Foto: Mario Luis Reyes

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El derrumbe —dice Herminia Martínez, a punto de sus sesenta años, atreviéndose a sonreír— se oye diferente de una caída libre. Si se estrella un bulto, tú sientes ¡pum!, el golpe estrictamente, el ruido sólido, en una pieza, su integridad. Pero el derrumbe es como un silbido, una suma de varias cosas, tipo semillas, o un bloque de agua que se precipita.

Tiene su olor el derrumbe.

La nariz avezada capta después, más fuerte, la esencia de la piedra húmeda.

Herminia cosía de madruga, un jueves, cuando se vino abajo una parte del edificio Zulueta 505. Con este sonido sibilante y líquido que ella, de tanto padecerlo, aprendió a identificar.

Herminia / Foto: Mario Luis Reyes

Herminia / Foto: Mario Luis Reyes

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Junio ha sido el mes de mayor promedio de lluvias en Cuba. Ya desde el 31 de mayo, más de 100 derrumbes parciales fueron reportados en La Habana a causa de la tormenta subtropical Alberto. El huracán Irma, en septiembre de 2017, provocó daños a unas 158 mil viviendas.

Pero los pedazos de Zulueta 505, una construcción del siglo XIX entre las calles Monte y Dragones, municipio Centro Habana, empezaron a desprenderse en 1991, armonizando con una etapa en la que el país entraba a la crisis económica que Fidel Castro llamó Periodo Especial.

Liubis Garlobo tenía cuatro años de edad cuando se mudó aquí en 1977. Ella y sus vecinos cuentan 27 derrumbes parciales. Ningún fallecido. Solo lesiones menores y sustos mayores que las lesiones.

Hace 13 años, un niño de 13, justamente, cayó desde unos cinco metros de altura. Trotaba por el acceso a la azotea, buscando una pelota que se le había escapado a un patio interior. Uno de los tramos de escalera se partió a la mitad, y él, liado con todos los escombros, no se detuvo hasta aterrizar en el nivel más bajo. Lo más que sufrió, en el plano físico, fue un rasguño sobre las costillas.

Pronto a ellos los reubicaron en otra vivienda, con tal de callarlos y de que no armaran escándalos —dice Liubis.

Liubis / Foto: Mario Luis Reyes

Liubis / Foto: Mario Luis Reyes

Al tramo del accidente, donde se quebró la escalera, ahora lo remplazan escalones de madera, y el miedo a subirlo paraliza. Hay, en Zulueta 505, un bebé de meses, que la madre carga entre los brazos, y otros dos hijos que no llegan a los cinco años.

Por cada derrumbe que se produzca, los vecinos, sin conocimiento especializado alguno, tienen que redactar un Dictamen Técnico. Básicamente se trata de un documento que insista en las pésimas condiciones del edificio, solicite alguna ayuda urgente y tenga pegado un sello postal de cinco pesos cubanos. El documento es ya una letanía.

Hay un arquitecto de la Comunidad, por tanto, no tengo que hacerlo yo —explica Liubis.

Los vecinos dicen que los arquitectos no vienen y, los pocos que han venido, se han limitado a declarar que el edificio es inhabitable. Que quien resida ahí tiene seguramente alma de suicida.

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Es sábado. Siete de julio, cinco de la tarde. Liubis baja a comprobar el nivel de la cisterna. No encuentra nada fuera de regla, porque el depósito se mantenía casi seco y todo conservaba la apariencia normal del día anterior. Intacta, podría decirse.

Lo normal, en Zulueta 505, aclarémoslo, nunca es normal por entero. Una vez cayó al tanque una rata. El cadáver de la rata se pudrió adentro y durante un mes debieron trasegar, cargando agua potable de otros lados.

Liubis regresó a medianoche para volver a chequear y supo entonces que, mientras ponía la casa en orden, había habido otro desplome. Pudo haber muerto aplastada.

Además de su amenaza constante, los escombros pusieron fin a una cisterna que abastece a ocho familias.

Ocho familias, sin agua, que comparten los restos de Zulueta 505, contra el tiempo y el juicio. Que no envejecen más aprisa ni enloquecen. Que parecen fantasmales, aferradas a duras penas a una arquitectura que tiene poco cuerpo donde meterse, cada vez menos.

En Zulueta 505, todavía vive gente. Gente que no vive como gente.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

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De los 3,8 millones de inmuebles residenciales que se registran en Cuba, al menos el 39 por ciento presenta un estado constructivo entre regular y malo, reseñan los datos oficiales.

No se puede prever el momento del derrumbe, no hay pronostico ni cábala.

Una esquina completa de Zulueta 505 sucumbió en 2009, cubriendo las calles de un polvo perentorio. El velo, la nube que se desplazó a ras de suelo, cegó a los vecinos. A tres metros, no se distinguía una sola figura. En medio del terror, la gente huía por los balcones, por las grúas que arrimaban los carros de bomberos. Una anciana desesperada tropezó con un cilindro de gas y se abrió una herida en la frente.

Carlos González se enrolló una toalla húmeda en la cara, alrededor de las vías respiratorias, trepó a la azotea y, de ahí, saltó una cerca divisoria hacia el techo más cercano.

Teniendo veinte años, yo podía hasta brincar en un solo pie. Ya no —se lamenta Herminia.

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 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

Aquellos que pasen por Zulueta sin levantar la mirada, en especial después de 2009, creerán que en el número 505 no reside nadie. Y seguirá creyéndolo a menos que, en el hierro de los balcones, encuentre alguna prenda colgada que el viento no agita, o una bandera cubana inmóvil. Sin estas evidencias, afirmaríamos que es imposible, que allí no puede haber un televisor, los muebles, la ropa, una familia, la vida.

Dice Carlos, esposo de Herminia, cincuentón, retaco y con una voz hinchada, que la empresa del gas vino y cortó el servicio, porque entendió que el edificio estaba deshabitado. La empresa entró en razón cuando los propios vecinos se presentaron como prueba irrebatible.

Parece que no existimos, que el Sistema nos borró —agrega Armando Camillero, inclinado sobre las tiras herrumbrosas de un balaustre.

Carlos / Foto: Mario Luis Reyes

Carlos / Foto: Mario Luis Reyes

Un camión lleno de agua fue enviado al edificio, el martes 10, por el parlamento provincial de La Habana. Los vecinos de Zulueta 505 saturaron los recipientes cuanto alcanzaban. El viernes 13 no había regresado ningún otro proveedor.

Daymi carga un pequeño bidón de agua para bañarse. ¿Crees que alcance?, pregunta. Daymi es una mujer grande. Pero tengo un solo corazón para aguantar tanto, dice.

La tarde es un plástico derretido a fuego lento. El vapor saca las notas más altas de la pudrición, del miasma.

Vivimos sin higiene hace más de veinte años, entre las ratas y los mosquitos. Ni siquiera los trabajadores de Salud Pública vienen a inspeccionar por si hay criaderos de Aedes. Y nos hemos enfermado de dengue o Zika —dice Armando.

 Foto: Mario Luis Reyes

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Pagan a un barrendero de la calle para que limpie, en la medida posible, la entrada al edificio, asegurada por un candado que los intrusos vulneran las veces que se les antoja.

Cuando Raúl Castro estuvo para la reinauguración del aledaño Teatro Martí, los oficiales de la Seguridad del Estado entraron al edificio para sus trabajos de protección, y preguntaron a uno de los vecinos que salía si adentro moraba alguien. Al responder que sí, le preguntaron si estaban residiendo ahí legalmente. Las afirmaciones aumentaron, una a una, el asombro de los agentes; no más que eso.

Nos ignoran las autoridades, no dan la cara salvo que un ciclón nos amenace —dice Liubis.

Para que le dejaran participar en las elecciones, Herminia tuvo que reclamarle al colegio. Las asambleas de rendición de cuentas no citan a los de Zulueta 505. Herminia y sus vecinos ejercieron su voto sin haber recibido una boleta de invitación.

Tampoco los tuvo en cuenta el último censo de población y viviendas en 2012. Ellos mismos exigieron que los incluyeran.

—Tienen miedo a subir —dice Armando.

A Zulueta 505 llega la prensa extranjera, la independiente y la oficialista (el periodista José Alejandro Rodríguez le dedicó un espacio en la televisión). Ninguna ha solucionado sus problemas.

 Foto: Mario Luis Reyes

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—Queremos que nuestra realidad vuele a todos los niveles, que nos vea Raúl Castro o Díaz Canel, que sepan —dice Liubis.

Todos los vecinos juntos, llevando a los niños de las manos o en el pecho, han ido a reclamar nuevas casas a las representaciones del gobierno y del Casco Histórico. Nada más acuden a un organismo, este responsabiliza a otro, y viceversa.

El presidente del parlamento provincial, Reynaldo García Zapata, al parecer, se nos esconde y manda respondernos a sus emisarios. Tiene que haber una desgracia mayor, como en Zanja e Infanta, tiene que haber muertos, para que acudan los coroneles y generales. Si pasara algo, yo culparía directamente al presidente del parlamento provincial, a la Oficina del Historiador, al parlamento municipal y a la oficina de Vivienda. Son las instancias que nos han condenado a muerte. —dice Armando.

Uno de los niños se pone a gritar la consigna de moda: “Yo soy Fidel”. Logra, apenas, articularla con claridad.

Los vecinos de Zulueta 505 hicieron un mural con imágenes del edificio y le colgaron el concepto de Revolución de Fidel Castro. Fueron acusados, rápido, de contrarrevolucionarios. En defensa colectiva, Armando dijo que, si eran palabras de Fidel las que estaban usando para su causa, cómo iban a oponerse a la Revolución.

 Foto: Mario Luis Reyes

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Han estado días, hasta las siete de la tarde, esperando que el parlamento municipal los atienda. Sus quejas las presentaron, además, al Consejo de Estado. No las escuchan.

Después del derrumbe grande en 2009, liaron los bártulos y se fueron a vivir a las puertas del edificio, en la calle. Luego de su demostración pública consiguieron que les cedieran un local para construir viviendas en Muralla, números 408 y 410. Les dijeron, al comienzo, que era un proyecto exclusivo para 14 núcleos familiares de Zulueta 505, ejecutado por la Oficina del Historiador de La Habana.

Pronto se amplió a 25, y se les explicó que ya no sería solo de Zulueta 505, que eran, verdaderamente, quienes lo habían procurado.

Esta obra pidió primero el apoyo en la construcción que los afectados pudieran brindar, y luego impusieron una norma rígida de 120 horas por un período de 18 meses. Había, entre los vecinos, quien no quería renunciar al trabajo que tenía por aquel entonces: dadas las condiciones de la norma, estaban obligados a dejar su empleo.

Nosotros somos trabajadores, el que no está en la nómina de una empresa, está contratado por cuentapropistas. Nadie de los que aquí ves anda robando carteras —explica Herminia.

Los que no cumplieron, por uno u otro motivo, fueron separados del plan, que, a pesar de prometer 18 meses de duración, terminó en diciembre de 2017, al cabo de casi ocho años.

Que yo sepa, solo han mudado a los que su apartamento se les cayó encima —dice Liubis.

¿No quisieras irte de la Habana Vieja?

Por qué hacerlo, si a cualquier otro lo reubican aquí mismo. Por qué tendría que permutar a un campo, adonde ellos despachan a la gente, adonde no hay transporte ni nada.

No hace tanto, los sobrevivientes de Zulueta 505 vieron, pasmados, un reporte. El Noticiero Nacional informaba que el total de los vecinos del edificio había sido albergado en nuevas construcciones, precisamente en Muralla 408 y 410.

Nosotros ignoramos quienes ocuparon las casas que nos correspondían. Sé que a una delegada, una mujer con cargo político, le entregaron una vivienda, tendré que postularme a ver si así resuelvo —dice Carlos.

Varias amistades de Herminia se alegraron por lo que trasmitió el noticiero, y recibió una andanada de mensajes felicitándola por la nueva casa. Les contestó que no. Que ojalá fuera cierto. Que continuaría oyendo derrumbes y con la misma disposición para, en cualquier madrugada, huir a toda marcha hacia la calle.

 Foto: Mario Luis Reyes

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Nadie aquí pide que le den una mansión o un penthouse en Miramar, sino las condiciones mínimas para una persona, dice Carlos. En otro lugar del mundo, un obrero no vive como nosotros, el salario nuestro pagaría una renta, mala o buena, nunca cayéndose a pedazos, dice Herminia. Un favelado en Brasil está mejor, al menos no duermes pensando que se te va a desplomar la casa, bromea Carlos.

Lo más reciente fue el compromiso de reubicarlos en la Casa de la Cultura municipal, en Revillagigedo y Gloria. Liubis duda de que ahí haya un entorno adecuado. Sean figuraciones de ella o no, el traslado no ha sucedido.

Si insisten en no atender sus demandas, ¿qué harán ustedes?

Ir otra vez al Consejo de Estado y, si no, cerrar la calle Zulueta con las pertenencias. No queremos armar un espectáculo, pero nos están forzando a eso.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

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A fuerza bruta, repetidamente, los extraños rompen el candado de la entrada al edificio. Cualquier evacuación del organismo deja sus rastros en esta zona. Orina, heces y algún vómito, vaporizados por el calor, se alzan coordinados.

Locos, deambulantes, mendigos, borrachos, onanistas, parejas de homosexuales penetrándose sin pudor ni lecho, criaturas de las noches habaneras se introducen por la esquina derruida.

Un trabajador del Mercado El Orbe, a un lado del frontis de Zulueta 505, intentó tapiar los accesos a la parte baja, después de calificarla como “antro de perdición”. Su empeño no sirvió de mucho, porque rajaron el zinc y volvieron a colarse.

Allí abajo hubo un fuego provocado por los intrusos, el 31 de diciembre pasado, en pleno fin de año.

Trabajadores de la Oficina del Historiador apuntalaron el edificio hace más de dos décadas, con vigas de cedro. Aseguraron, ante todo, la fachada. Aparte de que su ubicación es un atractivo seguro a ojos del turismo (En 2017, respecto de la temporada anterior, las visitas internacionales a la capital aumentaron de 2,1 a 2,6 millones), la Oficina tiene el interés de construir, en Zulueta 505, el Hotel Gran Vía, que aparece relacionado en la página de Plan Maestro.

Siempre hacen más por los turistas que por el pueblo —dice Armando.

De estas vigas de cedro, el destino es pudrirse o ser robadas. Se llevan la madera, o el mármol de las escaleras, que es mármol valioso, de Carrara, según Armando. Los vecinos sospechan que venden los materiales a hostales y negocios.

 Foto: Mario Luis Reyes

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Para frenar algo la depredación, Armando ha quebrado las piezas que visten los escalones.

El pillaje en Zulueta 505 se ha desbordado.

Miroslava, que tiene una expresión torrentosa, dice que una mañana escuchó unos ruidos extraños, fuera de lo normal que nunca es normal. Eran dos hombres, vestidos con ropa de constructores, con sogas y herramientas. Estaban bisbiseando, como con malas intenciones, como tramando, cuando los interrumpió. Ustedes qué quieren, dijo. Llevarnos los vitrales, que nos hace falta el cristal, dijeron. Miren, váyanse de aquí o llamo a la policía, dijo, y los hombres se dieron a la fuga.

Avisaron los vecinos al delegado de la circunscripción. Al jefe de sector de la policía también. Pero ni a las autoridades policiales, que tienen una estación próxima en la calle Dragones, parece importarle Zulueta 505.

Entre las sombras del patio vagan tres gatos. Puede pensarse que los gatos son los únicos, sin contar a las familias, que cuidan del edificio: mantienen lejos a las ratas.

 Foto: Mario Luis Reyes

Foto: Mario Luis Reyes

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En menos de cien metros, está el fino hotel Saratoga. A menos de cincuenta, están el remozado Teatro Martí y la Iglesia Bautista El Calvario.

Si en algún rincón, Dios pone su mano, es aquí, en Zulueta 505. Porque estamos vivos —dice Liubis.

Este edificio era una belleza total, en cada descanso había un espejo, un bebedero, todos los apartamentos tenían mamparas elegantes, los vitrales, un fogón de leña, muros que ya desaparecieron.

El triunfo de la Revolución dejó que los humildes ocuparan un edificio que estaba reservado a estándares sociales elevados, pero en muchos casos los ha abandonado a su fatalidad.

Hoy, la lluvia se filtra a través de los techos decimonónicos. El libro 500 años de construcciones en Cuba, de Juan de las Cuevas, caracteriza al siglo XIX, el de Zulueta 505, con el crecimiento de los ingenios y la industria azucarera. Sobre la arquitectura capitalina apunta: “Los techos en La Habana se comienzan a usar planos, de vigas de madera, sobre las que se extendía una tablazón gruesa que se cubría con rajones de caliza blanda y con ripios que se macizaban con arena y cal, dándosele adecuada pendiente hacia los caños o bajantes de pluviales.”

Los signos de esplendor, de todas maneras, se han ido. Zulueta 505 está muerto, y quienes viven en él, viven sobre un cadáver.

 Foto: Mario Luis Reyes

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Armando guía por los recovecos hasta una sala abandonada, mezzanines perdidas, un juego de sofás ceniciento, pedazos de cosas, cosas sin pedazos, papel, pedazos de pedazos, hierros, pedazos frugales, telas, latas, pedazos grotescos, palabras escritas en las paredes, firmas, mensajes de un amor adolescente jurado, romanticismo disonante, mensajes con aires urbanistas, medio advertencias, mensajes contra mensajes.

Pesada y totalitaria, como un telón negro, es la oscuridad en que estamos. La agrietan, arriba, los arañazos blancos de unas bombillas, que son muy pocas, como dientes dispersos. En la escalera, a duras penas, se ve dónde pisar sin riesgo de torceduras.

Más confortadora es, disparatadamente, la esquina derruida, donde un yagrumo ha crecido, con su tallo verdoso, casi en el justo centro, como un centro de mesa. Y una tomatera ha parido frutos.

Desde lo alto, sin embargo, se asoma al hueco el pedazo curvo de una bañera, encajada en el concreto. Y uno puede percibir, también, declinando la mirada, que las ratas no paran de salir, revolver y moler la basura.

De noche, dicen los sobrevivientes, el derrumbe.

El derrumbe, que ha sido el más feo de todos, les regala a los que se aferran a Zulueta 505 una vista inmejorable de la ciudad.

 Foto: Mario Luis Reyes

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