Ilustración: Frank Isaac García

Ilustración: Frank Isaac García

Existen dos premisas básicas para votar No en el referendo constitucional que se realizará en Cuba este domingo 24 de febrero: es una de las opciones legítimas de los votantes y es un derecho político. La casilla para esa opción que aparecerá en la boleta electoral no la concibió un enemigo misterioso que intenta invadir y someter al país, sino el propio gobierno cubano.

El gobierno necesita la opción del No para intentar validarse como un sistema democrático ante los ojos de la comunidad internacional. En apariencia, los ciudadanos mayores de 16 años podrán ejercer libremente su derecho político a votar a favor o en contra de una nueva Constitución. Pero lo que nos cuenta la historia de los últimos meses es que el proceso de reforma constitucional ha sido muchas cosas menos democrático. Dos principios elementales, como la transparencia y la participación, han sido hasta ahora sesgados por los intereses del poder político en su afán de perpetuarse.

Desde que el proyecto comenzó a concebirse en 2013 en las estructuras del Buró Político del Partido Comunista, sin que la Asamblea Nacional del Poder Popular y los ciudadanos en general estuvieran al tanto de ello, hasta que los diputados lo aprobaron de forma unánime en diciembre de 2018, luego de una consulta popular de tres meses, las relaciones de poder entre los diversos actores políticos, que no se circunscriben a oficialistas y opositores, han sido notablemente desiguales e injustas.

Las voces que han cuestionado el proceso de reforma y los artículos del propio proyecto han sido mayoritariamente marginadas, invisibilizadas y estigmatizadas por las voces que se encuentran en una posición privilegiada para comunicar sus mensajes y que, por supuesto, son afines al discurso oficial o forman parte de este.

No ha sido en los medios y espacios de comunicación estatales de alcance provincial o nacional donde ha quedado representada la diversidad del espectro político cubano ante este tema, sino, principalmente, en medios independientes y extranjeros, blogs personales y redes sociales como Facebook y Twitter; es decir, en espacios que resultan de más difícil acceso para gran parte de la población, sobre todo porque el acceso a Internet en Cuba aún es muy limitado debido a sus costos.

En la fase final, previa al referendo, no ha sido distinto. Los partidarios del No, a diferencia de los partidarios del Sí, no han podido organizar un concierto en un espacio público, ni colgar carteles en los principales edificios de la Plaza de la Revolución, ni poner un “Yo voto No” en los ómnibus del transporte público, ni transmitir un programa en la Televisión Cubana para compartir masivamente sus criterios. Los espacios públicos reflejan una sola forma de pensar, que es la dominante.

Si no fuera suficiente, algunos funcionarios e instituciones estatales han ido todavía más lejos al reducir la diversidad de posiciones políticas a «dos bandos» antagónicos, el del Sí y el del No, como si se tratara de aqueos y troyanos, y en esa lidia han presentado a quienes están en “el bando” del No como «enemigos tradicionales de Cuba».

En esa configuración excluyente, Cuba no puede ser Sí y No al mismo tiempo. No puede ser un punto intermedio, de equilibrio y consenso, entre Sí y No. El No solo tiene derecho a aparecer en la boleta para guardar las apariencias, pero en la realidad no tiene derecho a manifestarse, a defenderse o a existir. El No es un mal necesario, que sirve al Sí para validarse, porque una victoria del Sí sin el No nadie podría llamarla victoria, puesto que el Sí no puede competir contra la nada o contra sí mismo.

Sin embargo, si el Sí gana (que va a ganar, eso se sabe desde antes de que se sometiera a consulta popular el proyecto), habrá ganado con trampa. El No ha corrido esta carrera descalzo y con los pies amarrados, mientras que el Sí ha ido siempre en patines. A eso quizás se le podría llamar victoria –personalmente yo nunca quisiera tener una victoria semejante–, pero lo innegable es que jamás se le podrá llamar democracia, mucho menos justicia.

¿Por qué el Sí, si está tan seguro de su superioridad, de su gran respaldo social, ha necesitado amarrar al No, y atacarlo, para vencerle? O el Sí no confía tanto en los argumentos que esgrime y en sus seguidores, o le tiene miedo a los argumentos del No, o, como me dijo recién un amigo periodista: «el Sí es una cosa que se volvió loca». Como sea, el hecho de que haya recurrido y abusado de su fuerza solo demuestra la inferioridad de sus ideas con respecto a las del No.

En síntesis, quienes han analizado la última versión del texto constitucional y dicen No, dicen No a la centralización del poder en manos del Partido Comunista de Cuba, y al mismo tiempo, dicen Sí a una serie de derechos civiles y políticos a los cuales el Sí dice No o dice «vamos a dejarlos para después». Entre esos derechos a los que el No dice Sí destacan:

a) expresarse, manifestarse y asociarse libremente;

b) crear un medio de prensa independiente al Estado;

c) contraer matrimonio con quien cada persona quiera;

d) elegir de manera directa a los principales representantes del pueblo, entre otros.

El No es inconforme. No niega los derechos incluidos en la nueva Constitución, pero considera que no puede conformarse con los incluidos, ni votar a favor de artículos que van en contra de otros derechos que defiende, solo por preservar los incluidos. El No se pregunta si hay derechos más importantes que otros, si hay derechos prescindibles, si es posible ser una república libre y democrática renunciando a derechos fundamentales. Al final, es una cuestión de principios.

La Protesta de Baraguá, por ejemplo, también fue en su momento una cuestión de principios. En 1878, con el Pacto del Zanjón, España quiso poner fin a la guerra que había sostenido durante diez años contra el Ejército Libertador. Antonio Maceo dijo no. Muchos otros mambises dijeron sí, pero Maceo dijo no. El Pacto del Zanjón proponía la paz, y había ansias de paz, pero la paz propuesta implicaba que el gobierno español continuara rigiendo el destino de Cuba y que no se aboliera radicalmente la esclavitud; en otras palabras, implicaba ir contra los motivos por los cuales los cubanos se habían alzado en armas.

En las escuelas siempre han enseñado la Protesta de Baraguá como un «ejemplo de intransigencia revolucionaria». Bueno, pues parece que en el referendo constitucional habrá unos cuantos cubanos que pondrán en práctica lo que han aprendido: cuando algo va contra tus principios, es tu derecho decir No. Eso no los convertirá en enemigos de otros cubanos que digan Sí o se abstengan, tampoco de Cuba. Los convertirá en personas honestas.

El 24 de febrero, además, no es una fecha cualquiera, sino la fecha en que se reanudan, en 1895, las luchas independentistas con el fin de fundar una república de mujeres y hombres libres. Quienes una vez dijeron no al Pacto del Zanjón, volvieron luego a tomar las armas. La historia no terminó en 1878. Pase lo que pase, tampoco la historia de Cuba va a terminar en 2019.