiento.
Rabia.
Arrepentimiento.
Cuando recomiendas los libros de Clarice Lispector confiando en que la clienta tiene cara de que no lee, y la clienta, por el contrario, se agarra a Lispector como a una tabla de salvación, compra todo y se lo lleva, sin que uno pueda decir ni jota.

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#YOLEOPOESÍA

Es viernes por la mañana y he venido a vender libros con un t-shirt super bacano que tiene un letrero con letras blancas.
Me siento que floto entre los estantes con este t-shirt moderno.
Me siento bien.

Dos ancianas colombianas quieren comprar unos títulos que no tenemos. A veces creo que es a propósito.
Hoy no porque hoy floto.
Floto en serio.

Las ancianas traen unas bolsas de tela con el logo de la película My life as a zucchini, una de las nominaciones a la mejor película de animación en el Premio Oscar de este año.
Me atrevo a decirles que les cambio un libro por una bolsa.
Esta noche llegaré a casa con un t-shirt literario y una bolsa cinematográfica.

Los vecinos no me reconocerán.

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UNA ANTOLOGÍA

Esta noche se presenta una antología de poetas en Miami.
Los antologadores me incluyeron, al final, porque soy la más joven y parece que es por orden cronológico. En el prólogo hablan muy bien de todos.
Para referirse a mí usan el término de Generación Cero, la cual, dicen ellos, aún está por definirse. Dicen también, en otras palabras, que los de la Generación Cero somos desarraigados y oportunistas, y no tenemos principios.
Me dan ganas de gritar: ¡abajo las hamburguesas!
Antes de leer el prólogo, un cliente llamó por teléfono pidiendo las profecías de Nostradamus.
Tuvo suerte Nostradamus, que nunca vivió en Miami.

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BREAK

Esto lo escribo después del break, caminando hacia la tienda, mientras el viento me revuelve el pelo y me levanta la falda.
En vez de tomarme una sopa o comerme un sandwich, estuve pensando en los libros de Astrid Lindgren que llegaron nuevos. Dos novelas que leí cuando era niña y me cambiaron la vida.

Ahora están ahí y es mi deber venderlas.
Como un héroe desertor que se fuga a hurtadillas del perímetro de tiro, juro que no venderé esos libros.

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FIGURAS Y FIGURAS

Entre los dos pegamos las etiquetas y organizamos las novelas donde deben ir. Es un trabajo leve y repetitivo que hacemos mal. Si se compara ese trabajo con alguna figura literaria esta sería la retórica. Nuestro trabajo es retórico y a la mayoría de los clientes les decimos lo mismo: «si necesita ayuda aquí me tiene». La mayoría de los clientes necesita ayuda pero no acepta nuestra ayuda. Los clientes desconfían. Entran a mirar, como mismo entro yo a las tiendas de ropa y zapato. Solo miro. Como la expresión que se repetía a diario en mi ciudad: «mirando y dejando». Significaba que frente a las cosas que a uno le atraían (comida, objetos, personas) uno solo podía mirar y luego dejarlas ir.

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EN EL AñO 2008 ESCRIBÍ ALGO LLAMADO CHICLE

Titulé el producto así porque me encanta masticar chicles, o gomas de mascar, como se llaman comercialmente. La palabra chicle es un acomodo cubano que refiere a una marca específica de gomas de mascar.
El dueño de la librería expresó su conformidad con mi estilo pero no con mi inclinación a los chicles. Sin rodeos me dijo que estaba prohibido masticar eso. Que a los clientes no se les puede hablar masticando. Que no y que no.

El que vende por las noches, un escritor argentino que me recomendó cordialmente, tiene las mismas inclinaciones que yo. Por eso somos amigos, supongo, o tal vez no. Trae la mochila llena de chicles y los mastica sin parar, y está bien.
A él, parece, no le prohibieron nada.

Con él estuvieron conformes desde el estilo hasta el chicle.

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APOCALIPSIS BOOK

Imagínate que llegamos y la librería está vacía. Pelada. No solo no hay estantes, sino que tampoco hay libros. Quedan algunas agendas y dos o tres espejuelos para leer. Pero libros no hay. Ninguno.

Los dueños tampoco están. Colgados en los respaldares de dos sillas, sus abrigos.
Imagínate que afuera, ante la puerta de vidrio, hay una enorme cucaracha prieta. ¿Qué pensarías?

Y más allá, junto al servidor, el último libro de Humberto Eco, una referencia a la estupidez.

¿Es una broma de Kafka o de Clarice Lispector?
¿Es un castigo de San Judas Tadeo o de la Virgen de Guadalupe?
¿Es una venganza de los poetas locales que no logran vender sus libros ni a cinco pesos? ¿Es un decreto de Trump porque el idioma oficial es el inglés y la librería es en español? Imagínatelo y dime, ¿de qué pudiera tratarse?