Transporte en Cuba

Camión privado / Foto: Carlos Melián

Cuatro transportistas privados de la ruta Santiago-Habana hablaban en voz alta bajo la luz amarilla de una cabina de camión en la paladar «María» de Taguasco, provincia de Sancti Spíritus. El más locuaz llevaba un pantalón de mezclilla recortado y botas de constructor, tenía la camiseta levantada por el calor y se sobaba la barriga prominente y peluda. Se jactaba con acento santiaguero de lo que había hecho desde que se anunció la «coyuntura» de desabastecimiento de combustibles en Cuba: ganar, ganar dinero. Habló de la flojera e incapacidad del transporte urbano estatal. Habló del nuevo tren. Al tren nuevo lo habían traído quién sabe para qué, para un museo… Los transportistas reían. La utopía del tren de frecuencia diaria había quedado fuera de combate en menos de 45 días.

La actual «coyuntura» es otra vuelta de tuerca en un culebrón que, por lo menos en Santiago de Cuba, ha tenido varios giros inesperados desde junio, cuando el presidente Miguel Díaz-Canel, acaso entreviendo la inminente crisis, decretó para todo el país una guerra contra el robo de combustibles. Los transportistas privados, que antes fueron villanos, se volvieron víctimas en julio, y redentores en septiembre. En Santiago han asumido el grueso de la transportación colectiva bajo la promesa vigilada de no romper el pacto de hace dos meses.

En julio, luego de un pulso entre lo privado y lo estatal, se fijaron precios que las autoridades políticas y administrativas del territorio negociaron con un realismo políticamente doloroso y poco común.

Lázaro Expósito, primer secretario del Partido Comunista en Santiago de Cuba, preguntó en su «Panel Informativo» de los miércoles por qué a los «machacantes» les decían «machacantes». «Los dueños de transporte (público) deben tener cuidado con tener gente a la altura de ellos también. Los desprestigian mucho, los ponen en crisis. El machacante… ¿por qué le dicen machacante, por machacar al pueblo?»

Nadie sabe bien por qué comenzaron a llamarles así. «Machacante: Soldado destinado a servir a los sargentos de una compañía», dicen los diccionarios Vox y Larousse. Los machacantes son los cobradores del transporte privado.

«No se puede machacar al pueblo. Al pueblo hay que respetarlo y quererlo. Al pueblo se respeta y se quiere. No sé por qué machacante, de verdad», dijo Expósito.

Transporte en Cuba / Foto: Carlos Melián

En los últimos veinte años los machacantes se han mantenido sin variaciones en el trato con el pueblo, la vestimenta y el nivel cultural. Han evolucionado lo mismo que los carros donde trabajan, nada; igual que el trato que el Estado otorga a los transportistas, nada. Nada salvo un pequeño detalle: en vez de pedirle las paradas al chofer machacando, desde atrás, una llave o un trozo de hierro contra alguna parte del propio vehículo, ahora han colocado un timbre eléctrico que suena en la cabina.

Hoy Pichi llegó sin machacante a Calle 4, y estaba desvalido.

Pichi suele ser asistido por dos de su misma edad con quienes trabaja en días alternos. Uno de ellos es negro, se hace relieves en la cabeza, tiene un diente de oro y va a trabajar en short, chancletas y con un enorme abrigo de nylon verde limón imposible de combinar con nada. El segundo machacante nunca hace chistes ni dice qué le pasa, es mulato y se viste con camisetas negras o por lo menos tan oscuras como su faz. Los dos machacantes o ayudantes lavan el carro al final del día. Son quienes más trabajan también en el mantenimiento del carro cada dos semanas. Los machacantes suelen ser soldados; los choferes, sargentos: fijan las tarifas, atienden multas, pagos, regalos, presionan y fiscalizan a los machacantes. Los machacantes discuten, encaran a guapos, a mujeres histérico-temerarias, a pillos y ancianos.

De vez en cuando se suman segundos ayudantes, más jóvenes, a quienes dice Pichi que les da trabajo por solidaridad: El Menor (bala perdida, hijo de un amigo policía), a quien Pichi usó para ripiar aquel camión rumbo a Caballería, y otro que llamaremos Tony, desempleado, con una mujer embarazada. A ambos les paga la mitad de lo que gana el machacante oficial.

Trabajar con un segundo ayudante no supone necesariamente una carga económica o un gesto de infinita bondad; si el machacante segundo hace bien su trabajo es posible ganar más. Los choferes como Pichi, activos sobre la gestión del negocio, saben cuándo les pasan gato por liebre; saben cuánto puede arrojar un día de buen pasaje y, por tanto, cuándo un machacante roba.

Tony suele estar sobre-motivado, encendido. Es bueno socializando, y eficiente para acomodar pasajeros hasta el fondo del camión, un trabajo que habitualmente incomoda al machacante, expuesto a los insultos y las bravuconearías del público. Tony es como esos charlatanes que bajo el gabán tienen veinte o treinta artilugios para amenizar o vender. En su móvil tiene videos calientes con los que se entretiene cuando esperan que se cargue el camión. En uno de ellos, una mujer desnuda tiene una botella de whisky introducida en el ano. La mujer sonríe y mueve el trasero de forma tal que un hilo de whisky de la botella llena una copita. Monta una muchacha blanca y Tony murmura algo referente al supuesto buen aseo vaginal de la chica. Monta un travesti de los que amanece peinando los agujeros de la ciudad y Tony cuenta cómo nunca deja que uno de esos se siente a su lado. Pichi se ríe a carcajadas, como si de la boca le salieran rocas, unas veinte o treinta rocas.

La víspera, los transportistas de Santiago de Cuba habían decidido no salir a trabajar. No intentaban sabotear nada, explica Pichi: «Sacar el carro con esos precios era perder dinero». «Mi mujer no puede, por ejemplo, comprar una ración de keratina en un dólar y luego cobrarle a su cliente 50 centavos. La fórmula no da. Tiene que haber ganancia», explica.

En el Panel Informativo del 3 de julio, Lázaro Expósito llamó a los transportistas a ganar menos, teniendo en cuenta un nuevo diseño de precios topados, un precio intermedio. La recompensa al final del periodo de cinturón ajustado sería venderles una asignación de petróleo subvencionado.

Transporte en Cuba / Foto: Carlos Melián

Expósito lo describió como «etapa de transición».

—Si ganan 200, que ganen 50 nada más. Que ganen mínimamente, [para] pagar el combustible y pagar algunas piezas del carro.

Pichi y el Periodista hablan a gritos dentro de la cabina; se oye el rugir del motor.

—¡Te confundió con yuma!

—¡¿En serio?!

—¡Sí, el policía te confundió con yuma, meeen! ¡Tú das yuma!

—¡Sí, lo sé! ¡Pero todo me sale más caro, no es bueno parecer yuma sin serlo! ¡¿Y con qué clase de yuma me confundióoo?!

—¡Si monta una jeva aquí, una que esté buena, se te engancha por yuma!

—¡Nah! ¡¿Con qué clase de yuma me confundióoo?!

—¡Un españoool!

—¡Yo doy árabe siempre, pero en la carretera doy españoool, es rarooo!

—¡Pero este no te confundió con árabe, te confundió con españoool!

—¡¿Cuál?! ¡¿El de la patrulla?!

—¡Nooo, el que montó aquí ahorita, que dijo lo del tránsito, y tú dijiste lo del semáforo! ¡Pero el de la patrulla miró pa adentrooo y me preguntóoo por tiii!

—¡Ahhhh!

Pichi conoce a casi todos los policías de la ruta Santiago-Contramaestre, los recoge, les lleva paquetes. El policía-de-hace-un-rato fue un poli regordete que Pichi montó en la cabina. «A los policías no se les cobra», dice Pichi.

Pichi comenzó hablando sobre el tránsito, sobre la gente que se mete delante de los camiones y cruza tomándose todo el tiempo del mundo. «Afuera», dice Pichi, «afuera el que se lleva una cebra, o cruza una calle, no escapa, hay cámaras, hay multas, nadie escapa y el que escapa lo choca un carro. ¿Es o no es?», pregunta al Periodista dándole un codazo. Los codazos de Pichi son estocadas. El Periodista dice que sí, que «hay muchos carros, que no paran, hay tantos carros que hay más carros que gente, y unos semáforos especiales para no detener las vías y evitar embotellamientos por gusto». El policía y Pichi le prestan toda la atención. «Se usan los semáforos solo cuando hacen falta. Por ejemplo, vas por la acera, y se ven semáforos apagados, si de pronto el peatón necesita cruzar la calle, solo tiene que acercarse al semáforo, encender un botón y parar el tráfico». Los ojos de Pichi y del policía brillan, vuelan, van al futuro.

La etapa de transición fue anunciada previamente por Beatriz Johnson, presidenta del CAP, y, según ella, duraría de dos a tres meses. Johnson, como Elizabeth Martínez, es una mujer grande, rectangular y en constante crecimiento; una de esas sombras que, proyectadas en la pared, se agrandan a medida que la persona se aleja. Algo en Johnson, acaso su cara de niña, parece no mentir nunca, pero la manera y el contexto económico en que dijo lo del petróleo subvencionado recuerda el modo en que dos desconocidos hacen el amor en el baño de un tren y luego prometen llamarse, verse de nuevo, sabiendo cuan improbable es que algo así ocurra.

«Decidimos hacer una valoración a partir de la propuesta que está haciendo la máxima dirección del país de un nuevo procedimiento para reordenar toda la actividad no estatal en materia de transportación, que regula el otorgamiento de licencias operativas; un nuevo procedimiento para que adquieran combustible con un precio verdaderamente muy asequible, un precio que es muy atractivo para el sector no estatal», dijo Johnson.

Estas declaraciones fueron hechas durante el mismo Panel en que un sujeto de mandíbula cuadrada y nariz aguileña llamado Jaime Codorniú Furet, nuevo director provincial de Transporte, leyó la propuesta de precios revisados. En esta, de pronto, se daba la razón por primera vez a los transportistas, quienes de villanos pasaron a ser víctimas inesperadamente reparadas.

La camioneta al Cobre costaba diez pesos en la nueva propuesta, duplicando finalmente el precio que primaba en los tiempos del petróleo desviado por tuberías del traspatio del Estado. El resto estaba igualmente ajustado a las motivaciones de los transportistas.

Lázaro Expósito y Beatriz Johnson lucían incómodos. Johnson, sosteniendo un pañuelo para la coriza, interrumpió a Jaime Codorniú porque consideraba que estaba diciendo los precios demasiado rápido. Codorniú asentía, pero estaba tan tenso que no repetía nada, y seguía leyendo la lista. Las cifras que presentaba Codorniú, aun siendo cifras de transición, transgredían la visión que tenían sus superiores del salario medio oficial. Expósito lo interrumpió:

—Sin dudas es muy alto el precio para el pueblo, sin duda es muy alto. ¿Y es un precio intermedio, por qué? ¿Con qué argumento?

—¿Cuál? — Codorniú lucía perdido. ¿A qué venía esa pregunta ahora? Todos estaban allí por el precio del combustible. Obviamente Expósito demandaba otra respuesta.

Repitió:

—¿Con qué argumento se pone ese precio?

Codorniú respondió sobreponiéndose a la timidez, temiendo equivocarse.

—Por la razón del combustible a 25 pesos.

Expósito lo tranquilizó:

—No es un problema particular contra ti. Estoy hablando del Servicentro, comprar en el Servicentro, y justificar su combustible con los chips del Servicentro. Ese es el único argumento.

Pichi llega solo a Calle 4 porque el machacante que se hace relieves en la cabeza está durmiendo con una mujer nueva en San Luis, a unos 40 kilómetros de allí. Pichi deberá recogerlo más tarde. Esa mañana cuenta con el Periodista. Lo pone a vocear para Contramaestre. El Periodista da las voces: «¡Contramaestre, Contramaestre, Contramaestre!» Pichi también las da. Están un rato así, dando voces, caminando en círculos. El Periodista cree que hace el ridículo, nunca ha tenido voz, cree que todos se ríen del alcance de su voz.

El Periodista se queda ronco y regresa al camión; supone que debe subir y ver cuántos faltan para irse y ponerle acción al día. Cuenta los asientos vacíos. Baja y supone que debe avisarle a Pichi que está casi lleno, faltan cuatro pasajeros. Le da la vuelta al camión, localiza a Pichi, le hace una seña. Pichi le abre los ojos; el Periodista mira hacia el camión: los pasajeros desertan. El Periodista siente que se encoge. El camión verde, en guerra con Pichi, ha llegado pitando. «¡Contramaestre a 15! ¡Contramaestre a 15! ¡Contramaestre a 15!» El chofer del camión verde mira a Pichi como diciendo: «¡GUERRA, PAPÁ!» Pichi no hace nada. Está solo, sin machacante. «¡PINGAAA!», dice Pichi. «No se trabaja sin machacante, ¿tú ves?»

Pasajeros de Santiago de Cuba / Foto: Carlos Melián

En su comparecencia del 3 de julio, Beatriz Johnson dijo que no era coherente separar el sector no estatal del privado. «Nosotros tenemos una responsabilidad con el Transporte y en esa responsabilidad se tienen que integrar tanto el sector estatal como el sector no estatal».

Lázaro Expósito declaró que los nuevos precios propuestos por la Dirección de Transporte de la provincia respondían a un tratamiento que se daba bajo los principios éticos de:

a) «Todo sobre la legalidad».

b) «Respeto mutuo».

c) «No pedirle a nadie que gaste más de lo que ingresa. Eso es inmoral. Totalmente inmoral».

d) «Etapa de tránsito».

e) «Ganar menos».

f) «Sindicalizarnos».

g) «Trabajar unidos en esta lucha que es defender la Revolución y a nuestro querido pueblo».

Los camiones, camionetas, taxis que el transportista cubano encoje y estira haciendo pobres y peligrosas innovaciones técnicas cubren una parte importante de la demanda de transportación en Cuba. Las relaciones con un Estado que no los promueve y más bien los obstaculiza (aunque los necesite, como a todo el sector por cuenta propia), los lleva a menudo a establecer condiciones de confort enrarecidas.

Esas casetas rectangulares de chapa metálica son jaulas cuyas aberturas estrechas apenas dejan entrar aire y luz; en ellas viajan cientos de miles de personas diariamente, sentadas sobre bancos de vigas de acero desnudo. En los últimos años los transportistas han tratado de mejorar el servicio adquiriendo viejos asientos extraídos de autobuses descartados que irían a parar a máquinas descuartizadoras. Su verdadera intención es subir los precios pretendiendo cierto confort, un valor agregado, pero al mismo tiempo han dispuesto más asientos de la cuenta. El pretendido confort degenera en una suerte de simulacro muy parecido a los eufemismos con que procede el discurso oficial.

El malestar de Lázaro Expósito y Beatriz Johnson en el Panel Informativo del 3 de julio iba de que los precios propuestos por la Dirección Provincial de Transporte tenían un defecto estructural. Eran incompatibles con el salario medio del territorio y, lo que es más, incompatibles con una fantasía de Estado.

Carmelo Mesa-Lago, catedrático de Economía y Estudios Latinoamericanos de la Universidad de Pittsburg, dice que «las estadísticas y la mayoría de los artículos que se publican en Cuba se refieren al salario medio nominal en el sector estatal, no ajustado a la inflación (índice de precios al consumidor: IPC), muy diferente al salario real, ajustado de esa forma».

Una vivienda tiene dos precios en Cuba, uno ficticio, que sirve para firmar la documentación que exige el Estado, y otro real, que las personas emplean en la operación económica. Una casa que un abogado debe valorar a través de una tabla modelo pública en 145 mil CUP (unos seis mil dólares), cuesta en la transacción real casi 40 mil dólares. Entre seis mil y 40 mil dólares hay una diferencia cuya magnitud simbólica expresa el tamaño de la confusión eufemística que se vive en la isla.

La negativa a aceptar el precio real del pasaje en Santiago de Cuba padece de igual modo dicha intoxicación. «Cuba es el único país en América Latina donde el salario en el sector estatal (la enorme mayoría en el país) se fija centralmente; la ley no estipula su ajuste al IPC y concede gran discrecionalidad al gobierno para hacerlo», observa Mesa-Lago.

Ese panorama de salarios por debajo de la necesidad real carcome la institucionalidad o el umbral de lo moralmente correcto, y lanza al ciudadano al hurto discreto de combustible y de otros insumos. El cubano modifica su moral y ajusta su entorno moral al IPC, a los «altos precios» o los «precios reales» de la comida, el transporte, la vivienda, etcétera, incompatibles con el poder adquisitivo del salario medio, el discurso oficial y, por supuesto, la manera en que el Estado bloquea la iniciativa privada.

Con la moneda nacional (CUP), en teoría, deben vivir los trabajadores estatales de forma digna; con el CUC, equivalente al dólar, supuestamente viven los extranjeros o los cubanos solventes como el bailarín Carlos Acosta, el jazzista Chucho Valdez o el trovador Silvio Rodríguez. En la práctica, el trabajador insolvente, que gana oficialmente un magro salario mensual, se paga a sí mismo lo necesario para costear, a precios del universo de los solventes, productos necesarios o menos necesarios como Internet, telefonía móvil, aseo, zapatos, carnes, cerveza, mobiliario.

Con la resolución que a partir de agosto incrementó el salario del sector presupuestado, el presidente Miguel Diaz-Canel buscaba quizá que la gente volviera a creer que vale la pena trabajar en el sector estatal. Pero dichos salarios, con un tope de tres mil pesos (menos de 120 dólares) en la franja alta, continúan siendo insuficientes. Una hipotética media salarial de mil 200 pesos (50 dólares) no superaría el umbral de consumo básico.

Tras esa jugada, Díaz-Canel ha venido desplegando una vigilancia antiinflacionaria en la que pocos creen. Pero si perviven intactas algunas preguntas, cómo comer vegetales o carne regularmente, cómo vestir con decencia, cómo ahorrar para reparaciones domésticas, la interrogante en torno al transporte público aumentó de tamaño entre la gente de Santiago tras la fijación de precios realistas y, sobre todo, en la vigente «coyuntura» de desabastecimiento energético que prácticamente ha dejado sin transporte urbano a todas las ciudades del país.

«Íbamos subiendo la Central y el camión iba sin frenos», cuenta Marbelis. «Pichi lo sabía, pero no quería decirme nada, entonces yo miraba hacia fuera, buscando qué hacer, y le decía que parara, que aprovechara la subida para parar, y él me decía que no, que no me preocupara que él sabía cómo llegar, y yo que no, que parara el carro, que buscara un árbol para que se tirara contra el tronco y el carro parase, entonces él siguió, porque él es porfiao, y subió los filtros, bajó la loma, subió la otra loma, sin frenos… Y era uno de esos sueños donde todo es real, el aire que entraba por la nariz, los árboles, el color de las hojas, todo, el cielo y las manchas grises en las nubes, y yo no me daba cuenta de que no era real, y me moría del miedo, hasta que por ahí, por encima de las Petrocasas, él no pudo más con eso y se tiró contra un árbol. ¡Qué sueño más malo!».

Pero incluso antes de que se fijaran los precios actuales, los transportistas privados santiagueros continuaron sus operaciones, con la misma tarifa que los llevó a negarse a trabajar a finales de junio. Los machacantes comenzaban a ser amables por primera vez en dos o tres décadas. Se sentía en el aire una amabilidad densa, maligna.

Se habilitó un canal de comunicación, entre el Gobierno y el Partido, donde la población podría ir a quejarse de algún maltrato en cuanto a precios o maneras de tratar al usuario.

Pichi insistía:

—No da la cuenta, negüe, no da. Mi camión tiene 21 asientos de guagua (ómnibus); ida y vuelta al Cobre son 20 litros, o sea, 20 dólares (500 CUP) por el Estado. Pon que logras llevar los 21 asientos llenos más unas diez personas de pie, eso a seis pesos el pasaje, ida y vuelta. ¿Da cuánto?

(21 + 10) x 6 x 2 = 372 CUP

—¿Viste? ¿Invertiste 500 pesos y ganaste…? Pon que monta más gente, y que hacemos 200 en la ida y en la vuelta y que no hay inspectores, y que no hay una guagua ripiándote el pasaje, y ningún otro camión compitiendo, ¿cuánto se gana?

200 + 200 = 400 CUP

—¿Viste? Va y haces más, pero para ganar cuánto. ¿100 pesos? No da la cuenta.

—Pero si no da la cuenta —dice el Periodista—, ¿por qué hay taxis cargando a nueve pesos hasta Siboney, y a seis pesos hasta el Cobre?

—No sé. ¿Porque tienen petróleo? El que consigue petróleo y le da la cuenta es el que opera. Nadie va a trabajar para perder dinero.

Desde el 22 de junio no volvió a hablarse de la lista de precios intermedios en relación con el salario de la población, ni de las posibilidades de sostenibilidad del transporte privado asumiendo la tarifa de 25 CUP (un dólar) por litro de diésel. Durante un mes quedó vigente el tope que generó descontento en los transportistas. Fue el 23 de julio cuando la radio local difundió por fin los nuevos precios.

Jaime Codorniú, delegado del Ministerio del Transporte, dijo que esta nueva tarifa estaría vigente hasta que entrara en escena el diésel subvencionado. Que, en este caso, descendería (quizá habló de más) de 25 a ocho pesos el litro; una movida cuyo éxito estaría por verse.

En el discurso que ha manejado Lázaro Expósito, y el propio Codorniú, se ha insistido en la palabra sindicalizarse, algo que no le parece saludable al trabajador privado. Las experiencias sindicales no resultan atractivas para los trabajadores del sector privado, quienes rehúyen tanto de los bajos salarios estatales como de los métodos de cohesión colectiva. El sindicato, al habla con los dirigentes políticos y administrativos, debería ser un canal mejor valorado por los transportistas privados, que suelen estar bajo presión fiscal permanente, pero no sucede así. Un ángel exterminador, que no es el imperialismo, ni agentes de cambio, les corta el deseo de entrar en el juego sindical.

Hasta la fecha el factor de conflicto principal ha sido el precio del diésel, pero quedan problemas por resolver. La carencia de piezas de repuesto y, más que eso, la manera de adquirirlas sigue sobre la mesa. Otro muerto insepulto es la situación en que quedan los choferes, funcionarios y operarios estatales, para quienes el combustible que desviaban era un ingreso estable, una zona de confort y hasta un capítulo de su cultura de resistencia.

A menudo las crisis de ahorro suelen durar unos meses, hasta que nuevamente regresan la calma y el desvío de recursos hacia el mercado negro. Pero ahora la situación «coyuntural» anunciada por Díaz-Canel complica no solo la ecuación inflacionaria: embarga toda la estructura de transporte masivo en el país. En medio de tal circunstancia, aquella promesa de subvención a los transportistas privados parece ahora bastante menos probable.

Tabla de precios topados

Pichi llega a La Maya, deja el pasaje en la terminal, endereza el camión y, sin cargar viajeros, lo pone de regreso a Santiago con un par de timonazos rápidos. Pichi no desaprovecha pasajes nunca, si tuviese que ir al barbero pasaría primero por una parada, recogería gente, terminaría la ruta y luego se cortaría el pelo. «¿Qué haces?», no siempre Pichi escucha lo que le dice el Periodista. Se concentra de tal modo en la carretera, o en algo superior a la carretera que no es el pasaje, ni el dinero. No escucha y toda pregunta es inútil. Así, el Periodista anda pensando siempre en cuán insignificante se es frente a cuestiones como las que maneja Pichi. «Ya verás», dice Pichi, de pronto, como si las preguntas le llegaran tarde. Frena en una parada, recoge a dos personas. Hace una mueca de molestia. Acelera, dobla en una callejuela, acelera, dobla hacia otra callejuela. Detiene el camión en una parada vacía. Saca la cabeza. Hay allí uno de esos vendedores de chicles y maquinillas de afeitar que en cualquier parte del mundo son vendedores de drogas, pero que en Cuba son apenas vagos o informantes de la policía (según un programa de narraciones policíacas producido por el Ministerio del Interior, donde nunca hay desperdicio), y Pichi le pregunta si por allí no ha pasado la guagua. El vago dice que sí, luego dice que no. No sabe. Pichi acelera sin decirle gracias. Tiene calibrada todas las paradas, están llenas; en el camino de ida había preguntado si había algún camión de pasajes para La Maya, y le dijeron que no, ningún privado le hacía sombra. Pero algo no encaja. El ómnibus estatal no tiene por qué haber pasado por allí, no es su ruta. Dobla en un par de esquinas más, hasta que ve la guagua, repleta y lenta. Acelera y se coloca por un costado. Le pregunta al conductor si hay un camión por delante de él. Le dice que no sabe. Acelera. Se detiene en la próxima parada. Dos personas. Le pregunta a un señor de esos que hace estancia en una parada sin decidirse a ir a ninguna parte, y este le dice que había pasado ya una camioneta privada. «De qué color», pregunta Pichi. El hombre se rasca la cabeza. Pichi trata de adelantar más rápido, se salta dos o tres paradas. Quiere alcanzar la camioneta que le ha ripiado el plan de esta mañana, quiere adelantarse.

No la alcanzó nunca. La camioneta estuvo por delante siempre, llevándose todo el pasaje, vaciando cada parada, haciendo inútil cada timonazo de Pichi, cada acelerón, cada gota de combustible. Nada inquieta más a Pichi que ese vacío, trabajar para nada y, por ejemplo, regresar a casa de Marbelis en horario de trabajo. «No es mi casa», dice Pichi, «no puedo regresar a descansar a un lugar que no sea mi casa». Cuando las dos últimas personas recogidas en La Maya se bajaron en la salida a la autopista, Pichi no terminó la ruta hacia Santiago. Pisó impaciente el acelerador rumbo a Palma por la autopista vacía y allá, de alguna manera, ripió pasajes.