Chinos de protegen del coronavirus / Foto: Sahara Reporters-Twitter

Chinos de protegen del coronavirus / Foto: Sahara Reporters-Twitter

El revuelo está plagado de redundancias y culebras que se muerden la cola. Se hizo viral un artículo sobre una crisis viral, escrito por un asiático que simplifica lo asiático, y que fustiga las medidas tomadas por los europeos a pesar de que su país de residencia, Alemania, ha dado una de las mejores respuestas del mundo al COVID-19.

Sabía de Byung-Chul Han, pero aún no me había animado a leer sus libros. Temía que fuera otro filósofo de moda cuya popularidad va aupada por el exotismo. Desde la década de los noventa, al menos, hay una tendencia a dejarse seducir por la sabiduría revelada tras un nombre a menudo oriental, para que los occidentales desencantados de Occidente fetichicen la crisis de confianza en su victoria. El cosmopolitismo como anticuerpo para la globalización.

Así que esperaba decepcionarme: lo que no pensaba era chocar con que Byung-Chul Han era un orientalista. Su artículo, La emergencia viral y el mundo de mañana, es un reciclaje de viejos prejuicios en el odre nuevo del coronavirus, y una lectura superficial de cómo ha evolucionado la pandemia.

En sus tres mil palabras, Han aturde con un caleidoscopio de afirmaciones cojas y efectistas, para quejarse de la soberanía del Estado-nación, del big data, de la vigilancia digital, de Slavoj Žižek, de que los europeos no usen mascaritas, de que la gente le tenga miedo al coronavirus, y obviamente, de las redes sociales y del capitalismo.

La carta angular del castillo de naipes de Han es la dicotomía Oriente/Occidente, Asia/Europa. Asia es autoritaria, mientras Europa es individualista; Asia se tapa el rostro, mientras Europa lo libera; Asia vive en el futuro de la ciencia ficción distópica, mientras Europa la observa con una mezcla de fascinación y estremecimiento.

Son lugares comunes de folleto, que desconocen la diversidad de un continente que incluye a Filipinas, Mongolia, Vietnam, Malasia y Nepal. La «Asia» de Han se limita a Japón, Corea del Sur (¿y del Norte, supongo?), Singapur, Hong Kong, Taiwán y China, asumiendo que Hong Kong y Taiwán no hacen parte de China, pero eso ya es complejidad mayúscula. Dejémoslo de lado. Para seguir a Han, basta con entender que Asia es aquellos lugares que tienen una tradición cultural confucionista.

De nuevo agarran al pobre y manido Confucio para explicar la cultura de los asiáticos. Uno pensaría que el confucionismo, como elemento de dilucidación genérica, era algo de lo que echaban mano los occidentales pedantes que medio asomaban la nariz en China, para posar de especialistas. Lo frustrante es que Byung-Chul Han a menudo suena como uno de ellos. Decir que la cultura autoritaria china se debe al confucianismo resulta tan elástico, como decir que la cultura occidental democrática se debe a las reformas de Solón. Y extender ese juicio no solo a China, sino también a Japón, Singapur, Corea, Hong Kong, Taiwán o Singapur, es tan englobante y torpe como decir que el Medio Oriente es misógino porque es musulmán. Una cosa estará relacionada de manera más o menos difusa con la otra, pero la causalidad perezosa parece sacada de una edición ochentera de la revista Foreign Affairs.

Es curioso que Byung-Chul Han, supuestamente un filósofo heredero del posmodernismo, sea incapaz de hacer la genealogía de un concepto que lo pide a gritos: eso que el autoritarismo es un valor asiático. La omnipresencia de equiparar los llamados «valores asiáticos» autoritarios, «confucionistas», que impulsan el crecimiento económico, en oposición al caos individualista de Occidente, nació sobre todo en la Singapur de los años 1980, según investigadores en Estudios Asiáticos como Jana S. Rošker, de la Universidad de Ljubjana, y Mark R. Thompson, director del Departamento Internacional de Estudios Asiáticos de la Universidad de Hong Kong. Fue una construcción del Partido de Acción Popular de Singapur, para justificar una serie de medidas draconianas y autoritarias que le permitieran mantenerse en el poder.

De hecho, Thompson sostiene que la política autoritaria asiática contemporánea, más que ser herencia de Confucio, es herencia del país donde vive Han: Alemania. A finales del siglo XIX y principios del XX, el imperio del káiser Guillermo II impuso un fuerte estado burocrático como la estructura que aseguraría el rápido crecimiento económico. Para dibujar una secuencia burda en dos oraciones, este modelo fue adoptado a su manera por el Japón de la restauración Meiji, que precisamente quería alejarse de filosofías anticuadas como el confucionismo chino, y así acceder a la preciada modernidad. Singapur lo adoptó de Japón en el siglo XX, y el Partido Comunista de China copió el modelo de Singapur después de la muerte de Mao Zedong. Es decir, que los «valores orientales» de Han tienen algo de occidental, pero lo asociaron con el confucionismo para darle un sabor local, hacerlo un «valor asiático». Et voilà: deconstrucción de la dicotomía.

Casi una quinta parte del artículo de Han está dedicado a comentar sobre el sistema de créditos sociales en China, pero el coreano demuestra que no entiende bien cómo funciona dicho sistema. En primer lugar, aún no está operando del todo y no se sabe cómo será, en caso que efectivamente se adopte en todo el país.

Segundo, no depende solo de la vigilancia tecnológica. El tradicional espionaje de vecinos sigue siendo fundamental. En la aldea de Jiakang Majia, uno de los lugares piloto para el programa, es un asunto de lápiz y papel. Diez aldeanos «recolectores de información» hacen anotaciones en unas tablas que luego otra aldeana, sepultada bajo torres de documentos, reúne durante jornadas de labores manuales tediosas (Byung-Chul Han tal vez diría que los orientales son culturalmente más aptos para el trabajo manual tedioso), y finalmente entrega a los funcionarios locales del Partido Comunista.

Los ciudadanos chinos tampoco son receptores pasivos de estas innovaciones. En algunos lugares, como el condado de Suining, la iniciativa piloto fracasó porque causó mucho descontento popular. Es la falacia del muñeco de paja: el sistema de créditos del que Han habla en su artículo es una simplificación occidental. Si se parte de los lugares comunes que se repiten en Europa, no se ven los matices de la realidad china.

Quizás para hacer más sostenible su tesis y darle una pátina de credibilidad, Han trata de hacer prestidigitación argumentativa. Necesita que los asiáticos sean personas más dispuestas que los occidentales a abandonar su privacidad y sus datos, para decir que por ello Asia ha sido más efectiva luchando contra el coronavirus. Es acomodar las premisas para sostener una conclusión a la que ya había llegado, independientemente de las evidencias.

Dado que la protección de datos funciona de manera distinta en todos los países asiáticos, usa China como común denominador: los chinos no protegen sus datos, entonces los asiáticos no protegen sus datos. Luego da ejemplos de aplicaciones taiwanesas y coreanas para hacer seguimiento a los infectados. Quizás haya una correlación, pero Han no se molesta por demostrarla. Tampoco de comparar cuán fácilmente los occidentales también entregamos nuestros datos. Será que los filósofos están por encima de algo tan mundano como el rigor.

Ahora bien, por supuesto que China ha implementado unas medidas extraordinarias de vigilancia digital y física, impulsadas por el autoritarismo estatal. Lo que aún no es claro es qué tan efectivo ha sido para reducir la cantidad de infectados, en comparación a la estrategia de Europa (o algunos países de Europa, no todos), que consta de pruebas masivas, cuarentenas y cierres de fronteras, estrategias que Han olvida también se aplicaron en Asia.

La etapa en la que está Europa ahora, en marzo, es la que padecía Asia en febrero, aproximadamente. Es muy pronto para decir que Asia tuvo éxito y Europa fracasó. Eso nadie lo sabe. Byung-Chul Han se planta en unas conclusiones apresuradas que ni siquiera los expertos se atreven a sugerir.

Por lo pronto, parece que Alemania lo está haciendo bien. Gracias a su rigurosidad haciendo exámenes de coronavirus, cuarentena y medidas de hospitalización tempranas, tiene una de las tasas de mortandad más bajas del mundo. Más que Confucio, quien tiene la clave para derrotar al coronavirus parece ser el Káiser.

Lo que Han afirma sobre las máscaras me parece tan extraño, que raya con lo soso. Sugiere que los europeos no quieren usar las máscaras porque son individualistas y eso ha propagado el virus. En realidad, parece que el problema no es que los europeos se nieguen a llevarlas, sino que hay escasez mundial. Recordemos: el virus golpeó primero a Asia. Sea como fuere, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha repetido que las máscaras son útiles para que los contagiados no propaguen el virus y proteger a quienes están trabajando con ellos en hospitales; pero Han quiere que creamos más en su intuición que en las recomendaciones de la OMS.

Los párrafos finales del artículo son contradictorios. Han dice que en nuestras sociedades desapareció el concepto del enemigo, pero estamos en tiempos que eligen al presidente de los Estados Unidos porque propone hacer un muro en la frontera con México, que el Reino Unido quiere salirse de la Unión Europea para que no entren más inmigrantes, que China practica la limpieza y reeducación étnica en Xinjiang, que los rohinyá son desplazados de Myanmar a sangre y fuego, que Rusia anexa territorios extranjeros como si estuviéramos en el siglo XIX, que India está pasando leyes de máxima discriminación al musulmán. La secuencia lógica parece, al menos, despistada. No sé si me pierdo de algo, pero la realidad no computa con sus conclusiones. Son tantas las inconsistencias entre sus premisas y lo que efectivamente sucede, que me pregunto si Byung-Chul Han y yo vivimos en el mismo planeta. Y si no, prefiero vivir en ese. Es un lugar estupendo. ¿Será porque es un planeta llamado Berlín?

El suyo es además un mundo donde el pánico por el virus es una reacción exagerada. Quizás sea poca cosa que, si este virus se propaga sin controles, probablemente la mayoría de las personas mayores de 70 años que viven en las grandes ciudades mueran en el lapso de un año y pico, y los hospitales queden hacinados durante meses por una horda de enfermos pulmonares. Han tiene 61 años, así que esos 9 de diferencia quizás le generen cierta inmunidad emocional hacia la posibilidad –bastante cercana– de una muerte masiva. No verá que estamos haciendo todos estos sacrificios para proteger a una generación que prácticamente es la suya. Por mí que me dé el coronavirus, me da igual, yo estoy en cuarentena para proteger a los adultos mayores.

Lo que Han habría podido explorar, y esto sí es un tremendo cambio en nuestro concepto de civilización, son los riesgos económicos que asumimos para proteger y cuidar a los ancianos. Somos una civilización que creó enormes cargas pensionales y en el sistema de salud, y está arriesgando un colapso económico, para proteger a sus viejos. Es un altruismo generacional que niega toda lógica de Charles Darwin y Adam Smith, así como la conclusión de Han, de que el virus es un detonante del egoísmo, no de las emociones comunitarias. En otras sociedades del pasado habríamos dejado que murieran. No arriesgaríamos la prosperidad del imperio por ellos.

A juzgar por situaciones similares en el pasado, la muerte en masa no impulsa una revolución. Las epidemias fueron uno de los detonantes para la caída de varias dinastías chinas, pero un cambio de dinastía no es un cambio de sistema. La economía de mercado depende de la comunicación y la seguridad en el futuro. El dinero es el más profundo voto de confianza por la estabilidad de un sistema. Cuando la comunicación se corta del todo y la economía de mercado colapsa, se vuelve a la autosuficiencia agraria. No sé si al comunismo o al feudalismo. Supongo que es más probable que terminemos en lo segundo. El comunismo exige demasiada burocracia y misticismo. El feudalismo es más intuitivo.

Quizás no se desbarate el sistema globalizado capitalista, pero desde la Guerra Fría no hemos estado tan cerca de ese quiebre. Imaginemos que las tasas de mortandad del coronavirus, por una mutación cualquiera, pasen de tres a 25 por ciento, ¿qué nos quedaría entonces de este dichoso sistema? Por ahora, cualquier predicción no es más que una apuesta. Curiosamente, la apuesta final de Byung-Chul Han es una exhortación kantiana («somos NOSOTROS, PERSONAS, dotadas de RAZÓN quienes tenemos que repensar el capitalismo destructivo… para salvar el clima y nuestro bello planeta»). Han no es un asiático posmoderno: es un filósofo del romanticismo alemán.