Silverio Portal / Foto: Lucinda González-Facebook

Silverio Portal / Foto: Lucinda González-Facebook

Lucinda González me envía un video frente a una máquina de coser en la que confecciona mascarillas para los enfermos de coronavirus. Dice que va a enviarle un paquete de 58 mascarillas a su pareja, Silverio Portal. La sábana que usa para confeccionar estas mascarillas, según explica, la donó Margarita, del Partido Nacionalista Cubano. Quien desee un nasobuco, solo debe llevarle la tela a Lucinda y ella lo confecciona sin cobrar nada.

Yo le había escrito para preguntarle por Silverio Portal, el preso político de 57 años que, si bien ha aparecido en la prensa independiente durante las últimas semanas, no parece ser lo suficientemente atractivo como para cautivar a los usuarios de las redes sociales.

Lucinda es una mujer curtida en ese pozo de indefensión que es la oposición política cubana: un hueco al que nadie quiere mirar. Pactamos una entrevista. Los días anteriores me había enviado otros videos suyos. En uno de ellos acusa «al régimen Castro-Comunista-Canel de lo que a Silverio le suceda» y pide la libertad de todos los presos políticos.

La oposición en Cuba, cantera de la mayoría de los presos políticos, ha sido quirúrgicamente asfixiada, penetrada, desnudada, y despojada de los más elementales derechos ciudadanos. Si la cuota de libertades de cualquier persona en la isla es limitada, la de un opositor lo es mucho menos. Muchas voces críticas prefieren alejarse de ellos, y cuestionar solo teóricamente la posibilidad de que tal vez fuese provechoso contar con más de un partido político en Cuba.

Convertirse en opositor ha significado, durante 60 años, cargar con un estigma. Hoy, ese estigma quizá haya disminuido en alguna medida, pero aún muy pocos actores de otras ramas de la sociedad civil alzan su voz para defender los derechos pisoteados de los opositores.

Lucinda filma en otro video los medicamentos que va a enviarle a Silverio a la cárcel. Ya ha denunciado que, en varias ocasiones, parte de lo que envía nunca llega. Como no están casados, Lucinda tiene prohibido desde hace un tiempo visitar la prisión. Este envío lo componen cinco blísters de Captopril, cinco cajitas de Espironolactona, nueve blísters de Dinitrato, y una cajita de Digoxina.

Los paquetes que viajan a prisión siempre lucen igual: deprimentes. La azúcar, los medicamentos, el reloj, los cigarros, los jabones, par de medias, la leche en polvo, las tostadas, el maní, el refresco, el aceite, los tenis y 23 nasobucos más.

Mara Tekach, encargada de negocios de la Embajada de Estados Unidos en Cuba, ha resumido en una declaración quién es Silverio Portal y cuál es su situación actual: «Un cubano que desde diciembre de 2018 está cumpliendo cuatro años de cárcel por su activismo político. Silverio está notablemente enfermo, su familia reporta que sufrió isquemias en prisión y que tiene la mitad de su cuerpo paralizado, a pesar de su delicado estado, se le negó la licencia extrapenal por la libertad condicional. Desde el 23 de abril su esposa no ha podido hablar con él. Tampoco ha recibido información clara sobre su estado de salud. Todo ello viola las reglas «Nelson Mandela» de las Naciones Unidas para el tratamiento de reclusos. La familia de Silverio Portal tiene derecho a saber de su estado de salud. El gobierno cubano está en la obligación de proteger a Silverio, brindarle asistencia médica y demostrar compasión. Los presos políticos también son personas».

La Embajada de Estados Unidos difícilmente sea bien vista en América Latina, pero es uno de los pocos recintos diplomáticos que suele salir en defensa de los opositores de la isla. La izquierda, sea nacional o regional, no parece tener entre sus prioridades el apoyo a la causa de los disidentes cubanos. Hay atropellos más políticamente convenientes que condenar. La propaganda oficial, por su parte, descalifica a cuanta embajada, consulado u organización internacional cuestione el estado de los derechos humanos en el país, o dice que sencillamente son enemigos, porque el mundo, salvo Venezuela, China, Corea del Norte, Rusia y recientemente Eritrea, es enemigo de Cuba.

Hay un video que ilustra con precisión cómo el poder ha tratado históricamente a los defensores de los derechos humanos en la isla. Filmado presumiblemente en la década de los noventa, en el video aparecen unos hombres vestidos de civil manifestándose en la calle. «Abajo los derechos humanos», grita alguien que lleva un pulóver con la imagen del Che. «Viva Fidel», «Viva la Revolución», gritan también. «Abajo el de los Derechos Humanos», dice otro, que tartamudea un poco, y luego se escuchan tres «abajo» más. Luego entra un bigotudo con los brazos cruzados, quien suelta, vehemente: «Yo me cago en la madre de todos los derechos humanos esos». El video termina con un anciano que dice: «Abajo la contrarrevolución», «Abajo los que le siguen el juego a la contrarrevolución», y «Abajo la gusanera, coño».

Que unas personas piensen de forma distinta a otras, aun si esas otras fueran mayoría, no significa que se deba despojar de sus derechos a la minoría.

***

Silverio es negro, pobre, anticomunista, y ha aparecido en videos de apoyo a Donald Trump, o portando banderas de Estados Unidos. Curiosamente, pocos habrían reparado en él si no hubiese sido porque en tierras gringas un policía del estado de Minnesota asesinó a George Floyd, otro hombre negro, de 46 años, que se resistió a su arresto por la falsificación de un billete de 20 dólares. Alguien filmó a Derek Chauvin, uno de los cuatro agentes que participaron en la detención, clavando su rodilla sobre el cuello de Floyd durante más de ocho minutos hasta matarlo. En Cuba algunos buscaron un par, y ahí apareció Silverio, con la visión de un ojo sumamente debilitada, en una celda de la prisión 1580.

Claudio Fuentes, miembro de Estado de SATS, explica en un video que Silverio sufrió dos isquemias cerebrales transitorias, una trombosis y dos isquemias severas. Lo que ocurrió, según Fuentes, fue que el primer teniente Salvio, jefe de orden interior de la prisión 1580, buscó a Silverio cuando se encontraba hospitalizado para llevarlo nuevamente a su celda.

Silverio dijo que los médicos no le habían dado el alta, pues todavía no se sentía bien. El primer teniente lo empujó violentamente. Silverio respondió con otro empujón y tres guardias se sumaron y le propinaron una golpiza. La inflamación y los moretones fueron tales, que lo trasladaron automáticamente a una prisión llamada Ivanov, también en La Habana, con el presunto objetivo de que los otros reos no se enteraran de la golpiza. Silverio perdió bastante peso, y también la visión del ojo derecho, que empezó a secretar. Estas informaciones, según Fuentes, provienen de un preso político recientemente liberado que coincidió con él en una enfermería.

Cuando entrevisté a Lucinda, lo primero que me contó fue cómo Silverio y ella se conocieron.

«Pasó hace siete u ocho años, en el parque Gandhi, ahí donde casi todos los domingos él iba. Nosotras, las Damas de Blanco, íbamos a la misa y después caminábamos un poco por Quinta Avenida. Al finalizar, nos reuníamos en el Parque Gandhi».

Dos años después, comenzaron una relación, rota diez meses antes de la entrada de Silverio a prisión.

«Cuando cayó preso, volvimos», dice.

«Por si me preguntas, es un hombre extraordinario, buen amigo, buen hermano, buen hijo. No es padre, pero con mis hijos se comportó maravillosamente. Estuvimos un tiempo separados por cosas que pasan en las parejas. Es verdad que tuvimos nuestros problemas, pero cuando cayó preso me mandó a buscar, y ahí estoy y estaré, hasta que él me cierre los ojos o yo a él.»

Lucinda no abunda tanto en el pasado de Silverio. La madre murió poco tiempo después de que ellos comenzaran su noviazgo. Ahí supo que Silverio fue un muchacho introvertido, penoso, callado, respetuoso, «pero cuando estaba en 11 grado lo cogió el Servicio Militar, lo que al parecer lo marcó mucho».

Silverio detestaba el ejército, por lo que comenzó a fugarse hasta que lo metieron preso. Cumplió dos años. Lucinda dice que ese tiempo en prisión lo transformó, aunque para bien, porque lo ayudó a comprender el sistema cubano. Antes era un adolescente adoctrinado más, pero en la prisión lo transformaron. No comprendía por qué tenía que pasar dos años obligatorios como militar, marchando, con armas.

«Ahí empezó a pensar diferente. En la prisión se aprende lo bueno y lo malo, pero de lo malo agarró lo mejor», dice. Luego ejemplifica: «Si un muchacho que maltrató a la mujer está preso, él ahí aprendió que a las mujeres no se le pega».

«Aquí la gritona soy yo, él no, él habla bajito, y cuando me siente peleando, que ve que lo voy a sacar del paso, gira su espalda y se va. Eso lo aprendió porque él es un hombre de mucho trabajo. Tremendo constructor, tremendo albañil. Desde joven se casó y ha tenido que esforzarse y trabajar mucho. Es muy respetuoso. Si se rompe la plancha, y no sabe arreglarla, la lleva al mecánico. Es muy preocupado, hace lo que le corresponde. No hay que estarle diciendo nada», dice.

Siempre hay un punto, cuando habla de su pareja, en que Lucinda se emociona y tiene que callar.

Ella llegó al ecosistema de la oposición por un hijo suyo, a quien el jefe de sector acusaba constantemente de consumir drogas, y eso la molestaba mucho. Un día, tras varios encontronazos, el oficial le pegó tres manotazos y ella le destrozó la camisa del uniforme. Terminó en la unidad de policía con un acta de advertencia. En ese entonces Lucinda era cuadro en su centro de trabajo, y comenzó a tocar puertas para que la ayudaran con su situación, pero no encontró respuestas.

En otra ocasión, cuenta, le aplicaron a su hijo la ley de peligrosidad predelictiva. Esta plantea que un ciudadano, sea por factores como la desvinculación laboral, por que lo consideren un elemento desafecto dentro de su comunidad, o por que se reúna con lo que llaman elementos antisociales, representa un peligro para la sociedad, de ahí que lo puedan llevar a prisión para evitar que cometa un delito. Se trata, desde luego, de una ley típica de un Estado totalitario, pues les brinda capacidad a las instituciones de negar selectivamente el empleo a opositores para luego acusarlos de predisposición al delito.

Lucinda no vio las cosas igual a partir de esa experiencia, y después, en febrero de 2010, moría en huelga de hambre en prisión Orlando Zapata Tamayo, un albañil y fontanero vinculado a la oposición política. Su muerte generó una ola de protestas dentro de la disidencia cubana, lo que les permitió ganar algo más de visibilidad. Justo ahí Lucinda contactó con el Frente de Acción Cívica «Orlando Zapata Tamayo».

Al principio, me dice, tenía mucho miedo, pero poco a poco lo fue perdiendo.

«Siempre te queda un poquito de miedo, ¿viste?, porque una nunca sabe qué le puede pasar cuando va a una represión [sic]. Ya después en el calabozo se me quitaba todo, me acostaba a dormir. Una vez me tuvieron en la prisión del Vivac 17 días, junto a otras ocho mujeres. No te digo que era como en mi casa, pero no me importaba. Lo mío era salir a comer y acostarme, una y otra vez, porque con ellos yo no tenía nada que hablar. Dos veces me quisieron interrogar, pero yo soy muda, sorda y ciega».

El trayecto de Silverio fue distinto. «Él primero se metió en el grupo de Silva, no sé qué cosa por la democracia, buscadores de la democracia. Ya se había cambiado de grupo en varias ocasiones, por diferencias que había, cosas que para qué vamos a hablar. El grupo de José Díaz Silva lo abandonó en la prisión. Entonces yo lo incorporé al Frente de Acción Cívica «Orlando Zapata Tamayo», el grupo al que yo pertenezco, igual que al CID (Cuba Independiente y Democrática). Antes el CID lo lideraba Huber Matos. Ahora están los hijos».

Foto: Lucinda González-Facebook

Lucinda al medio con una camiseta a rayas / Foto: Lucinda González-Facebook

Lucinda cuenta que en las visitas a prisión Silverio le «hablaba sobre las intrigas, la persecución, el maltrato, el miedo que sentía a cualquier cosa que le pudieran hacer». Ahora, desde que le dio la isquemia, «tiene miedo a dormir, porque cree que alguien puede ponerle una almohada en la cara para ahogarlo. Dice que esa sensación muchas veces la siente y se despierta».

«Todos sentimos miedo», añade. «El miedo es normal. Cuando tú vas a una represión, no sabes lo que va a pasar ahí, o hasta dónde vamos a llegar. Muchas veces nos abrazábamos y enfrentábamos ese miedo. Nadie tenía la suerte de caer con su esposo en el mismo calabozo. A nosotros nos llevaron juntos solo una vez, y cuando se dieron cuenta, nos separaron».

El derecho a manifestarse de manera pacífica evidencia el grado de respeto y responsabilidad de un Estado con los derechos humanos, así como la fortaleza de sus instituciones democráticas. Pero en Cuba, para Lucinda y otros muchos opositores, manifestarse es ya sinónimo de «represión».

«Niño, yo no sé si tú has estado alguna vez en una represión», me dijo un día. «Aquí por cualquier cosa te llevan al calabozo tres días y hasta una semana. A las mujeres también se lo hacen, pero a los hombres más, imagínate. Yo siempre he catalogado a Silverio como un jiquí. Yo siempre le digo que él es mi Antonio Maceo, por lo bravo, valiente y fuerte. Nunca me lo imaginé con miedo, pero sí me confesó que lo sentía. Por eso lo admiro. Si le pasara algo, de verdad que sería funesto. Mi consuelo es que algún día salga, ¿viste?»

Silverio Portal ya lleva más de dos años en prisión y su estado de salud empeora cada vez más.

«A los tres meses de caer preso le dio el primer derrame cerebral y una trombosis. Había discutido con los oficiales y ellos creyeron que estaba haciéndose el enfermo. Cuando vieron que llevaba más de 45 minutos en el suelo, sin moverse, fue que empezaron a correr con él», cuenta Lucinda. «Lo llevaron para la Covadonga con la boca virada, no podía mover los brazos ni las piernas». Solo ahí la llamaron para decirle que Silverio había sufrido un infarto cerebral. Ella, dice, se bloqueó, porque pensó que eso era la muerte, o que Silverio quedaría en estado vegetativo.

«Pero el negro salió adelante. Él lucha. A veces me dice que se está babeando y yo le digo que no, porque me duele verlo así. Muchas veces no sé cómo tratarlo, ni qué decirle, ni cómo apoyarlo, porque no quiero que se sienta acomplejado. No sé si puedas entenderme, porque está curvadito. Me lo van a devolver hecho un guiñapo. No tiene atención médica. Es duro».

Lucinda comienza a llorar. Más tarde, ya repuesta, me explica que desde el 7 de febrero último no puede ver a Silverio, y que el 25 de marzo, fecha de la que sería la siguiente visita, «tras mucho quejarme y gritar me recibieron el bolso con las cosas para él. También salió el reeducador y me dijo que por orden de la Seguridad del Estado yo no podía ir más. Ahí discutí. El 87 por ciento de la población cubana vive en concubinato, el cubano no es de casarse. Discutimos. Después de 21 meses viendo a Silverio, ahora no me dejan verlo».

«Hablamos el 23 de abril por última vez. Le habían dado dos isquemias transitorias. Ellos al parecer se asustaron tanto que dejaron que me llamara. Desde entonces no he hablado más con él, no sé qué está pasando. Lo poco que sé es por presos que sí me llaman. No obstante, el 14 de mayo la Seguridad del Estado vino a buscar el bolso con sus cosas. Se presentó el mayor Seúl. Envié lo de siempre, más un reloj y unos nasobucos. Un mes antes le había mandado 33 nasobucos, y con ese jolongo le mandé 23 más. No le dieron ni los últimos ni los primeros. Se llevaron los nasobucos, el reloj, y dice que los tenis también».

–¿Por qué no la dejan hablar con Silverio? –pregunto.

–Yo creo que por la golpiza que le dieron, porque ellos son unos esbirros, asesinos, dictadores. Es que no sé decirte, hermano mío. Son criminales por naturaleza. Son malos. Un hombre que está prácticamente discapacitado, porque Silverio tiene su lado izquierdo muerto. No tienen compasión ni piedad.

­–¿Tienen abogado?

–Aquí ponerle un abogado a uno de nosotros es por gusto, te lo digo de todo corazón. Acuérdate que aquí todo responde a un mismo interés. Es por gusto. ¿Ya entendiste? Él sí tiene un abogado independiente, Edilio Fernández, y afuera también hay abogados que están haciendo cosas por él. Escribiendo, mandando cartas a Naciones Unidas.

Edilio Fernández me facilita información sobre el proceso contra Silverio. Su causa es la número 276 de 2017. Fue acusado por desorden público y desacato, artículos 200.1.2 y 144.1.2 del Código Penal. ¿La sanción? Cuatro años de privación de libertad. Debido a estas condenas, el 27 de agosto de 2019 Amnistía Internacional declaró a Silverio prisionero de conciencia, pero nada ha sucedido.

Silverio se encontraba en el Parque Central, en una peña organizada para protestar por las malas condiciones de la vivienda. Ahí, exaltado, comenzó a vociferar contra los líderes cubanos. «¡Abajo Fidel Castro! ¡Abajo Raúl!», gritó. Inmediatamente lo rodearon muchas personas. Según testimonios, más de cien. La policía lo detuvo violentamente. Lo llevaron para Valle Grande y 15 días después le hicieron el juicio.

Según Edilio Hernández, en el juicio «no se tuvieron en cuenta criterios de testigos de la defensa. Tampoco la defensa alegó todo lo posible para demostrar la politización de los hechos y lo injusto de la sentencia. Tampoco realizó Apelación ni Recurso de Casación».

Me explica, además, que la acción de Silverio no se puede tipificar como desacato porque Silverio solo hacía uso de un derecho constitucional. En efecto, el artículo 54 de la Constitución expresa que «el Estado reconoce, respeta y garantiza a las personas la libertad de pensamiento, conciencia y expresión. La objeción de conciencia no puede invocarse con el propósito de evadir el cumplimiento de la Ley o impedir a otro su cumplimiento o el ejercicio de sus derechos».

También lo ampara el artículo 19 de la Declaración Universal de Derechos Humanos: «Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir información y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión…»

A su vez, la Declaración Americana de los Derechos y Deberes del Hombre expresa en su artículo 4 que «toda persona tiene derecho a la libertad de investigación, de opinión y de expresión y difusión del pensamiento por cualquier medio».

Cada artículo anterior, sin embargo, entra en contradicción con el artículo 144.1 del Código Penal vigente en Cuba, por el que Silverio fue acusado. «El que amenace, calumnie, difame, insulte, injurie o de cualquier modo ultraje u ofenda, de palabra o por escrito, en su dignidad o decoro a una autoridad, funcionario público, o a sus agentes o auxiliares, en el ejercicio de sus funciones o en ocasión o con motivo de ellas, incurre en sanción de privación de libertad de tres meses a un año o multa de cien a trescientas cuotas o ambas.

»2. Si el hecho previsto en el apartado anterior se realiza respecto al Presidente del Consejo de Estado, al Presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular, a los miembros del Consejo de Estado o del Consejo de Ministros o a los Diputados a la Asamblea Nacional del Poder Popular, la sanción es de privación de libertad de uno a tres años.»

Entre los opositores activos en la isla, Lucinda y Silverio han recibido ayuda de «un muchacho llamado Ferriol. Siempre me pregunta por él. Iván Hernández Carrillo, Claudio Fuentes. Pero grupo como tal, ninguno. Bueno, solo el Frente de Acción Cívica. También tengo a Luis Enrique López Torres».

Iván Hernández Carrillo es el secretario general de la Asociación Sindical Independiente de Cuba, y exprisionero de conciencia del Grupo de los 75 de la Primavera Negra. Me cuenta que conoció a Silverio en La Habana, en el apartamento de un opositor amigo de ambos. Dice que en el mundo de la oposición Silverio es conocido por su labor como activista social en defensa de las familias que viven en peligro de derrumbe o en la pobreza.

«Es una persona modesta, sencilla, y marcado desde su infancia por esa trágica combinación que es la pobreza y el racismo sistémico. Pero en sentido general es una persona humilde, y aunque su formación social se desarrolló en medio del marginalismo, rompió esa barrera, esa regla, y se instituyó como una persona de bien. Estudió y terminó sus estudios básicos y comenzó a trabajar. No obstante, dedicó su lucha a defender a personas pobres como él, una especie de reconocimiento a su sufrimiento y a lo que ha sido su vida».  

También me comenta que, antes de caer en prisión, Silverio impidió con sus protestas que varias familias fueran desalojadas de sus casas y llamó la atención del régimen ante esos edificios en ruinas y en peligro de derrumbe. Por estas acciones sufrió igualmente numerosos arrestos. Iván está convencido de que no solo el activismo tiene a Silverio en la cárcel. Lo otro es el color de su piel.

«El tribunal que lo juzgó estaba compuesto por jueces blancos que aprovecharon la oportunidad para vengarse y descargar todo ese odio que tenían acumulado contra él. De igual manera, en la cárcel tratan de pasarle factura porque estamos frente a un régimen racista en su modalidad más clásica, la sistémica, una aberración totalmente desproporcionada que no tiene ningún sentido, cuando utilizan manifestaciones de violencia racial o física para agredir. Hay quienes piensan que no existe esta relación, porque no se ve para quien no lo padece, o porque no se quiere ver. Pero puedo asegurar de que están ahí, enraizadas, instaladas en los poderes de justicia y en el Estado. Los ejemplos son muchos, y Silverio Portal es uno más en esa canasta».

El pasado 15 de junio Lucinda me envió un audio por WhatsApp. Se trataba de una conversación suya con un preso compañero de Silverio. Ahí dice:

Preso: Sí, buenas.

Lucinda: Buenas.

P: Es de parte de Silverio, dice que le mandes los tenis. ¿Y cuántas vistas tiene?

L: ¿Cómo?

P: Que cuántas vistas tiene.

L: ¿Cómo que vistas? No entiendo.

P: En Internet, Facebook.

L: ¡Oh! Dile que eso está llegando a donde tiene que llegar. Dile que no se preocupe, que el 29 yo voy a llevar el jolongo.

P: Ok.

L: ¿Y cómo está del ojo?

P: Él está bien, y hasta el día 4 del otro mes más arriba no le toca el teléfono, porque son dos meses sin teléfono.

L: ¿Y por qué?

P: Por indisciplina.

L: ¡Qué indisciplina, si las indisciplinas las cometen estos degenerados!

P: Es lo que hay.

L: Bueno, gracias, mi niño, por llamar, y tenme al tanto. Cada vez que tú puedas, llámame, ¿oíste?

P: Está bien.

L: Dile que yo le mando muchos besos y que lo amo mucho.

P: Está bien.

L: Dale, mi vida. Lo quiero.

Lucinda también me envía una especie de crónica audiovisual sobre Silverio Portal, publicada por ADN Cuba. Ahí ella dice que, cuando murieron las tres niñas en La Habana Vieja, Silverio sufrió y lloró mucho, pues su principal proyecto como opositor era «No más muertes por derrumbe». Ese proyecto lo llevó a prisión.

En el video, Silverio aparece encadenado, semidesnudo en unas ruinas, como una suerte de performance suyo contra el racismo. Luego se ve con unas tablas, caminando por la calle, pues en algún momento tuvo que recoger madera de la basura para vender a los artesanos.

El 18 de junio, Lucinda vuelve a conversar con otro preso. Él le cuenta que ve a Silverio debilitado y que la isquemia le ha repetido. En reacción, Lucinda me dice que el 29, fecha de visita, va a ir a la cárcel, llueva, escampe o relampaguee. Finalmente, el chofer que va a llevarla ese día cancela el viaje por miedo.

Lucinda dice estar nerviosa, pero que no se va a amedrentar. Va a ir a la prisión como sea. Termina de hablarme con la voz entrecortada. Unas horas más tarde me dice que ya regresó de la prisión. Tampoco lo pudo ver.