Foto: El Estornudo

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Hay tres detalles en la vida de Tatá que podrían hablar mucho de su persona, pero que a la larga nada dicen.

Uno: Tatá acostumbra pasar horas mascando un tabaco, y todo indica que Tatá es un experto catador, fumador viejo de tabacos que le llegan de regalo. Sin embargo, Tatá odia fumar, lo detesta. Todo lo que hace es mascar, volver a mascar, ensalivar, mascar otra vez, mantener el constante amargor de los puros que se vuelven viejos en la boca y que jamás enciende. No recuerda si realmente se ha fumado alguno alguna vez.

Dos: Tatá es un convencido amante de las plantas, tiene una chiva y un perro guapo al que ha llamado, ya hace un tiempo, Negrito. Y como es amante de las plantas, y como tiene una chiva y un perro, todo indica que Tatá sea también amante de los animales. Sin embargo, Tatá no los entiende. “No me gustan. Sé los secretos de las plantas pero no de los animales”. Y echa abajo cualquier suposición.

Tres: Como Tatá es amante de las plantas, y se la pasa localizándolas en el monte, y luego recomendándolas, es de suponer que Tatá también disfrute sembrarlas. Pero tiene, lo que se dice, mala mano. Su relación con las plantas es otra, más de cortarlas. Más de entenderlas.

Tatá es una persona compleja. Ya lo tenía yo avisado. Esperanza, su compañera de hace unos veinte años, jorobada hasta más no poder y envidiablemente ágil en su vejez, ha dicho, como advirtiendo: “Él es una buena persona pero es muy bruto, tiene un genio… Lo que más le molesta es que le preguntes una cosa dos o tres veces seguidas”.

No obstante, Tatá ha sido especialmente bondadoso conmigo. Me lo hace saber. Quiere decirme un par de cosas que no ha dicho antes, cuando han pasado otros periodistas, con otras cámaras y micrófonos. Eso sí, me cuesta entenderlo en ciertos momentos. En ciertos. Más adelante, cuando le pregunte por qué no ha llevado a un laboratorio el palo Ramón, con el que según él ha curado cuatro casos de SIDA y algunos otros de cáncer, me dará una respuesta que podría echar por tierra esta entrevista. Eso es más adelante.

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Tatá y Esperanza / Foto: El Estornudo

Tatá y Esperanza / Foto: El Estornudo

Tatá y Esperanza viven solos, en una casa a los pies del Río Baracoa. Techo de tejas y barro, par de alambrones de soporte. El piso tan barrido, tan pulido, que ahora se camina sobre roca y no sobre la tierra donde Tatá hace ya tiempo levantó la casa. Se ven las paredes tiznadas. Depende de cómo se miren podría decirse que un humo negro las invadió, o que un humo negro quedó atrapado en aquel espacio. Todo porque a Tatá no le gusta que Esperanza cocine con fogones muy sofisticados. Fogones de gas, según él. Entonces cocina con carbón, enciende un papel y lo tira sobre los trozos y vierte también la luz brillante. “Él dice que me quemo si cocino con esos fogones de gas, no sé, puede ser que le guste más la comida al carbón”.

Esperanza, además, me brinda un par de datos útiles, que se adquieren en la convivencia, por lo que más nadie podría dármelos con tal exactitud: Tatá se levanta, toma café, al rato ella le prepara el desayuno, luego se va a cortar leña, o se pone a trabajar en otros asuntos. Le encanta el potaje de frijoles. Lo que más le gusta es consultar. Se enferma muy poco. No tiene achaques, y cuando los ha tenido, no toma pastillas, se cura con yerbas. Juegan dominó, el uno contra el otro, casi todas las noches desde que se conocen. Esperanza no sabe si es de toda la vida, pero Tatá tiene un ojo por el que no ve. Por último dice: “Tatá ayuda a la gente, tiene buenos sentimientos. Si él cobrara, nosotros viviéramos encantados de la vida”.

Hoy, Tatá tiene 85 años, uno menos que Esperanza. El tiempo le ha labrado, de manera áspera, unos surcos en la piel. Tiene algo cocodrilesco cuando mira. Clava la vista en un punto, con cautela, con la atención y la calma de un reptil que pareciera atacar en cualquier momento. Pero no ataca. Más bien espera a que le cuentes por qué has venido a verlo.

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Tatá atiende a Marta / Foto: El Estornudo

Tatá atiende a Marta / Foto: El Estornudo

Marta es la primera persona que llega en el día. Es julio, mitad de mes. Marta, de más de cincuenta años, pelo rojizo, se alza la blusa y le muestra la panza a Tatá. Marta tiene una culebrilla. Tatá me mira y explica: “Es un parásito entre la piel, que camina, principalmente sale de la cintura hacia arriba y es por falta de vitamina A”.

No demoran mucho. Veo que Tatá parte un gajo de una planta que desconozco y lo frota en la panza de Marta. También veo que le da unas indicaciones y otros gajos de la misma planta, para que Marta lleve.

No se puede calcular ya el número de personas que ha desfilado por la casa de Tatá. Los problemas más frecuentes, sin dudas, son los padecimientos de riñones. Me dice entonces:

–Ahora tú vienes, por ejemplo, y me cuentas que tienes un dolor muy fuerte en la parte izquierda y que tienes deficiencia para orinar, por ahí sé que es cálculo de riñón.

–¿No puede ser otra cosa?

–También puede ser la vesícula, la apendicitis. Me dicen los síntomas y les hago otras preguntas. Si hay retención de orina, si tienen dolor en los pies. Puede ser también una cesura o un parásito en el riñón. Ahí pregunto: ¿estás orinando con sangre? Eso puede ser por dos razones: la primera, una cesura en el riñón, y la segunda, un cálculo que haya pasado a mayor y se haya quedado trabado entre la uretra y la vejiga.

–¿Cómo sabe en este caso qué es lo que tienen?

–En este caso mando para los dos. Busco lo que rompe y calcina el cálculo en el riñón, y recomiendo una yerba fresca para que descongestione y desinflame.

–¿Y no se confunde?

–Hasta ahora todo el que ha venido aquí ha salido bien. Aquí llegaron una señora y su marido un día, ella tenía que operarse del pie derecho en el Frank País, llevaba tres años con dolores, padeciendo, y en el mismo hospital le dijeron: ¿usted no ha ido a ver a un viejito allá, en la loma de Baracoa? Vaya allá, que tal vez no tiene ni que operarse. Estábamos Esperanza y yo aquí por la tarde y se baja una señora de una máquina con un bastón. Me pregunta usted es Tatá, le digo lo que queda de él. La llevo a mi cuartico y le digo señora pero usted no tiene nada, no tiene problema, usted viene caminando y mueve los dedos, no tiene que usar muletas. ¿Tú sabes con que se curó? Con la semilla de Altea, le di semilla de Altea, hice la espuma y se la eché en los tejidos –señala detrás de la pierna–. Cuando llevaba media hora empezó a sentir un frescor, y le dije usted lo que tiene es una tendinitis, cuando le toqué los tejidos estaban pegados, eso no necesitaba operación, le dije, dentro de siete días quiero que vengan usted y su esposo y me cuenten cómo le fue. Un día se bajó de la máquina y le dijo a la vieja: “Vieja, ya puedo bailar Mozambique”. Pregúntale a Esperanza”.

–¿La gente vuelve?

–La gente vuelve, y manda más gente.

–¿Eres, no sé, un yerbero?

–No, no vendo yerba. Yerbero es el que vende la yerba, aquí no se le cobra nada a nadie por eso.

–¿Y te ves como una especie de médico?

–No, ojalá, hubiese querido, pero en mi época no era fácil. Yo soy un botánico. No soy biólogo, tendría que conocer la botánica además de los animales a la perfección.

Tatá estudió Botánica y Anatomía Humana en un curso dirigido en la Universidad de La Habana. “Por eso yo mando la yerba según lo que tú me cuentes”. Conoce todos los movimientos y circulaciones del cuerpo y tiene aún, muy nítidas, las enseñanzas de los libros de Tomás Roig. “Y eso me basta”, dice.

–¿Has descubierto alguna planta? Quiero decir, si has descubierto las propiedades de alguna planta.

–No, para eso hay que llevarla a laboratorio. Yo trabajo con lo que ya está experimentado. Ven, vamos a hablar de esta.

Foto: El Estornudo

Foto: El Estornudo

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“Esta es la Malva Roja. Si una mujer tiene un trastorno interior, con la menstruación, o se le está creando un fibroma, esto la limpia enseguida”.

Caminamos los alrededores de su casa. Tatá con sombrero, pantalón, camisa y botas de trabajo. En esta galería de plantas que se empeña en mostrar, Tatá ha hecho la curaduría perfecta. Tiene, rústicamente parceladas, la Malva Blanca, sedosa y muy fresca; la Malva Cochinera, que no posee propiedades curativas, pero sirve como alimento a los cerdos. La Malva China, la Malva Riza, la Malva Tea. Me da a oler de esta última y dice: “Si la flora intestinal de una persona se le agota por una diarrea violenta, y pasa trabajo para defecar, que se tome un cocimiento de Malva Tea para que las heces puedan salir bien por el recto. Hay veintitrés variedades diferentes de la Malva, y veintidós tienen propiedades curativas”.

Noto que disfruta exhibirse, caminar y señalar un gajo que a mí me podría parecer igual al anterior pero que nada tienen que ver. Quiere que reconozca las plantas por sus olores, y las corta y hace que las huela. Jamás corta una planta a ras de suelo, ni de raíz. Marca una medida propia que definen sus dedos, una cuarta sobre la tierra, y arranca la planta, para que luego retoñe, dice. Pregunto si cuando va al monte reconoce las plantas con facilidad, si un tallo no se confunde con otro tallo, una rama con otra rama, o las hojas entre ellas. A esto ha respondido: “No hay una mata que sea igual a la otra, como las personas”.

–¿Conoces esta? –me dice–. La Yerba Mora.

–¿Para qué sirve?

–Para muchas cosas. Si hay una úlcera en la superficie de la piel, una linfangitis, esto se muele, se le saca el zumo, por cada taza se agregan tres gotas de aceite vegetal y con algodón se va untando.

–¿Y aquí cerca tienes todas las plantas que necesitas?

–Aquí tengo algunas, y cuando no las tengo salgo a montearlas.

Más de una vez Tatá ha salido de la cama, casi amaneciendo, y se ha ido al monte antes de que las personas empiecen a desfilar con sus listas de achaques. Tiene, previendo cualquier inmediatez, unos montoncitos de palos a un lado de la casa que reparte durante el día. El Xabú, para las hemorroides y como alimento para los niños. El Malambo, para los dolores musculares. El Palo Caja, para la diabetes. El Bejuco Jaboncillo, que cura todos los padecimientos de la cervical, complicaciones de hernia discal y próstata.

–Para el dolor de oídos, sopla el palo de Bejuco Viajero, y el líquido que sale lo hechas en una cuchara, lo calientas, a los quince minutos tú no tienes dolor, el oído va a estar entre ocho y nueve días dormido, porque tiene anestésico. Si un día estás en el monte y tienes sed, absorbes ese mismo líquido y te mitiga la sed por 24 horas. Si tienes una herida, como me la hice yo en el manglar cortando leña, un día que lloviznaba y se resbaló el machete y me corté, usa el Bejuco Viajero. Yo me apreté un pañuelo y seguía la sangre, porque me caía agua con salitre de las hojas del mangle, se alteró la herida, cuando vine a la casa a las cinco de la tarde soplé el tallo del Bejuco Viajero en una cuchara, lo calenté, y a la media hora no había dolor ninguno ni ardentía, la herida empezó a recogerse y a los cuatro o cinco días estaba sana.

Tatá nombra otra retahíla de plantas que se suceden cercanas a la casa. Quiero saber algo:

–¿Existe alguna para el estornudo?

–Ahí lo tienes. También se usa el Malambo, se hace inhalaciones con la hoja de Malambo y se descongestiona la nariz.

Pasamos cerca de un horno de carbón de unos tres metros de alto. No hay maestría como la que muestra un horno de carbón a punto de ser quemado. Los trozos de palo dispuestos milimétricamente, cortados con precisión, los más anchos debajo, los más finos formando una boca que pareciera que en cualquier momento va a escupir el humo contenido. “La única técnica que tengo para que el horno queme bien, es poner alrededor piedras pegadas una a la otra, y cuando le doy candela no le abro hueco encima, le doy candela en el medio, el horno no es llama, es vapor”, dice.

Horno de carbón / Foto: El Estornudo

Horno de carbón / Foto: El Estornudo

Para hacer carbón, no usa otra madera que no sea la siguiente: Marabú, y palos fuertes de monte como el Guairaje o la Cigua. En unos cinco días que dura el proceso de quemado, el horno estará listo para dar cien sacos de carbón, que a su vez le alcanzará a Esperanza para cocinar todo el año. “No sé, puede ser que le guste más la comida al carbón”, había dicho ella.

Tatá bordea el horno de carbón y me conduce, por un camino de piedra, a los pies del Río Baracoa. Tiene un pequeño bote que él mismo se agenció y me invita a subir. Me da la mano, galante. Coloco un pie dentro, luego el otro y nos embarcamos. Todo esto es su vida: la casa, las plantas, los hornos de carbón, el río, el cuartico al que me llevará luego.

Rema en dirección a unas islillas de mangle. No quiere que se le quede nada por mostrar. “El Mangle Rojo para la úlcera, para cuando sangran los riñones por una piedra. Como es resecante sana mucho, sirve para cicatrizar”.

Veo cómo arranca semillas del mismo mangle y las lanza al río, y me dice que es para que salga más, para que brote. Empuja los remos. Pasamos, en este trayecto, una media hora. Me ayuda a bajar y me lleva al cuartico.

“Yo creo que lo que más le gusta es consultar”, me había dicho Esperanza un rato antes.

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El cuartico es un sitio rústico, con techo de hojas secas de palma y asientos superpuestos, uno para el visitante y otro para Tatá. En el cuartico se distinguen algunas jícaras, efigies, las esculpidas figuras de Oshún, Shangó y Algayú, padre de Shangó. Hay otros santos católicos, que Tatá heredó de su madre y que ha querido conservar. “Porque yo siempre he trabajado algo que no es la Botánica”, dice, y me manda a sentar y me da ron, para que pruebe. Pregunta si está bueno y le digo que está bueno.

–Yo, con 22 años, empecé esto. No tengo padrino ni madrina ni ahijado, yo atiendo a la humanidad. Yo estaba cortando palos, a principios de 1952, en el mes de marzo, y de pronto comencé a ver una mata de Jagüey muy coposa y a sentir un fresco. Creí que se me perdía el mundo, y cuando volví en mí otra vez, estaba más sudado que un chino sentado a pleno sol. Un amigo que fue conmigo me dijo que estaba hablando extraño y que estaba diciendo que tenía que ir a Pinar del Río y buscar la loma Marcha Atrás, y luego una cueva, y que allí iba a encontrar algo para mí. Me demoré un mes y pico en ir, estuve pensándolo, y el 19 de abril le dije a mi papá que me llevaba su máquina, era mi cumpleaños, cumplía 22. Preparé el carro temprano y salí rumbo a Pinar del Río, iba preguntando quién conocía la loma Marcha Atrás y nadie la conocía, hasta que me dijeron que lo que existía era un camino que se llamaba camino Marcha Atrás. Me indicaron que había una cueva con un Jagüey a la entrada, y que para llegar allí había que ir marcha atrás, porque era una loma inclinada. Cuando llegué a la cueva sentí el fresco que había sentido el día aquel. Revolví todas las hojas que había dentro de la cueva, encontré una cazuela de hierro, que se me desbarató con los años, la piedra esa que está allí –me acerca la piedra y pide que le tome el peso–, aquel palito también. El caldero con palos dentro y la piedra los eché en el saco y con eso he trabajado siempre. La acción del caldero, con el palo y la piedra, me indica lo que tengo que hacer. Hace 63 años de eso. ¿Tú ves la efigie ese que está allí? Es como yo veo al negro, un negro esclavo que veo, dondequiera que estoy lo veo y me habla y me dice lo que hay que hacer, es el que dejó eso en la cueva, es la acción del negro esclavo. Nunca me he metido a averiguar por qué se me dio esto a mí. Yo no consulto, si hay un problema y creo que te puedo ayudar, te ayudo. Nunca le cobré ni le pedí nada a nadie. No soy brujero, yo me dedico a hacer la obra de caridad. Estamos un rato aquí, buscamos los caminos. Yo me considero de la naturaleza. La primera que entra aquí eres tú, no le hablo a nadie de esto. Una entrevistadora española me preguntó cuál era mi religión y le dije mi religión es la naturaleza. A mí nadie me dice padrino. Yo ayudo a que la gente encuentre sus caminos.

–¿Y cuando usted muera, que pasará con esto?

–El día que me pongan el chaleco de madera y  me lleven al reparto bocarriba será como yo lo recibí. Habrá otro nacido o por nacer que se hará cargo.

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Luis Caballero, de 51 años, fue a atenderse con Tatá hace un tiempo. “Me habían hablado de él. Me pronosticaron tres meses de vida, estaba sentenciado a muerte e iba a ver a quien fuera”, dice. “Me diagnosticaron cáncer en fase terminal. Me mandaron a la casa y le dijeron a la familia que de tres a seis meses me iba a morir. Yo me enteré de casualidad”.

Luis estuvo ingresado por más de veinte días en la sala dos del Hospital Militar de Marianao, donde le practicaron una colostomía. “Los dolores eran demasiado fuertes, no lograba hacer las necesidades fisiológicas, no ingería alimentos. Me dio un paro durante la operación y decidieron que me iban a vaciar”.

Luis no recuerda con precisión el remedio que Tatá le facilitó: “Me dio a tomar un brebaje que preparaba, me decía que tomara tres tazas de café por día, y me lo tomé con mucha fe. Nunca me cobró un medio. A los dos meses yo estaba recuperado, se lo agradezco inmensamente, tomé unos cuantos pepinos del brebaje, de la noche a la mañana comencé a engordar, a recuperarme. Yo no sé qué fue, la verdad, solo sé que me curé”.

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Tatá muestra el Palo Ramón / Foto: El Estornudo

Tatá muestra el Palo Ramón / Foto: El Estornudo

Tatá tiene entre manos el Palo Ramón, con el que según él cura a sus pacientes de cáncer.

–Para hacer la infusión hay que rayar el palo. Mira, ¿qué le hemos quitado al palo? ¿Le hemos quitado algo bueno o malo? Tanto el palo como el cuerpo humano, como todo lo que sea vivo en la Tierra, vive del cuerpo y del anticuerpo, es lo que lo guarda de la humedad, del sol, le da vida, pero mantiene parásitos y hay que quitárselo. El cáncer se cura con el Palo Ramón, es un antibiótico fuerte. Está en el monte. Si el cáncer está en cuarta fase eso nadie lo cura, después que el cuarto ganglio se inflama el cáncer se disemina por todo el cuerpo, si está en la tercera fase, se cura.

–¿Cómo sabe en qué fase está?

–Por los ganglios que mantenemos en el cuerpo, tanto debajo de los brazos como en la ingle, se tocan y se ve la inflamación. La persona más difícil de curar es la que se ve normal y se descubre que el cáncer la está invadiendo. Ahora, si un hombre se siente mal, y va al urólogo y le dicen lo que tiene, viene aquí y le doy Palo Ramón.

–¿Esa es la enfermedad más difícil que ha ayudado a curar?

–El SIDA.

-¿El SIDA?

-El SIDA. También se cura con el Palo Ramón, tengo cuatro casos de SIDA que se han curado con palo. Se toma como infusión, tres tazas de café, porque la botánica no es de cantidad, una taza por la mañana, otra por la tarde y otra en la noche, dependiendo de la fortaleza física de las personas es la cantidad.

–Y si el SIDA se cura con el Palo Ramón, ¿por qué no lo ha dicho públicamente? ¿Por qué no lo informa?

–Había un profesor del Hospital Calixto García que quería reconocer el palo, llevar el palo a legalizar.

–¿Y entonces?

–Le dije que no estaba en eso, porque si yo sé que es un antibiótico fuerte que sirve para cualquier bacteria, ¿por qué tengo que llevarlo a legalizar?

–Para que se conozca, ¿o no?

–El que quiera curarse que venga aquí.

No hay más respuesta, y no la habrá. Es la que me da todas las veces que quiero saber por qué. “Él es una buena persona pero es muy bruto, tiene un genio… Lo que más le molesta es que le preguntes una cosa dos o tres veces seguidas”, advirtió Esperanza muy al inicio.

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Hay solo una planta, entre todas las que lo rodean, que Tatá desconoce. No la había visto antes. Ni en el monte, ni en la gran parcela que ha sido su vida. La trajeron una vez y creció cerca de la casa. Nadie ha podido decirle cómo se llama.

–¿Y si pudieras ponerle un nombre? –le digo.

–No lo haría. No me arriesgo, no le puedo poner un nombre a algo que no sé de dónde viene. Quizás ya tiene un nombre, porque no es de Cuba, y qué hago yo poniéndole otro. Pero la adoro, siempre tiene flores.

Siempre tiene flores. Siempre tiene flores. Cuento una, dos, tres flores.

Pienso un nombre.

Foto: El Estornudo

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