Foto: Cortesía del autor

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–Hace setentaipico de años de esto. Setenta y dos años hace que lo mataron, creo. Estábamos trabajando en casa de Eleuterio Rodríguez, uno que estaba en la lista. Llegamos allá. Yo, que siempre fui un poco intruso, llegué saludando: “Eleuterio, mataron a Simón”. Me dijo: “Sí, hijo, mataron a Simón. En esta zona, todo el mundo puede dar un peso para el mortorio, ¡pero yo puedo dar diez!”

Carlos Armas cabecea en el portal de su casa hasta que surge el recuerdo de Simón Cepero, su bigotazo, el sombrero alicaído.

–Era un hombre muy violento –mira fijo y enumera–. Mató a un señor llamado Nazario Zamora. Mató a un tal Milián. Tenía gente en una lista para matar. Se buscaba problemas fácilmente, no sé si lo disfrutaba o qué.

Al Triguero iba Simón cuando lo mataron. Venía de Rodrigo, con su inventario de muertos en el bolsillo. Anotaba, tachaba, volvía a anotar. A caballo, al galope, tachaba el muerto y anotaba el candidato a muerto. Así iba, con el papel al pecho, hasta que le tocó morirse a él, el matador.

–Cuando Higinio Pérez mató a Simón, siguió andando –cuenta el viejo Armas– y se encontró con un tío mío. Apuró, alcanzó a mi tío que venía a caballo de Rodrigo. Él se llamaba Amador. Higinio le dijo: “Amador, antes de ir a tu casa entra y ve a ver a Carlos”. Carlos era mi papá. “Y le dices a Carlos que maté a Simón. Y que no se vaya de la casa, porque a mí me van a prender por la mañana, y cuando él sepa que a mí me prendieron, que vaya para Santo Domingo y hable con Jesús Rodríguez y le diga la verdad.” Mi papá y él eran concuños, casados con dos hermanas.

Aldo Villa entrevió a Simón poco antes de que lo mataran. Casi era un niño. Cuando el asesino desmontó, Aldo se perdió en la arboleda, subió hasta la copa de un mango y se puso a comer fruta, a observarlo desde las ramas.

–Tenía a Segundo Vázquez, y a una pila de gente, en una lista para matarlos –Villa mira fijo y enumera–. A Higinio Pérez también lo tenía sentenciado, por eso dicen que Higinio fue quien lo mató. Eso no salió a la luz.

–La oída que tengo de Simón Cepero es que era un asesino –Nené, ahíto en el comedor de su casa en San Rafael, acomoda el vientre–. Se le metía en la cabeza matarte, iba y te mataba. Tenía la mano dura, pero era un poco cobardón también. Porque con Alejo, el tío mío que era su yerno, casado con la hija, tuvo que aflojarse. Una noche Simón vino a la casa y lo llamó por atrás. Alejo le salió por otro lado con la escopeta en la mano y lo encañonó. “Óigame, ¿esta es forma de recibir al suegro?” Y mi tío le dijo: “¿Y esta es forma de llegar el suegro a su casa? Porque a la casa de la hija se entra por el frente.” Simón le guardaba el café. Alejo no le tenía miedo.

San Rafael tiene tres callejones que el asesino hurgaba. Se le veía en esta esquina, en aquella. Pasaba al galope rumbo a Yabucito, cañón humeante. Su familia todavía vive aquí.

–Oneida, la hermana más chiquita de mi abuela, era una mujer muy bonita –cuenta Niurka Rodríguez, bisnieta de Simón–. Negrito vivía enamorado de ella. Y Oneida le decía: “Negrito, vamos a bañarnos al río”. Negrito me lo contaba: “Yo la veía tan linda, pero me acordaba del viejo Simón… No, no, a mí no me gusta el río, yo no sé nadar.” ¡Simón ponía a correr a los yernos!

–Un hijo de Simón Cepero estuvo enamorado de mí y me visitaba –Aleida vivía en Amaro, un pueblo en la ruta bermeja–. Recuerdo al padre con un revólver grandísimo. La gente le tenía miedo porque era un asesino. Yo no sé qué cosa era aquello, ¿sería como una enfermedad, no?

–Él tenía un trastorno –conviene Niurka, asiente–. Era un hombre bajitico, pero muy peleonero. Era tan extremadamente limpio que, estando preso, le dieron la libertad porque se puso a trabajar y eliminó las chinches. Desde que cayó preso empezó a matar chinches. Estuvo preso no sé de fijo cuántas veces.

–A mí me contaban que tuvo una bronca, no sé de qué naturaleza sería, con uno que era allegado de él –Aldo Villa, en la sempiterna arboleda de su finca, afirma saber cómo empezó la carrera de Simón–. El tipo sacó el machete, y le estaba dando machete. Cepero se guardaba con un taburete, ahí sacó un revólver y lo mató por debajo de las patas del taburete. Esquivándose los golpes con el taburete le tiró y lo mató. Mató en defensa propia la primera vez. Después, cada vez que salía de la cárcel y echaba unos días suelto, buscaba uno y lo mataba. En la cárcel parece que también mató a presos jodedores. Le decían a Simón: “Hazte cargo de él”.

aldo-villa / Foto: Cortesía del autor

Aldo Villa / Foto: Cortesía del autor

San Rafael es el mismo caserío de la época del asesino, una aldea rala en torno a un paradero de trenes abandonado. Rodrigo se presenta como un pueblo de ángulos exactos, en una carretera poco frecuentada. Entre Rodrigo y San Rafael, por un camino extraviado, está Las Nieves, el legítimo feudo de Simón Cepero, el barón sangriento de estos campos.

–Yo no lo conocí, pero mi papá decía que era muy chantajioso –Pelón le dicen a este viejo de Las Nieves. “De chiquito estaba cabecipelao y luego mira cuánto pelo me salió” –. Simón llegaba a los velorios y si no le gustaba la canturía que había, se iba para allá afuera, llenaba una botella de miao y echaba miao a todo el mundo. Para buscar bronca. Llegó a una casa de yagua y les dijo a los socios: “Vamos a tumbar el bajareque este.” Ellos se asombraron: “¿Cómo?” Él ya tenía la receta: “Vamos a amarrarle la soga a los horcones.” Así mismo lo hicieron. El velorio se acabó. ¡Simón Cepero era así! Era muy maldito. Y era guapo. Mataba a cualquiera. Riéndose nada más.

Según Pelón la muerte de Nazario Zamora fue un error. A Nazario, una de las víctimas más recordadas del asesino, el apuro le costó la vida. Jugaban baraja. Monte, brisca, siete y medio. Y Nazario tuvo una mala mano. Y por eso salió al encuentro de las balas.

–Él estaba jugando baraja en casa de un amigo y le dijo: “Oye, si me comes el tres, te mato”. Ya le había comido el tres un viaje. “Manolo, si me comes el tres, te mato.” Manolo le come el tres… –Pelón habla despacio, preparándose para lo que vendrá–. Cuando salió de la mesa le dijo: “Ven pa’acá”. Pero en vez de salir Manolo salió Nazario. ¡Pa!, lo mató. Fue y le dijo a la mujer: “Maté a tu marido allá en la baraja”. La mujer vino y el que estaba matao era Nazario. Entonces Simón se presentó en Cifuentes a la policía.

En la cárcel se cargó las chinches para no perder el buen hábito de dar cuchilladas al aire. Parece que las acariciaba, las mutilaba un poco, las ponía a correr. Y cuando creían ponerse a salvo, las aplastaba con afecto, las despachaba con el dedo suyo del gatillo.

–Cuando estuvo preso en Isla de Pinos, había un mulato allí que no era fácil –esto se supo en San Rafael y alguien se lo contó a Nené–. Simón era montero y le dijo al mulato: “Oye, vamos a curar una vaca que tiene una oreja llena de bichos. Hace falta que vayas conmigo a ayudarme”. El mulato le dijo: “Cepero, ¿tú vas a matarme?” “¡Cómo te voy a matar, chico! ¡Mira, coge!” Se zafó el cinturón y le dijo: “Coge el machete, llévalo tú”. Fueron allá. Simón enlaza la vaca. Verdad que tenía bichos en una oreja. La atraca y le dice al mulato: “Aguántala bien, vamos a cortarle la oreja, carajo”. Y saca el cuchillo, pero hace así –Nené tira una estocada con el puño– y le da una puñalada al negro. Lo mató.

–Después de eso él sale de la prisión –Pelón habla mientras intenta recordar una décima– y lo ponen a cuidar terneros en las tierras de Madrazo, ahí en Las Nieves. El montero le dijo a Madrazo: “Oye, los terneros tienen bichos”. Y Madrazo lo llamó. “¡Cómo que tienen bichos!”, se molestó Simón. “Sí, aquí vino fulano y me dijo que los terneros tienen bichos.” “No, yo voy y los curo.” Salió, echó una botella de ron en la montura. Vino a ver al montero: “Oye, fulano”. Nada más que salió le hizo ¡pa!, lo mató y se presentó en Cifuentes. “Maté a fulano.” Ese era Simón Cepero.

Pelón / Foto: Cortesía del autor

Pelón / Foto: Cortesía del autor

El asesino se sacudía rápido los bichos. El pistolero se quitaba las garrapatas a tiros. Simón es un aumentativo, una exageración a caballo, un matón impune, un sufijo pesadísimo en la conversación de Aleida.

–Iba siempre con su revolvón enorme. Mil veces mi hermana y yo lo vimos: íbamos para Rodrigo y él venía de allá. Cogíamos la otra orilla, él parece que se daba cuenta y venía al medio del camino en aquel caballón tan inmenso. Todo el mundo le tenía horror.

–Por esa época quedaban bandoleros –dice Joseíto Anoceto, un viejo vivaz, en el antiguo ingenio El Indio–. Aquel andaba en un caballo amarillo y lo vi. Pichoncito lo vi, a Simón Cepero. Según razón, ese hombre tuvo una querida frente al paradero de San Rafelito, como quien va para San Diego. Lo conocí cuando yo era jovencito y me montaba en un caballo y había que decirme usté.

–Era mentado porque mataba gente –Niurka desconfía de quienes lo suponen salteador de caminos–. Hay gente que decía: “¡El dinero de Simón!” Pero él no tenía nada. La gente empieza a ponerle algo a todo.

Pelón ha recordado casi toda la décima. Falta un verso, apenas uno. Será la décima mutilada que merece Simón. La sacaron en Las Nieves, tras la muerte de Nazario: “Dicen que Simón Cepero/ siendo amigo de Zamora/ le disparó sin demora/ […]/un carácter traicionero./ Juzgado por homicidio/ dice Cepero: ‘Envidio/ a todo lo que anda suelto’./ Descansa Nazario muerto/ y Cepero en el presidio.”

–Poco antes de que lo mataran, lo vi –la brisa de la arboleda donde se parapetó para mirar al asesino aviva la memoria de Aldo Villa–. Vino ahí a la casa a traer un hacha que había llevado prestada. En esa época estaba suelto. Pero quería matar hasta a las hijas. Al fin mató a otro, ¡y para la cárcel! Después, cuando salió, lo mataron ahí en el callejón del Roblar, de Rodrigo para acá. No se sabe a derechas quién lo mató. Unos dicen que Higinio Pérez, otros que los parientes de él, los Puig. No se investigó. El ejército, todo el mundo, se quitó un peso de arriba.

Carlos Armas / Foto: Cortesía del autor

Carlos Armas / Foto: Cortesía del autor

–Simón Cepero estaba un día en Rodrigo –a Carlos Armas se lo contaron así–, tomando y buscando un revólver. Pidió a unos amigos un revólver. No lo consiguió. Salió de Rodrigo para el Triguero, a caballo. Higinio Pérez, un señor ahí donde yo vivía, estaba sentenciado. Él era inspector de caña, trabajador de la compañía Ulacia. Siempre iba armado. Cuando Higinio viene de Rodrigo pasa por un lugar que le dicen La Bolsa Negra, antes de llegar a Rodrigo, a mano derecha. Ahí vivía Perfecto Rodríguez. Perfecto le salió a Higinio y le dijo: “No sigas pa’lante. Vete por Mariscal, que Simón estaba buscando un revólver en Rodrigo y pasó por ahí. Él está esperándote.” Higinio dijo: “No, chico, yo soy un hombre que está un poquito crecido y no le voy a dejar el camino a nadie. Me voy por ahí.”

–Esperaron que Simón pasara y lo mataron –supone Aleida–. Lo esperaron en el camino del Roblar. Ya él iba a matar a otro. Estaba anunciada esa muerte.

–Él sale de la prisión y viene por ahí por Rodrigo. Él tenía un chino ahí, el chino Domínguez, donde él comía –en la versión de Pelón, Simón esconde un arma de fuego que no usará–. Llegó y le dijo: “Chino, me hace falta el revólver.” Domínguez se lo da: “Cógelo ahí”. Y cogió el revólver. Pero pasó Higinio y lo reparó, vio que estaba tomando. Se miraron los dos. Higinio a cada rato se volvía: “Viene atrás de mí”.

–Y más alante le salió Simón, con un cuchillo. Con un machetín, entre dos luces –en el relato de Carlos Armas hay una premonición en el horizonte: anochece, la tarde está moribunda–. Le dijo: “Higinio, párate ahí que vamos a hacer la amistad hoy, tú y yo”. Higinio le contestó: “No, ten cuidado. No te muevas porque te mato.” Simón se le fue a tirar con el cuchillo, pero antes Higinio le disparó. Le metió el tiro en la frente. Ahí lo mató, en un lugar que le decían El Roblar.

–Cuando lo mataron, Simón iba para Amaro. Iba por un camino y venía por otro, nunca por el mismo. Pero sus enemigos tenían posta en los dos caminos –Nené asegura que fue una conspiración–. Cuando viró le dijeron: “¡Simón Cepero, párate ahí!”. ¡Pa!, le dio el tiro y lo mató. Sacaron la bala en Santo Domingo, en la policía. Y se perdió la bala. Todo se quedó así. No se supo quién mató a Simón.

–Cepero venía atrás de Higinio –Pelón sostiene que Simón acechaba, pero terminó cazado, el sempiterno cazado–. Y entonces se emboscó en el Hoyo Colorado y le dijo: “¡Párate!” Hizo ¡pa!, y lo mató. De cerquita. Y cuando le dio el tiro en el pecho, Simón todavía pudo sacar el machete y casi le corta las manos a Higinio Pérez.

–Cuando mataron a Simón –dice Niurka–, mi abuelo fue y llamó a Américo. “Alejo, ¿qué pasa?” “Levántate, que Simón está de parto”.