Lezama Lima, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas

Lezama Lima, Cabrera Infante y Reinaldo Arenas

Un día de hace ya algunos años descubrí que la literatura cubana estaba incompleta. En realidad, no era que estaba incompleta, sino más bien inédita. Pero, ¿dónde estaba inédita? Por ese tiempo mis lecturas estaban limitadas por lo que podía encontrar en las librerías habaneras. No había escuchado todavía el eco, desfigurado y lejano, del golpe que produjo para muchos intelectuales cubanos el exilio. Me había surgido la más básica e ingenua de las preguntas: ¿Cómo ser un escritor en Cuba sin literatura nacional? Lo que podía sospechar gracias a los cuentos de la antillana de Acero de Eduardo Heras León, o a la procacidad ligera de Al cielo sometidos de Reinaldo González. Eso no era lo que yo buscaba.

Hubiera podido intentarlo por la vía del escritor argentino (había leído a Borges y a Ricardo Piglia, y hasta alguna novela de Juan José Saer), pero no cubano. Me estaba dado pasear como un flâneur por los escasos pasajes habaneros o sufrir el [email protected] del verano, mas faltaban, a la entrada de la segunda década del siglo XXI, (siendo tímido) más de 40 años de tradición. Reinaldo Arenas era completamente prohibido, Cabrera Infante solamente existía dentro de las páginas del consorcio intelectual que fue Lunes de Revolución, Lezama y otros republicanos eran reivindicados a medias, la revista Mariel era una mala palabra y el haber leído una revista Diáspora(s) era casi como pertenecer a una conspiración. En realidad, los libros que suponen estas menciones eran, como antes lo fueron los origenistas, los verdaderos “libros perdidos”. Lo que parece darle la razón a Rafael Rojas cuando dice que “los cubanos de adentro son exiliados del espacio, los de afuera del tiempo”.

Hay un momento en el que todos los escritores que viven en la isla deben enfrentarse a una prueba de fuego: tratar de salvar esta distancia convertida durante mucho tiempo en contradicción. Uno nace al mundo de la escritura con Cuba instalada en la parte específica del cerebro que produce el sentimiento de la pérdida, de la nostalgia, y la herramienta para recuperarla es una batalla contra la libertad de expresión, la conquista de cierto lenguaje prohibido. Lo que sigue siendo, después de medio siglo, el tema principal de nuestra cultura.  

Nadie representa de un modo más abrupto y directo este lenguaje que Reinaldo Arenas (1943-1990), quien, junto a Carlos Victoria (1950-2007) y Guillermo Rosales (1946-1993), integraron el tridente brillante de la literatura cubana que salió escupida del Mariel. En el documental La otra Cuba (1984) de Orlando Jiménez-Leal (nadie registró mejor la dimensión intelectual del exilo) hay un fragmento donde, mediante un efecto del montaje, Cabrera Infante, Carlos Franqui y Reinaldo Arenas simulan conversar dentro de una misma habitación sobre sus experiencias cubanas después de 1959. Carlos Franqui es el arrepentido que imposta el acento reflexivo de un intelectual europeo, y la mirada afilada de Caín es la de un picapleitos con aires republicanos. Los dos conservan un tono ilustrado, audaz, típico de los que alguna vez conjugaron el ejercicio de la palabra y el del poder.

Pero decir Mariel es más serio de lo que parece, pues presupone dentro de una lógica dialéctica la cara B del casete del “hombre nuevo”. A los heroicos agentes de la Seguridad del Estado opusieron los delatores y represores “segurosos”, a la violencia revolucionaria la crueldad, a la moral masculina se enfrentaron con la liberación sexual, a las marchas del pueblo combatiente opusieron los actos de repudio, convirtieron a la ciudad de Miami (contradictoria, interesada, compleja, amada tanto como despreciada) en un escenario endémico de la literatura nacional, y en contraposición al Comandante sellaron el seudónimo de Castro. Quiénes eran estos tres escritores, sino los hijos fatales de la Revolución, los evil twins del proceso. Ellos no emigraron durante el transcurso de una misión diplomática en Europa, en cambio, junto a la “escoria” y a los “peligrosos” cruzaron el Estrecho de la Florida desde la playa (o quizás desde los dientes de perro) del Mariel.

Reinaldo Arenas narra en el documental el relato del funeral vigilado de Virgilio Piñera, coronado por la extravagancia anecdótica que involucra un ataúd, las calles del Vedado y algunas bicicletas. Su tono no es excesivo, es sereno, parecido al de una entrevista cuando recién llegado los Estados Unidos en 1980 exclamó: “lo más odioso que se padece allí (en Cuba) es la impotencia ante la injusticia, no vamos a pensar que en cualquier lugar del mundo donde uno esté no hay injusticia, en cualquier lugar puede haberla, pero la oportunidad de señalarla ya es un consuelo”. Este no es el Arenas demonio, ni el promiscuo, ni el presidiario, ni el castigador más febril del gobierno cubano, ni el amigo traicionero que dibujan en alguna publicación oficial. Es un Arenas abstracto, atemporal y eterno, que más bien parece un príncipe trágico y tropicacalizado en busca de justicia, pero con el pulso narrativo trepidante de sus novelas. Conserva, por increíble que parezca, el talante tímido y sesgado del miedo. El resentimiento vino después.

Hasta aquí su vida adquiere la dimensión de una leyenda, no por azar, habiendo publicado 10 libros anteriores (Celestino antes del Alba, El mundo alucinanteEl palacio de las blanquísimas mofetasLa vieja RosaOtra vez el marArturo, la estrella más brillanteLa loma del ángelEl asaltoEl porteroViaje a La Habana), su autobiografía Antes que Anochezca (1992) será la más leída. Se sabe que nació en Holguín en el seno de una familia humilde y que fue criado por una madre soltera; que desde niño imaginó argumentos motivados por la energía que emanaba de las piedras y del monte; que vino a La Habana en los sesenta para ser contador agrícola y terminó siendo escritor; que era un homosexual declarado en un país que penalizaba la sodomía; que fue amante de Raúl Martínez y de Miguel Barnet; que trabajó en la Biblioteca Nacional; que su única novela publicada en Cuba (Celestino antes del alba, 1967) fue el producto de un premio literario otorgado por la UNEAC (la misma institución que años más tarde negaría su existencia ante una pregunta del escritor venezolano Napoleón Oropeza); que cultivó una amistad incondicional con Lezama y con Virgilio Piñera, a quien se refirió como “un Kafka del subdesarrollo”; que su literatura se volvió clandestina y disidente, al mismo tiempo en que se convertía en un prófugo de la justica por un crimen que nunca cometió; que estuvo preso en la cárceles del Morro (antes había escrito: “Sé que no hay puertas en medio del espanto ̸ pero te seguimos buscando puerta ̸ en las costas usurpadas de metralla ̸ en la caligrafía de los delincuentes ̸ y en el insustancial delirio de una conga”); que vivió como un paria (le gustaba decir una “no persona”) en el antiguo Hotel de la calle Monserrate (todavía es recordado por algunos vecinos que conservan la mística del lugar) mientras se convertía en un campeón de las letras para los círculos literarios de París, los más importantes del mundo durante los setenta; todo esto hasta que, apenas tras una semana de abril de 1980, se convirtió, mediante un subterfugio de pasaportes, en un marielito.

Lo que sigue ocupa solo un quinto de las páginas de Antes que anochezca, una proporción casi exacta dentro de los 47 años en los que transcurrió su vida. Con el miedo de la travesía y el recuerdo de la prisión, llegó a los Estados Unidos donde practicó la sátira y la invectiva, se dedicó a denunciar abierta e implacablemente al “régimen” cubano, fundó una publicación incómoda para las dos orillas (la furibunda y bella revista Mariel), se deslumbró (como todo magnífico poeta) ante la vitalidad y la dureza de Nueva York, se contagió de Sida y escribió mucho (como si lo hubieran amarrado a una máquina de escribir) mientras se dedicaba a esperar la muerte que en 1990 se propinaría (como gesto de última voluntad) contra él mismo.

Entre los amigos exportados de Arenas estaba Guillermo Rosales, quien tuvo la suerte de no caer en el olvido gracias a la acción salvadora de Carlos Victoria (su Max Brod) y la justicia literaria de Octavio Paz. El primero protegió y editó sus manuscritos (destruía libros con la misma facilidad con la que los escribía) y el segundo, tras casi dos décadas de fracasos, lo premió. El concurso Letras de oro de 1987 fue la cresta de la ola que llevó a Guillermo Rosales a los Estados Unidos (aunque hubiese llegado, a diferencia de otros, en avión). El resultado del susodicho premio fue la publicación de una pequeña e intensísima novela llamada (a pesar de horrorosas traducciones) Boarding Home y el nacimiento para la literatura cubana de su doble William Figueras, un personaje tan lúcido como desgraciado y violento.

Esta fue su única novela publicada en vida, y lo que hasta entonces se sabía de Rosales (además de una foto en los diarios de Miami que lo retrata con un esmoquin alquilado) bastaba para hacer colgar los guantes a cualquier aspirante a escritor. En los sesenta, se dedicó a azotar con relatos extraños y con noticias engordadas de ficción las páginas de revistas olvidadas como Mella Verde olivo, hasta que fue finalista de un concurso literario en Casa de las Américas (1969), donde el jurado recomendó la publicación de su novela Sábado de gloria, domingo de resurrección transformada más tarde en El juego de la viola, incluido en Leapfrog and other Stories (Nueva York, 2013), aún sin versión en castellano.

Si le creemos a William Figueras ocurrió lo siguiente: “Los especialistas literarios del gobierno dijeron que mi novela era morbosa, pornográfica, y también irreverente, pues trataba al Partido Comunista con dureza. Luego me volví loco. Empecé a ver diablos en las paredes, comencé a oír voces que me insultaban, y dejé de escribir”. Su bitácora fuera de la isla lo sitúa en Praga, en la Unión Soviética (donde le diagnostican esquizofrenia) y en Madrid, todo esto antes de llegar a los Estados Unidos en 1980.

Boarding Home es la testigo de esa llegada, porque literalmente un boarding home (un asilo para desahuciados y para “escombros humanos”) en la “inhóspita y mercantilizada” Miami sería su futura casa. Aquellos lectores que hayan sobrevivido a Kafka o a George Orwell serán los únicos preparados para afrontar sus páginas. Por ellas desfilan todo tipo de arbitrariedades naturalizadas y personajes grotescos: Arsenio, capataz de los locos con carácter de matón y de depredador sexual; “René y Pepe, los dos retardados mentales”; “Reyes, un viejo tuerto, cuyo ojo de cristal supura continuamente un agua amarilla”, Hilda, una vieja con incontinencia urinaria; “Ida, la gran dama venida a menos”; Francis, la loquita díscola y sexualmente apetecible; y el señor Curbelo, el dueño corrupto que le roba al estado americano los recursos de sus defenestrados huéspedes. Por momentos, es como si nos lanzáramos sobre un estanque de ácido solo por el placer de salpicar a los demás.

Rosales no se detiene en metáforas, Figueras ataca rápidamente su situación: “Creyeron que llegaría un futuro triunfador, un futuro comerciante, un futuro plaboy […] y lo que apareció en el aeropuerto el día de mi llegada fue un tipo enloquecido, casi sin dientes”. No se trata de un escritor derrotado, ni del triunfo macabro de la Revolución al tratar de despojarse de su “escoria”. Boarding Home es, en realidad, el testimonio de un “no lugar”, pero evidentemente tampoco es la confirmación de la utopía (reverso comercial y eufemístico de las academias para evitar el término totalitarismo), sino el destino en negativo de un exiliado cubano que no llegó a puerto alguno. Al fin y al cabo, el infierno de Guillermo Figueras o William Rosales significa que, a diferencia de sus compatriotas (Miami es el idilio de la Cuba desplazada en el imaginario del exilio), nunca se fue. Lo que se ve sustentado por una de sus frases de hierro: “No soy un exilado político, soy un exilado total”. En esto consiste su profunda tristeza. No hay espacio, aunque sea reconstituido, que no incluya sus mierdas.

Durante algún tiempo se dedicó a coleccionar pensiones baratas, las cuales alternaba inevitablemente con el home que había calificado (más tarde se comprobaría con los hechos) como su propia tumba. Algunas noches telefoneaba a sus amigos para fantasear con su muerte, otras para narrarle, como aferrado a cierta forma de supervivencia, diversos argumentos de posibles novelas. Se dice que escribió muchas, pero su vocación de pirómano autodestructivo permitió que se conservaran solo dos. “Cojo una pistola imaginaria y me la llevó a la sien. Disparo.”, había escrito antes. Para el seis de Julio de 1993 la pistola ya no era de aire. La violencia encarnada en un disparo contra su propio autor es el sello perfecto de Boarding Home, como un ajuste de cuentas por los libros quemados. Lo que dio vigor a su literatura al mismo tiempo le facilitó la muerte.

Aunque la amistad en común que sostenían por más de una década Reinaldo Arenas, Guillermo Rosales y Carlos Victoria estaba basada en los libros, este último (más allá de algunos cuentos y artículos en la revista Mariel, y un relato escogido para la selección anual del diario francés de Le monde, 1985) se había abstenido (quizá por mala suerte) de publicar. La muerte de sus amigos no solo significó una tragedia, sino también el nacimiento de su escritura. En 1992 publicará Sombras en la playa, cuyas historias recrean en su mayor parte la energía dilatada de Camagüey, su ciudad natal. El libro estaba hecho de recuerdos tejidos de ficciones o de ficciones tejidas de recuerdos que a su vez están tejidos de antiguas conversaciones, y anunciaba lo que más tarde sería considerado como su estilo sosegado pero firme, realista pero imaginativo y también siniestro.

Poco a poco Victoria, como un maestro de la perseverancia, fue depurando el viejo arte de la memoria. Tal es así que nunca olvidará el resumen de su biografía, la cual se debía incluir indiscutiblemente (se apresuró a dejar claro a sus albaceas) hasta en sus publicaciones póstumas. Los hechos que no pueden variar describen que en 1965 (con la edad ridícula de quince años) ganó un premio de cuentos auspiciado por la revista El Caimán Barbudo; que fue acusado en 1971 por diversionismo ideológico en La Universidad de La Habana y expulsado de su Facultad de Letras; que en 1978, mientras trabajaba inevitablemente en la agricultura, fue arrestado por la Seguridad del Estado y perdió eternamente sus manuscritos a mano de sus archivos siniestros; que en 1980, sumado a más de 125000 cubanos, huyó de su país. El resto es la típica historia del emigrante, limpió pisos, trabajó en un garaje echando gasolina, dejó la bebida (un hábito adquirido después de la expulsión universitaria), hasta que El Nuevo Herald, entre cigarrillos y tazas desbordas de café, lo fichó para su redacción nocturna.    

Hay una imagen central que motiva su literatura. La silueta de un hermano perdido en Cuba se aparece como un raro misterio y desencadena de modo detectivesco Puente en la oscuridad (1993), una de sus novelas. La obra de Carlos Victoria puede ser entendida como la investigación minuciosa que su autor lleva a cabo para reconstruir la sombra de un familiar perdido. Solo que el familiar en muchos de sus libros es el propio Victoria, o un alter-ego llamado Marcos u otro nombre. Él siempre es otro: “él y sus circunstancias”, el exilio le permite cincelarse como otra persona, pero los hechos (aquí radica su gran honestidad) no se borran. Si hay un clímax en esta reconstrucción es La travesía secreta (1994) donde, como en una clásica novela de desarrollo, se dedica a conocerse a sí mismo. La homosexualidad solapada, el descubrimiento de La Habana, la angustia literaria, el mundo hippie, la mirada vampírica de los CDR, vistas desde la perspectiva de un personaje ultrasensible, melancólico antes de nacer, que lo describe y lo narra casi todo. La autoficción se abre paso ante el relato de las masas, totalitarismo con música de Jefferson Airplaine de fondo. Sus libros son como si cogieran los de Senel Paz (el clásico políticamente correcto de los años noventa) y los expandieran (cargados de íntimos detalles y con matices complejos) hasta hacerlos infinitamente mejor. O digamos que no hay un Diego o un David, sino la suma de las mejores características de estos personajes en uno solo.

Después viene El resbaloso y otros cuentos (1997) donde alterna una especie de gótico sureño transportado a Camagüey (un oscuro personaje embarrado de grasa de majá se dedica a violar mujeres en medio de la miseria) con una Miami literaturizada, que hasta entonces era inédita en el canon nacional. Ahí se puede leer un párrafo en el que describe un encuentro con Reinaldo Arenas y con Guillermo Rosales: “Habían venido de un país que proclamaba ser una tierra de héroes, que imponía a punta de pistola virtudes en las que casi nadie creía, y mucho menos ellos, que por pura venganza se habían dedicado a pisotearlas con el ejemplo de sus propias vidas, jugándose en el reto la supervivencia. En esta lucha contra la corriente, algo se había estropeado en cada uno. Sin embargo, hasta esta tarde de mediados de los años 80, los tres habían conseguido durar”. No hay mejores palabras que expresen el drama de los intelectuales de su generación, el exilio como tiempo robado, como un boomerang que mata y que regresa el golpe.  Él, que para entonces había enterrado a varios de sus mejores amigos, consiguió durar hasta el nuevo milenio (2007).

Cuando le preguntaban por ellos respondía de modo similar a la famosa opinión de Borges sobre del tango (“la guitarra española, el acordeón alemán, lo único argentino es la nostalgia”): “¿La generación del Mariel? Edades diferentes, intereses literarios dispersos, lo único en común eran las biografías”. No se equivocaba. La energía revolucionaria de los años sesenta, el reconocimiento del talento y el premio literario, la escritura obsesiva, la frustración del talento antes reconocido y las persecuciones ideológicas, el escarnio público, la cárcel, la locura, y al final del túnel (el exilio) otro túnel (la muerte) que carecía, o quizá intensificaba insoportablemente, la luz.