Yoss Pavón / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

El escritor José Miguel Sánchez Gómez (Yoss) nació en La Habana en 1969 y obtuvo en 1991 el título de licenciado en biología por la Universidad de La Habana. Dos años después rompió literalmente su título y se dedicó a escribir. Más tarde, también a cantar; desde el 2007 es el vocalista de la banda de rock duro Tenaz, con la que ha producido cinco demos (Ozono, Rocktros, 3º-3, Continuará… y Entre dientes), aunque dicen que quienes los han ido a ver le recomiendan «mejor quédate escribiendo». Yoss es, además, judoca y karateka, deportes ambos en los que ostenta el cinturón negro.

Conocí a Yoss en 1989. Yo estudiaba el primer año del preuniversitario, y él cursaba los años terminales de su carrera. Poco después, salvo algún que otro encuentro fugaz, no volví a verlo hasta pasados diez años, en el curso de técnicas narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, del cual él se había graduado dos años antes que yo, en la primera cohorte. Luego no nos vimos más hasta 2016, cuando él presentó dos de sus libros, recientemente traducidos al inglés, en la Universidad de Nueva York (NYU), donde yo era residente posdoctoral y, junto con Walfrido Dorta, lo entrevisté.

Una cosa me ha llamado la atención con relación a Yoss durante todos estos años: siempre se ha vestido de la misma manera. Se ha vestido, de hecho, como cantante de rock desde mucho antes de que se convirtiera en un cantante de rock. La última vez que nos vimos, conversamos sobre su estilo de vestir, durante una larga sobremesa, en mi casa. He transcrito y abreviado lo que hablamos ese día, y se lo he enviado, junto con nuevas preguntas relacionadas con su proyección escénica como cantante de rock. La entrevista que sigue es, pues, un híbrido entre aquella conversación y nuestro actual intercambio electrónico.

Yoss y Raúl Aguiar, en una fiesta en 1987 / Foto: Cortesía del entrevistado

MAC: ¿Cómo te relacionas con la ropa, en general?

Y: Yo me visto así desde que tenía once años. El año 1980 fue muy importante en mi vida. Estábamos hablando hace un rato de la anagnórisis, del reconocimiento político… Ese fue el año de los sucesos de la Embajada del Perú, las Marchas del Pueblo combatiente y los lamentables actos de repudio a «la escoria», y la Olimpiada de Moscú, que muchos países occidentales boicotearon como protesta por la invasión soviética a Afganistán, de la que no se habló en Cuba sino hasta años más tarde…  pero también fue el año en que descubrí el rock.

Hasta ese momento, solo había escuchado dos tipos de música que aparentemente no tienen ninguna relación o comunicación entre sí. Escuchaba música clásica —ópera, sinfónica— en mi casa, en los discos de mi abuelo, en algunos casetes de mi padre, y guaguancó, rumba —Los muñequitos de Matanzas, Los Papines— con los amigos del barrio.

De pronto, a mis once años, cuando empezó a irse la gente por el puerto de Mariel, en mi edificio destinaron un apartamento para los cooperantes soviéticos, y el hijo de un cubano y una rusa, un muchacho como cinco años mayor que yo que se llamaba Sacha, me prestó un casete de rock. Fue la primera vez que escuché a Led Zeppelin, Deep Purple, los Beatles, Boney M. O sea, lo que se estaba escuchando en aquel momento en el mundo… o al menos en Moscú, que estaba un millón de años luz por delante de nosotros.

Ahí mismo me dije: «coño, esta música me gusta; tiene todo, lo culto y lo popular». Y Sacha me ofreció: «¿te gusta?, pues también tengo una revista». Imagínate: una revista de rock, en ruso, que yo no podía leer… pero con fotos de aquellos grupos y solistas que me habían fascinado. Y cuando vi cómo se vestía aquella gente, para mí fue como una iluminación: había encontrado mi estilo.

Mira, yo siempre me había querido vestir como Sandokan, como el Corsario Negro, como Conan, los héroes de mi infancia… pero, a la vez, me detenía el pensar, «ahora ya nadie usa ese estilo. Estaría completamente anacrónico». En cambio, cuando vi a los roqueros, me dije, «ellos sí que se visten así; les gusta la onda de los cowboys, les gusta la onda de los piratas; yo voy a ser roquero entonces, porque me gusta tanto su música como la manera en que se visten».

Eso, obviamente, fue un tremendo problema en Cuba en aquel momento, los años ochenta. Yo entraba ese año en la Escuela Vocacional Lenin, supuestamente el centro de estudios para la élite intelectual de la juventud cubana… pero quería vestirme como los roqueros. Y con el uniforme de camisa azul claro y pantalón azul oscuro que se usaba, la única libertad que me quedaba era llevar las  camisas muy grandes, y los pantalones, muy apretados. Pero, piensa que  en aquel momento te tiraban el limón por dentro del pantalón, y si no llegaba abajo… te acusaban de diversionismo ideológico.

Yoss en 1987 / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss en 1987 / Foto: Cortesía del entrevistado

¿Todavía hacían eso en aquel momento? ¿A ti te lo hicieron?

A mí me lo hicieron, y como, claro, el limón no pasó… me metieron la mano por la costura y me rompieron el pantalón. ¿Qué hice yo? Busqué unos cuantos amigos y ese fin de semana volvimos a coser los pantalones con hilo de pescar, y, cuando el director trató de romper de nuevo la costura, no pudo. No se puede romper una costura hecha con hilo de pescar. Sobre todo si la tela no está podrida, y la de aquellos uniformes era buena.

Y bueno, con relación a la ropa que no era el uniforme azul… en aquel momento lo que hacía era ir a ver a una amiga de mi mamá y de mi abuela, María Luisa, la madre de Nadeia, la mejor amiga de mi madre. María Luisa era costurera, y yo le pedía que les pusiera parches de tela de camuflaje a los pantalones, que me estrechara los jeans, que les cortara las mangas a los pulóveres. Eran tiempos de vestirse con lo que se encontraba. Ni soñar con un t-shirt con la imagen del disco de alguna banda famosa; esos solo se podían comprar fuera, y a veces incluso la policía los decomisaba, como los de Kiss, a quienes acusaban de ser un grupo profascista y contrarrevolucionario.

Las camisas, entonces, yo las usaba por dentro del pantalón… pero muy grandes, y con las mangas corticas. Era la manera «personalizada» que tenía de vestir. Mi sueño, por supuesto, era usar botas tejanas, cinturones anchos tachonados de remaches, muñequeras… pero nada de eso se podía encontrar en Cuba en esos momentos, cuando hasta un simple t-shirt negro era una prenda de ropa codiciada.

Era un momento en que ser roquero era un problema de diversionismo ideológico, y de individualismo. Era como manifestar abiertamente que uno no estaba de acuerdo con el modelo único de hombre nuevo que propugnaba la Revolución.

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss / Foto: Geandy Pavón

¿Tú te vestías así por una decisión estética, o porque querías ser diferente con relación a los demás y al discurso ideológico oficial?

Sinceramente, por ambas cosas. Me gustaba ese estilo, de verdad… pero también no ser uno del montón. Me oponía de plano a aquel discurso de la homogeneidad del hombre nuevo; me parecía absurdo, ideología de hormiguero. ¿Cómo que sólo podía haber un tipo de hombre nuevo: peladito corto, con pantalones de pliegues con el filo marcado a plancha y zapaticos corte bajo? «Qué va; lo que importa es lo que se piensa, no cómo luce uno por fuera. Cada uno tiene derecho a ser el hombre nuevo a su propia manera», pensaba. «¿Por qué tiene que haber un solo molde, un solo patrón? ¡qué monótono!».

Y cuando choqué con la intolerancia oficial, en vez de pensar, «bueno, ellos deben saber lo que hacen, por algo son nuestros dirigentes, y si ellos tienen razón, quizás debería cambiar», me sentí más inclinado a pensar, «bueno, si mi forma de vestir le molesta a alguien, debe ser que estoy por el buen camino». ¿Que ser roquero era una actitud escapista ante la vida? ¿Y a quién que no sea carcelero le molesta el escapismo?

Yoss / Foto: Juan Carlos Alom

Yoss / Foto: Juan Carlos Alom

Hace años participaste en una Mesa Redonda, organizada por la revista Temas, en la que se discutió la radicalización estética de la juventud roquera. Se dijo entonces que en muchos casos la sociedad los había llevado a ello con su rechazo y prohibicionismo, pues si bien en un inicio los jóvenes amantes del rock solo querían diferenciarse del resto, la intolerancia social los radicalizó política e ideológicamente. ¿Sigues pensando así?

Eso es parcialmente cierto. A uno todo el tiempo le trataban de inculcar que la manera de vestir podía ser un problema ideológico. «¿La manera de vestir? ¿Cómo la manera en que yo llevo el pelo o me visto puede determinar mis ideas?», me preguntaba. Y me decía, «bueno, pues si piensan que por vestir de esta manera soy distinto, sí que voy a ser distinto, y hasta voy a pensar distinto, y les voy a demostrar que, no obstante, puedo ser tan competente como ellos en lo que haga». Era, obviamente, una reacción a la intolerancia.

Sin embargo, nosotros nunca nos colocamos del lado contrario de la mesa. O sea, nunca fuimos intolerantes hacia los demás. ¿Qué uno quería ser roquero y no podía dejarse el pelo largo? Pues no eras menos roquero ni te discriminábamos por eso. ¿Qué querías ser rapero y no te atrevías a dejarte los dreadlocks, a usar los pantalones grandes, a usar una gorrita virada al revés? Está bien; el hombre lleva dentro la música que elige; no es la música la que lleva al hombre.

Nosotros revindicamos nuestro derecho a lucir como quisiéramos. Y eso, claro, incluía que los demás también podían hacerlo. Incluso si querían ser los perfectos hombres nuevos del modelo gubernamental.

Te vistes de la misma manera desde que te conozco, hace por lo menos treinta años. El mundo, sin embargo, ha cambiado mucho. Ya no vivimos en los años ochenta. La estética del rock también ha cambiado. ¿Por qué no ha cambiado tu manera de vestir, ni siquiera cuando te convertiste en cantante de rock?

Es que, si te pones a ver, este estilo al que aún le soy fiel no es solo una estética de los ochenta. Es una mezcla de superhéroe, de personajes históricos y de roquero. ¿Y tú me dices que no he cambiado? Qué va; no ha cambiado quizás la estética que tengo en mente, pero sí, obviamente, mis posibilidades. Antes yo tenía sólo dos pares de botas, unas militares con cordones, y otras como tejanas, pero corte bajo… y las tenía que combinar de distintas maneras. Tenía un único pulóver negro, y un solitario par de muñequeras, hechas por mí mismo.

Ahora… digamos que, junto con mi economía personal, mi estética también se ha upgradeado un poco. Ahora tengo seis pares de muñequeras, unas con remaches, otras sin… Tengo un montón de chalecos, más de una docena de pantalones de camuflaje y jeans de diversos colores, y ni sé cuántos t-shirts.

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Pero sigues usando muñequeras, y sigues usando chalecos.

Y además tengo una larga colección de pañuelos, de bandanas que me pongo en la frente, de casi todos los colores, menos el rosado y el anaranjado (mejorar mi relación con este tono es mi propósito de vestuario de los próximos años). Digamos que no solo he perseverado, sino que me he diversificado, aunque siempre dentro de un estrecho rango. Hay gente que me dice: «deberías cambiar; ya llevas demasiado tiempo vistiendo en el mismo estilo». Y yo pienso, «pero, ¿por qué?, si me gusta, si ya es mi sello personal…»

¿Cómo pudiste ensamblar esa estética en los años ochenta, con tantas carencias materiales?

En inglés te diría: «With a little help from my friends». Gracias a mi tío Roberto, que iba a la RDA [República Democrática Alemana] a cada rato y de allá me traía pulóveres sin mangas; con la ayuda de un amigo, que estaba haciendo el servicio militar en el almacén de una unidad militar, y me «resolvía» las botas; a través de otros amigos, que me vendían pantalones de camuflaje: con un poquitico de colaboración de todos.

Si tenías suficientes amigos, en realidad no era tan difícil. Era un momento en que la gente soñaba con tener un t-shirt, un pulóver o camiseta con la imagen de un grupo como los Beatles, Led Zeppelin o cualquiera. Y yo no los tenía, ni dinero para comprarlos… pero cogía un pulóver normal y le pintaba la imagen del grupo con acrílico: siempre he dibujado bastante bien. Cuando la necesidad aprieta, había que afinar la inventiva.

Mi vestuario tenía muy diversas procedencias. Tenía varias camisas militares, que habían sido del ejército rebelde en los años sesenta. Incluso tenía una que yo creo que se volvió famosa en La Habana porque tenía en una manga la huella de un disparo que había quemado la camisa, creo que cuando la llamada «lucha contra bandidos» en el Escambray, en los años sesenta, y yo la usaba así mismo, de lo más orondo.

¿Qué fue lo más loco que hiciste?

Uf, esa es difícil. Pero creo que lo más loco que hice fue ir a Puerto Padre, donde vivían mis abuelos paternos, y conseguir que un vecino me diera un cuero de vaca acabada de matar. Yo lo curtí —muy mal curtido—, lo corté, lo cosí… y me hice un chaleco. Era una prenda bastante singular, que uno no podía simplemente ponerse; había que entrar en ella, porque se había vuelto tan rígida que había que dejarla encima de una banqueta y meterse en ella de espaldas, como quien se ajusta una mochila… pero yo me sentía de gloria usándola. Era del pellejo de una vaca Holstein, de manchas blancas y negras, y su aspecto era impresionante.

El chaleco duró hasta que, como al segundo año de usarlo, de tan rígido, se empezó a partir por las junturas. Sí, no exagero: no se deterioró, sino que se partió, como si fuera una tabla.

Esa fue la prenda de vestir más loca que tuve. Aunque sospecho que muchos amigos recordarán otra: unas guantillas negras que yo tenía, de un material que imitaba la piel, y con una orla de piel de conejo. Eran unos guantes heredados de mi mamá, que yo adapté, cortándoles los dedos.

Sí, es que era el momento en que, para vestirse diferente, había que usar y transformar lo que hubiera. Yo me llegué a hacer muñequeras con carteras viejas de mi madre. Cuando el cuero se deterioraba y ya no se podía seguir usando como cartera, yo le decía: «Dámela, mami; yo recorto este pedacito de aquí, este de por acá, aquí le pongo un broche y ya está».

Me hice muñequeras hasta con recortes de vinil. Había que improvisar.

¿Se te cerraron puertas profesionales o en centros de estudio —en la Lenin, que era un lugar tan elitista— por tu manera de vestir?

Bueno, mira, por la manera de vestir… sí; pero no solo por eso: también por mi forma de pensar, por la manera de expresar mis opiniones. Yo terminé séptimo grado en la Lenin con matrícula condicional, por haber dicho públicamente «¡Viva Kiss!». Imagínate, vitorear a un grupo de rock capitalista y acusado de ser profacista… Ahí mismo me acusaron de diversionismo ideológico.

Y esa fue una de las cosas, entre otras muchas, que llevó a que en octavo grado me dijeran: «O pides la baja o te botamos». O sea, que de alguna manera sí me expulsaron.

Yoss / Foto: Juan Carlos Alom

Yoss / Foto: Juan Carlos Alom

¿Y la ropa fue uno de los elementos que tomaron en cuenta?

Como ya te dije, obviamente en la Lenin, donde había que usar uniforme, la ropa tenía un límite de inventiva. Yo usaba el uniforme, digamos que… muy modificado: lo llevaba casi al extremo donde ya no era tan uniforme. Me ponía las camisas muy grandes y con mangas muy cortas. Además, como siempre se insistía en que había que usarlas abotonadas casi hasta el cuello, yo hacía que mi costurera María Luisa les quitara la primera fila de ojales y cosiera otra fila que no tuviera el ojal del último botón de arriba. Yo decía: «mira, tengo la camisa abrochada hasta el último botón… pero da la casualidad que ese botón de arriba está aquí abajo». «A diferencia de otras camisas que lo tienen aquí», me decían, y yo respondía: «bueno, será que la que me dieron tenía defectos, ya saben cómo son las cosas con la producción en masa».

Leí en una entrevista que también tuviste problemas de disciplina en la Facultad de Biología de la Universidad de La Habana: por subir hasta la punta del asta de la bandera y amarrar de ella una de tus bandanas. Sacando cuentas, eso debe haber sido en 1987. ¿Por qué hiciste eso? ¿Qué significado tenía para ti ese acto?

Fue en junio de 1987, efectivamente. Muchos me habían dicho que no iba ni a terminar primer año. Cuando lo acabé, y con buenas notas, quise celebrarlo, dejando algo mío bien alto. Lástima que Orlando Torres, entonces vicedecano de la Facultad, me mandó a subir de nuevo al poste… a quitarlo. Era una tira con estampado de leopardo, que usé casi hasta quinto año… cuando se hizo pedazos.

¿En qué o quién te inspirabas, quiénes eran tus modelos?

Mi guía eran los videos de rock, las fotos de las bandas en las revistas. También era muy fanático del cine —sigo siéndolo—, y a veces iba a ver las películas de cowboys, que aún son otra de mis aficiones, o las de piratas, y me decía: «mira, esa manera de usar el cinto me cuadra, basta con ponerlo de medio lado, y si además le puedo hacer un nudito, perfecto… como un pistolero». Lo mismo con los piratas: «mira, esa forma de ponerse el pañuelo en la cabeza está muy interesante».

Entonces ¡tú eras un fashionista…!

Pues, aunque entonces ni conociera la palabra… sí, sí, sí; totalmente. La gente me dice: «Tú lo tienes fácil, porque te vistes con lo primero que encuentras; casi no gastas, no compras ropa de marca», y es cierto, no compro marcas. No pago 30 dólares por una camisa de diez porque tenga un lagarto de más. Pero no por eso me pongo tampoco cualquier cosa; yo soy un dandi… solo que a mi manera. Alguien que siempre lo combina todo. Si voy de rojo, puedes apostar a que hay rojo hasta en mi ropa interior… y nada de verde.

Desde muy joven ya hubo prendas que no me ponía ni muerto. Por ejemplo, un par de mocasines o de zapatos corte bajo. No, qué va: yo soy un hombre de botas. Cuando más, tenis altos, hasta el tobillo, para ir al gimnasio o combinar con shorts. ¿Un pulovito con mangas normales? No, no; hace muchos años que yo siempre les corto las mangas, a todos, y no a ras de la costura, sino a dos pulgadas.

Por una sencilla razón; desde que en Cuba empezaron a decir que había ciertos lugares donde no se podía entrar con camisetas ni pulóveres sin mangas, yo siempre puedo ripostar, «mi pulóver sí que las tiene; de dos dedos de largo desde el hombro, pero igual son mangas». No eran camisetas tampoco, desde luego…

Yoss / Foto: Juan Carlos Alom

Yoss / Foto: Carmen Rosa Signes Urre

¿Comprabas en la bolsa negra en aquella época?

Por supuesto. ¿Cómo uno podía conseguir un buen jeans en Cuba en los ochenta, si no era en bolsa negra?

No, también los vendían en la tienda.

Sí… pero [de las marcas] Cañero y Jiquí, los cubanos. Que en realidad eran muy buenos, y duraban cantidad… solo que la gente igual les quitaba las etiquetas y les ponía las de los [jeans] Levis y Lee. Yo te estoy hablando de principios de los ochenta, cuando un buen jeans, un pitusa de verdad, todavía costaba 400 pesos: más que el salario de un mes de la mayoría de los trabajadores. Y, además, tener más de un jeans, y sobre todo que la gente viera que tú tenías dos o tres, era un problema de diversionismo ideológico, ¡ostentación capitalista!

¿Y tú los tenías?

Confieso que llegué, incluso en aquellos tiempos, a tener cinco o seis. Me encantaban, no quería ponerme otra clase de pantalón… Incluso los dos o tres [pantalones] que tuve que no eran de tela de jeans [mezclilla], me gustaban de ese mismo corte. Ya vez lo persistente que puedo ser en cuestión de gustos.

¿Cómo los conseguías?

Mi papá viajaba. Yo le pedía: «Mira, papá, quiero que me traigas un jeans negro». Un jeans negro era como el no va más: «Yo ya tengo un jeans azul… pues ahora quiero uno negro y uno blanco». En aquel momento no había técnicas de fijación del color: no había jeans rojos, no había jeans verdes ni carmelitas; eso llegó mucho después.

Alguna gente dice: «Los roqueros la tienen fácil; se visten siempre de negro y ya». No, qué va: yo me vestía con jeans, tenía ropa blanca, negra, azul, no era monocromático. Mucho menos ahora.

Supongo que cuando decidiste convertirte en cantante de rock no habrás tenido muchos problemas a la hora de encarnar el personaje en escena. ¿Tiene el Yoss cantante algún detalle sartorial que lo distinga del Yoss escritor, o del que camina todas las mañanas al gimnasio sin camisa y en hot pants?

Bueno, nunca he usado en el escenario una ropa que ya no hubiera usado fuera de él. Cuando más, algunos aditamentos o disfraces propiamente dichos: una espada medieval, una túnica negra larga hasta los tobillos, con capucha y mangas amplias, decorada con signos cabalísticos… pero se puede decir que yo vivo mi personaje las 24 horas del día y los siete días de la semana.

Cuando Walfrido Dorta y yo te entrevistamos en NYU, nos dijiste que no te invitaban a la televisión debido a tu manera de vestir, y que solo debido a la gestión de una amistad cercana habías logrado presentarte en la televisión en el año 1993, en el programa Hurón Azul. ¿Continuaste teniendo problemas para aparecer en televisión?

Todavía los confronto, a cada rato, aunque menos frecuentemente que antes. Supongo que será porque ya soy una figura más conocida. He aparecido en la Televisión Cubana con mis atuendos habituales, en programas como Cuerda Viva, de música alternativa… pero también en otros de corte más sicológico y de debate, como Triángulo de la Confianza y Pasaje a lo desconocido. En cambio, no hace ni cinco años que no me permitieron aparecer en el Noticiero Nacional de Televisión porque se iban a ver mis tatuajes, y alguien pensó que eso iba a desvirtuar la imagen de los escritores cubanos. Increíble cómo tardan en desaparecer ciertos prejuicios.

Como escritor y músico, ¿sientes que hay dobles estándares de vestuario con relación a la apariencia de los artistas que se presentan en televisión?

Esa es muy buena pregunta. Sí, siento que hay mucha hipocresía con el vestuario en los medios cubanos. Aunque no tanta como antes, es justo decirlo. Y no doble, sino triple estándar: si eres una mujer con buen cuerpo, no importa cuánta piel, tatuada o no, muestres en vivo antes las cámaras. Pero si eres un hombre… ah, no muestres el vello pectoral, no muestres los tatuajes (salvo que seas reguetonero; de prohibírselo a estos, ninguno podría aparecer en TV). Lo que siempre alegan como excusa, «que podría ofender la sensibilidad de los televidentes», me parece ridículo: si la gente se ofendiera con eso… no podría salir a la calle.

Sé que has tenido problemas en los aeropuertos, tanto extranjeros como cubanos, por las cosas que compras para llevar a Cuba, que van desde espadas hasta revistas con más desnudos de los que las leyes cubanas permiten. ¿Has tenido problemas relacionados con artículos de vestir? ¿Qué es lo más loco que has comprado en el extranjero relacionado con tu indumentaria?

Ah, sí… tengo unas cuantas historias de esas. Solo te diré que, por ejemplo, en 2010, al salir de España, donde había ganado un importante premio de ciencia ficción, los aduaneros del aeropuerto de Barajas, Madrid, no me dejaron subir a bordo unas esposas con las que había decorado mi chaqueta de cuero. Yo no sabía que estaba prohibido llevarlas fuera del equipaje de bodega. Tuve que quitárselas a mi chaqueta y dejarlas junto al detector de metales, con dolor de mi alma.

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Paquito D’Rivera opina que «la gente no va al teatro o a un jazz club a ver gente en el escenario con la misma ropa que ellos se ponen para ir al puesto de frutas y verduras de la esquina de sus casas». Tú, en cambio, compras verduras o recibes visitas en tu casa vestido con lo que otros solo se pondrían para salir al escenario. ¿Crees que al público le gustaría ver un Yoss diferente delante del micrófono?

Creo que la gente lo que quiere es ver en el escenario a gente distinta, con más glamour. Entonces ¿por qué no ser más o menos fiel a ese glamour, a esa individualidad, durante la vida cotidiana? Quiero decir, ¿por qué no ser un personaje no solo en el escenario? Cualquier habanero con un mínimo de capacidad de observación puede atestiguar que nunca me ha visto con un pulóver con mangas, un short-pant, gorrita de pelotero, tenis corte bajo, mocasines o corbata… como no sea para ir a una fiesta de disfraces, claro.

¿Cuándo te hiciste tu primer tatuaje? ¿Dónde? ¿Qué representa? ¿Alguno de tus tatuajes tiene que ver con tu proyección escénica?

Solo tengo dos tatuajes, idénticos, uno en cada brazo, en la parte externa del bíceps, de modo que la mayor parte del tiempo los tengo al descubierto. Me los hice como un autoregalo, poco después de cumplir los 30, en 1999, tras años de pensar qué clase de diseño me gustaría llevar en mi piel toda la vida. Algunos creen que son una especie de arma arrojadiza fantástica… pero en realidad son la versión estilizada y curvilínea de un antiguo caligrama taoísta que tiene varios significados: lo que está arriba es igual a lo que está abajo, lo pequeño y simple puede convertirse en grande y complejo, la energía siempre fluye, nunca se estanca. Aunque, si tengo que explicárselo a un niño, me resulta más fácil decirle que es un ciclón. Y no, no tiene exactamente que ver con mi proyección escénica… como no sea como alegoría de la energía que suelo derrochar cuando canto con mi banda.

Yoss / Foto: Cachivache

Yoss / Foto: Cachivache

Una vez me dijiste que en Wikipedia, en el listado de tus libros, aparece uno apócrifo, El gran arte de vestirse cheo durante toda la vida (2010), y que en lugar de enojarte, pediste que no lo retiraran, con la esperanza de algún día escribir ese libro. ¿De qué trataría?

Fácil… podría, por ejemplo, comenzar con esta misma entrevista, a modo de prefacio. Y luego contaría más detalladamente mi historia personal con el vestuario, reflexionando sobre los significados sicológicos de distintas prendas a lo largo de los años. Y, a modo de conclusión, podría terminar desmontando la gran falacia moderna que es la moda: esa tendencia mimética y descerebrada de tanta gente a comprar y usar lo último que se vende, aunque no tenga nada que ver con su manera de pensar ni, mucho menos, con su biotipo, estatura, contextura o color de pelo y piel. La necesidad inconsciente de tanta gente de sentirse uno más, el miedo a expresar su individualidad, etcétera.

Creo que podría ser un libro divertido e interesante… aunque, desde luego, no me parece que llegue a ser muy apreciado por los diseñadores de moda o por las grandes trasnacionales de la confección de prendas de vestir. O por mis detractores, obviamente.

Y me consta que tengo muchos… los que, además, por suerte o desgracia, como demuestra esa inclusión que citaste en mi entrada en la Wikipedia (espuria, sí; y un poco malintencionada… pero también muy hilarante), al menos buena parte de ellos, son solo enemigos de mi estilo de vestir, porque no conocen nada más sobre mi vida o mi obra.

Pero, ya sabes, que hablen bien o mal… incluso de tu vestuario, siempre que hablen. Lo peor es que te ignoren, ¿no? Pasar por la vida sin dejar ninguna huella en los demás.

Y si tal aspiración suena egocéntrica… pues que suene; los modestos y pobre de espíritu puede que hereden el Reino de los Cielos; a mí me basta con la Tierra, aquí y ahora.

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado

Yoss / Foto: Cortesía del entrevistado