Camión de alquiler en Cuba

Camión de alquiler en Santiago de Cuba / Foto: Carlos Melián

El cielo empezaba a clarear. Como sucede en las fotografías tomadas cinco años antes, la juventud resplandecía en alguna parte del rostro: la punta de la nariz, las mejillas o la frente. El Menor, mulatico, de unos 18 años, se colocó el chubasquero y bajó la calle. Iba a ripiar por orden de Pichi. Calzaba unos tenis Zara, talla 9, un pantalón azul ceñido hasta las pantorrillas y un pulóver S de Aeropostale. Lucía fresco como una lechuga, imberbe para el oficio.

Subió al camión y habló algo con cada viajero. Unos quince. Era normal que los pasajeros saliesen a desayunar o fumar o estirar las piernas mientras se completaba la carga. Bajaron en silencio y de a poco, arreando con jabas y cajas. No regresaron. El camión estaba a un tercio de su capacidad; llevaba una media hora cargándose a solas, sin chofer ni machacante ni voceador vigilando a los ripiadores. Cuando estuvo vacío, El Menor sacó un cigarro, lo prendió, y chupó. Se tomó su tiempo en las dos primeras cachadas. Bajó del vehículo, miró hacia el este, luego al oeste, y avanzó dos cuadras en dirección a otro camión azul claro que lo esperaba con el motor encendido en la cebra de Calle 4 y Carretera Central. Cuando llegó allí el último pasajero, todavía El Menor fumaba, y envejecía. El camión de Pichi ladró, aceleró y se perdió en dirección a la Plaza de la Revolución, donde remontaría la Avenida de los Desfiles hacia la Autopista Nacional, luego el entronque de Palma… hasta Caballería.

Interior de un camión en Santiago de Cuba / Foto: Carlos Melián

Elizabeth Martínez Riera, subdirectora de la Dirección Provincial de Trabajo en Santiago de Cuba, pidió «de favor» a los transportistas santiagueros que acataran sus obligaciones… las que se contraen con el Estado cuando se asume una licencia operativa. Riera está en los vapores de los 50s pero aparenta menos edad: negra, grande, hermosa de esa manera en que son hermosas ciertas figuras gigantes e inflables que se colocan con cuerdas tensoras en los carnavales y que despliegan una larga sombra sobre las cabezas de cientos de personas, casas, autos y pavimento, generando una mezcla contradictoria de ornamento y amenaza. Una buena parte de la ciudad, la versión insolvente y resentida de la ciudad, los padres honrados del sector presupuestado, los abuelos de escaso retiro, los combatientes retirados, los militantes de última bandera que esperan y no esperan ser traicionados, todos ellos estaban pendientes de su intervención televisiva en el «Panel Informativo» del miércoles 19 de junio, y todos ellos querían ver al toro caer y al torero lucirse.

Martínez Riera, con los labios de un púrpura oscuro, lucía sus dotes de cuadro de dirección, y hacía un giro retórico en el cual el «favor» que pedía a los cuentapropistas era un cumplido, una almohadilla para evitar todo el dolor de la caída. En los primeros minutos de intervención blandía la Gaceta Oficial Extraordinaria Número 35 de 2018, entregada gratuitamente a los trabajadores por cuenta propia: «Decirles y reiterarles que en el Decreto 356, en la disposición primera especial, se faculta al Consejo de la Administración Provincial para que regule las tarifas y precios fijos y máximos de las actividades priorizadas; en este caso, el transporte y la alimentación». Luego citó la Resolución 194 del Ministerio de Finanzas y Precios, la cual, en su resuelvo decimoctavo, dice que el trabajador por cuenta propia ejerce su actividad por oferta y demanda «excepto [en] las actividades donde se prestan los servicios priorizados», y acotó: «Oferta y demanda, pero la oferta y demanda nunca puede afectar a la población».

El Periodista le pregunta a Pichi si no siente una rara excitación cuando se compra algo. Un pantalón o un reloj, por ejemplo. Pichi sonríe intrigado y dice que sí. El Periodista dice que él suele tener una erección. Pichi se ríe, creyendo que el Periodista le toma el pelo.

Pichi mira su silueta. Cuida su silueta como si se peinara el cabello. Un golpe de silueta por cada farol. La silueta le devuelve algo… algo a su medida. Le devuelve, digamos, una parte de sí mismo. Su trabajo, sus Converse también, su reloj, su móvil, su camión. Le devuelve, y eso lo coloca en una posición privilegiada en el teatro laboral cubano. Todavía no amanece, ni está gris, pero ya hay pitirres dando navajazos en el cielo. En alguna parte del trayecto al garaje todavía le jala el sueño a Pichi, hasta que, llegado un momento, se transforma y es más del timón y la carretera que del sueño y su baba. De modo que trata de condensar en un puño lo que será su día y arrojarlo hacia delante, y arrojarse a sí mismo, con las 12 o 16 horas que trabajará hoy escuchando el estruendoso motor del camión, con el aburrimiento en la cabina, el sudor, sus vapores y erecciones inútiles, y con sus rivales camioneros en la carretera. Tiene 24 años, cuatro en el negocio, una mujer, una casa a medio hacer.

—Esto vale el sacrificio —le dice a su mujer. Lo vale, piensa ella, afirmando y volviendo a afirmar.

Durante su comparecencia en el panel del 3 de julio, Lázaro Expósito Canto, máxima autoridad del Partido Comunista en la provincia, dijo que los transportistas eran «un sector muy revolucionario, muy revolucionario y muy patriótico, un sector muy bueno; hay excepciones en todos lados, gente mala en todos lados, también en el sector estatal hay gente mala, pero este sector es muy, pero que muy bueno».

Expósito es un político querido en Santiago de Cuba. Cuando comparece, a veces, en miércoles alternos, parece que duerme como un saurio, los ojos semicerrados detrás de las gafas, los brazos sobre el buró de bagazo comprimido del canal Tele Turquino, la cabeza estática. Es su postura zazen, la que utiliza para mantenerse vertical en el asiento luego de cientos de reuniones en una semana. De pronto Expósito nota algo, abre la ventana, gira la cabeza y los pájaros de la selva callan. Lo que va a decir lo dice con voz arrugada. Esta vez dice que los transportistas compran petróleo robado. Lo asume. Se asume que el agua es mojada. Se asume que para correr hay que saber caminar.

Pero asumió también que nadie puede perder dinero, y evitó generar eufemismos hasta donde pudo: «Hay que racionar los precios entonces porque no podemos pedirle a la gente que pierda, que gaste un peso e ingrese 50 centavos, que gaste diez pesos y que ingrese cinco pesos». Pero no precisó de quién hablaba, si del transportista privado o del santiaguero que cobraba 27 dólares al mes y tiene que pagar una tajada imposible de su salario en pasajes.

En toda ciudad de Latinoamérica hay una terminal como la de Calle 4. Las terminales son o un trampolín o un agujero de desagüe. El viajero lo siente, por allí se sale o se regresa a sitios donde se está obligado a ir. Le pasan por delante pobres, perdedores, emigrados insolventes (dígase emigrados nacionales), vendedores de cigarro, chicles y barras de maní. Merodean zombies, putas, putos, travestis, carteristas, jugadores de chapita, estafadores y campesinos engañados por esos estafadores. Se pegan y protegen entre sí como los camioneros, se mezclan y re-mezclan, cruzan y descruzan bajo el sol obsceno de Santiago en un sudoroso encaje. Es un cardumen en el que Pichi ve abundancia, pasajes, dinero, mientras que las mal pagadas conserjes ven tenis viejos, botas, vómitos, papeles, almohadillas sanitarias, heces y orines que tendrán que barrer, recoger, enjugar con sus colchas.

Dos grandes naves de hormigón de una sola planta componen Calle 4. En una salen carros para áreas suburbanas, como El Cobre, El Cristo o Siboney. En la otra el transporte, en su mayoría privado e inagotable, para municipios como Songo-La Maya, Palma Soriano, Mella, San Luis, Contramaestre. El puntal de los edificios hermanos casi triplica el tamaño de una persona, y el individuo que en otro contexto vería allí un signo de ambición, el ansia de conquista de una tradición, ahora intuye lo contrario en Calle 4. Sobre su cabeza se aleja la meta, la guagua estatal que demora, el precio desorbitado de los particulares, y esa certeza lo aplasta, como aplasta a un hombrecito sumido en el fondo de un pozo la visión en el brocal, a una distancia insuperable, mítica, del rostro de una muchacha.

Sobre el puntal alto resuenan y chocan los ruidos oscuros del tránsito, las sombras difusas de la calle y los gritos de los voceadores a quienes los transportistas pagan algo. Entre esos voceadores hay un viejo bajito, picado por una antigua acné parecida a la de Charles Bukowski; el viejo tiene un truco: se coloca una mano en la boca en forma de bocina, con la otra se hace una caja de aire sobre la oreja al estilo Silvio Rodríguez. Moviliza sus órganos y su abdomen para gritar, y cree que su voz llega lejos, pero su voz apenas avanza un par de metros y desaparece. Solo se escucha él mismo, y quienes pasan cerca y quieren escucharlo.

Pasajeros en la terminal de ómnibus / Fotos: Carlos Melián

«Yo quisiera que él tuviera otro trabajo. Este tiene muchos riesgos», explica Marbelis, esposa de Pichi. «¿Cuáles?», pregunta el Periodista. «La corredera esa: que si me quitaron el pasaje…, que si este carro llegó antes…, la competencia, la madrugadera. Pero es un trabajo honrado, eso es lo que me gusta. La movilidad, y el dinero que entra, que nos cubre necesidades: la casa que construimos, que ahora está por la mitad. Vale la pena el sacrificio, me dice Pichi».

Yunier Sarmientos, reportero del periódico Sierra Maestra, órgano oficial del Partido Comunista en Santiago de Cuba, se preguntaba: «¿Ahora los caballos consumen petróleo?» No entendía por qué los propietarios de coches de tracción animal, que transportan a miles de santiagueros por las zonas planas de la ciudad, habían subido el valor del pasaje como los transportistas motorizados. Sarmientos afirmaba en su artículo que como había llovido suficiente sobre los solares, y las bestias de los cocheros tenían yerba suficiente para alimentarse, no había razón para subir el costo uno o dos pesos más.

Los precios del sector por cuenta propia y del mercado negro en la «Ciudad Héroe» comenzaron a correrse con la inestabilidad política y económica en Venezuela, aliado geopolítico del gobierno de La Habana. Al gradual desabastecimiento de los productos en la bolsa negra, como la leche en polvo, siguieron otros básicos, que se mantenían estables en el mercado regular, como el arroz, el huevo, el pollo y la carne de cerdo.

En tal dirección Miguel Diaz-Canel, presidente del país, declaró la guerra al micro-robo y la fue ganando a costa de crear otro problema. Los dueños de medios de trasporte colectivo, que compraban el petróleo a 0.25 dólares en el mercado negro —combustible robado al Estado—, comenzaron a encontrarlo cercano al tope de un dólar que ofertan las gasolineras estatales. Según otro artículo de Sierra Maestra, en «los últimos seis años como promedio diario se compraban por vehículo de 0.15 a 0.20 litros de diésel». Oficialmente, no se sabe —se pone «en duda la licitud», pero no se sabe— de dónde salía el combustible con que se circulaban en el país, digamos, esos cientos de miles de autos que iban de arriba a abajo, deteniéndose en semáforos, pagando multas, recogiendo a enfermos, trasladando mudanzas.

Como resultado de acabar con el saqueo de combustible, el precio del pasaje ofertado por los transportistas privados se incorporó a la danza inflacionaria y se incrementó el doble o el triple.

Santiago de Cuba no es precisamente un polvorín político, sus aislados focos de rebeldía no salpican la calle, pero sí es el municipio más habitado del país y además está situado en una de las zonas menos solventes. Antes del incremento salarial decretado en julio por el presidente Díaz-Canel la provincia percibía un salario medio de 27 dólares mensualesi, de los más bajos en la isla. Aunque la imagen de la ciudad ha mejorado en los últimos años con la construcción de miles de viviendas, algunos servicios gastronómicos de productos nacionales, la limpieza de sus avenidas y la restauración de fachadas, continúa siendo un sitio donde no alcanza el salario ni sobran las oportunidades profesionales. Al brazo político del territorio le inquietó un peligroso patrón de crisis inflacionaria y los estados de opinión acerca del pasaje.

Pichi duerme como una piedra, como un buey. Abrirá los ojos con la asistencia del móvil que suena a las 4:20 de la mañana, a las 4:30, a las 4:40, hasta que Marbelis, su mujer, le da un débil codazo y lo despierta del todo. Si lo sacudiesen antes, se levantaría con un humor de perros. Marbelis lleva con Pichi casi diez años, es guapa, segura como una azafata. Tiene los ojos negros y amplios, y unas cejas cuyo dibujo recuerda algo irreductible, la estela de un cometa, por ejemplo. Esforzada y práctica como toca a una cristiana confiada a la voluntad de Jesús y la Biblia, asiste los fines de semana a uno de esos templos pentecostales, rústicos e intensos, de casa de vecino. Es imbatible, pragmática, digamos que si viera de pronto algún acto de fornicación callaría como callan las estatuas de los próceres.

«A él le gustaba la Informática, quería seguir la universidad. Y lo consultó conmigo, pero le dije que teníamos el plan de tener una casa en cinco años, queríamos tener lo de nosotros… privacidad, que aquí en casa de mis padres no tenemos, y que no íbamos a poder cumplirlo si él entraba a estudiar Informática. El papá le ofreció ese trabajo en el camión y yo cogí una caja de madera que todavía tengo y ahí reunimos el dinero para hacer la casa. Reunimos cinco mil pesos. Con otro dinero que le dejó una tía que vive en Europa compramos los materiales y comenzamos a construir. Él dice que si tiene un hijo varón no lo va a poner a trabajar en el camión. Pero a él le gusta manejar, le encanta, le gusta lavarlo, echarle aromatizante. ¿Qué más que eso? Me siento afortunada, porque ganamos nuestro dinero y tenemos aspiraciones».

Marbelis combina la universidad con servicios de belleza. Como sus hermanos de culto, intenta ahorrar con la mayor porción de paz posible. Pichi fue su primer novio, como su padre fue el primer novio de su madre.

Todos los días, de 4:40 a 5:00 am, él se levanta, se asea, y la besa. «Dios te bendiga», dice ella. «Amén», dice él. Cuando el carro pasa por la calle contigua y se aleja, Marbelis ocupa su lado de la cama y se deja estar allí. «Mi lado de la cama siempre está estiradito, el de Pichi es un nido de perro».

El eufemismo de Elizabet Martínez Riera: «La oferta y demanda nunca puede afectar a la población», alude a una crisis económica provocada no por el abuso de la oferta y la demanda en sí, sino por un estatismo radical y su dependencia de economías externas, ya sea en la forma del remesismo o de pactos con estados que tarde o temprano derivan en lo que la misma Cuba es: un país que gasta más de lo que produce, que coloca la política por delante de la economía, que se queda aislado internacionalmente, que se reprime a sí mismo, que desestimula su propio desarrollo.

La Ley Helms-Burton (1996), y la reciente activación de sus títulos III y IV por Donald Trump, cataliza tal crisis (ninguna administración estadounidense había activado antes dichos capítulos, que, entre otros aspectos, empoderan jurídicamente a dueños de propiedades expropiadas a principios de la Revolución, y ello vuelve problemática toda inversión extranjera en Cuba). Oficialmente denominada como «Ley para la Libertad y la Solidaridad Democrática Cubana», este estatuto fue diseñado, y aprobado por el Congreso norteamericano, en teoría, para complementar la política de «embargo» y presionar en favor de un cambio político en la isla. Pero el gobierno fundado por Fidel Castro tradicionalmente ha aprovechado estas tentativas en dirección contraria, para cristalizar su hegemonía y desplegar el viejo dispositivo de la resistencia del pueblo elegido. Medidas de ese tipo pretenden democratizar desde fuera el régimen cubano, pero en la práctica solo exacerban el sentimiento nacionalista que amplifica la propaganda oficial, legitiman la represión política y, eventualmente, coagulan el cambio interno.

En un pueblo educado en el paternalismo estatal, la escasez de alimentos y medicinas genera desesperación, pero la desesperación no deriva necesariamente en odio, rebelión o desobediencia civil. Deriva a menudo en una postura de resistencia, y en mayor dependencia estatal, máxime cuando se trata de un sistema político mejor organizado de lo que la prensa resentida con el castrismo difunde regularmente. Que el Estado sea ineficiente en lo económico, no implica que esté mal organizado, o que se haya despreocupado en lo social. No solo se basta para hacer frente a circunstancias de excepción, sino que las asume.

La distensión iniciada el 17 de diciembre de 2014 por Raúl Castro y Barack Obama hizo, en efecto, lo poco que duró, que la ciudadanía cubana fuera alcanzando cuotas importantes de empoderamiento, prosperidad y democratización que hoy han quedado atrás. La «mano dura», que ha demostrado no funcionar para traer la normalidad a Cuba, es más una puesta en escena, un performance adecuado, un eufemismo, que una acción realista.

Parquea el camión sin apagarlo. Está un rato inmóvil, mira hacia ninguna parte. No hay nada que ver, no hay gente. Baja de la cabina y se va a dar un paseo. Tiene que elegir un destino. Puede que lo elija caminando, o estudiando la zona, nunca se sienta en la acera o sobre una piedra. A veces va y conversa con otros choferes, o camina mirando su sombra. Hoy se coloca bajo un farol, se baja el abrigo a la altura de los hombros y elige el destino. Llama a su machacante, y ambos comienzan a vocear. Pichi se da un aire a James Dean, el ícono hollywoodense de los años cincuenta del siglo pasado que murió en un accidente de tránsito. El director Elia Kazan eligió a Dean para Al este del Edén por las mismas características que proyecta Pichi bajo ese farol de Calle 4 y Carretera Central: «introvertido, tosco, melancólico y apasionado». Pichi contrae el diafragma y vocea el destino de su camión. Hay voceadores de sobra en Calle 4. Pero Pichi no los paga. Y que no los pague es parte de su yo introvertido, tosco, melancólico y apasionado. «¡Contramaestre!, ¡Contramaestre!, ¡Contramaestre!», grita. Cuando alguien le pregunta, él señala su camión. Si le preguntan el precio lo dice; si le protestan, calla. Son los nuevos precios, los de hace algunas semanas cuando comenzó a escasear el petróleo en el mercado negro, y sobre los cuales Pichi se monta, implacable, como un surfista sobre su tabla. Es joven aún para un oficio de hombres avejentados, de cuarenta y tantos, pero es viejo e infalible para los precios.

Una parada de Santiago de Cuba / Foto: Carlos Melián

En un Panel Informativo del miércoles 19 de junio se anunció que el sábado 22 de junio, darían a conocer una tabla de precios topados en el semanario Sierra Maestra. Mayra Pérez González, vicepresidenta del Consejo de Administración Provincial (CAP), una señora gruesa, el tipo de funcionario que mira de arriba abajo a su interlocutor como para enterarse de todo y absolutamente todo sobre el mismo, dijo que la tabla era «un trabajo que se inició desde el año pasado. No ha sido muy fácil, ni de hoy para mañana, buscando el equilibrio entre el servicio que ellos prestan y los niveles adquisitivos de nuestro pueblo». Tal equilibrio de los precios topados por el CAP se inclinaba más hacia el supuesto poder adquisitivo del salario medio oficial.

Los transportistas no salieron a trabajar en un par de días.

Las camionetas que comenzaron a cobrar 10 pesos (unos 0.50 dólares) hasta El Cobre, por ejemplo, debían, con el nuevo plan del CAP, cobrar seis pesos (0.25 dólares), solo un peso más (0.05 dólares) que antes de la crisis. La propuesta del CAP, desde luego, no consideraba la subida, cuatro o cinco veces, del precio del petróleo en el mercado negro, o sí la consideraba, pero prefería atenerse a sus propias reglas.

«Nosotros pactamos, como Gobierno Provincial, precios máximos, aunque cada municipio puede bajar los precios, previa evaluación y aprobación por los Consejos de Administración Municipales, para sus diferentes rutas», dijo la funcionaria.

Pichi se excitó conduciendo cuando vio el camión verde parqueado sobre un lado del triángulo de Calle 4. Dio un timonazo, dobló aprisa una cuadra más arriba, y enderezó las ruedas hacia la Plaza de la Revolución. Tocó el claxon repetidas veces, abrió la puerta, dio un salto y ganó la calle, junto a su machacante, gritando: «¡Contramaestre a 15! ¡Contramaestre a 15! ¡Contramaestre a 15!». Nadie sabe bien por qué un Batman necesita a un Robin, pero Pichi sí sabe. Pichi y su machacante son Batman y Robin luchando por devolver el honor mancillado a su camión, asumiendo una heráldica particular. Un camionero y un machacante, sin su camión, son la presencia del fracaso, lombrices titubeantes cruzando una autopista. El machacante del camión verde los miraba encogiéndose. «¡A 15, a 15, a 15!». Los pasajeros desertaban del camión verde y subían al camión de Pichi. El machacante del camión verde se ponía púrpura. Se les acercó gritando a Pichi: «¡¿Me vas a ripiar, me vas a ripiar?!» Pichi lo ignoró y aquel lo agarró por el brazo. El machacante de Pichi metió el pecho entre ambos, aunque a simple vista se podía medir que las atmósferas de una trompada de Pichi triplicaban las del contrario. Los choferes manejan, no les viene bien molestarse. Manejar es discutir, vérselas con una carretera llena de baches, saltar en un asiento forrado de plástico sintético sobre un camión amargado, destornillado, ruidoso, armado a trozos, con partes de otros camiones o piezas adaptadas.

Pichi volvió sobre sus pasos y, señalándolos con el dedo, les sacó alguna historia sucia, un ripeo del día anterior. El machacante del camión verde tenía argumentos parecidos contra él. Los machacantes cruzaban una y otra vez la calle discutiendo y buscando aprobación en los rostros de los camioneros que los miraban impasibles. De vez en cuando un adulón, o un voceador, les decía que no discutieran más. Pichi gritaba: «¡Contramaestre a 15! ¡Contramaestre a 15!» Y el machacante contrario, sintiéndose vejado, se pasaba la mano por la cabeza. En algún momento cruzó la calle el chofer del camión verde, un hombre de 35 años con gorra de las grandes ligas, trasero empinado y espalda arqueada de gorila. Al llegar junto a Pichi, le dijo sin mover los brazos: «¿Tú quieres guerra?» Pichi empinó la cabeza y cruzó las manos a la altura de la hebilla del cinto, como diciendo: «¿Por qué no?». El chofer le dio la espalda y dijo calmado, casi para sí: «Guerra contigo». El machacante del camión verde miraba a Pichi y hacía gestos de decepción. Pichi le hacía el caso que se le hace a un monumento municipal.

Parecía una pelea ganada por Pichi y los cinco pesos menos que ofreció a los pasajeros, pero algo sucedió mientras el Periodista tomaba notas del suceso. Cuando levantó la vista, Pichi sonreía. El machacante del camión verde también sonreía. Los pasajeros bajaron del camión de Pichi y regresaron al verde. Pichi le dijo a su machacante: «Llama pa Palma». Puso la marcha atrás e hizo retroceder el camión unos metros. Comenzaron a vocear el destino Palma Soriano. En 40 minutos tenían el camión completo. Pichi le dijo al Periodista: «¿Viste? Esto comienza AAAAAA y termina UUUUUU».

Transporte en Cuba / Foto: Carlos Melián

El 26 de junio, el tratamiento a los transportistas privados durante el Panel Informativo de Tele Turquino fue diferente al del programa anterior. Mayra Pérez González, vicepresidenta del CAP, habló en nombre del pueblo: «La población reconoce el trabajo que desarrollan los transportistas privados, que de conjunto con el sector estatal enfrentan día a día la noble tarea de conducirla a los centros laborales, a hospitales y escuelas».

«Y (la población) pide la incorporación de estos trabajadores que ante el cambio han reaccionado de una manera no esperada».

Yunier Sarmientos, del periódico Sierra Maestra, reseñó que, con la publicación de los precios topados, el lunes 24 de junio hubo una «paralización casi por completo de los vehículos en poder de cuentapropistas».

El gobierno reforzó las rutas en los horarios pico desde los municipios vecinos hacia la ciudad. También movilizó a otras empresas de transporte con misiones más específicas, como Transmetro, Cuba Taxi y Ómnibus Escolares.

Los atildados choferes de Ómnibus Nacionales, que viajan con aire acondicionado, camisa blanca, corbata y charreteras azules, tenían la orden de completar su pasaje con viajeros de la oscura terminal de Calle 4, por donde viajan personas con huacales, sacos, materiales de pesca, bolsos de comida para reclusos o soldados del Servicio Militar. Un plan de emergencia sostenible para, acaso, un par de semanas, pero ¿resistiría un mes o dos?

Durante esos días la estatal empresa de ómnibus urbanos de Santiago estimaba un déficit de 150 unidades de transporte con respecto a la demanda de las 195 rutas del municipio, y aun así —dígase antes del crack de la actual «coyuntura» de desabastecimiento de combustible— se operaba con un 30 por ciento menos del combustible necesario.

El hombre canoso de 70 años y nariz aplastada de boxeador que abre la portería parece que deja un cadáver de sí en cada gesto, cuando termina el acto de abrir la portería hay unos cinco o seis bultos de él mismo yaciendo por doquier. Tuvo un camión alguna vez. Ahora le queda un espacioso garaje, y lo ocupa el carro de Pichi. Diez o veinte minutos antes, todos los días, el señor espera en el mismo sitio. Luego cruza la estrecha calle y se detiene frente a su propiedad. La mirada se le escapa. Se escapa un perro de su dueño. El perro corre unos metros, salta y se detiene en el aire, sonámbulo. «Se extraña la entrada de dinero», dice el señor. Luego ve alejarse el camión de Pichi. Cuando vendió el suyo lo hizo para ayudar a un hijo que emigró.

«El que un día decide no montar más un camión, ni dentro ni fuera de su ciudad, ha decidido asuntos más importantes», dice el Periodista. Pichi lo escucha atento. Dice el Periodista que su hermano decidió no montar más un camión. «No podía sentarse por el largo de sus piernas, mide dos metros de altura; le daban calambres, falta de aire, pánico, ganas de gritar», cuenta el Periodista a Pichi. Siete meses después consiguió salir del país con la idea de matricular en una maestría. Dos años después se hizo máster. Cinco meses después comenzó a trabajar como arquitecto, su sueño. Un año después los principales proyectos de la oficina pasaban por sus manos.

Pichi pone una atención especial al tema salir de Cuba. «¿Cómo se sale de aquí?», pregunta al Periodista. «¿Cómo es eso?», insiste mientras vigila la carretera. El Periodista le dice que conoce una sola manera. «¿Cuál?», pregunta Pichi. «¿Cuál?» «Por becas». «¿Cómo es eso de becas?». «Becas de esto y de lo otro, donde quiera hay becas para universitarios». Pichi no es universitario. «Tu mujer es universitaria», dice el Periodista. Pichi no tiene ese plan concebido. No concibe a su mujer en la proa. «Esto no es vida», dice. «¿Crees que esto es vida? Mírame, ¿esto es vida?». El Periodista dice que le parece un tipo trabajador. Pichi dice que es cierto, que él va a levantar fuera de Cuba. Y se queda con la frase en la frente mientras maneja. El Periodista observa cómo el eco de la frase rebota en la cabeza de Pichi como una pelota de basket: levantar cabeza, levantar cabeza, levantar cabeza.

(Continuará…)

iONEI, Anuario Estadístico de Cuba 2018, Edición de 2019, La Habana cuadro 7.5.