Transiberiano

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

Nada te prepara mejor para un viaje a Rusia que leer a Dostoievski, pero si vas a Siberia tienes que cargar bien el Kindle. Cebarlo. Por eso, además de Memorias del subsuelo, le puse una taza de Chéjov, una pizca de Gógol y lo embutí con los Relatos de Kolymá de Varlam Shalámov en la traducción de mi amigo Ricardo San Vicente para Minúscula. Básicamente, era todo lo que necesitaba para ocho días en aquel lado del mundo. El continente que es Siberia; la cicatriz que es Siberia. ¡Y la promesa!

Desde Barcelona tenía que llegar al Transiberiano volando y ahora las líneas aéreas de Siberia, S7, tienen rutas desde España. Yo soy un hombre de Aeroflot cuando de volar a Rusia se trata, pero he de reconocer que S7 tiene una seria ventaja sobre ella, aunque también una importante desventaja. La primera, que sus azafatas no llevan hoces y martillos en las mangas del uniforme como las de Aeroflot. Y esa misma es, claro está, la desventaja. Aeroflot te conduce al pasado enseguida, te mete en una línea de continuidad con el Gulag desde que entras en el avión. Siberian Airlines, en cambio, tiene mejor nota en el escalafón del show poscomunista: te disimula el pasado, posterga su llegada. Te dice que vueles tranquilo mientras puedas y que cuando aterriсes ya se verá. Como una madre que te lleva de viaje.

Estación de Novosibirsk / Foto: Félix Lorenzo

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El aeropuerto de Irkutsk me recuerda al de Pyongyang en el que me bajé hace años de un avión de Aeroflot. Descendemos a la pista de asfalto y caminamos por una acera techada hasta ingresar en el pequeño edificio. En Irkutsk viven algo más de 600.000 personas. Más tarde me sorprenderá que no se las vea. En un país con dieciséis ciudades habitadas por más de un millón de personas, tres de ellas en Siberia, Irkutsk no es cosa menuda, pero tampoco grandiosa. De ahí que no me sorprenda que la única cinta de equipajes del aeropuerto esté encerrada en una suerte de piscina. Nos apostamos afuera a esperar que aparezcan y se nos permita acceder. Como es habitual en Rusia, las encargadas del orden son mujeres entradas en carnes y de malas pulgas. No obstante, a las pulgas pareció alegrarlas mi acento extranjero, deliberadamente exagerado para la ocasión. Sonreímos. Tengo hambre. No hay wi-fi. Son las siete de la mañana.

Hay un café en el aeropuerto, justo frente al acuario donde nadarán pronto las maletas sobre la única cinta. Café Castro proclama el rótulo. “Siá cará”, me estremezco. Está cerrado a hora tan temprana. Más tarde sabré que el nombre se debe, simplemente, a la suma de las palabras café y bistro, que por mor de dudosa eufonía se convirtieron en Castro. Me lo explicó un representante de la franquicia: hay cinco Castros en Irkutsk. Cinco, por ahora, que todavía no he llegado yo.

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

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La dicha del early-checking nos permite ducharnos y desayunar después de una larga noche volando. En la habitación, el inodoro japonés con lucecitas y botones, un carnavalito de caca, subraya que he volado muy al este desde Barcelona. 7.203 km, concretamente. Pregunto a Siri la distancia entre Barcelona y La Habana y me dice que 7.892 km. Subo a desayunar a la terraza del hotel Sayen, donde nos alojamos. Tomo blinis con caviar rojo y té negro. Mi rojo y mi negro. ¡La herramienta que activa mi síndrome de Stendhal!

Varias ciudades han ostentado el título de capital de Siberia. Tobolsk y Tomsk, Krasnoyarsk y Omsk, Novosibirsk e Irkutsk, todas ubicadas en emplazamientos favorecidos por el curso de grandes ríos, han merecido esa primacía a lo largo de la historia. Pero después uno se planta en la calle Karl Marx, que es columna vertebral de Irkutsk y enarca las cejas. Hay que tener muchos huevos para quererse capital de la región más grande del mundo con las chimeneas tan pegadas a la tierra, los vecinos con una pinta provinciana que lo mismo te divierte que te espanta y una clamorosa ausencia de restaurantes donde sentarse a cenar y a beber a las diez de la noche. Aunque lo último te pasa también en Bruselas o cualquier ciudad francesa o alemana de provincias.

Irkutsk es de esas ciudades que existen sólo en su condición de antesala de algo grande. No es Ciudad Maravilla, como declara esa cursi taxonomía de estos tiempos: es Ciudad Prólogo. Una ciudad donde ya murió el pasado, pero no acaba de nacer el futuro. Y su emblema y el de su pugna con el tiempo pasado y futuro son las casitas azules de madera que se recuestan unas sobre otras y todas sobre el espacio de su desplome, sólido aún ese vacío, como en un poema escrito de prisa a una amada fugitiva.

Compro una tarjeta telefónica en la calle Karl Marx. Me cobran 199 rublos (poco menos de tres euros) por llamadas y datos suficientes para un mes. En Rusia, a diferencia de lo que pasa en China o Irán, la internet todavía es un campo bastante libre. Pasaré unos días aquí y aunque sé que en largos tramos del viaje no tendré señal de teléfono, necesito estar conectado. Concertar y confirmar citas. Confirmar intuiciones y datos también. Cruzar emoticonos. Descruzar emociones.

Deambulo un rato por el centro, veo pasar los tranvías con su sabor a viejo y su estruendo de hierros roñosos. Me encanta que el poscomunismo haya devuelto a las calles los nombres prerrevolucionarios, pero guardando la denominación soviética. Así, casi cada vía del centro lleva en las esquinas su nuevo nombre y debajo la aclaración: “Antes, calle X.” Es un juego magnífico, esa sucesión de los antes, porque cada nombre lo fue antes del otro, tanto como lo fue después. El poscomunismo, en tanto restauración del Antiguo Régimen, siquiera el onomástico, es tan traumático como travieso.

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Entro a una librería en una esquina de la calle Karl Marx. Está en un Centro comercial hecho de esa fábrica poscomunista que es la suma de materiales baratos, carpintería metálica, colores chillones, acabados de pena. En suma, el resultado de la adición de una mano de obra barata y escasamente preparada, una administración lenitiva y un empresariado corrupto y corruptor. La librería está mal señalizada y me cuesta encontrarla. Doy con ella por fin en la segunda planta y vago entre los anaqueles. Félix Lorenzo, el eléctrico, magnífico fotógrafo que viaja conmigo, me propone una foto que nos podría servir. Tomo un libro, me siento en una butaca de Ikea, la Bäkla, que es exactamente igual a otra que tengo en mi estudio. Baklä/Baikal, paladeo el sangüichito que ha construído el azar. Incapaz de encontrar una sección dedicada a la historia de Siberia –busco memorias, epistolarios, informes… esa paja de la que se hacen los mejores cestos de la memoria– abordo a una empleada que repone libros. «¿Dónde está la sección de Historia de Siberia?», le pregunto. «No hay», responde. «¿Cómo es posible, en Irkutsk?», inquiero atónito. «Bueno, es que esta es una cadena de librerías de Moscú», replica. Es Chitai-gorod, la cadena de librerías más grande de Rusia. Su nombre se podría traducir por Barrio chino. Pero en Irkutsk no vende libros sobre Irkutsk. ¡Deja que se enteren los chinos!

He concertado una cita con las poetisas Svetlana Mijéyeva y Yekaterina Boyarskij. Leen esta tarde en la Casa Museo del novelista Valentín Rasputín, sin relación de parentesco con el otro, el célebre animalito priápico al que cantó Boney M. Todas las lecturas de poesía en ciudades de provincia se parecen como las familias felices que decía Tolstoi. Mijéyeva es la última en leer. Tiene el atractivo de las poetisas que gustan a las jóvenes tristes, los señores maduros llegados esta mañana de Barcelona y los biógrafos: es una mujer enigmática, de maneras suaves sin ser lánguidas. Su poesía, que no conocía, me gusta. Es la tercera en leer y es también, no cabe duda de ello, el alma de la velada. Cuando le llega el turno, el público se agita. No somos muchos allí, en todo caso: una docena de personas si descontamos organizadores y empleados de la casa. Aparecen los móviles, le hacen fotos. Hay sólo otro hombre aparte de mí y de Artiom Mors, un tipo que leyó de segundo una suerte de poesía jocosa y afán coloquial. Es un hombre de aspecto mongol –tal vez yakutio o buriatio– que ha venido acompañado de su mujer y su hija, de las que diría que eran bonitas como jarrones si no fuera porque nada en ellas sugería fragilidad. Visten con esmero y se comportan con ejemplar circunspección. Es evidente que han venido a un acto social importante. Que les importa la poesía. A Svetlana le piden bises. «¿Tiene algún poema de amor?», pregunta una muchacha que ha venido sola y se ruboriza que es un primor. La poetisa dice que sí y lee uno. Con eso termina. La aplauden con fervor.

Al término de la velada me quedo un rato charlando con Svetlana y Yekaterina. Félix les toma fotos para un reportaje que escribo para una revista de Madrid. Les pregunto por el feminismo. El feminismo en Siberia. Les cuento la lectura que repasé durante el vuelo desde Barcelona. A saber, los Relatos de Kolimá de Varlam Shalámov, que son el retrato literario más completo del universo concentracionario soviético, de la misma manera que el Archipiélago Gulag de Solzhenitsyn es su catálogo más razonado. Si comienzas a pasar sus páginas tendrás que esperar hasta la número 52 para encontrar a la primera mujer. Los zeks iban o venían del campo y se topan con ella. Shalámov refiere lo que los presos y él mismo pensaron de la mujer. Sería «una ex-algo o simplemente una prostituta». No cabía la posibilidad de que fuera otra índole de mujer la que avanzara por un sendero en Siberia. Habrá que esperar más, hasta la página 178, para que sepamos algo más de esa criatura. Allí aparece tendida en la cabeza de un párrafo y a los pies del militar que le acaba de dar muerte por celos. «Anna Pávlovna», anota Shalámov sus señas: «secretaria del director». Los presos, esta vez de vuelta del trabajo, se encuentran la terrible escena y a punto están de linchar al asesino. A las mujeres, siempre según Shalámov, los presos del Gulag las menosprecian y adoran por igual. Hombres sin mujer, las suyas estarán muertas, en otras prisiones o en los brazos de otros hombres. O añorándolos en casa, en aquella URSS que era a medias luminosa y tenebrosa, como un ocaso o un amanecer a los ojos del borracho que no sabe qué lugar del tiempo señalan las manecillas del reloj bajo la esfera impenitentemente rota.

Mujeres en el Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

Liudmila Ulítskaya, la gran dama viva de la literatura rusa, me había dicho unos meses antes en Barcelona que las mujeres de Rusia difícilmente podían participar del coro del feminismo de estos días en Occidente. Y no porque no sean víctimas de desigualdad y violencia patriarcal, sino porque la historia las colocó desde el principio de la Revolución en un lado de dolor, pero a la vez de fuerza, poco dado a la ñoñería y el victimismo. Mujeres emancipadas por la liberación sexual soviética y, sobre todo, mujeres solas, porque los hombres cayeron por millones en la Guerra civil, segados por el terror de Stalin, aniquilados en la Segunda guerra. Luego, fueron ellas las que condujeron el tractor y sus vidas, las que se pusieron detrás del torno en la fábrica y delante en la cola de la cárcel, aquella fila terrible que movió a Anna Ajmátova a escribir Réquiem, tal vez el poema más tremendo escrito contra la opresión comunista.

Veré mujeres como esas enseguida, en cuanto suba a lomos del Transiberiano. Un ejército de mujeres que muchas veces son el sostén de toda una familia y encaramadas a coches que atraviesan el país más grande del mundo echan aceite a la maquinaria de vida y conversación, mientras los maquinistas llevan las riendas sobre el camino de hierro. Pero antes insisto: ¿qué palabra define mejor a Siberia? ¿Cómo son los siberianos? ¡Ah, el vicio de formular preguntas cuya respuesta nos dejará estupefactos! Y una es la respuesta que me dan las poetisas: libertad, Siberia es libertad. ¡Svoboda! La que enmarca esa geografía inabarcable. La tierra virgen, la tundra y la taiga, un mundo que vive sobre el permafrost. «Para mí Siberia es el lugar de la fuerza y la libertad, algo que tiene una significación muy especial si eres mujer aquí… Una tierra inmensa, vacía, acogedora… Se parece a Australia. Los penados y los aborígenes juntos. Una naturaleza infinita y singular. Basta alejarse 50 kilómetros de cualquier ciudad y comenzar a sentir esa libertad con una fuerza indescriptible que difícilmente se pueda sentir en otro punto del planeta», me dice Yekaterina Boyarskij. Una tierra de aborígenes y colonos. La paradoja es deliciosa y aún volveré a paladearla: Siberia, el epítome de la represión, el destierro y la muerte, es percibida allí como un mundo de libertad. Svetlana Mijéyeva me lo explica así: «Probablemente las mujeres sean aquí especiales. Más recias, más fuertes, más sosegadas. La geografía y la naturaleza las obligaron a ser más sabias. El feminismo es para nosotras un fenómeno ajeno: ¿por qué y con quién deberíamos pelearnos ahora que lo tenemos todo? En Rusia las mujeres siempre hemos sido más resistentes y en Siberia sobre todo».

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En los viajes largos, intensos, y sobre todo en los que es muy poco probable que se repitan, uno se va a dormir cada noche como si se derrumbara. Joseph Brodsky contó que cuando salió por primera y definitiva vez de la URSS al marchar al exilio en 1972, lo asaltaban terribles dolores de cabeza, porque sus ojos no paraban de fijarse en objetos lo mismo grandes que diminutos. Todo era distinto a lo que conocían –esa primera etapa del exilio de Brodsky transcurrió en Viena– y la mente no paraba de comparar y registrar. Algo parecido me sucede durante la primera jornada en Irkutsk y caigo en la cama como un fardo. Enciendo la tele. Yo es que no puedo tumbarme en una cama de hotel sin poner la tele. Da lo mismo que sea Moscú que Madrid, Bruselas que Zagreb. Necesito tele, sonido, basura local. Como esta televisión rusa peleándose con Ucrania sin parar. Pintándola como un país disfuncional, crítico, una pantomima de país, un Estado en trance de destrucción. Observando desde hace años la obsesión rusa con Ucrania, un país del que Rusia se ha anexionado Crimea y donde mantiene una guerra abierta desde las esperpénticas repúblicas populares de Luhansk y Donetsk, me inclino a pensar que lo que aterroriza a los rusos no es tanto tener a un miembro de la Unión Europea o la OTAN al otro lado de la frontera, como ver crecer a una democracia sólida e integrada en Occidente en la tierra donde está el origen de la civilización eslava. Es decir, ver lo que los rusos podrían ser, aun siendo lo que son.

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

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Tomamos el camino del Baikal al amanecer. Son setenta kilómetros hacia oriente por el Baikalski trakt. Voy adormilado y cuando creo ver los bigotes de Stalin en una valla gigante al lado del camino, me digo que serán las ganas. Marco enseguida el kilómetro, no obstante, para chequearlo a la vuelta.

Hay un pequeño museo del Baikal antes de llegar al agua. Paramos a echar un vistazo. Es un sitio oscuro y ridículamente pasado de moda, pero sirve para revisar los números del lago, para entender la envergadura, el carácter único de esa masa de agua que es el pozo del mundo, antes de asomarse al brocal. Veinticinco millones de años tiene de formado el lago. Contiene el 20 por ciento del agua potable no congelada del planeta. Un mar de agua dulce, pues. Sus 636 km de largo. La anchura máxima de 79 km. Dos mil cien km de costa repartidos casi a partes iguales entre la región de Irkutsk y la región de Buriatia. Lees los números y a lo mejor no te das cuenta, pero hay que pararse delante del agua, de toda esa agua. Un mar.

Listvyanka, topónimo que deriva de la palabra rusa que nombra los alerces, es una población de menos de 2.000 habitantes que se extiende unos centenares de metros junto a la costa. Caminarla de punta a punta me toma una media hora.

Yo quería preguntar también allí qué es Siberia, pero la respuesta me llegó en el mercado donde conviven pequeños bustos de Pushkin y Stalin con pedrería del lago y peces secos, donde mujeres de una elegancia y una amabilidad señoriales se ofrecen a explicar lo que venden, como quien quiere impartir una charla sobre cultura local en un Ateneo municipal. Esa manera rusa de aunar la circunspección con la poshlost’ o vulgaridad, la cultura más sofisticada con el desaliño civil más desaforado.

Me siento a comer en el restaurante de uno de los hoteles que puntean la costa, a la espera de la hora en que tomaré el barco para navegar por el lago. La comida es frugal, la música que sale de las esquinas del techo suena muy alto, como es habitual en los restaurantes rusos desde que fueron inventadas la soledad y los altavoces. Las camareras son delgadas como bailarinas. De hecho, todas las jóvenes rusas parecen bailarinas.

Todas menos la que nos presenta el patrón del barco que nos lleva a navegar por el agua iridiscente del Baikal. Zarpamos de un muelle en Listvyanka y vamos hacia el nacimiento del Angará. Es el río donde transcurre la mitad larga de la novela Zuleijá abre los ojos de Guzel Yájina que traduje hace unos meses para Acantilado. Comprenderás, entonces, que ansiara surcar yo también esas aguas. Hace frío, el viento azota la cubierta del barco, pero no abandonamos la proa, hechizados por el lago, que no por gusto es centro del chamanismo siberiano. La masa de agua imanta, vigoriza, impresiona. Metidos aún en el lago, cruzamos el río y bajamos del otro lado. Son aguas que se confunden, como se confunde el marinero bisoño. Arrojo guijarros al plato de agua, contento como un niño. Zuleijá, la protagonista de la novela tremenda de Guzel, llegó a ese río deportada por Stalin, vio morir en él a decenas, cientos de personas. Casi se ahoga ella misma. Entro como en trance. Me ayudo con un botellín de vodka que pedí prestado al minibar. ¡Glup! Estoy mejor. (¡Glup!) La brutalidad del estalinismo que desterró a millones de personas a Siberia y la apabullante belleza del lago y sus costas empinadas me recuerda de repente aquellos versos de José María Heredia en el Himno del desterrado que miraba a la Cuba del s. XIX: «La belleza del físico mundo,/ los horrores del mundo moral». «Ah, ¿a quién se le puede ocurrir comparar al lago Baikal con Cuba, una isla distante, en las antípodas del planeta?», me flagelo. ¡Ay, si hubiera sabido a quién!

En el camino de ida al Baikal, te lo dije antes, me había parecido ver algo que supuse no debía ver allí. A ver, me explico. No es que no debiera estar en el trakt, ni que me pareciera extraño que estuviera allí. Solo que, tal vez, no estaba para que lo viera yo. Y como fue una visión fugaz, ni estaba seguro de haber visto lo que creí ver, seguí camino. Pero a la vuelta, hinchado de lago, pedí al chófer que se detuviera junto a la segunda valla de las tres que se alzan al lado de la carretera en Bolshaya rechka (Riachuelo grande).

La valla, levantada con motivo de la celebración del Día de la victoria, mostraba en efecto una fotografía de Iosif Stalin bien peinado. No me habían engañado los ojos soñolientos. No me habían fallado las ganas.

El ensalzamiento de la figura de Stalin, responsable último de la muerte de millones de soviéticos por hambre, capricho o impiedad, es un proceso cuyos episodios, si bien escasos, son cada vez más frecuentes en la Rusia poscomunista. No es cosa escasa que Stalin asome en Siberia sus bigotes de cucaracha (Mandelstam dixit): en Novosibirsk le erigieron un busto en la sede del partido comunista; en Yakutia, en la Siberia oriental, van unos cuantos; en Krasnoyarsk acaban de colgar en la fachada de la sede local del partido una lona en la que aparte de la efigie de Stalin hay esta frase que se clava en el centro del ataque a la oposición liberal: «¿Han entendido ustedes por fin quiénes son los enemigos del pueblo?» «Enemigos del pueblo» con mayúsculas, ya sabes. Eso, a tantos años ya de denunciado el estalinismo, a tantos de la inauguración poscomunista. El proyecto de reimperialización llevado a cabo por Putin desde el Kremlin pasa por anexionarse o controlar territorios extranjeros –Crimea, el Este de Ucrania–, pero su objetivo último es conquistar ese equívoco sitio donde se juntan mente y corazón de los rusos –¡tal vez sea esa la dushá o «alma rusa» tan sobada! Y Stalin, a quien se atribuye la victoria en la guerra contra la Alemania nazi, resulta una figura muy conveniente para inflamar el espíritu nacional, por mucho que sea un acto de injusticia que su crueldad indiscriminada se vea ahora blanqueada con la benevolente herramienta de una memoria selectiva.

Me adentro en la aldea, cuyo nombre alude a un afluente del río que forma con él un cómodo puerto fluvial. Me pellizco, no vaya a ser que el pueblo me lo hayan levantado como hacía el ministro Potemkin para alegrar los ojos de la emperatriz Catalina II. Me alerta por arquetípico, por perfecta y abrumadoramente arquetípico. Un paisaje modélico. Casitas de madera con sus tapias de tablones desiguales y sus ventanitas de color azul. Cornisas que parecen bordadas por vírgenes impacientes; un par de perros guardianes mucho menos fieros que el hambre de mis mañanas buenas; una mujer y su hija, tan parecidas que Mendel se habría arrojado a sus pies, vuelven de un paseo por la orilla del Angará.

Reparo en que la calle central, la única que merece llamarse calle, lleva el nombre de Serguei Esenin, el poeta intenso y hermoso idolatrado por jóvenes inconformistas y depresivos, que acabó doblegado por el alcohol y el suicidio en 1925. ¡Tal vez solo Rusia te pueda sorprender con algo así: una callecita con nombre de poeta como ese en una aldea en la periferia del mundo! De repente, una ventana parece más adornada de flores que el resto, me acerco y la anciana que se acoda en la tapia más alta que sus hombros pregunta qué se me ofrece. Me habían conducido allí Stalin, primero, y, después, el olor encantador del arquetipo, su caricia de almíbar. Pero esta suerte de arquetipos son como las noches en un bar desconocido: nunca sabes qué lugar acabarán ocupando en el par dialéctico que dirimen el tedio y el desasosiego. La anciana, el micrófono, la casita de la calle Serguei Esenin con los postigos bonitos y un perro afincado en las patas traseras y las delanteras apoyadas en la cancela. Esto me dijo, me dictó, la actriz en el teatro de Siberia, el teatro de su casa:

«Me llamo Lidia, Lidia Nikoláyevna. Es un nombre de pila muy bonito. Me lo dio mi padre. Soy de Krasnoyarsk, pero he vivido 43 años en Yakutia. Me casé con un bielorruso. Mis nietas se han casado con yakutios. Vivo sola aquí, pero tengo una hija a veinte kilómetros. Es médico. Y tengo dos nietas y un nieto. Universitarias, las chicas; el nieto, militar. Me visitan de tanto en tanto, me ayudan a sembrar las patatas. No tengo de qué quejarme. Somos una familia siberiana. He vivido muchos años en el norte y le diré una cosa: no hay gente más cordial que los siberianos. Yo he sufrido tres inundaciones. ¡Nadie como los de Siberia a la hora de ayudar! Porque el dolor une mucho, ¿sabe? Yo vivía en Yakutia, al norte de Siberia. Unos paisajes magníficos. Gente linda y longeva. ¿Cuántos años me echa, a ver? ¡Ja! Ochenta y tres años tengo, más de los que usted cree. Soy hija de la guerra. Bueno, me duelen los pies, estoy un poco mala. Y las manos también. He tenido que trabajar mucho en esta vida… Pero no se crea que estoy abandonada aquí. Me cuidan los vecinos, que son muy buenos. Me llamo Lidia Nikoláyevna. Mi apellido es Vanzanok, que parece chino, pero es bielorruso, el de mi marido. Takapchuk era mi apellido de soltera. Mi padre llegó hasta Budapest cuando la guerra. Lo enterraron en una fosa común, pero avisó a tiempo de que estaba vivo. Yo me crié en un orfanato, en Krasnoyarsk. Los orfanatos eran muy buenos en esa época, cuando vivía Stalin. Por eso lloramos lo que lloramos cuando murió en el cincuenta y tres, el 5 de marzo, ¿sabe? ¡Tengo ese día grabado en la memoria! Lloramos tanto. Todas las chicas del albergue. Yo tenía trece años. O un poco más, creo. Lloramos todas a mares. Las maestras, las educadoras, las jóvenes comunistas, la gente que había luchado en la guerra. Un tío mío, hermano de mi madre, pasó ocho años prisionero en Alemania. Volvió del cautiverio y lo metieron en la cárcel de Chelyabinsk. Cuando supimos que estaba allá y era un judío el que estaba al mando, reunimos todo el oro que pudimos y compramos su libertad. Estaba enfermo de los pulmones el pobre y murió pronto. Nací en un pueblo llamado Chórnaya rechka (Riachuelo negro) y me voy a morir en este que se llama Bolshaya rechka. ¡Siga usted con Dios!»

Lidia Nikoláyevna / Foto: Rafa Pérez

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Dejamos a la dulce anciana estalinista regando sus geranios y tomamos el camino de vuelta a Irkutsk, cuando ya está a punto de cogernos la noche. Había dejado visto un lugar donde cenar y era cosa de llegar a tiempo. No quería distracciones. Nikolai, el chófer, se conoce la pista con tal detalle que no golpea ni a los mosquitos grandes como colibríes que parecen flotar frente a la luna del coche. Vamos en silencio, una ventanilla abierta un ápice mete un ulular como de un Tarkovsky funky en la banda sonora del final del viaje al pozo del mundo.

«Este viaje se lo debemos a Fidel Castro», dice de repente Nikolai rompiendo el silencio y yo creo que sueño.

«¿Ha dicho Castro?», pregunto a ver si es que.

«Es que esta carretera la asfaltaron cuando vino al Baikal y a Bratsk, a conocer la hidroeléctrica. ¡Mi madre todavía recuerda que también asfaltaron la calle que conducía al estadio en el que habló en Bratsk!», añade.

«¡Ah, si es que se lo voy a deber todo!», me digo. Lleva razón Nikolai. Irkutsk, el Baikal, fue una de las etapas del primer viaje de Fidel a la URSS. Un viaje que marcó mi vida, aunque todavía faltara mucho para que yo naciera. Un viaje que comenzó el 26 de abril de 1963 en Murmansk, donde aterrizó el TU-114 procedente de La Habana, que pilotado por el comandante Mijaíl Kostiukievich se encontró con nubes bajas y una niebla que lo obligó a tomar tierra con nula visibilidad. De hecho, solo consiguió hacerlo en el segundo intento. ¡Cuánto hubiera cambiado la historia de Cuba, y la de América toda, de haberle temblado la mano a aquel Mijaíl!

Casi cuarenta días estuvo Fidel viajando por la URSS. El periplo lo llevó por toda la geografía soviética: de Murmansk a Leningrado, de Kiev a Samarcanda, de Volgogrado a Moscú, donde saludó a los manifestantes del desfile del 1 de mayo desde la tribuna del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. Y no faltó Siberia. A Irkutsk llegó en avión desde Tashkent, Uzbekistán, el 11 de mayo. Esa noche durmió en el hotel Retro, en el número 1 de la calle Karl Marx. Al día siguiente tomó la carretera al Baikal, asfaltada para su paso. Como a lo largo de todo ese viaje, la llegada de Fidel alegraba a los soviéticos que corrían a verlo, agasajarlo, aplaudirlo. Es difícil imaginar hoy lo que fue la Revolución cubana para los soviéticos de entonces: el cariño infantil que le tomaron a esa revolución joven los hijos del estalinismo que habían padecido hacía pocos años los horrores del Terror rojo y la guerra contra Alemania y Japón. La idea de que el socialismo se expandía por el mundo hasta alcanzar el hemisferio occidental de la mano de un grupo de jóvenes valientes e idealistas llenó de júbilo y esperanzas a los soviéticos. Fidel era para ellos una suerte de milagro. No es de extrañar entonces que, entre otros muchos regalos que llenaron sus alforjas a lo largo del viaje, en el Baikal recibiera una dádiva tan propia del lugar como rotundamente exótica para el visitante: un osezno. Hay diversas versiones del hecho. Que si lo regaló un geólogo, que si fue un cazador que se habría acercado a una cabaña donde Fidel departía con un grupo de geólogos. Esta última parece la más verosímil: el joven Guennadi Alexandrov, de quien una fuente informa que estudiaba en la Universidad agrícola, habría traído al animal. Su aparición produjo sorpresa y contento. Habrá sido una escena digna de película soviética y documental del ICAIC. El osezno regalado aún no tenía nombre y Fidel lo bautizó enseguida. Un rato antes, el Comandante había asistido a una conferencia sobre el lago que le ofreció Grigori Galazii, eminente biólogo y limnólogo cuya firma está al pie del primer Plan general de aprovechamiento de los recursos naturales del Baikal. Al término de su intervención, el joven revolucionario nacido en Birán hizo una de esas observaciones hijas de la improvisación y la flatterie tan propias de su trasiego con las palabras desde el Colegio de Belén hasta la sepultura: «La silueta del Baikal recuerda mucho a la de Cuba», dijo. Cuba era el Baikal. Al osezno le puso precisamente Baikal. Ese fue el nombre que le dio. Era una manera de ponerle Cuba.

Se conservan algunas fotografías de Fidel con el osezno. Llevan crédito de la agencia TASS, cuyos fotógrafos acompañaban al comandante. En varias de ellas Fidel sujeta a la bestezuela de una correa. Se advierte cierto asombro en él, el propio de alguien a quien le acaban de regalar un oso.

Baikal siguió viaje con Fidel encerrado en una jaula. Y con Fidel volvió a La Habana. ¡Es una condenada metáfora de Cuba ese osito, por Dios!

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Subo al Transiberiano en la estación de Irkutsk. Falta poco para medianoche. Voy a estar cinco días metido en el tren viajando en dirección Oeste. Del Baikal a los Urales. Son 3.500 kilómetros. La misma distancia que hay entre Barcelona y Moscú. O entre Los Ángeles y Atlanta. Más de la que separa a México DF de Ciudad de Panamá.

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

El tren coge carrerilla y se empina colina arriba. El suave desnivel tiene las curvas de aquel célebre prado de Windows, pero la hierba que apenas brota tras el crudo invierno está renegrida. Hay un bosquecillo de abedules y alerces al fondo. Un par de tocones en la cresta sugieren que algún esteta necesitado de leña enderezó el conjunto. Tal vez un zorro, trajinada ya la noche, esté buscando abrigo y reposo entre los árboles. También puede que el maquinista esté anticipando la hermosa luz de la mañana, la luz total de los amaneceres de Siberia que saca de la tierra un brillo áureo que tal vez servía de augurio a los buscadores de oro que se desparramaron por estas tierras en una fiebre de oro que se conoce menos que la de los EEUU: le faltó una industria cultural –la literatura y el cine Western– que la ordenara. En todo caso, estas tierras estaban llamadas a recorrer estados febriles mucho más mortíferos y literariamente fecundos que aquella Gold rush. Siberia tendría su propia epopeya de dolor y sueños truncados que contar. Y sus mutilados, sus sheriffs con gorra de estrella roja y pistolones al cinto.

El pasillo de los vagones de primera clase es un buen lugar para conversar. Entablo conversación con un pasajero. Se dirige a Tiumén, un centro industrial importante y la primera ciudad fundada por los rusos en Siberia, en 1586. Mi compañero de viaje nació en los setenta. Fue un niño en la URSS, estudió y comenzó a trabajar en los convulsos años noventa. Ensalza la vida en Siberia, la prosperidad y la paz social, en detrimento de lo que ocurre, según él, en las grandes capitales donde imperan la codicia y mandan los bezbozhnie, los «sin Dios». «¿Por qué ese afán con la religión en la Rusia de hoy?», le pregunto. «Bueno, es que estuvo mucho tiempo prohibida y ahora con la libertad pues la gente tiene una reacción, da un bandazo y ha basculado hacia la fe», me dice. Y añade con esa mala costumbre que se tiene de ofrecerle al extranjero un ejemplo que le sea familiar para que comprenda una realidad que se le escaparía sin ese asidero: «Es como lo que pasó en España después de Franco: tantos años de imponerles la religión y después vino el libertinaje sexual y el ateísmo militante». «Bueno, no es exactamente lo mismo», protesto suavemente, «porque de hecho son dos sendas opuestas: España caminó hacia la razón y Rusia, en ese aspecto, avanza hacia el oscurantismo». El tipo me clavó la mirada, frunció el ceño: «Es lo mismo», insistió, «es lo mismo». Y con las mismas me dio la espalda y echó a andar hacia su compartimento. Lo seguí con la mirada. Todavía se volvió antes de entrar. En sus ojos había odio y desprecio. ¡Iglesia pura! ¡Pura ortodoxia!

Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

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Solo tengo a Glenn Gould en la memoria del laptop y no puedo usar Spotify, porque la conexión es irregular (¡ya estaba avisado de que no hay servicio de datos en la taiga!) Afuera, árboles, árboles, más árboles. Aquello de cuidarse de que los árboles no le dejen a uno ver el bosque aquí no vale. En el Transiberiano lo que no te dejan es ver el tren.

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El largo viaje en tren te da ganas de llamar. De decir que te estás moviendo. Que estás en un punto remoto del mundo. Llamo a E., que está en Austin. En las antípodas. Doce horas de diferencia y yo ya un día más en el calendario. No contesta. Salta la grabación del contestador. La voz de la locutora con una de esas ñoñas voces de hembra norteamericana me produce una sensación de extrañeza enorme. Una voz de otro mundo. Miro afuera. Bosque y más bosque. ¡¿Es eso que pasa la ruina de una torreta de un Gulag?! En realidad, las cosas de afuera no pasan; el que pasa es el tren. Pero el solipsismo del viajero, su egoísmo, quieren que sea el paisaje el que pase, circule, se mueva. Cuando el paisaje es pura quietud. Permanencia pura. Y somos los hombres, figuritas movidas por los afanes mundanos o el turismo, quienes nos movemos sobre la piel de la tierra. Sobre su corteza, que aquí es fría, helada: es permafrost.

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Despierto en medio de la noche. Siento una urgencia que no puedo definir. Salgo al pasillo. El bosque arde del lado izquierdo del tren. Veo arder un pino como una cerilla. Es una imagen impresionante. Las llamas consumen el grafito en un santiamén. Me embarga una tristeza enorme. Descorro la puerta del compartimento y me meto dentro para enjugarme una lágrima. «Ah, esto era el Transiberiano», me digo.

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Hay una prostituta en el tren. Aun yo, ciego a las manifestaciones esponjosas o punzantes de la maldad, no tardo en darme cuenta. Es una camarera del coche restaurante. Anastasía, aunque ella, toda coquetería ruralísima, lo pronuncia a la manera inglesa: Anastéishia. Anestesia era. Y no precisamente epidural. «Periodistas españoles», dice acariciando las sílabas con la misma entonación con la que yo digo «Estos dulces franceses los he comprado en Avignon» o «Con qué bendita abundancia he cagado hoy». Así ella. Me dice algo al oído pegándose tanto que incluso a mí me parece un exceso de confianza. Mueve las tetas cuando le pregunto el nombre para que lo lea en la chapita que lleva en el escote. Sonríe como una puta, pero yo tardo en restarle la naturaleza de estatua prerrafaelita. La entrevisto, pero el pudor o la cautela me impiden grabarla y me limito a tomar notas. Dice tener veinte años y que el empleo de camarera en el Transiberiano es el trabajo de su vida. Después la veo cazar clientes. El espectáculo es de una sordidez pasmosa. «Yo no he venido aquí a esto», me digo y abandono el coche restaurante. Más tarde me castigo en la soledad del compartimento: «¡Qué remilgos son esos! Tú has venido a ver lo que te echen, a escribir de lo que te echen». Y me lo repito ampliando el perímetro temporal ¡y sobre todo dislocando el moral! para convencerme. Ah, estas cosas que dan gracia y generan curiosidad hasta que dejan de hacerlo. Como una prostituta con cara de niña. Y vuelvo.

Me clavo los auriculares de nuevo y dale que te dale que ruedan los carros del ferrocarril… Transiberiano. Es una suerte que me haya traído a este Gould, porque distrae de la idea de que no hay personas más infelices sobre la faz de la tierra que las azafatas de coche del Transiberiano. Sobre la faz de Siberia. La muchacha está en tratos con un tipo sesentón muy borracho. Yo tengo al tipo de espaldas mientras escribo. A ella la tengo de frente. Cierra la mano en un puño y va abriendo los dedos uno a uno hasta abrirla toda: cinco. Cinco mil rublos, unos 75 dólares. El tipo protesta, pero echa a andar tras ella.

«¿Y dónde podré leer su artículo?», me pregunta la joven prostituyente ya vuelta a sus afanes peor pagados en el coche restaurante donde sigo tomando notas. «Estará en español», le hurto el cuerpo. Y estornudo.

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Dos huskies siberianos juegan en torno a un monumento funerario vallado. Los veo desde el tren. Sospecho que guardaré esa imagen mucho tiempo en la memoria. Y cada vez que en mi presencia alguien pronuncie la palabra «Siberia» veré a esos perros, el túmulo y la cerca de alambre.

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Hay un momento en el que un hombre que atraviesa Siberia en el Transiberiano y se topa en el tren con una prostituta se pregunta si sí. ¡Sobre todo si parece lavada! Lo alivia a uno formularse la pregunta, mirarse dentro, y decir que no. ¡Pero hay que hacérsela! Ignorarla es de cobardes. Yo resolví que no, me tumbé en el compartimento y le acaricié el lomo al Kindle mientras leía a Dostoyevski, putero ontológico, follaviejas. Después pensé que un hombre que viaja en el Transiberiano, al que le han pagado un compartimento de primera clase para él solo y ha observado y rehusado los servicios de una puta bonita tiene una obligación con la humanidad, el tren y, sobre todo, consigo mismo. Y yo no soy hombre de hurtar el cuerpo a la responsabilidad. Cuando acabé, miré afuera, al bosque y la noche y la luz de la luna. Ahí eché de menos ese otro milagro de la civilización humana que es el minibar, pero ya estaba escrito que en el Transiberiano todo es descubrir y sufrir.

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Me equivoco al pulsar de icono en el iPhone y pongo a cargar la aplicación de Uber en medio de la taiga. ¡Ah, cuánto me divierte esto! ¡La posibilidad de derrapar ante los renos! ¡Acelerar a la par de los osos! ¡Atropellar una marta cebellina y desollarla para llevar a M. a cenar al Dos palillos en invierno!

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Tal vez el encanto principal del Transiberiano radique en su carácter mítico, legendario. Y ahora, en un tiempo en el que todo es fugaz y evanescente, en su pertinaz manera de demorarnos el paso, de obligarnos a pensar. Les chemins de fer, la zheléznaia doroga. El encabritarse de los trenes. Ese quiero y no puedo; ese dale, ese aguanta. El paseo a pie o el viaje en coche promueven el merodeo, el desvío súbito, la improvisación, la vuelta a un mismo sitio más veces. En definitiva, favorecen la alteración del curso. En modo alguno el viaje en tren. Lo mismo a Auschwitz que a la Gare du Nord, a la Puerta de Atocha o a Novosibirsk, las vías férreas te conducen con voluntad precisamente férrea. Tan solo puedes esquivar el arrastre ineluctable alejándote del convoy en las estaciones, disimulando así el carácter tiránico de la ruta.

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Un animalillo pasó corriendo campo a través. Pensé inmediatamente en que los presos del Gulag apenas se fugaban. ¿A dónde iban a ir con esos pelos y piojos? ¡Y con aquella hambre que quitaba a los hombres su humanidad!

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Cené en el coche restaurante. Pescados en salmuera. Y una trucha al papillón. También fruta que trajeron primero. Todo de una extrema sencillez. Y sabroso. Cuando pedí el postre la camarera me dijo: «¡Pero si el postre ya lo tomó antes!» Tiene sentido que en un mundo distinto las cosas se ingieran en un orden distinto.

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El tren para de tanto en tanto y voy bajando del coche a estirar las piernas y el tiempo. En los tipos despeinados que fuman pitillos en los andenes de las estaciones hay algo de duendes de jardín. Antes y durante lustros, décadas, los acompañaban abuelas que vendían bollos, dulces y cigarrillos a los pasajeros. Pero el poder postsoviético decidió echarlas de las estaciones hace unos años. Se adujeron razones de seguridad. Las babushkas ya no se sacan unos rublos con los que dignificar la mesa. No fueron razones de seguridad social, precisamente. El 11 de septiembre de Nueva York fue la excusa de las excusas. La amenaza. Aquello del aleteo de la mariposa que desata calamidad, el Efecto mariposa que acabó abatiéndose sobre las abuelitas siberianas. ¿Cómo era aquello de las mariposas de Siberia que volaron a América?

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Uno establece un estrecho vínculo con las mozas que atienden los coches del ferrocarril. Vínculos que no trenza jamás con las azafatas de vuelo por muy largos que estos sean. Probablemente se trate del hecho de que en los trenes azafatas y pasajeros duermen en posición horizontal sobre camas hechas como las de hotel, como las de casa, algo que no ocurre en los aviones aunque allí compartan espacio de sueño también. Es la horizontalidad, sin duda.

Azafata del Transiberiano / Foto: Félix Lorenzo

Hay algo antediluviano en el paisaje que atravesamos ahora, llegando a Novosibirsk. El bosque ralo. Los abedules echados abajo por el viento, pero vivos aún. Guerreros caídos en un paisaje sin clemencia ni enfermeras.

Aproveché una parada con wi-fi para descargarme algo más de música. Ahora escucho a Rosalía en el Transiberiano. Déjame escribirlo otra vez: escucho a Rosalía en el Transiberiano. Tamborileo al ritmo de Malamente en la mesilla del compartimento. El tren aminora la marcha. Hay guardagujas más bien sucios, coches más bien feos que esperan a que pase el tren y levanten las barreras, mujeres más bien hermosas que se impacientan. Después de treinta y tantas horas de quietud, vuelve a aparecer la gente con sus cuitas y su desazón, sus anhelos y sus prisas.

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No me he olvidado del osezno, no. Maksim Makarychev, responsable de la biografía rusa de Fidel Castro que publicó la serie «Vidas de hombres notables», asegura que en una de las residencias de Fidel se le crearon condiciones de vida, pero que no soportó los calores del trópico y acabó muriendo varios años después. En otro lugar se sostiene que el osezno se tornó irascible y lo habrían sacrificado enseguida. A mí no me gustaba esa última versión, a la vez que me traía resonancias que tardé en ubicar y te contaré después.

Pasé algunas horas en el tren repasando esa historia, reuniendo datos que sumados a los que compilo ahora dibujan el que parece haber sido el destino de Baikal, el oso con nombre de Cuba.

Según el autor de las memorias Yo fui guardaespaldas de Fidel Castro y su familia (Freeditorial.com, 2018) firmadas con el seudónimo e-maro, la jaula donde fue encerrado Baikal estaba en la llamada Casa Carbonell, una de las edificaciones que formaban parte de la Unidad de la calle 160, refugio de su jefe en el reparto Siboney de La Habana. Concretamente, el que utilizaba para sus relaciones extramatrimoniales. Su matadero. Allí llevaron a Baikal, pues. Al matadero. «En la parte frontal derecha y detrás de la cerca de la calle se encontraban las jaulas donde alguna vez se encerraba un oso gris regalo de los soviéticos a Fidel. Se llamaba Baikal», escribe e-maro.

Pero unos años después Baikal consiguió escapar de aquella casa, aunque no lo hiciera para pescar biajacas en el río Zaza hasta el fin de sus días o emprender un improbable viaje a la semilla. Debo su historia a Oscar R. Verdeal Carrasco, director comercial en la Empresa para la conservación de la Ciénaga de Zapata y autor de numerosos artículos sobre conservación y diversidad animal en la isla. Un comentario suyo acerca de una visita que hizo al Zoológico de Sancti Spiritus en 1992 me puso sobre la pista de su conocimiento del destino de Baikal y le escribí. Antes, mientras esperaba su respuesta, pregunté al periodista Wilfredo Cancio, espirituano, quien me dijo que recordaba haber visto en el Zoológico de El Bosque a «un oso carmelitoso, negro, inmenso que pasaba mucho calor en aquel infierno». Ya estaba sobre la pista de Baikal, el osezno sacado de Siberia para halagar al joven Castro, pensé. Y no me equivocaba. La respuesta de Verdeal Carrasco llegó para completar el cuadro. Mi informante supo de Baikal en 1992 en ocasión de una visita que hizo al Zoológico de Sancti Spiritus acompañando al comandante Faustino Pérez, superviviente del desembarco del yate Granma en 1957. Este Pérez, nacido en la provincia de Sancti Spiritus, fue nombrado máxima autoridad en la región en 1969, cargo que desempeñó hasta 1973. En el viaje que recuerda Verdeal Carrasco, ambos se alojaron en la Casa de visita del gobierno provincial y allí Faustino recibió la visita de Alicia Crespo Díaz, a la sazón vicepresidenta del Poder popular en la provincia. El comandante comenzó a interrogar a Alicia sobre algunos planes locales que había puesto en marcha durante su estancia allá y, zas, Baikal asomó a la conversación. Preguntó por el Zoológico y, cito a Verdeal Carrasco, «ahí fue donde nos contó que el Comandante en Jefe le había entregado a Baikal para el Zoológico que se construyó estando él en la región». Su relato incluyó una mala noticia y una, según se mire, buena. La mala es que Alicia Crespo le dijo que habían tenido que sacrificar a Baikal («por edad y enfermedad, creo»). Vale anotar que los osos pardos de Siberia oriental (ursus arctos collaris) alcanzan unos 25 años de vida en libertad, aunque logran vivir hasta los cuarenta y pico en cautiverio. Dos noticias, decía. La buena es que parece ser, se dijo en la misma reunión, que el cadáver de Baikal pasó por el taller del taxidermista. Si así fuera, allá estará aún eternizado en Sancti Spiritus con gesto fiero y ojos de vidrio el osezno arrancado a Siberia.

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También Novosibirsk aspira a la capitalidad de Siberia. Y por eso y porque he concertado citas allí bajo del tren para pasar unas horas en la ciudad. El convoy entra bufando en la estación a las cinco de la mañana. Ya bulle allí la vida. Hay gente corriendo por las pasarelas sobre las vías. Policías con la cara picada de viruelas. Pasajeros que llegamos y otros que subirán al tren para seguir viaje hacia los Urales, hacia Europa, dejando Siberia y Asia atrás. Me dirijo hacia el aparcamiento a tomar el camino del hotel donde me podré duchar, y poco más, después de días volando sobre el camino de hierro sin más higiene que el kleenex y un hilillo de agua.

Una bendición la ducha. Otra, el desayuno copioso: más blini, más caviar, más té, más repostería soviética. «¿Soviética?», protestarás. Yo es que nunca protesto.

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En Rusia hay 5776 calles que llevan el nombre de Lenin. Y en Novosibirsk hay un museo de la URSS, un almacén de memorabilia. Ya visité antes el que mantiene el carismático Rustem Valiajmetov en Kazán, la bonita capital de Tataristán. Pero si Rustem, que era un artista underground en los tiempos cuya cultura material colecciona, te cuenta la historia del socialismo con ironía, desapego y rigor, el responsable de la colección aquí es un sujeto claramente psicótico, un tipo que convendría mantener alejado de cualquier relación no ya con la memoria, sino con la gente que paga la renta y controla el colesterol.

De la misma manera que Friedrich Engels era un caballero comunista, yo intento ser un anticomunista caballero, de modo que aguanto con cierto estoicismo hasta que el tipo me muestra una pintura en óleo y laca sobre un trozo de madera y me dice: «Esta es una de las cosas que hacían los zeks: así se corregían y, de paso, resultaban de alguna utilidad a la sociedad a la que habían hecho daño».

«Imbécil», le dije. Y salí de allí.

De camino a la cita que me urge me sorprende un edificio de arquitectura constructivista, la propia de las Casas de cultura de los años soviéticos. Meto el hocico. Hay unos empleados ociosos, unas escaleras y, eso lo intuyo enseguida, una historia que contar. Se lo digo sin ambages a los sorprendidos anfitriones: ¿qué guarda este edificio? ¿de dónde le viene esta fuerza? Me lo cuenta Saveli Morobov, un joven hermoso como un Cristo que baila ballet: «La Filarmónica de Leningrado fue evacuada a Novosibirsk durante la guerra y este edificio fue su sede. Por lo tanto, fue aquí donde tuvo lugar el estreno de la célebre Sinfonía Nº 7 de Shostakóvich, Leningrado», me dice. Saveli me conduce escaleras arriba al auditorio donde, efectivamente, una butaca está marcada con una chapa. En ella se sentó Shostakóvich la noche del estreno. Lo pudieron establecer, me dice el joven, por las fotografías de la época. «Tal vez le interese saber que en los años treinta este edificio se llamaba Club Stalin», añade al despedirnos. Le digo adiós agitando la mano con enfáticas ínfulas de líder.

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Me esperan más poetas en Novosibirsk. Antón Metelkov, alma de Estudio 312, el espacio de cultura alternativa más cool de la ciudad, acude a la cita acompañado de Stanislav Mijailov y la joven y temperamental Yekaterina Guiléyeva, cuyos libros leeré más tarde en el Transiberiano y me revelarán a la poeta rotunda, enérgica y perspicaz que ya intuí en la charla en torno a la taza de café.

Cual si viviéramos aún en tiempos soviéticos, con un periodista extranjero en la sala los poetas no quieren perder un instante y enseguida me hablan de los esfuerzos que los artistas e intelectuales de la ciudad están haciendo por preservar la casa donde vivió Yanka Dyaguileva. Yanka, un icono de la música y la poesía underground en Siberia a la que se ha comparado con Patti Smith por la irreverencia y la pasión de sus letras, murió o la mataron joven. «Yanka es importantísima para la tradición rusa de la poesía del rock, porque se trata de una tradición integrada básicamente por hombres y ella es la única mujer, la única chica, porque murió con apenas 25 años, que sentó las bases de una tradición femenina de la poesía del rock en Rusia», me dice Guiléyeva. Ahora un concejal comunista pugna por echar abajo su casa. Los poetas luchan para preservarla y convertirla en un museo de la cultura underground en Siberia. Los escucho y me da la impresión de que luchan como luchan los poetas. Y que perderán por lo mismo.

También a ellos los interrogo acerca de Siberia. Ofrezco un pie, algo que me dijo el novelista Andrei Filimónov, a quien apremié una noche en Barcelona para que me regalara una definición de siberiano y me negó la mayor: «Los siberianos no existen en realidad. Lo que hay es gente que perdió el billete de vuelta y se quedó en Siberia para siempre», me dijo. Yekaterina lo explica desde una perspectiva concomitante: «Siberia es un lugar excepcional por una razón muy sencilla: dado que durante años enviaban aquí a todo aquel que resultaba incómodo en los centros de poder de Rusia, todo lo mejor venía a Siberia y en Siberia se quedaba. ¡Y ya nadie podía sacarlos después! De manera que, capa a capa, en Siberia se fue acumulando todo lo que antes hubo de valor en Moscú o San Petersburgo. Y todavía hoy, tantos años después, una tiene la sensación de que en Siberia todo aquello permanece vivo y asoma la cabeza». ¡Fascinante! Ya podría volver al tren alimentado por ese pienso, pero me queda comer en un templo de la gastronomía local y tengo que poner punto final a la reunión.

«Amigos, tendremos que interrumpir esta charla porque sé que ahora vendrán a buscarme», les digo a los poetas. Y la frase hace que los cuatro nos miremos un instante y estallemos en una misma carcajada que resuena en el bar. ¡Sin darme cuenta, mis palabras fueron las de alguien a quien fueran a detener en el 37, durante el Gran Terror! «¡No se preocupe que al menos usted es extranjero!», me consuela Mijalkov. «¡Y ya está en Siberia, así que se ahorra el viaje!», sube la apuesta Metelkov.

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Un par de años antes mi amigo Fidel Herranz, habanero y moscovita, me había llevado a cenar en Moscú a un restaurante recién estrenado en la plaza Smolénskaya, la misma donde se alza uno de los siete edificios llamados stalinkas, el que alberga la sede del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, como albergó antes el soviético. Esa continuidad que dan los edificios a las voces. Se trataba del SibirSibir, un restaurante de gastronomía siberiana que era el salto a la capital del original de Novosibirsk. Ahora Nazar Lukashov, que es en Novosibirsk y junto a Iberrusia Travel en Barcelona el mejor organizador de cualquier viaje en lengua española por Siberia, me invitaba a comer en la casa madre. A la mesa siberiana con sus pescados y ciervos, sus perdices y embutidos, los bollos rellenos de vísceras de liebre y las sopas extraordinarias. Y el té, la bebida laica de Rusia. Y también el vodka, que es su bebida sagrada. ¿Sabes cómo subí al tren un par de horas más tarde? Alegre, digamos. Pegando saltitos. Pero también triste: era el último tramo del recorrido. Así que trastabillando.

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El convoy del Transiberiano avanza en línea recta a través de la taiga. De estar tirando de él una locomotora de vapor, ahora bufaría de lo lindo y el fogonero estaría maldiciendo su suerte mientras echa paletadas de carbón a las fauces de fuego.

Huele a montañas, a pinos, a diferencia. Ya no es Siberia, siéndolo un poco. Estoy llegando a los Urales, el límite, la frontera, la marca en el mapa y el planisferio. A tiro de piedra del punto donde el Barón de Humboldt trazó el límite entre Europa y Asia. Pondré un pie en cada lado en un rato.

Me espera Ekaterimburgo, la ciudad donde acabó el zarismo, donde acabaron con los zares, literalmente, en aquella horrenda escena cientos de veces descrita. Repaso un poco la historia para no llegar desnudo. Los zares sacados de San Petersburgo y conducidos a los Urales, el plan siniestro de asesinarlos. El águila bicéfala, emblema de la familia zarista, asoma en los materiales que reviso. Pienso en esos tres animales emblemáticos del poder que recorren toda la heráldica y la simbología europeas: el águila, el oso y el león. El poder y la astucia, la bravura. El oso y el león corriendo parejos por la historia de Europa, las fronteras del Medioevo temblorosas como sierpes. El oso y el león. ¡Ah, ya sé por qué se me ha metido en la cabeza un león! Por el oso. Por Baikal, el osezno que Fidel se llevó a Cuba.

Llamo a mi amiga Lili a Barcelona desde el Transiberiano. Recuerdo vagamente una historia que me contó treinta años atrás. Su padre, un hombre que alcanzó el rango de capitán peleando contra Batista en la Sierra Maestra, bajó a La Habana con los barbudos, barbudo. Allí recibió un mazo de llaves para que se buscara casa. Eran las llaves de las casas abandonadas por quienes habían marchado al exilio con la llegada de la Revolución en enero de 1959. Las historias de esos mazos de llaves pueblan la memoria de la primera generación post-59. Tintineantes y arrancadas, esas llaves fueron el ascensor social de la nueva clase revolucionaria. El botín #1 del castrismo popular, donde el gran botín fueron las empresas expropiadas que provocaron la imposición del embargo.

La casa a la que accedió el capitán Vilá había pertenecido antes a Martín Fox, dueño del célebre cabaré Tropicana. Una casa bonita en primera línea de mar en el habanero barrio de Miramar construida por el arquitecto Max Borges Jr., responsable también de los célebres arcos del cabaré. Según yo recordaba la historia, el capitán guerrillero entró en la casa, llegó al fondo y se topó con una jaula. En ella había un león. Un león moribundo, abandonado. Y el capitán había sacado la pistola y lo había sacrificado de un certero, compasivo disparo. Le recuerdo esa historia a Lili desde el traqueteo del Transiberiano. Pero Lili me dice que no, que ella no la recuerda así, porque ella… ella había convivido con el león.

Es curioso lo que la memoria hace con nosotros. Los recuerdos que se borran, los recuerdos construidos. Ahora me interesaba aún más el asunto de las vidas paralelas del oso y el león regalados a dos hombres poderosos de Cuba, aunque con la importante salvedad de que uno de ellos acabaría destruyendo al otro. Lili llamó a su hermano mayor a La Habana. Y este negó mi versión de la historia y rió con la suya. Ni su padre había sacrificado al león, ni Lili había convivido con él, aunque sí con la jaula vacía a cuyo pie una chapa permitía leer el nombre del animal africano: Sunan.

Tardé un tiempo en recuperar la historia del león Sunan y establecer cuánto tenía en común con la del oso Baikal, ambos exóticas criaturas de importación a La Habana que cambiaba de aires. Tuve que llegar a las memorias que Ofelia Fox, la mujer de Martín, escribió a cuatro manos con Rosa Lowinger y se publicaron con el título de Tropicana Nights: The Life and Times of the Legendary Cuban Nightclub (Harcourt, 2005), para trazar el itinerario de nuestro rey de la selva.

El león con el que Ofelia asombraba a La Habana cada vez que la atravesaba a toda velocidad llevándolo, cachorro aún, sentado en el asiento trasero de su Cadillac Eldorado descapotable de color crema que ponía en marcha una llave de oro de 14 quilates, fue el regalo de un príncipe de Kenia. Ambos coincidieron una noche de 1956 en una mesa de Tropicana. En un momento de la velada, Ofelia hizo un comentario sobre la belleza y la majestad de los animales africanos. El galante príncipe le preguntó cuál de los animales del continente era su preferido. Ella respondió enseguida que el león. Eso bastó. Un mes después llegó el cachorrito al puerto de La Habana en una caja de madera. «La cosa más bonita del mundo», dice Ofelia.

Fidel le mandó construir una jaula a Baikal en Casa Carbonell. Sunan también tuvo a albañiles poniéndole rejas en la casa del dueño de Tropicana. Cuenta Ofelia: «Lo teníamos en el garaje. Le hicimos construir una jaula especial con barrotes. Era tan dulce. Un día se escapó y los vecinos estaban aterrorizados. Llamamos a la policía, pero los agentes también le tenían miedo. Yo fui la que lo encontré. Estaba agazapado en la hierba que había detrás de la casa, como si hubiera estado cazando en la sabana africana». Ofelia regala también otra imagen deliciosa del Miramar prerrevolucionario: «Las criadas del vecindario solían traer a los niños que cuidaban a ver al león». Natalia Revuelta, quien vivió en la planta superior de la casa durante algún tiempo, asegura en una entrevista a Vanity Fair que al león le habían sacado los colmillos y limado las uñas. «Era un león con manicura, como los de los zoológicos de los millonarios», dice. También que solía amenazar a su hija pequeña con llamarlo, cuando la pequeña se negaba a beberse la leche.

La suerte de Sunan cambió junto con la del marido de su ama. La cambió Fidel antes de mirarle a los ojos al osezno. Un día de finales de agosto de 1960, Martín tuvo un enfrentamiento físico con los nuevos administradores de Tropicana y al volver a casa le dijo a su mujer: «China, creo que deberíamos irnos unos meses a Miami».

La huida requería tomar una serie de decisiones de orden práctico y qué hacer con Sunan era una de ellas. Ofelia se proponía dejarlo al cuidado de su madre, Cuca, durante los meses que calculaba estar fuera de Cuba, mientras caía Fidel. Pero la víspera del viaje de Martín y Ofelia, Cuca sufrió un derrame cerebral, lo que trastocó los planes. Ofelia se quedó dos semanas más en La Habana junto a su madre, después de que marchara Martín. Debe haber llegado a Miami en octubre o tal vez noviembre de 1960. No hay noticias de qué hizo con el león, una vez que su madre no podía cuidarlo. Sí de que se llevó a Miami a una de las sirvientas de la casa. Cabe presumir que a la de más confianza.

Dejar atrás a Sunan resultó doloroso para Ofelia: «How I hated to leave him when we had to go», se lamenta en el libro. Ofelia viajó otras dos veces a Cuba a ver a su madre en los próximos meses. El último viaje fue en las Navidades de 1960. El 11 de enero de 1961 abandonó Cuba para no volver ya más. «¿Y qué fue del león?», me seguía yo preguntando.

Asomará aún un instante al relato de Rosa Lowinger. En un encuentro que mantienen las dos y otra Rosa, la mujer con la que Ofelia vivió desde que abandonó a Martín en Miami, esta última intenta apartarla del triste relato del registro que le hicieron al salir de Cuba y la requisa de las joyas, que eran también la memoria de su vida:

«Rosa, ¿no quieres oír otra historia de Sunan?», le dice a Lowinger: «Pídele a Ofelia que te cuente cómo la reconoció cuando fue a verlo al Zoológico». Pegué un grito cuando llegué a ese punto. ¡Lo tenía! Y también tenía la prueba para Lili de que el león había habitado, sí, sus sueños de niña y su casa, pero nunca a la vez. Sin embargo, Ofelia no quiso cambiar de tema. Y no contó el episodio de la visita al Zoológico. Tampoco se mencionó más a Sunan, el león, en el libro.

Ofelia Fox murió en California el 2 de enero de 2006, a la edad de 82 años. A Sunan ni lo baleó el capitán Vilá, ni lo conoció Lili, ni era cierta la historia que yo recordaba: fue a parar al parque Zoológico de La Habana en algún momento antes del 11 de enero de 1961. Corrió, pues, la misma suerte de Baikal. Fue una bestia traída de lejos que acabó enjaulada en la casa de un poderoso hombre de La Habana y terminó sus días en el parque zoológico a la vista de los niños y sus abuelas.

***

Me despido del Transiberiano después de cinco días rodando sobre el ferrocarril. El viaje completo entre Vladivostok y Moscú es una experiencia que todo el mundo debería probar siquiera una vez en la vida. Todos dicen que mejor si se hace en clase económica. No lo creo. El asunto aquí es el traqueteo, la soledad, el paisaje, la envergadura del paisaje, su tendencia al absoluto. La gente distrae, aunque dote de un aire pintoresco a la situación. Tal vez sería fantástico si la gente no oliera, claro. Créeme, es mejor dejar que solo huelan aquí la historia y la grasa que aceita los rodamientos. Y las vísceras estofadas de las liebres.

Yekaterimburgo, la capital de los Urales, me sorprende desde el primer instante. Primero, con Elena Teytelbaum, una encantadora muchacha de inteligencia viva y saber rizomático que me acompañará en las pocas horas que pasaré allí. Después, porque es una ciudad moderna, europea, de espacios amplios, buen café, restaurantes admirables. Hay una modernidad exultante en todas partes, un rico aire alternativo, underground, huele a Berlín ¡y que me perdonen los abuelos del lugar! ¡Que me perdonen!

Dos personalidades me interesan en Yekaterimburgo. Sus destinos, como los del oso Baikal y el león Sunan, están sujetos a una misma pulsión de los hombres y la historia que los ve pasar. Uno, porque con él murió un tiempo. El otro, porque fue el paridor del mundo nuevo que dio continuidad al primero. Ellos son el zar Nicolás II, asesinado en Yekaterimburgo el 17 de julio de 1918. El otro es Borís Yeltsin, el hombre que modeló la Rusia poscomunista a los mandos de un país deshecho y menguante.

Al zar lo asesinaron en la Casa Ipatiev, requisada la víspera a un comerciante de la ciudad. Allí lo recluyeron en una etapa del viaje desde Siberia que lo conducía a Moscú, donde iba a ser juzgado y condenado a muerte. Pero esa muerte le llegó antes, como al personaje de aquella leyenda oriental al que la muerte había citado en Samarcanda, pero se lo encontró en Mumbai. Era un hombrecito curioso aquel zar. Rusia parecía quedarle grande, grande como un abrigo grande. Sus contemporáneos lo tildaban de pusilánime. La posteridad lo ha tratado con algo más de piedad. Hoy se alza una iglesia en el lugar donde antes estuvo la Casa Ipatiev. La llaman Templo sobre la sangre. Unos peldaños permiten asomarse al lugar exacto donde se produjo la masacre, el sótano de la casa. Los asesinos hicieron que el zar, la zarina, las cuatro niñas y el zarevich Aleksei bajaran con el pretexto de tomarles una fotografía antes de seguir viaje. Pero en lugar de esperarlos la lente de la cámara y el flash de polvo de magnesio, los aguardaban las bocas de los fusiles y las bayonetas caladas. Eché de menos una de esas admoniciones que rigen la colección de la memoria en iglesias y museos: «Prohibido tomar fotografías». Habría sido muy apropiada justamente allí, en la boca de ese sótano.

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De una sangre derramada nos dirigimos a otra. Salimos de la ciudad y tomamos la carretera de Moscú hasta la marca del kilómetro 17, donde un conjunto monumental honra la memoria de decenas de miles de represaliados del estalinismo que la recorrieron de camino al destierro en Siberia. Y dieron con sus huesos allí. En fosas comunes inmensas. Bestiales. Una obra de Ernst Neizvestny, el célebre escultor ruso exiliado en Nueva York, domina el conjunto. Neizvestny, quien dejó la URSS en 1976, no alcanzó a vivir para verlo terminado. Los reparos de la Iglesia ortodoxa a su proyecto retrasaron la ejecución de la obra durante años. Tanto Yekaterimburgo como Kazán fueron ciudades clave en el entramado del Gulag, grifos en las tuberías que conducían a los presos. Stalin me miraba con rostro adusto y pose marcial unos días atrás en Bolshaya rechka. Hoy miro a los muertos, sus nombres, decenas de miles, inscritos en el monumento de los Urales.

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Visité el punto donde se dividen Asia y Europa. Hay dos en verdad. Uno fake, a unos 15 km de la ciudad y más asequible para los turistas que visitan Yekaterimburgo. El otro está a 40 kilómetros y es el sancionado por el Barón de Humboldt como frontera entre los dos continentes. De hecho, visité los dos. Yo tengo mi querencia por Humboldt. Escribió el primer libro fundamental que se conoce acerca de Cuba, el Ensayo político sobre la isla de Cuba. Y tal vez también el último. Me toman una foto con las piernas abiertas sobre la línea divisoria. Un pie en Europa y otro en Asia. Me entran ganas de mear. Enormes. Continentales. Me alivio en el bosquecillo contiguo, el chorro mirando nervioso a la China popular.

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El Centro Borís Yeltsin es mucho más que un lugar donde rendir homenaje a la figura del primer presidente de Rusia tras la desaparición de la URSS en diciembre de 1991. Hay pocos lugares en el país que muestren de manera más cabal y vitaminada lo que fue la transición del Antiguo régimen soviético a la Rusia contemporánea. Me atrevería a decir que ninguno. En nueve salas se narra la historia de un sueño que proclama la primera frase con que nos recibe la exposición, un sueño al que aún no se le ha ahuecado debidamente la almohada, un sueño del que todavía hay que despertar: «La historia de Rusia es la historia de la búsqueda de la libertad», se lee en un muro.

Le pregunto a Dmitri Kuzmin, el joven director del archivo del Centro Yeltsin, si no chirría un poco y hasta chirría mucho armar el relato a partir de premisa tan arriesgada: «Es una frase muy atrevida, pero aceptable en el contexto de una exposición que busca sacar al visitante de su zona de confort», me dice. Y añade: «Este es un museo que exigirá al espectador ponerse a pensar en serio, que le reclama tanto su entusiasmo como su espíritu crítico».

El camino que llevó de la URSS a la Rusia contemporánea en este cuarto de siglo largo es leído de manera distinta por quienes asistieron a la implosión del sistema y padecieron el desplome de las ruinas, y los que gozaron los frutos de la libertad desbocada y primera (viajar al extranjero, adquirir casa o coches, montar empresas). En ocasiones fueron los mismos, claro.

Distinta es la lectura de los millennials, naturalmente. En Yekaterimburgo, por ejemplo, los jóvenes protagonizaron jornadas de protesta contra una componenda entre la oligarquía y la Iglesia ortodoxa hace unos días. Pretendían levantar una iglesia en un parque muy concurrido de la ciudad. Secuestrar el espacio público para convertirlo en lugar de fe bendecido por la empresa. Los jóvenes se opusieron con su tiempo y sus cuerpos. En Rusia. Paseo por ese parque hollado por los pies de la reivindicación juvenil. De algo sirvió lo que cuenta la expo del Centro Yeltsin, el anhelo de libertad. ¡Vaya si sí!

No voy a dejar escapar a Dmitri con las huellas de esa protesta a la vista. Se huele fango, aunque bebamos el sabroso té del bar que da a la explanada. «Es indudable que Yeltsin hizo mucho para convertir a Rusia en una sociedad abierta, democrática», le concedo, «pero han pasado 20 años desde que abandonó el poder y me pregunto si la Rusia de Putin, esta Rusia de hoy, es el tipo de sociedad abierta con la que soñaba Yeltsin».

Dmitri no se achica y la sonrisa en su rostro impasible es un sí, un no y un esto es Rusia y aquí todo puede ser: «Eso no lo sé con certeza, pero sí puedo afirmar que muchos de los cimientos del país en el que vivimos hoy fueron puestos en la segunda mitad de los años 90, los años de Yeltsin. Y si vemos el presente desde la perspectiva de hace unos cuarenta años, a nadie, ni al más optimista, se le hubiera pasado por la cabeza lo que disfrutamos hoy: tenemos un presidente cuya edad no supera los setenta años, una Duma bicameral, partidos políticos distintos. No obstante, está claro que todos querríamos algo mejor, superior, ser los amos de nuestro destino, creer que todas las instituciones de este país son reales y no una ficción, una mera imitación. Pero nada es perfecto. Aquí mostramos la realidad del pasado totalitario. Mostramos a los visitantes que en este país el poder de leer, escuchar, ver y decir lo que uno quiere no tiene más de treinta años, mientras que ya lo damos como algo natural. Costó mucho poner en marcha este museo, créame». Y sé que tiene razón. Recuerdo los ataques que tuvieron que enfrentar hace un par de años cuando el cineasta oficialista Nikita Mijalkov los puso en la picota por, decía, tergiversar la historia de la URSS y la historia reciente de Rusia.

Tengo que dormir unas horas antes de tomar el avión de vuelta a casa. Me esperan mi perro Bruno, un frenchie que es más o menos el reverso de un husky siberiano, y mis rutinas. He escapado de una breve charla con Zhenia Chaika, que fue curadora durante años de la Bienal de arte que alimentan en Yekaterimburgo con temática industrial, porque nada como los tornos y los pistones de las fábricas para dar sabor local aquí. Escuché con interés los pormenores de las últimas ediciones de la Bienal hasta que comenzó a hablar en la jerga del arte en mi lado del mundo. Cuando dijo «postkolonialni» por segunda vez me despedí de prisa: no sé cómo se dirá «empoderamiento» en ruso y me aterra aprenderlo y que la voz se me quede rondando en la cabeza como un estribillo pegadizo.

Pero antes de decir adiós corro a admirar un espléndido espectáculo que ofrece Yekaterimburgo, la ciudad entre dos continentes que contiene un objeto entre dos mundos: el soviético y el postsoviético. A saber, la Torre Vysotski, un rascacielos de 56 plantas y 188,3 metros de altura: el segundo edificio más alto de Rusia, descontando los rascacielos de Moscú. Lleva el nombre del célebre bardo Vladimir Vysotski, la voz de un par de generaciones de soviéticos, la rara avis del mundo gris de Brezhnev: actor y cantante, poeta y bon vivant. Su Mercedes 350 W116, un Mercedes-Benz solitario en el Moscú que se llenaría de ellos años después de su muerte, se exhibe en el museo de Yekaterimburgo como una piedra Rosetta en la que descifrar la clave de la mutación. Un rascacielos postcomunista construido por una promotora llamada Anteo, ¡nada menos!, ensalza la memoria del disidente que lo fue apenas, del más soviético de todos los soviéticos, porque era el que menos lo era. En lo alto de la torre un mirador ofrece soberbias vistas de la capital de los Urales, una de las joyas del poscomunismo. ¿Qué habría sido de Vysotski de haber alcanzado la década de los noventa y el siglo XXI, estos veinte años de Putin? ¿Se habría convertido como Mijalkov en un nacionalista acérrimo, enemigo del liberalismo y soldadito de la batalla de Putin? ¿O se habría erigido en una voz crítica al autoritarismo del Kremlin, como Andrei Makarevich y Boris Grebenshikov, fundadores de las bandas de rock Mashina vremeni y Akvarium en tiempos soviéticos? Nadie puede decirlo.

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Un estudio publicado en la revista Cell (Volume 179, Issue 1, Septiembre, 19 de 2019) cuando escribo esta crónica sostiene que el Homo altaiensis, u Hombre de Denísova, por la cueva en Siberia donde aparecieron sus restos, tenía el cráneo más ancho que el nuestro y el de los neandertales. El Hombre de Denísova, del que apenas se ha conseguido reunir un poco más de huesecillos desde el primer hallazgo, convivió con el Homo sapiens y los neandertales. Poco se sabe de él, más allá de que llegado de África convivió con gente distinta con la que se mezcló con esfuerzo. Las poetisas y el novelista Filimónov me avisaron ya: son gente distinta los de Siberia, acumulación de otros muchos, los mejores tal vez, en un territorio inmenso, inabarcable, agreste y hermoso.

El avión de S7 que me lleva de vuelta a casa está a punto de levantar el vuelo, sus alas prestas a planear sobre el umbral de Europa. Chemins de fer los del Transiberiano. Alas de hierro ahora. Cuando revolotean las azafatas con el termo de té y la sonrisa pagada me acuerdo, cómo no, de otras alas de Siberia. Las que fijó Vladimir Nabokov en su avatar de entomólogo al adelantar en 1945 la idea de que los miembros del grupo Polyommatus blues llegaron a América volando desde Siberia, una conjetura que se confirmó 66 años más tarde. Mariposas con las alas extendidas sobre Siberia que alcanzaron las costas de California y siguieron bajando. Volaron de Siberia a América salvando el estrecho de Bering. Como el homo de la cueva Denísova llegó a Siberia desde África.

Todo se mueve. Nos movimos todos y no hay que parar de hacerlo sobre la manta de retales que es el mundo. Así traqueteaba el tren que me llevó desde el Baikal hasta los Urales, desde el pozo del mundo hasta la frontera de los continentes. Un traqueteo que todavía llevo al andar. Es un deje, un tumbaíto, una marca, un tatuaje en mayúsculas: TRANSIB.