Autobús en Miami

Autobús en Miami / Foto: Jorge de Armas

A la orilla del metro

canta una loca:

cada uno se jode

cuando le toca.

Versión libre de un refrán popular cubano.

En el verdadero refrán pone río en vez de metro.

Si voy a escribir sobre los medios de transporte en Miami, que sea como esas torres de colores que mi hijo ha empezado a construir solo: por partes.

Lo veo por WhatsApp, en un video que me envía su otra mamá porque yo no estoy ahí, construyendo una torre de cuatro bloques que al final se le cae y cuando se le cae él se ríe, le parece gracioso. Me digo que eso mismo quiero hacer con la escritura. Es tan simple. Ir construyendo algo, que tiene colores o no, y que al final se me cae, pero esa caída me da gracia. No hay problema con caer.

Si voy a escribir sobre medios de transporte que sea desde un tren con una barra adentro y un servicio de cafetería que incluye la sonrisa en extinción de las cabinas telefónicas de Miami. ¿Hay cabinas telefónicas en Miami? ¿Hay trenes? ¿Hay sonrisas? Debe haber.

Si esto definitivamente va a pasar, que sea tratando de pasarla bien. ¿Pero se pasa bien dentro de un autobús en Miami? Debe pasarse bien. Es Miami, ¿o no? De hecho, aún recuerdo la sensación de querer pasarla bien cuando llegué a Miami, en medio del desastre de la desubicación.

Porque eso es lo primero que acontece a un emigrante: un estado de desubicación perenne, constante (a veces no se quita). Porque esta es la primera respuesta que obtiene un emigrante cuando sale de Cuba y llega a Miami o a cualquier lugar del mundo: tranquilo, descarga Google Maps.

Entonces el emigrante, esa persona desubicada con cara de pescado en nevera, y aquí entramos en el terreno de la obediencia, se dirige a Google o a Safari, esos buscadores chismosos y mirahuecos, en busca de todos los mapas.

Jamila Medina hubiera pedido un mapa en forma de pergamino, de esos que se desenrollan. Ella es así, desenrolla mapas, tesoros: «Pero siento decepcionarte, Jamila Medina, en Miami hay muy pocos estanquillos, muy pocas librerías, poquísimos lugares donde vendan mapas de papel. Debiste comprarlo en el aeropuerto, cuando aterrizó el avión. Debiste pedirlo en la frontera de México, después de atravesar el desierto y de que te quitaran tus cosas».

Hablando de todo un poco, ¿qué es un mapa de papel?

Tal vez los mapas no existen. ¿Lo único que existe es Google o Safari, Amazon y mi hijo? No es posible. Debe haber más. Algo más colorido que no sea Facebook, algo más ameno que no sea la Academia. Algo que no sea un asiento vacío en un autobús en Miami con un vagabundo al lado que huele a orine. Me quedo de pie o no me quedo de pie. Sure. Me quedo de pie.

Eso fue lo que me dijeron las mujeres de la casa donde me hospedé la primera vez que vine a Miami, en abril del 2014, cuando aún no me había convertido en emigrante y le creía a todo el mundo: «En esta ciudad no hay guaguas, en esta ciudad no se puede caminar».

Par de mentiras bárbaras. En Miami sí hay guaguas (para la gente pobre, pobrísima), en Miami sí se puede salir a caminar (mientras te dure la acera). Ojo, no estoy hablando de Miami Beach, no estoy hablando de los turistas con arena en las chancletas caminando por un centro turístico que solo existe una semana al año.

Miami Beach no es Miami.

Coral Gables no es Miami.

Seguimos.

Pero uno, que procede de un lugar en donde ya se cansó de obedecer (a veces) y de aburrirse y de llegar tarde a todas partes«porque la guagua no paró donde tenía que parar sino dos cuadras más alante y hoy no tengo fuerzas para correr», prefiere salir a caminar a ver qué encuentra por ahí, a ver qué pasa.

Google Maps te indica dónde está la estación más cercana del metro, o la parada de bus más cercana. Uno puede negarse y caminar. A los pocos pasos empieza a temer que no llegará nunca a donde se dirige. Los automóviles (Toyotas, Hondas, Hyundais, Chevys) pasan por al lado de uno chillando gomas, sin identificarse con esa palabra a punto de extinguirse en el verdadero Miami: transeúnte.

Utilizaré un epíteto, algo que denomine aunque seguramente no denominará. Algo que especifique, aunque los epítetos y los eufemismos son muchas veces sinónimos. Utilizaré, si es posible: «persona recién llegada».

La persona recién llegada no puede darse el lujo de pedir un Uber. Un Uber es un tipo de taxi que se paga por internet introduciendo los datos de una tarjeta de débito o crédito. La persona recién llegada no tiene ninguna de las dos tarjetas. Para tener este tipo de tarjeta es necesario tener un Social Number. La persona recién llegada solo tiene un Alien Number. La persona recién llegada es un tipo de alienígena como el dibujo animado que ve mi hijo mientras levanta una torre de bloques de colores. Los alienígenas son amistosos, la mayoría del tiempo.

La persona recién llegada descarga en su teléfono Androide o en su teléfono iPhone una aplicación llamada Google Maps y se va caminando a todas partes (si sabe seguir las indicaciones) o se va a la estación más cercana del metro y compra una tarjeta para la semana. Sus amigos le aconsejan que compre una tarjeta para el mes entero, que solo cuesta ciento y pico y será más económica. Ciento y pico, dios mío, ¿de dónde va a sacar ciento y pico de dólares una persona recién llegada? Pero de algún lugar los saca y compra la tarjeta para poder desplazarse.

Al desplazarse, la persona recién llegada nota que la ciudad no es para desplazarse así. Que cada estación de metro y cada parada de guaguas, o de autobuses, se va poniendo peor, que las cosas no son tan fáciles. Una voz en su oído le dice: «¿Quién dijo que las cosas iban a ser fáciles?» Además, solo lo difícil es estimulante. ¿O no?

No, Lezama Lima estaba equivocado (él no pinchó en un horno, José no lidió con costumers). En Miami lo difícil no es estimulante. En Miami lo difícil es un horno caliente dando vueltas sin parar de 6:00 pm a 5:00 am. En Miami la hora pico es la hora de Lezama.

Seguimos.

A la persona recién llegada que nunca ha visto un metro en su vida, y se imagina los metros como unos trenes franceses subterráneos a toda velocidad, le da tremenda alegría ver venir al metro a lo lejos, dando campanadas como en las películas, disfruta esa pequeña tontería que es el pito de un tren común y ordinario, se alegra de subir y de sentarse como si subir y sentarse fueran cosas de otro planeta.

Porque a la persona recién llegada le asombra todo. Le asombra, por ejemplo, que el metro de Miami no sea como en las películas, subterráneo, y que tenga solamente 23 paradas, 23 estaciones. La persona recién llegada se va hasta uno de los extremos del trayecto con la idea juguetona de ir de un extremo al otro, de conocer el trayecto entero. Ese extremo podría ser Dedaland South Station o Palmetto Station.

Otra idea juguetona que se me ocurrió, viendo a mi hijo jugar, fue pensar el viaje de Ulises 31 o del Ulises de Joyce a través del recorrido del metro de Miami. En vez de 18 capítulos habría 23 capítulos, como la cantidad de estaciones del metro de Miami, pero eso no sería lo más interesante. Imagínense a Leopoldo Bloom o a Stephen Dedalus o a la mismísima Molly Bloom sentado/a en uno de los compartimentos del trencito, mirando por la ventanilla la ciudad de Miami, un terreno construido a base de condominios cercados y de pequeñas casas con forma de cajas de fósforos (los bloques de colores de mi hijo no funcionan para comparar la arquitectura de Miami). Ya verás, Stephen, qué bonitos rascacielos.

Entonces la persona recién llegada construye su ínfimo monólogo interior, su obtusa corriente de pensamiento, como una torre de bloques de colores que va a caerse pronto, muy pronto, en menos de lo que canta un gallo (no un gallo horrible de la Calle 8): por partes. Es un monólogo tan ínfimo como íntimo, que fluye en un idioma ambivalente, el idioma de la desorientación:

Dadeland South Station, en mi mano se me desliza otra mano yo nada más que le apreté el dorso de la suya así con el pulgar para devolverle el apretón cantando la joven luna de mayo refulge de amor;

Dadeland North Station, no sé cómo no estar por los siglos de los siglos llevando el mismo sombrero viejo a no ser que yo pagara a algún muchacho guapo para hacerlo porque no puedo hacerlo yo sola;

South Miami Station, no hay cosa como un beso largo y caliente que te baja por el alma casi te paraliza además me fastidia eso de la confesión;

University Station, lo único que no me gustó fue la palmada detrás al marcharse con tanta familiaridad en el recibidor aunque me reí no soy un caballo ni un burro;

Douglas Road Station, olía a cierta clase de bebida no whisky ni cerveza negra o quizá esa especie de cola dulzona con que pegan los carteles con algún licor que a mí me gustaría sorber esas bebidas caras que parecen espesas verdes y amarillas que beben los presumidos de los teatros;

Coconut Grove Station, me quedé dormida como un lirón en el momento en que me metí en la cama hasta que me despertó ese trueno como si se fuera a acabar el mundo;

Vizcaya Station, la última vez le dejé terminarlo dentro bonita invención que hicieron para las mujeres;

Brickell Station, una mujer es muy sensible en todo yo estaba luego furiosa conmigo misma por haber cedido pues sabía que había perdido la cabeza;

Government Center Station, él me regaló las poesías de Lord Byron y los tres pares de guantes;

Historic Overtown/ Lyric Theatre Station, el día que yo me caía de risa que no podía parar las carcajadas por todas las horquillas que se me caían una detrás de otra con la mata de pelo;

Civic Center Station, imagínate tener que acostarse con un ser así que podría asesinarte en cualquier momento;

Santa Clara Station, si se lo preguntara a él diría que viene del griego;

Allapattah Station, fue una suerte que tuviéramos ese ron en casa para hacer un ponche y el fuego no se había apagado del todo cuando me pidió que me quitara las medias;

Earlington Heights Station, me gustaba la manera como usaba la boca cantando;

Miami International Airport Station, hay una muchacha encantadora que yo quiero;

Brownsville Station, con sus faldas escocesas a compás en la marcha por delante;

Dr. Martin Lutherking, Jr. Station, con su pecho peludo para este calor siempre teniendo que tumbarse para ellos mejor que él me lo meta por detrás del modo como la señora Mastiansky me dijo que le hacía hacer su marido;

Northside Station, tengo la tripa un poco demasiado gorda tendré que quitarme la cerveza en la comida;

Tri-Rail Station, seguro que a ninguna mujer le podrían sacar de dentro un niño tan grande;

Hialeah Station, con aquel viejo andrajo de traje que se me perdieron los plomos del dobladillo tan mal cortado pero vuelven a estar de moda;

Okeechobee Station, sé que mi pecho sobresalía de esta manera en la puerta cuando él dijo lo lamento muchísimo;

Palmetto Station, en todo caso duro se pone el pezón por lo más mínimo.

La persona recién llegada desciende por la escalera eléctrica (que no funciona) en Palmetto Station como quien desciende al infierno (de Nabucodonosor) y ve a lo lejos un campo de romerillos. Nunca los romerillos le han parecido tan simples, hermosos. Nunca los romerillos le habían salvado el día. Romerillos quitadolor, se llamarán a partir de hoy.

Sus amigos le comentan sobre la existencia de algo llamado Trolley. Del tamaño de una guagua Girón cubana pero con apariencia de tranvía vintage. Gratis. El Trolley es gratis y su concepto es medio turístico. Hay Trolleys diseminados por toda la ciudad. Lo único que debe hacer la persona recién llegada es esperar al Trolley en la parada del Trolley y sacar la mano con el índice hacia afuera para indicarle al chofer del Trolley que necesita parar.

A la persona recién llegada le dan deseos de usar el transporte público. Son unos deseos momentáneos, como la torre de cuatro bloques que mi hijo construye y se le cae. Cuando se cae él se ríe, le parece gracioso.