Café Versailles. Miami/ Foto: Legna Rodríguez Iglesias.

Siempre he dicho que uno es lo que come. Literariamente, visualmente, musicalmente y sobre todo, aunque suene bizarro, sexualmente. Si mal no recuerdo, al principio, comí mal. Luego me eduqué y mejoré el menú. Los principios son así. Se ve uno perdido y es capaz de comer lo que encuentre por el mero hecho de probarlo, saber. De ahí la frase «te comiste el dulce y te repugnó». A mí me repugnó. Soy una persona repugnada.

Yo por ejemplo nunca he comido Neruda, tal vez dos o tres rodajas, pero un plato entero, nunca. Jamás probé textos que me regalaran ciertos autores personalmente, hay que confiar en el instinto. Mi instinto tiene perspicacia.

Game of Thrones no me llama la atención, lo ha comido tanta gente que sin tragármelo ya sé a qué sabe. Los sabores me interesan.

En cuestiones musicales, como soy analfabeta y la música es abstracta, he comido de todo. Crecí oyendo el disco de Roberto Carlos en español que el cantante sacara en 1985, donde está la canción Símbolo sexual que tanto me gusta cantar. El mismo disco donde están Camionero y La actriz y De corazón a corazón.

En el año 2015 fue que supe de un sabor llamado umami que reúne al resto de los sabores. Me lo dijo el escritor y traductor cubano Ernesto Hernández Bustos a la orilla de la playa, una tarde. Había tanto sol que solo atiné a asombrarme.

Las cosas que amo tienen ese sabor. Todo sabe umami últimamente. Incluso Miami con esa forma de ciudad desierta donde nadie se ve ni se visita ni se reúne, o si se visita y se reúne es llamando por teléfono con una semana de antelación o dejando un aviso por escrito en Messenger.

Tal vez Miami también es un sabor. Un tipo de sabor apetitoso, a veces, como fue La Habana cuando viví en La Habana. Se me abre el apetito. Se me abren la cabeza, las orejas, las narices, los labios y las piernas. Se me separa la lengua del cielo de la boca y se me sale la lengua para afuera pensando en los sabores de La Habana. A veces, en Miami, hay falta de sabor.

Pero la gente, muchísima gente, viene a Miami a comer. El ser humano necesita comer. Necesita vestirse y calzarse y conectarse a internet, pero más que nada necesita comer. Necesita leer libros que le gusten, y emborracharse y bailar y viajar, pero más que nada necesita comer. Comer rico y variado es necesario. Comer sabroso. Comer tanto que no te puedas parar, que te den ganas de vomitar, que te duela la cabeza. Comer después de comer. Comer a las doce de la noche. Comer a las tres de la mañana. Desayunar, almorzar y comer.

Olvidarse de tomar agua. Comer. Olvidarse de bañarse. Comer. Olvidarse de mandar dinero por Western Union. Comer. Olvidarse de llamar por teléfono el Día de Las Madres. Comer. Olvidarse de comprar Ibuprofeno para el dolor de ovarios. Comer. Olvidarse de responder el correo. Comer. Olvidarse de orinar. Comer. Olvidarse de terminar una crónica. Comer. Olvidarse de ser amable. Comer. Olvidarse de salir. Comer. Olvidarse del mundo entero. Comer.

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En el Diccionario de Dudas y Dificultades de La Lengua Española no aparece la palabra poesía ni aparece la palabra comer. Tal vez no hay dudas ni dificultades respecto a la poesía y tampoco respecto a comer. En Miami tampoco hay dudas respecto a una y otra palabras. Los poetas no dudan sobre el significado de la poesía y tampoco sobre el significado de comer. La gente que no es poeta ni está interesada en los significados de las palabras come hasta por los codos y no duda de nada. Tal vez no hay tiempo para dudar. Tal vez se pasó a otra etapa. La etapa de las certezas. Yo, a veces, dudo. Sigo teniendo miedo. La palabra hambre sí aparece en el Diccionario de Dudas y Dificultades.

Hambre. El género de este nombre es femenino. El uso con los  artículos el o un se debe a la regla de los nombres femeninos que comienzan por el fonema /a/ tónico. Se dice, pues, un hambre canina, el hambre enfermiza, las grandes hambres. Es vulgarismo el empleo de hambre como masculino: Por aquí no había más que mucho hambre repartido (Nácher, Guanche, 130); A este hambre de visitadoras que se ha despertado en la selva no lo pare ni Cristo ( Vargas Llosa, Pataleón, 244).

En toda Cuba (femenino, como el hambre) y sus catorce provincias y su municipio especial no hay más que mucho hambre repartido, aunque sea un vulgarismo y una verdad vulgar. Un tipo de hambre que no aparece en los diccionarios. Un tipo de hambre que hace que una mujer de setenta y pico de años esté cansada y se  enferme de los nervios y se clave un cuchillo en el corazón porque no sé qué voy a cocinar mañana. Un tipo de hambre que hace a los hombres salir a matar gatos, perros y cuanto animal se le cruce en el camino. Un tipo de hambre repartido que no conoce la regla de los nombres femeninos ni le importa con qué comienza un fonema. Mi alma todavía tiene hambre.

Por eso, si me preguntan qué cosa es Miami, diría que es un restaurante de concentración. Porque la gente viene a comer. La gente viene a matar el hambre. Sobre todo la gente que ha vivido en lugares donde nadie se muere de hambre pero donde todo el mundo tiene hambre. La contradicción solo da lugar a dudas. Lugares que, como oí decir a Severo Sarduy hace poco, en un el documental Severo secreto que hicieron los realizadores camagüeyanos Gustavo Pérez y Oneida González, no son campos de concentración, sino gente concentrada en un campo.

Territorialmente, Miami es un enorme restaurante donde sobra la comida y hasta se bota, cuando cierra el restaurante. Porque en Miami, pasado un tiempo corto, todo se bota, todo pasa a ser deshecho. Después de haber sido cocinada, si nadie la compra y se la come, la comida se convierte en deshecho. Después de abrir una lata que contenía comida, si nadie se la come, la lata y su contenido se convierten en deshecho. Después de picar una frutabomba, si nadie se la come, esa masa se convierte en deshecho. Después de querer a una persona, abriéndola como a una frutabomba, si se deja de querer, esa persona se convierte en deshecho.

Fue lo que respondí al oficial de aduana cuando me preguntó, a principios del 2015, por qué quería quedarme. Porque tengo hambre y sed, y el oficial de aduana entendió. Pero no me entendió a mí sino a la frase. Una frase que, probablemente, había sido repetida muchas veces frente a él, y que seguiría repitiéndose mientras los cubanos entraran por cualquier frontera ajustándose a una ley que de cierta forma los protegiera. Yo no tenía hambre de comida. Como ahora, que no tengo hambre de comida. El hambre de comida es fácil de saciar. Hay que decirle a la gente lo que la gente quiere oír. Hay que complacer a las personas.

Al hablar de complacer recuerdo mi adolescencia y aquel estatus amistoso con que se designaba al novio o a la novia del momento: amigo complaciente. Adoro a mis amigos y a mis amigas y no me imagino diciendo que Oscar Cruz o Jorge Enrique Lage son mis amigos complacientes, y mucho menos que Jamila Medina o Martha Luisa Hernández Cadenas son amigas complacientes mías. Sin embargo tengo hambre de ellos y de ellas, y por más restaurantes que visite no hay menú que contenga eso. Sírvame una Jamila Medina al ajillo y una sopa de Jorge Enrique Lage, para llevar. Si le queda Martha Luisa caliente, también.

Deseo que me detengan en todas las aduanas y que los oficiales me apunten con el índice y me pregunten por qué me quiero quedar, para decirles que tengo hambre, que estoy hambrienta, sedienta, catatónica, bulímica, anoréxica, exigua, enferma. Deseo que me registren y que me encuentren una bolsa con pulpa de tamarindo.

En Miami no es frecuente el tamarindo. Si te gusta el tamarindo tienes que ir al Palacio de los Jugos o a algún mercado latino, cubano. Son mercados pintorescos como las ciudades cubanas que todas son pintorescas y no dan deseos de regresar por ahí, a no ser que andes enamorado y que quieras volver al lugar donde fuiste feliz o creíste serlo, o no supiste serlo y quieres serlo ahora, por favor.

En Miami sí hay comida. Hay de todo y hay comida. Hay tiendas de comida, y farmacias y boutiques, y en todas hay comida. Hay tiendas de mascotas y hay comida. Para las mascotas hay comida de mascotas pero si uno prefiere esa comida, puede comérsela en lo oscuro. Es importante guardar la forma, no comas comida de mascotas frente a las personas que comen comida de personas. No se debe. Si uno tiene nostalgia y prefiere comer comida cubana, puede ir a un restaurante cubano y atragantarse.

Café Versailles. Miami/ Foto: Legna Rodríguez Iglesias.

De hecho, la Historia de Cuba en Miami y la Historia de Miami en Miami puede contarse a través de la comida: Había una vez unos hombres comiendo en un restaurante… Había una vez unos hombres afuera de un restaurante… Había una vez unos hombres pidiendo dos cortaditos… etcétera, etcétera. Un restaurante que es una ciudad que es una pasarela que es una carretera por donde desfila Cuba. En la Historia es importante la conspiración. En la Historia es importante comer. Comer bien. Darse banquete.

Por mucho que el exilio te parezca poca cosa, por mucho que te adaptes cada día a cosas nuevas, como la sopa de caja, los risottos instantáneos, las carnes almidonadas, las cebollas sin olor, el arroz de coliflor, el maíz dulce, los paquetes de frutas congeladas, los pepinos encerados y tantos inventos más, hay un día en que necesitas aquellos sabores mansos o algo por el estilo. Porque nada sabe igual a lo que sabía antes. Nada tiene el mismo color. Nada llena la barriga. O sí.

De hecho, hay personas que nunca han sentido esa necesidad, yo jamás había sentido esa necesidad. Jamás fui a la pasarela donde los viejos cubanos toman café cubano y hablan de política cubana como una tradición del malestar. Se llama la ventanita donde los viejos cubanos y cualquiera que le guste el café cubano pide un cortadito y un pastelito, haciendo la sobremesa después de haber comido su buena comida cubana en una de las mesas del  mejor restaurante de comida cubana en el mundo.

Fue alrededor de esa misma ventanita donde la gente con hambre y sed de una cosa que no era comida se congregó a celebrar la muerte de uno de los mayores dictadores de la historia. Ese día yo no estaba en Miami pero al día siguiente regresé y aún había restos de multitud agitando banderas cubanas y gritando abajo abajo abajo. Era una fecha cercana al Día de Acción de Gracias. Luego he pensado en eso como una recurrencia del azar. Una mueca. Un guiño. Una carcajada histórico-mística indiscutible. Si se puede terminar con una foto, termino con eso. Con una foto emblemática. Con una foto desde un automóvil que podría ser, solo hoy, un Mini Cooper. El Mini Cooper usado que nos duró un año porque ya no daba más y faltaba poquísimo para que el bebé naciera. El Mini Copper que soltó un pedazo frente a la consulta de oncología donde me hice la última colposcopía antes de parir. El Mini Cooper que no se ahogó cuando pasó el Huracán Irma inundando la ciudad, arrancando árboles, barriendo techos. El Mini Cooper verde botella donde no iba a caber nada, ni car seat, ni moisés, ni cochecito, ni mecedor, ni corral, ni silla de playa, ni sombrilla de playa, ni bolsas de compotas. El Mini Cooper que fue cambiado por un Chevrolet gris igual a cualquier automóvil de Miami. La foto no sale buena porque está lloviendo, como hoy, y no me quiero mojar, no quiero salir a la lluvia. El Mini Cooper va por la 8, la calle más famosa de Miami, un Miami latino-cubano-venezolano. Antes de llegar a la 37 avenida, viniendo del este al oeste por la acera derecha, aprieto el obturador y logro captar el nombre, aunque sea: Café Versailles. La ventanita del Versailles Restaurant Cuban Cuisine. Yo, a veces, dudo.