Luis Manuel Otero Alcántara / Foto: Cortesía del autor

Luis Manuel Otero Alcántara / Foto: Cortesía del autor

Caos in progress

Alguien persistió en tirarse al agua con los suyos, buscando otra orilla sin acatar las consecuencias, y los primeros ahogados no consiguieron vindicar el sofisma insular de que “el mar es la gran promesa”. La frase seguiría siendo un adagio en boca de la esperanza.

Emiliano Nodarse retornó a su cuchitril impregnado de sal; podría dejar la puerta abierta, no hay nada que llevarse, a no ser su tragedia. Lo consuela haber tentado lo imposible.

El mar es la gran promesa”, un presagio de Reinaldo Arenas en su búsqueda de traspasar esa línea llamada horizonte, mutaba en otra sensación martiana: “Odio el mar, furioso cuando ruge”.

Alguien cerró los ojos para descifrar el presente en nombre del futuro y le concedieron la Orden del Visionario Imprescindible. La Orden del Gran Pendejo fue otorgada a quienes devoran la pólvora del pasado, acosados por esa puta del recuerdo que es la nostalgia.

Hay tantos hombres como putas imprescindibles.

Alguien distinguió un peligro inminente: la era está perdiendo un corazón y se desestimó la opción de trasplante inmediato. La recomendación provenía de una voz contagiosa, que demandaba luz a la prensa y pollo a esa multitud con ruidos en el estómago.

Si los voceros de la disidencia interna cubana se fajan entre sí, consolidan el principio de “divide y vencerás” que sus antagonistas empuñan como un arma de lucha. Los trapos sucios se lavan o tiñen en privado antes de soltarlos al cotilleo mediático.

Ser o Sed

Se es contestatario cuando un eco lejano logra que un coro de ventrílocuos amaestrados se disperse como ovejas descarriadas, para abandonar el limbo de la mansedumbre y recuperar el aura de una temeridad perdida.

La queja es la prostitución del alma”, espejismo martiano que tiende a configurarse en un verso mojado de Dulce María Loynaz: “Mi alma es una gran bahía donde siempre hay un barco que se va”.

Lo que no avanza retrocede” (Henry Kissinger). “La mejor defensa es el ataque” (Garry Kasparov). “Libertad significa decirle a la gente lo que no quiere oír” (George Orwell). “Piensa globalmente, actúa localmente” (Marshall McLuhan).

Ser contestatario implica ser un problema orgulloso de serlo: “El problema es mi problema”.

1988: Dos semanas después de que el Ministerio de Cultura y la Seguridad del Estado prohibieran las intervenciones de Art-De en el parque de G y 23, Abel Prieto, entonces presidente de la UNEAC, convocó a un debate. Entre los invitados se encontraban Miguel Barnet, Pablo Armando Fernández, Gerardo Mosquera y Graziela Pogolotti, entre otros.

En el conversatorio, Juan-Sí González y Eliseo Valdés repartieron un alegato contra la censura. Era un volante titulado Oración a San Pinga Bendita. Mientras, Jorge Crespo se acercó al espejo que colocaron sobre un caballete y lo rompió con un martillo.

Se armó revuelo por el estruendo y los integrantes del grupo Art-De (arte y derecho) aprovecharon para abandonar la sala de conferencias Rubén Martínez Villena de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba y clausurar ambas puertas del local con candados.

Los símbolos del sentido común, modelos de intelectuales orgánicos, estuvieron alrededor de una hora tratando de liberarse. Los artistas rebeldes, como posibles reos, consumieron sus quince minutos de control sobre otros. La oreja de Van Gogh volvía a sangrar.

Juan-Sí González y Jorge Crespo fueron detenidos, interrogados, amenazados.

2009-?: Tania Bruguera es repudiada en público y envidiada en privado. Para ella, el artivismo es cuestión de unos o varios momentos donde urge romper la huelga de falos y vaginas caídas, protesta útil para decretar un concilio solapado entre masa y poder.

El odio visible a Tania Bruguera tipifica la doble moral como signo de falsa conciencia.

El “caso” de Luis Manuel Otero Alcántara y su periplo intermitente por unidades policiales o calabozos de la capital de todos los cubanos reafirma que la política cultural del periodo revolucionario (1959-?) avanza retrocediendo.

Los compañeros que atienden a los artivistas incómodos están fermentados en materia de seducir, manipular, encubrir. No siempre los golpes enseñan ni provocan terror masivo.

Huele a talco sustentar que lo único eficaz en Cuba es la Seguridad del Estado.

Ser contestatario es gritar como un tenor hasta romperse la garganta, en medio del silencio, aullando en una jaula de viejos pavorreales, seguros de recuperar su plumaje a trueque de bolígrafos con tinta perpetua para reescribir la historia oficial.

Improntun populis

El Kimbo perdió a su madre a los seis años, lo arrestaron a los doce y mató a esa misma edad. Andaba con una navaja, un cuchillo o un revólver. En prisión supo que Monte y Cienfuegos era el lugar más grande de prostitución en Cuba. Este sería su destino de mala cabeza al cumplir con la sociedad; allí donde por cinco pesos una jeva te mamaba el rabo.

Kimbo está menos presionado en la cárcel que en la calle. “Allá no tengo preocupación de quedarme sin dinero o sin gas para cocinar, y “me pongo, lindo, gordón, sin hacer na´”.

Al Kimbo, una jinetera que él protegía en Monte y Cienfuegos lo enganchó con el SIDA; ella cayó presa y él no podía visitarla porque lo considerarían un proxeneta.

Con este lío de la recogida de la droga que han hecho no hay money. Lo que movía a la ciudadanía era la droga; ahora no hay vida, no hay desarrollo”, dice el Kimbo.

Oscar y Tony rememoran al guardia más hijeputa y abusador que conocieron en el Combinado del Este. Riquelme era un negrón de más de seis pies que le quitaba la jaba a los reclusos después que se iban sus familiares.

Riquelme mandaba a los presos a desnudarse, subirse en la mesa del comedor y que se abrieran las nalgas para caerles a golpes con una estaca. Al bugarrón de Riquelme se le paraba la pinga con el show de los tipos encueros temblando de impotencia”, dice Oscar.

Cada vez que inspeccionaban la prisión”, dice Tony, “repartían uniformes nuevos, sábanas limpias, daban tremenda comida. Este gobierno se caracteriza por eso, uno lo ve hasta en los centros de trabajo, lo mejor para el día de visitas”.

En la URSS de José Stalin (alias Koba, “hombre de acero”), el comisario del pueblo y escritor Máximo Gorki visitó un campo de trabajo forzado en Siberia. Gracias a un desliz, una mujer de aspecto lánguido se le acercó para revelarle: “Camarada, esto es mentira, la comida es malísima, no hay higiene, el trato es despiadado. Mañana seguirá todo igual”.

Al concluir la inspección de rutina, Gorki felicitó risueño a los uniformados que impartían orden y ley en el Gulag.

Del Combinado del Este los internos salían calvos, ciegos y sin dientes”, dice Oscarito, mordiéndose la lengua para calmar su ira.

¿El Kimbo respira? ¿Su mujer “innombrable” salió del “Manto Negro”? ¿Estará viva?

¿Oscarito y Tony habrán logrado irse del país sin que antes los pescaran en tierra?

La travesía marginal de estos atascados se conoce por los testimonios recopilados por el artista visual Henry Eric en Cuentos Cortos (episodio gris), Producciones Doboch, 2006.

En el otro insomnio

Recluido en su casa entre delirios y convulsiones, el bardo matancero José Jacinto Milanés le repetía a su hermana Carlota: “No podré dormir nunca más. Vivir con decoro o enloquecer”. Un siglo después, en un cuento frío de Virgilio Piñera, el protagonista de la vigilia carga un revólver y se dispara en la sien, pero no consigue quedarse dormido.

Mucha gente practica el abandono por el gustazo de rendirse en la cama. Muchas personas instruidas del campo y la ciudad se repliegan a un eslogan de la indiferencia popular: “Me acuesto en una hamaca a echar una siesta y que se caiga el mundo”.

Los despabilados que conservan el hábito de la siesta lo hacen con un ojo abierto y otro cerrado. Ellos conocen las ventajas de fingir desgano cívico durante las cruzadas políticas que suelen acontecer en una cárcel virtual a pleno sol.

Las bellezas del físico mundo poseen la magia de invisibilizar los horrores del mundo moral. La paradoja de una vibración lírica reencarna en truco para rentar la identidad.

Antón Arrufat recorre el bulevar de Obispo en su cápsula temporal. Parece un galán de telenovela venido a menos. A pesar del talante aristocrático, extranjerizante o sutilmente voraz, los cazadores olfatean al nativo receloso de pactar con heraldos del turismo sexual.

El hombre se cuida como gallo fino”, observaría un gerente del asfalto.

Arpón” Arrufat (según JAAD “El sucio”) se hace la idea que es Lezama Lima ripostándole a Jorge Mañach: “Prefiero que me llamen maestro en broma antes que profesor en serio”. El aguafiestas Arrufat se hace la idea que irá a reencontrarse con Cabrera Infante, Reinaldo Arenas y Severo Sarduy para soñar despiertos en un banco del Prado habanero.

En una de sus líneas cáusticas, el paseante cándido que antepone bajar la cabeza expresa con vehemencia: “La Isla arde en virtud de la sangre”. Parafraseando al mordaz autor de Los siete contra Tebas (1968), argumentaríamos que “la isla arde en virtud de la saliva”.

Había que derramar saliva para no volver a la exclusión. ¿De qué otra manera el octogenario Antón Arrufat sobreviviría en Cuba, recibiría el Premio Nacional de Literatura, figuraría en eventos públicos o aparentaría irreverencia en tertulias clandestinas junto a los más jóvenes escritores, y haría una carrera post-maldita?

La vejez del gran conversador Arrufat fluye por un manso declive. Salvando las distancias, ya no hará falta canonizarlo postmortem como a su maestro y amigo Virgilio Piñera.

Asumir una postura ante el arte conlleva el riesgo de perder el sueño y sucumbir al eterno retorno de la ansiedad. Es una convicción hipócrita del optimismo reciclado creer que las pesadillas pasan. Quien lo esgrime es un testigo oculto en el infierno de su torre de marfil.

A la pelea cubana contra el miedo le quedan muchos rounds en el cuadrilátero totalitario. Perder el miedo como statement es algo raro para los custodios de la sumisión y el pánico.