Foto: Jesús Adonis Martínez

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I

No hubo noticias este invierno en Cuba. Solo languidez y respiración artificial.

En 2018 habría otro presidente, uno con diferente apellido después de mucho tiempo. Pero los cubanos en la isla no se daban siquiera por enterados.

A más de un año de la muerte de Fidel Castro, yo imaginaba estar de vuelta para atestiguar las señales de un inminente giro histórico, los vientos del cambio haciendo chirriar las enmohecidas bisagras de la realidad, algún temblor particular en el rostro de la gente que no tuviese que ver, estrictamente, con la lucha cotidiana por la supervivencia.

Se trataba, desde luego, de un ejercicio de afable cinismo cuya ineludible finalidad era verificar lo contrario, que Cuba seguía siendo ese magnífico espectáculo total, totalitario, donde nunca ocurre nada o donde todo siempre está ocurriendo para nada.

El malecón tenía su peor cara después del ciclón Irma, que inundó esa alegre y envilecida colmena que es Centro Habana, descarnó las fachadas de los inmuebles más recientes o más tercos y redujo a escombros y al vacío la silueta de los edificios antiguos; unos negros enormes, shorts hasta las rodillas, pulóveres fosforescentes, tenis de marca, mosconeaban a las puertas de las ferreterías de Galiano y Reina intentando venderte lozas y herrajes de baño a sobreprecio (no había mejor opción); escaseaban las cervezas Cristal y Bucanero (con suerte, en la tienda Carlos III te permitían comprar cinco de una vez); los habitantes del socialismo tardío bebían, si acaso, cerveza Presidente, bautizada en honor del autócrata dominicano Rafael Leónidas Trujillo y ahora, por obra y gracia del dislate económico y de un tosco sarcasmo histórico, la birra más popular en la Cuba posrevolucionaria; una mujer decía en un almendrón que ella se iría pal Yuma¸ pero no pa Miami, sino pa Nueva Yoln, pallá pal frío, y un hombre le contestaba que él ha vivido en siete países y que en este país no hay respeto como afuera, ni por el dinero ni por ná, aunque aquí también hace mucha falta el baro, eso sí, porque si no, no eres nadie; la gente llenó los estadios para ver el playoff final del béisbol cubano entre Granma y Las Tunas; hacia el mediodía, una gorda preguntaba a todo el mundo en la cola del pan cuántas teleras iba a comprar cada quien (tocaban a dos por cabeza), y si tú pensabas llevarte solo una, ella te daba el dinero para que le cedieras la segunda, y si te acompañaba alguien, la gorda pedía que le hiciera el favorcito de marcar también y que le diera el turno, y así iba la gorda haciendo el milagro de multiplicar los panes que luego revendería en algún rincón hambriento de la ciudad; hacia la medianoche, una mulata altísima caminaba por la Rampa con el vestido a la altura justa para enseñar un blúmer morado sobre unas nalgas descomunales mientras, por delante, ofrecía un triángulo rotundo cuyo vértice inferior no era un vértice ni una playa ni el pétalo de una lila muerta sino la vasta certeza de una acechante oscuridad, honda y sin solución: ella reía con todos, hablaba a todos, incluidos dos policías y, por supuesto, algún turista que pasaba, pero la mayoría del tiempo era como si nadie más, en la Rampa, en la ciudad o en la isla, existiera.

Era el último invierno de los Castro.

Foto: Jesús Adonis Martínez

Foto: Jesús Adonis Martínez

II

Vi la televisión durante horas.

La Asamblea Nacional del Poder Popular celebró sus acostumbradas sesiones de fin de año. Dilatadas planicies de tiempo televisivo fueron ocupadas por toda suerte de purificaciones y confirmaciones en la fe. Aleluyas y hosannas dirigidos a nuestros dioses barbudos y tronantes, cándidas plegarias en pos de buenas cosechas o precios topados, de menos ciclones y más eficiencia fiscal, tétricas jaculatorias (¡arriba!, ¡abajo!, ¡viva!, ¡muera!, ¡cumpliremos el plan!, ¡no pasarán!) que invocaban a los héroes de la patria y condenaban a los enemigos externos e internos.

El todavía vicepresidente Miguel Díaz-Canel se extendió sobre el rediseño estructural de la educación superior, que desde 2017 se supone un organismo aún más centralizado y, según sus cálculos, más racional y coherente. Mirando la pantalla me pregunté si esto serviría de algo en un país donde la educación es gratuita, pero donde una elevada instrucción no resulta, la mayoría de veces, nada rentable, así que las mejores mentes de las dos últimas generaciones han tomado las de Villadiego y andan por ahí haciendo de este no un archipiélago sino una galaxia de fragmentos desorbitados y enfermos de nostalgia y de ira. Durante horas, el presidente de la Asamblea, Esteban Lazo, otorgaba el turno de palabra siguiendo una secreta pauta coreográfica. ¿Alguien cabeceó en la octava fila? ¿Aquello fue un bostezo? Desde el estrado quizá se preguntaba: ¿Toman notas los parlamentarios en la plenaria o simplemente chatean pasándose papelitos? ¿Sueña este rebaño de androides con ovejas eléctricas, con un Geely chino, o todavía el Lada es lo que camina?

Supe que viviríamos el Año del 60 Aniversario de la Revolución. Y en eso estamos.

El Parlamento informó y los medios repitieron que el Producto Interno Bruto creció en 2017 un 1,6 por ciento mientras que el turismo se expandió un 16 por ciento (alrededor de 4,7 millones de visitantes totales). Marino Murillo, buda oracular del cambio económico en Cuba, repasó a su modo el panorama que se despliega ante nuestras narices. Justificó la parálisis hemisférica de la “actualización económica”. No dio indicios de comprender que una “actualización” congelada (desde agosto de 2017 no se otorgan licencias para emprendimientos por cuenta propia) es sinónimo no de tregua fecunda, sino de franco retroceso. Cualquiera sabe que el reloj de Cuba, aunque sus dueños finjan lo contrario, no se detiene. Y que anda en cuenta regresiva hace por lo menos 30 años. Eso tampoco ha cambiado. A juzgar por ciertas zonas de la literatura nacional, desde hace mucho, la gente del barrio no deja de buscar fugas individuales (corrupción, prostitución, alcohol, emigración) en pleno corazón de un país-trampa. A juzgar por los discursos políticos y por la prensa oficial, no existe trampa ni fuga posible para este “heroico pueblo”; no existe el corazón del país ni, por supuesto, la gente común.

Ahora hemos visto cómo en un gesto primaveral Raúl Castro traspasó por fin sus cargos estatales y gubernamentales al entenado Díaz-Canel, cuya inteligencia personal y probable genio político (cualidad exclusivamente reservada durante 60 años a Fidel Castro) debería aquilatarse hasta aquí, no por su brillantez o su carisma, sino por su capacidad para hacerse opaco, superar con docilidad todas las pruebas y conformarse, por el momento, con el papel de Golem y ventrílocuo sin poder real sobre el destino de Cuba.

Presuntamente, el relevo se efectuó este 19 de abril y no el 24 de febrero, como marca la tradición, debido a las inclemencias del tiempo, es decir, a causa de los lingotazos que diera al país, en septiembre, el huracán Irma. 10 muertos y miles de damnificados, la mayoría de los cuales deberán seguir esperando por una economía que en 2017, digamos, se puso las uñas postizas y fue por eso que creció lo que creció.

Una mujer que perdió todo en el naufragio de su casa dijo por aquellos días a un periodista de un medio oficial que ella no se evacuó, cuando vinieron evacuando, porque no la obligaron. Se sabe que estos trazos sueltos, estas conductas liberales, florecen en las etapas tardías de los grandes procesos artísticos e históricos. Decadentismo le llaman. El periodista memorizó, pero no publicó esas declaraciones.

La decadencia, sospechamos, no implica por sí misma un cambio de época, es el propio orden de cosas tendiendo flácidamente al infinito, tal como lo indica el hecho de que Raúl Castro permanezca, a sus 87 años, como figura tutelar y única fuente de legitimidad al frente del Partido Comunista. A su vez, la sombra siempre vigilante de José Ramón Machado Ventura, el hombre fuerte de la vieja guardia, persevera asombrosamente en sus funciones. De hecho, ofreció este invierno notables pruebas de ser incombustible: alternó con Díaz-Canel en las visitas televisadas a objetivos económicos del interior del país; profirió –como ensalmándose– el discurso de bienvenida en el mausoleo a los cuerpos de cientos de excombatientes del Tercer Frente fallecidos en las últimas décadas; durante unos segundos prodigiosos la televisión nacional lo mostró, deshojados 86 almanaques, escalando a paso doble corto (¿esto lo vi realmente?) la estrecha escalera metálica de una fábrica o de un central azucarero.

A reserva de lo que pueda acontecer en unos años, de los exabruptos históricos o los errores de redundancia cíclica del sistema, Díaz-Canel parece condenado, en lo inmediato, a ser el guiñol protagónico en la comedia de Cuba y poco más, a bailar desnudo, o vestido de civil, entre los lobos.

Puede incluso que tenga el tiempo a su favor, como lo tuvo el ladino Joaquín Balaguer en la República Dominicana. Pero ha debutado huérfano del músculo simbólico y práctico de “los históricos” dentro de la trama del poder doméstico tanto como de la legitimidad internacional que supondría una elección al estilo occidental. Sin el aura romántica del revolucionario ni el sex appeal globalizado del tecnócrata, situado probablemente a medio camino –en ese limbo estrecho de quien resulta aceptable para todos los bandos– entre reformadores y retrógrados, sin iniciativa partidista, sin mando real sobre los jerarcas del Ejército, sin control sobre una economía cada vez más militarizada, el nuevo mandatario ya se ha dado al menos el lujo de presentarle a los cubanos una “primera dama” (así fue citada en televisión nacional) por primera vez en 60 años.

Cuando Díaz-Canel dice que el compañero general de Ejército “encabezará (como hasta ahora) las decisiones de mayor trascendencia para el presente y el futuro de la nación”, dice lo único que podía ser dicho con sinceridad en el instante de su desabrida exaltación. Repite el mantra cuya asimilación lo ha hecho elegible para el cargo que hoy ostenta, se presenta al país como el último chivo expiatorio de una era histórica y confirma lo que cualquier cubano, sin siquiera planteárselo conscientemente, sospechaba durante mi reciente viaje a la isla.

El 2018 traería, a lo sumo, un cambio gatopardiano más, como tantos otros en estos años, según el cual se modificaría algún aspecto del régimen apenas lo suficiente para que todo continuase igual.

Foto: Jesús Adonis Martínez

Foto: Jesús Adonis Martínez

III

El día de Navidad, alrededor de las 9:00 AM, a un lado de la terminal de Ómnibus Nacionales, decenas de personas hacen cola encima de un basurero. Hay bolsas húmedas sembradas en la película de fango que cubre los bordes de la calle. Cajas de jugos y grasientos papeles de pizza, viejos trozos de tela y algún vómito seco. Hay basura sobre la acera y debajo de los prehistóricos carros americanos de hasta 15 plazas que deben transportar a los viajeros interprovinciales que se agolpan en los alrededores. El pasaje hasta Pinar del Río cuesta 10 CUC, el doble de la tarifa habitual y una tercera parte del salario medio nacional. La gente se pide y da el último, con resignación, durante toda la mañana. Los choferes no tienen apuro porque la cotización sigue al alza y el tiempo navideño está de su parte.

La zona inmediata del Parque de Telecomunicaciones es un pequeño prado de yerbajos despeinados al que le ha florecido una multitud de jabas de plástico que a veces levantan el vuelo empujadas por el inofensivo viento de diciembre. La escena tiene un dejo infantil y romántico que tal vez resulta decisivo para que los pasajeros se metan de una vez, a cualquier precio, en los incómodos almendrones y se marchen en busca de sus seres queridos.

Más allá, en la Plaza de la Revolución, los mudos edificios observan resignados a los turistas que llegan en descapotables. Un policía detecta a un tipo merodeando entre el grupo de europeos. Lo llama y enseguida los dos se alejan hasta una de las casetas de guardia. Resulta cuando menos estúpido venir a trabajar en este rubro vestido, impecablemente, según la moda oficial del post-socialismo cubano: jeans raído y elastizado hasta la pantorrilla, tenis planos con arabescos, pulóver con una leyenda dorada (Dolce & Gabanna o Mango o Fuck You), pelado machimbrao con iluminaciones de peróxido, cadena de oro sobre el pecho, pulsera de santo, celular en la mano. El vigilante, desde el otro extremo de la explanada, solo tiene que cazar la fácil incongruencia. Como si le dieran un bolígrafo y la última página de una revista y le ordenaran: “Encuentre al reguetonero…”, entre un montón de rozagantes bailarines de polka.

IV

En enero, solo un par de eventos rizaron el agua estancada de la política cubana. Algún vaivén en las redes sociales provocó el hecho de que tres de los cinco agentes cubanos que estuvieron presos en Estados Unidos y regresaron al país con guirnaldas triunfales hace pocos años no estuvieran, sorpresivamente, dentro del listado final de la nada famosa Comisión de Candidatura –órgano conformado por representantes de organizaciones políticas y de masas tuteladas por el gobierno– que aporta el 50 por ciento de los diputados de la nación. Figuras totémicas del discurso estatal, considerados héroes desde hace dos décadas en la isla, era esperable cierto revuelo tras la exclusión. Hubo comedidos reparos en la modesta esfera virtual que rodea a la isla como una nube invisible que no moja ni empapa jamás a la inmensa mayoría de los cubanos. El affaire apenas vino a constatar lo que resulta obvio y casi ningún cubano podrá decir de manera articulada, ya por ignorancia, ya por desidia: que la Comisión de Candidatura es un artefacto espurio y antidemocrático diseñado para controlar y reproducir los caminos del poder y, sobre todo, para rematar al interior de la “democracia participativa” cubana –si los sucesivos filtros para las candidaturas barriales no fueran suficientes- cualquier atisbo de azar o de metodología disidente, cualquier vislumbre de diligencia autónoma, originalidad ciudadana o desentumecimiento comunitario.

El segundo acontecimiento notable fue la muerte de un Castro en el último invierno oficial de los Castro. Nos enteramos de que Fidel Castro Díaz-Balart, el primogénito, había saltado desde un balcón solo porque antes había fallado en el intento de volarse la cabeza con un revólver. Presumimos que salió al fin vencedor de su propia guerra, que Fidelito eliminó, al cabo, a su máximo enemigo. Puede que sea irónico, pero si la meta es la victoria total, la imposibilidad de volver a ser derrotado, el suicida siempre se nos adelanta.

V

Caminas por La Habana y sientes que atraviesas un sistema de altas presiones donde la realidad transcurre en sordina, detrás de un cristal turbio. Todo está en orden y el orden es eso que vemos; no hay sorpresa, no hay espanto, no hay desasosiego: todo funciona gracias a una aritmética que nadie nos explicó, pero que cumplimos al dedillo. Nada siquiera para confundir con la esperanza. Todo en perfecto equilibrio, y ese equilibrio es una enfermedad de la que no acabamos de morir.

La calle Ayestarán, un día de enero de 2018, es un tobogán gris que alguien ha colocado horizontalmente para que yo no pueda dejarme ir, deslizándome en el olvido de las circunstancias, y para que los viejos carros americanos y soviéticos bramen ridículamente y continúen excretando ese hollín azul que ensucia la lluvia delgada que trajo el frente frío.

El invierno en Cuba es un fenómeno indeciso. Incurable. Como un personaje de Dostoievski. Solo que los personajes de Dostoievski tienen demasiado frío en los huesos y demasiado fuego en las almas. Los extremos devorándose. Supongo que nuestro invierno, en cambio, es una ciénaga de mediocridad; una mujer casi hermosa y levemente bipolar: si te cubres sientes calor, si te descubres sientes frialdad. Entonces tienes que poner el ventilador en una velocidad intermedia, apuntarlo hacia el lugar de los pies y volver a meterte bajo la colcha. Es un ecosistema frágil: incapaz de asegurarte que no despertarás tres horas después, bañado en sudor, o bien a la mañana siguiente, con una tos perruna.

Por Ayestarán, desde San Pedro hasta Carlos III, hay cuatro bustos de José Martí, tres de un lado, uno del otro, que nos vigilan. No sé si la gente se da cuenta. Martí blanco, con las manos ocultas, tratando de sorprender in fraganti al Martí personal e intransferible que pueda asomar en el transeúnte anónimo, vigilándose a sí mismo con sus ojos ciegos.

Pienso en el asunto del doble. El doble de un hombre de acción, pongamos Fidel Castro, es alguien que acumula demasiada energía potencial en su interior sin que jamás pueda desahogarse porque, de los dos, el que actúa siempre es Fidel Castro. Por eso termina cayendo. La caída es la acción por excelencia de los cuerpos sometidos a la dictadura del reposo. El doble se mira en el espejo y solo ve el reflejo de un reflejo, que es lo que a sus 68 años ha terminado siendo aquel niño de los primeros tiempos revolucionarios, cuando todavía era imberbe y no era nadie más que él mismo. Asomado al balcón, el último Fidelito quizá recordaba aquel instante en que decidió refugiarse en la Siberia de los números y sus derivaciones, a años luz de los reactores nucleares de la política mundial. Pero el doble siempre gravita hacia su centro, siempre cae.

Me detengo para hacer una foto en dirección a la Plaza de la Revolución. Me doy vuelta y veo que en la sede de Argos Teatro anuncian una puesta titulada Sistema. A su manera, la gente siempre sabe lo que le conviene: no es preciso enfrentarse a la máquina, no hay que destruir necesariamente cada una de sus piezas y sus efectos, basta con hacer catarsis una de estas noches o con cambiar individualmente de sistema, con salir de uno para entrar en otro. Intuimos estas cosas y esa intuición se manifiesta todo el tiempo:

-Qué volá.

-Coño, Eddy, qué volá –le digo, varios días después, a un mulato bien parecido y todavía joven–.

Eddy es un tipo amable y fortachón que, en su adolescencia, si no recuerdo mal la historia que me contaron, sufrió un accidente en el gimnasio que lo dejó medio imbécil, aunque lo más seguro es que naciera así. Se busca unos pesos botando los escombros que se generan en la cuadra y limpiando los patios de los vecinos. Le pregunto por su familia y él me pregunta qué tal es vivir en México. Le contesto cualquier cosa y me alejo. Entonces me grita:

-Oye.

-Dime.

-Compadre, ¿tú no conoces…, no tienes amigas mexicanas a las que les gusten los mulatos?

-Sí, claro –le digo, y me voy–.

Sobre la avenida Carlos III persiste la lluvia invernal, pero en algún punto se disuelve y no llega a tocar el suelo. Un poco más allá, Centro Habana es una ciudadela suspendida, una angustiosa metáfora.

Foto: Jesús Adonis Martínez

Foto: Jesús Adonis Martínez

Habría que considerar el caso de un país, este, que no funciona cabalmente como un país sino, al menos en parte, como una colonia de lombrices de tierra que se frotan y se entrelazan y se multiplican coreográficamente a un palmo de distancia de la superficie. Algunas logran emerger; con frecuencia, ensartadas en el anzuelo de algún burdo pescador de orilla. La mayoría terminan más o menos fritas por la luz exterior.

El pescador o el anzuelo puede ser cualquiera, un jubilado mexicano en busca de carnes voluptuosas, un empresario gay europeo, una beca en una universidad extranjera sobre un tema que te aburre pero que se vende bien porque examina las curiosas particularidades de tu curioso país, un pariente o un exnovio de Miami que hace tres años, antes de marcharse, no querías ver ni en pintura. Y, por debajo de las circunstancias específicas, siempre fluye esa furia silente que tenemos, en Cuba, a causa de la subterránea intemperie a que nos ha sometido el destino. (No tengo claro qué quiero decir con esto último, pero creo que es bueno que lo diga así porque entonces alguien se preguntará qué coño viene a ser nuestro destino y puede que de ahí surja algo positivo, interesante, esperanzador).

Este invierno, los cubanos continuaron yéndose hacia Estados Unidos. Solo que desde la cancelación en enero de 2017 de la política de “pies secos, pies mojados” están obligados a demostrar más concreta y vehementemente que han desertado de un sistema político (y no solo económico) y de toda una racionalidad considerada ilegítima y hasta malvada a la luz del sistema de acogida.

A alguien pudiera ocurrírsele que los cubanos que emigran, o se prostituyen, o se corrompen, o se lanzan de bruces a la locura, o se suicidan, están poniendo todo su empeño en cumplir, individualmente, con el concepto de anti-revolución dictado en los hechos por el gatopardismo oficial de la isla: cambiar todo lo que deba ser cambiado para que Cuba siga como está.

Después de que la sorprendiera, a punto de cruzar hasta Gran Caimán, el cierre migratorio de Obama y de quedarse tres meses varada en Dominica, Yoslaydis llegó en diciembre con su hija pequeña a la frontera de México y Estados Unidos, cruzó el puente internacional de Nuevo Laredo, dijo lo que tenía que decir a las autoridades gringas, pasó 11 días en un campamento de inmigrantes y, para Navidad, ya estaba libre –aunque pendiente de un fallo judicial sobre su status– en la Florida. “Lo peor fue la incertidumbre. Pero todo salió bien”, dice. “No pongas mi nombre verdadero, que espero un juicio…”.

A finales de enero, Juan continuaba detenido allá, pero al menos podía hablar con su madre en Cuba. Al principio de cada llamada, una voz advertía que la conversación telefónica sería grabada.

-Ay, mi cielo, cómo estás.

-Mami, estoy bien. Tranquilo, esperando que me suelten.

-Sí, yo sé. Te extraño.

-Y yo a ti.

-Pero ya estás ahí, en la tierra de la libertad. Eso es lo importante.

-Sí.

-Y todo saldrá bien porque ese es un gran país, y nadie irá a sacarte de la cama en plena noche, a golpearte, a llevarte preso por tus ideas…

-Así es.

-… por no ser comunista, por defender lo que tú crees… los derechos humanos, la libertad de expresión, esas cosas. Ya no hay que tener miedo. Eso compensa.

-Claro, sí, sí.

Juan, de 25 años, nunca militó en grupo disidente alguno, tampoco lo hizo en organizaciones políticas del gobierno cubano. Pero a Esmeralda le aconsejaron que facilitara el trámite de su hijo para acceder a la Ley de Ajuste.

Un hijo que se marcha lejos y una madre que improvisa una novela negra para endulzar los oídos del servicio de inmigración estadounidense. Una ficción desesperada que nadie sabe a ciencia cierta si funcionará. Un gesto turbio y palpitante como un órgano vital. Como algunos días de invierno en que llueve y todo parece igual, aunque nadie pueda asegurarlo.