Músico cubano Vanito Brown

Vanito Brown / Foto: Abraham Jiménez Enoa

A las 11:00 AM Vanito Brown (Palma Soriano, 1967) está sentado en la barra del Melen Club en La Habana. Conversa y fuma codo a codo con Luis Barbería. El humo de su cigarrillo pareciera envolverlos en una cortina de seda. No tengo claro si interrumpirlos o esperar unos minutos. Quedé con Vanito en vernos a esta hora y en este lugar para ajustar un próximo encuentro; he venido a una cita para una cita. Decido entonces caminar cerca de la barra, para ver si se percata de mi presencia. Nada, están en lo suyo. Se miran a los ojos y hablan como dos niños pequeños. Me voy hasta una mesa cercana y los observo desde atrás.

Ambos músicos esperan por José Luis Medina y Alejandro Gutiérrez que están cruzando la ciudad. Han llamado por teléfono y dicen haberse subido a una «gacela» (así llaman a los nuevos taxis colectivos que el gobierno ha sacado a la calle para paliar la crítica situación del transporte). Y también esperan por «la prensa», estarán durante todo el día atendiéndola. Habana Abierta, la banda a que pertenecen los cuatro, ha cumplido los tres conciertos programados para el verano en Cuba. Todo un suceso: hacía ya siete años que no se juntaban para tocar en la isla.

A la prensa la han dividido en dos. En la mañana atenderán a los medios internacionales que gozan del beneplácito gubernamental y están acreditados en el país, y en la tarde a los medios oficiales del Estado. A los independientes no los mencionan en ese organigrama, aunque no creo que les cierren las puertas: yo soy la prueba.

No me interesa hacer una o dos preguntas en una conferencia o escuchar las respuestas de Habana Abierta a las preguntas de otros periodistas; me interesa Vanito, por eso llevo días acercándomele. Estuve en el concierto que ofrecieron en la ciudad holguinera de Gibara y unas noches atrás también vine a escucharlos al patio del Melen. Aquí le pedí a un amigo que nos presentara.

Era pasada la medianoche, el concierto había terminado. Nos abrimos paso entre una multitud. Mi amigo le tocó el hombro… Le dije que quería entrevistarlo. Me dijo que no había problema, que tomara su número de teléfono móvil y que lo llamara al otro día. La tarde siguiente lo hice.

Vanito Brown no salió al teléfono. Otra voz respondió y expliqué que la noche anterior el músico me había dado ese número, que estaba intentando localizarlo. «Aguarda un momento», y unos segundos después Vanito tomó la llamada.

Estaba junto al resto de Habana Abierta en un almuerzo en casa del actor Jorge Perugorría. Un bullicio se escuchaba al fondo y hacía tremendamente difícil la comunicación. Entre gritos y rechinar de copas me escuchó explicar la idea: pasar uno o dos días con él antes de que se marchara. Me dijo que eso era imposible, que le quedaba poco tiempo en Cuba y que tenía que llevar a su padre al médico, entre otras cosas. Entonces sugirió que fuera a la conferencia de prensa. Allí nos pondríamos de acuerdo.

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Vanito Brown / Foto: Abraham Jiménez Enoa

Vanito Brown se levanta de la barra del Melen Club y camina hacia el baño. Va dando brinquitos. Lleva unas zapatillas corte alto, un jeans negro, una camisa morada oscura con garabatos, unas gafas tornasoladas. A la cintura una riñonera con varios zíperes. Su estatura ronda el metro con sesenta centímetros y ya no le quedan rastros de aquellos dreadlocks que solía llevar.

Imito su recorrido hasta la puerta del lavabo. Minutos después, Vanito Brown abre la puerta y se sorprende al verme estacionado allí. Antes de saludarme, se sube la portañuela y se seca las manos. Luego dice: «Si quieres entrevistarme tiene que ser ahora, la agencia EFE ya nos está esperando».

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«En mi casa siempre había fiesta», cuenta. Una descarga, un «titingollo», cualquier cosa de esas se encontraba de niño cuando regresaba de la escuela. Su padre, Tito Caballero, era cantante de la orquesta La Monumental y tenía por costumbre llevarse a casa a sus amigos para montar números a guitarra limpia.

El hogar de Tito Caballero era la embajada de La Monumental. Vanito recuerda que los músicos entraban y salían todo el tiempo. Esa imagen no se le borra: sentados uno junto al otro, en cualquier rincón de la sala, tomando ron, probando acordes nuevos. El padre, de vez en cuando, se llevaba al hijo a los ensayos. Así comenzó a aprender cómo los músicos montaban los temas, cómo los arreglaban.

Aquellos papeles repletos de letricas ilegibles empezaron a eclipsarlo. El instrumento que más le gustaba eran las pailas. Cuando las baquetas impactaban contra los tambores cilíndricos o el platillo o la campana, Vanito se olvidaba del mundo. Alguna vez se quedó dormido, tarde en la noche, a los pies de unas.

Pero después de una niñez tan sonora, Vanito Brown no estudió música; matriculó Dramaturgia. Tras el bachillerato, había caído en la indecisión de todo adolescente: ¿qué voy a hacer en la vida?

Un amigo del preuniversitario le sugirió que intentara matricular en el ISA. Le veía dotes para la actuación, pues se había pasado los tres cursos anteriores formando en grupos de teatro aficionado de la Escuela Vocacional «Vladimir Ilich Lenin». «Pero yo no sabía qué coño era el ISA», recuerda. El amigo se lo deletreó: I-N-S-T-I-T-U-T-O-S-U-P-E-R-I-O-R-D-E-A-R-T-E. «Eso me suena», respondió Vanito.

Para entrar en actuación tendría que presentarse a una prueba de aptitud. Un panel de profesores examinaría sus capacidades histriónicas mediante un pequeño sketch. Vanito pidió al hoy director de cine Arturo Sotto, su compañero de año, que lo acompañara en escena. «Fíjate si estaba perdido que yo era quien me iba a examinar y le di el rol protagónico a Arturo y me quedé con el secundario», dice.

Los profesores decidieron que Sotto había actuado muy bien y que por tanto merecía entrar a la disciplina de Actuación. Sotto, por entonces, ya tenía otorgada la carrera de Medicina, y decidió rechazarla. Por su parte, Vanito se presentó a Dramaturgia y resultó finalmente seleccionado. «Mi objetivo era estar en las artes de alguna manera. Luego empecé a componer canciones; lo hacía paralelo a mis estudios, pero eran canciones al ombligo», dice.

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Los duros años noventa llegaron cuando Vanito Brown estudiaba aún en la universidad. La Unión de República Socialistas Soviéticas (URSS) colapsó y ocasionó que el Producto Interno Bruto (PIB) de Cuba se contrajera en un 36 por ciento. La isla padeció severos recortes en el abasto de hidrocarburos (diésel, gasolina y derivados), lo que generó una especie de paro general. Asimismo, según la Organización Mundial de la Salud, de 1989 a 1994, el consumo nutricional de los cubanos descendió de 2845 kilocalorías a 1863 kilocalorías diarias (el mínimo normal es de 2100 a 2300 kilocalorías), y cada cubano perdió entre un cinco por ciento y 25 por ciento de su peso corporal entre 1990 y 1995.

La vida se volvió un suplicio. La escasez extrema y la lucha cotidiana para sobrevivir a la crisis marcaron para siempre la sociedad.

Una tarde Vanito entró en la biblioteca de Casa de las Américas a buscar unos libros para un trabajo de clase. Sacó sus tarjetas y, tras pasar un estante, notó la presencia de una linda muchacha. Se sentó cerca de ella. Al rato le sacó conversación. Era ecuatoriana y estudiaba Historia del Arte. Los dos universitarios se hicieron amigos y comenzaron a salir. No pasó mucho tiempo hasta que se hicieron novios, y luego se casaron.

En 1995 Cuba era poco menos que invivible. Ambos estaban ya graduados de estudios superiores y tenían la posibilidad de irse a Ecuador. Así lo hicieron. En ese momento Vanito Brown era una de las voces de Lucha Almada, una banda de rock que fundó junto a Alejandro Gutiérrez y otros amigos.

Vanito se había prometido que, al terminar de estudiar, iba a entregarle el título a sus padres y haría una banda de rock. El grupo fue la consecuencia de un juego de amigos adolescentes. Varios de sus integrantes eran los mismos que, años antes en la escuela «Lenin», se reunían para tocar covers roqueros.

En Youtube hay un video clip que muestra lo que era Lucha Almada. Es 1995: Alejandro Gutiérrez y Vanito Brown miran fijo a la cámara de Rudy Mora y Orlando Cruzata. Sus cuerpos parecen siluetas de zombis, sus rostros lucen agriados, sus miradas cargan el peso de la tristeza. «Hacia dónde vamos/ Cuál será el final», se preguntan antes de echarse a correr para escapar de algo.

Suben y bajan escaleras, se esconden tras puertas y rejas, se asoman a hurtadillas y velan… El disco lleva por nombre Vendiéndolo todo, y el tema es «Porque hay cosas que se van y ya». Y «ya no vuelven más», dice el coro.

«Las crisis o el hambre son un factor de inspiración siempre. Hay que salir a luchar, y a nosotros como artistas nos tocó revertir todo lo que estábamos recibiendo en ese momento. Era un desplome de valores, un cambio; fue un antes y un después», dice Vanito.

«Todo fue muy traumático», le sugiero. Y responde: «Estábamos luchando con el alma, de ahí el nombre de la banda. La hicimos en bicicletas y en medio de apagones. Imagínate el rock and roll, que es eléctrico, con ocho horas de apagón diario. Era una cuesta arriba tremenda. Sin embargo, fue una etapa especialmente creativa y sincera. Estábamos permeados por todo lo que ocurría y teníamos muchas ganas de retratar y sacar afuera lo que vivíamos».

«El rockason de Alejandro lo refleja», dice Vanito Brown, y tararea bien bajito: «Llego a la casa completamente borracho/ Tropiezo con las patas de la mesa y el sillón/ Nada peor que un sueño hecho pedazos/ Nada peor».

«Eso era lo que estaba sintiendo una generación: un sueño hecho pedazos y mucho alcohol. El alcohol era lo único que podía paliar aquello; el estómago vacío, todos flacos. Fueron cuatro años de una estupidez tremenda, un país detenido», dice.

¿Entonces la carestía es un motor creativo?

«En ese caso sí», responde, «pero, ojo, hay a quien no le falta nada y sigue creando, no es absoluto. Se dice que, en los tiempos de crisis, de mano dura, de dictaduras, el arte es especialmente reactivo a la opresión y a las privaciones».

Lucha Almada intentó dar una gira por Ecuador, pero no pudo ser. Los sponsors a última ahora se retiraron. De toda la banda solo Alejandro Gutiérrez y Vanito Brown pudieron salir de Cuba. Apenas dos años antes, en 1993, él había puesto por primera vez un pie fuera de la isla.

«Fue un cambio de perspectiva total, de mi país y de mí. Cuando conoces otra realidad, contrastas todo lo que ya sabes o lo que has sido o has hecho. Me vi a mí mismo en la distancia. Fue como reconocerme desde otra perspectiva», asegura.

Vanito Brown estuvo cuatro meses en Argentina por invitación de unos amigos. De ese viaje salieron algunas de sus frases más conocidas: «desde más lejos se oye más bonito»; «los de derecha giran a derecha/ los de la izquierda giran a izquierda».

Explica cómo llegó a ellas: «En Argentina, en los círculos de izquierda me llamaban de derecha porque era crítico con Cuba. No soy de derecha, les decía. A lo mejor no soy de izquierda, pero de derecha tengo claro que no soy. Luego, cuando me encontraba en la calle a la gente que votaba a la derecha, me decían que yo era comunista. Tomé nota y de ahí salió “Divino guion”, que escribí en 1997».

¿Y el elefante de «Divino guion» de dónde vino?

«De niño siempre escuché que la realidad es como un elefante que palpan varios ciegos. Uno toca la trompa y dice que es flácida; otro, la cola, y dice que es flaca y con pelitos en la punta; otro, las patas, y dice que es como un árbol, y así. La realidad es como una torre, todos estamos asomados, pero vemos un punto cardinal diferente. Si no tienes el 360 no tienes la idea total de lo que es la realidad. Y cuando somos tantos mirando a diferentes puntos, la unión de todo eso es una panorámica».

Entonces dice: «Habana Abierta es panorámica. Lo que veo yo no es lo que tú ves, pero te comparto lo mío. Cada cual invita al otro a asomarse a su ventana. Tampoco es para tirar cohetes al aire. Ha habido etapas traumáticas en la banda».

Concierto de Habana Abierta / Foto: Abraham Jiménez Enoa

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La madre de Vanito Brown era maestra en un círculo infantil que quedaba justo al frente del museo municipal de Plaza de la Revolución. Todas las mañanas ella y la directora del museo se reunían para tomar café. Un día de 1987 preguntó: «¿No tendrás un espacio libre en el museo? Es que tengo la casa repleta de chiquitos con guitarras».

Mientras estudiaba en la universidad, Vanito y varios amigos habían intentado consolidar un espacio artístico en la Casa de la Cultura del mismo municipio, pero eso duró bien poco debido a cuestiones organizativas. «Nos reuníamos, todos muy nihilistas, muy esnobistas, haciéndonos como que éramos poetas y músicos. Yo hacía canciones muy malas y los otros hacían poesías muy malas», cuenta.

Con el cierre del espacio todo ese movimiento artístico juvenil se lo llevó Vanito a su casa. Luego, tras el sí de la directora del museo, se mudaron a la esquina de 13 y 8 en el barrio del Vedado.

«Ya no éramos los mismos del principio. Integré a otro grupo de artistas que se reunían en la Finca de los Monos: José Luis Medina, Cachivache, Superávit, entre otros. Fue explosivo aquello. Cuando los oí tocar, sobre todo al difunto Raúl Ciro, me dije: yo pertenezco a esto. Así comenzaron mayores niveles de exigencia, nos emulábamos. Aprendí mucho de la guitarra de otros, otros aprendieron de mí, sin mezclarnos, todos teníamos un estilo diferente», comenta Vanito.

La esquina de 13 y 8 del Vedado terminó siendo uno de los gérmenes de la explosión artística de finales de los años ochenta y principios de los noventa en Cuba. La música joven comenzó a imbricarse con la literatura y la plástica. Ronaldo Menéndez, Tania Bruguera, Nilo Castillo, Ricardo Arrieta, Julio Morasen, Alexis Esquivel, Pablo Herrera, Fernando Rodríguez, Enrique del Risco, Athanai, el grupo humorístico Nos y Otros… fueron algunos de los que se unieron a los cantautores emergentes. «Era una movida no monolítica, amorfa, performática. Estábamos jugando; un espacio abierto al arte».

Esa plaza se mantuvo intermitentemente durante tres años. Con el paso del tiempo se fue volviendo incómoda para el Estado, pues estaba fuera de las instituciones. El Ministerio de Cultura miraba con recelo la gestión de unos jóvenes que sin prensa ni propaganda estaban haciendo retumbar todas las semanas la ciudad. Hasta que, relata Vanito, «nos llamaron de la Asociación Hermanos Saiz y nos dijeron que teníamos que unirnos obligatoriamente a la Casa del Joven Creador, bajo la sombrilla de la Unión de Jóvenes Comunistas (UJC). No había otra manera de existir que no fuese esa».

Antes que 13 y 8 llegara a su fin, apareció por aquel lugar Pavel Urkiza. Y poco a poco, en la casa del músico, abrieron una pequeña extensión de la peña. Una de esas noches de cigarros y ron, el grupo de amigos se prometió que «el primero que saliera de Cuba nos sacaba a todos».

¿Así fue luego?

«Pavel y Gema fueron los primeros en salir. Fueron a España por un proyecto de ellos. La productora Nube Negra los captó y firmaron un contrato. Dos años después de estar allí, ellos pusieron sobre la mesa el proyecto “Habana Oculta”, una especie de catálogo compilatorio de las voces no oficiales en Cuba, los que no éramos radiados… Porque lo que se promovía en la isla era solo “la timba” porque no era el momento de poner a pensar a la gente, no convenía hacer pensar en medio de tanta crisis y tanto alcohol y tanto derrumbe».

Cuando Pavel y Gema le dieron la noticia de Habana Oculta al grupo de amigos, Lucha Almada había acabado de firmar un contrato con la disquera cubana Bis Music. Es por eso que Alejandro Gutiérrez y Vanito Brown no formaron parte de ese primer repositorio de voces underground. Por esa fecha Kelvis Ochoa dejaba atrás su natal Isla de la Juventud para abrirse paso en la capital. Fue él quien ocupó el puesto vacante. Hubo otro cambio de último momento: Superávit. El grupo decidió no viajar a España para la gira promocional porque no estuvo de acuerdo en algunos términos contractuales que exigía la productora Nube Negra.

Tiempo después de concretarse el disco Habana Oculta, la compañía BMG Ariola se enamora del proyecto y lo ficha. Por cuestiones de copyright le cambian el nombre. La intención era dejar la oscuridad y saltar al mercado, dar a conocer la música alternativa cubana a niveles industriales. Para esta nueva compilación llaman a Alejandro Gutiérrez y a Vanito Brown, que viajan desde Ecuador a España. Nació así el «el segundo Habana Oculta, que resultó ser el primer Habana Abierta», recuerda.

¿Una vez dijiste que Habana Abierta era un sándwich entre Buena vista Social Club y la timba?

«Si lo dije, no creo que sea una frase tan afortunada. Sí diría que éramos un sándwich entre Orishas y Buena Vista Social Club porque salimos a la vez; los tres fenómenos salieron del Período Especial. Fueron las tres grandes novedades en el mercado. Con mayor o menor suerte cada uno. La timba nos influyó porque era la banda sonora de aquellos días. Buena Vista Social Club es lo más tradicional de la trova. En medio de esas dos cosas hay rock and roll y Nueva Trova».

Habana Abierta es un proyecto de proyectos, ¿cómo hacen para convivir?

«En Habana Abierta no hay dirección. Eso lo hace muy raro y a veces inmanejable. No hay una sola proyección porque no hay una sola voz. Es un movimiento policéfalo. Son muchas cabezas, todas con algo bueno que decir. Y la mejor manera de hacer convivir muchos discursos es hacer ejercicios de democracia y voluntad de convivencia. Es difícil la aceptación del otro, ocupar tu puesto y que cada uno ocupe el suyo. Es un ensayo de la democracia. Jugamos al sistema de voto: hay una idea, la planteas y si le gusta a la mayoría, va pa`lante. En democracia también sucede que tu idea, por buena que sea, a veces no es aprobada. Ojo: hay decisiones que ni se discuten, si van contra los principios de Habana Abierta. Sobre todo cuando aparece el mercado, que es cuando hay que remar lo más parejo posible. Somos un proyecto de proyectos; es la resonancia de esos proyectos lo que hace el efecto. Ese es el secreto, y lo difícil es convivir, ya viste que lo logramos».

¿Por eso es que a veces dan la impresión de que ya pasaron de la banda?

«Nosotros no vivimos de Habana Abierta. Vivimos de nuestras carreras. Es un proyecto que aún está vivo, se duerme y se despierta. Es por demanda. Nos reunimos complaciendo peticiones, por eso actuamos cada cinco o seis años. Nos hemos quedado en un núcleo formado por quienes hemos priorizado Habana Abierta. Los que no han estado es porque no han priorizado al grupo; con todo su derecho, han apostado a sus carreras individuales. Nosotros cuatro (José Luis Medina, Luis Barbería, Alejandro Gutiérrez, Vanito Brown) somos el núcleo permanente, los que nos quedamos cuidando la casa. Es un barco al que nos montamos todos de vez en cuando y hacemos el paseíto».

Desde hace unos años Vanito Brown vive en Miami. Toca en los cafés y los bares nocturnos de la ciudad. Una semana al mes hace Uber. Dice que no es difícil estar ocho horas manejando, que la gente unas veces lo reconoce y otras no, pero que no tiene ningún tipo de problema con ello. «No soy el único, muchos artistas de Miami lo hacen. En España a esto le dicen que se te caen los anillos, a mí no se me caen».

¿Entonces la música no te da para vivir?

«Me gusta entrar y salir de la música, si te metes en la burbuja del artista terminas rebotando en el artistaje. No vivo absolutamente de la música, tengo mis negocitos y mis búsquedas fuera. Me interesa mucho la producción y cada vez que hay algo por ahí…; me interesa ir metiendo el cuerpo. Mi mujer es productora y me está enseñando mucho de producción cinematográfica».

¿Por eso tus declaraciones en favor del cine independiente cubano?

«Me vas a ver en todo lo que huela a libertad. Quiero la libertad de la gente. Hay muchas cosas que liberar en este país. Afortunadamente hay dos Cubas, dos miradas a futuro, una tiene la vista corta y la otra larga. Me gustan las cosas cuando son con vista larga. El movimiento cuentapropista hay que incentivarlo y hacerlo que sea parte de la sociedad y no un accidente histórico: hay que promoverlo. La gente hace la sociedad, y no un grupito de personas desde arriba o desde abajo. Se hace entre todos y con la convivencia de todas las diferencias.

¿Te sigue gustando Cuba?

«Me gustaría poder vivir aquí, me gusta mucho Cuba, pero tengo la costumbre de hablar libremente, de circular libremente; me acostumbré a eso. Me gusta vivir mejor que como vive el común de la gente aquí, aunque hay gente viviendo muy bien ya. Tanto tiempo fuera me ha cambiado. Soy el mismo, pero hay cosas de afuera a las que no puedo renunciar y hay cosas de aquí a las que tampoco. Pudiera venir, pero no es un proyecto inmediato. Lo que sí no quiero es perder el vínculo; me gusta venir aquí y descansar porque es mi tierra y me pertenece. Me hace mucho bien venir y ver cómo está la cosa y la gente. Ver por dónde va la música, verlo in situ, con mis propios ojos, no que me lo cuenten. Me gusta contar las cosas, no que me las cuenten».